
3. Consolidando
temas y asentando estilo
Considero que esta etapa, que ya apuntaba a partir
de Juegos de verano, comienza a dar verdaderos frutos
en la ya citada Un verano
con Mónica (1952) y termina con la película
con la que se da a conocer internacionalmente, Sonrisas
de una noche de verano (1955), inmediatamente
anterior a sus obras más célebres.
En ella se maduran los temas tratados en los años
anteriores y se establece el estilo más barroco
y personal que contribuiría a su fulgurante éxito
posterior, bien entendido como éxito de crítica
ya que el éxito de público, a pesar de
sus declaraciones sobre que el primer mandamiento de
un director de cine consiste en “Al espectador
en cada instante divertirás”, no le acompañó
demasiado, lamentablemente, salvo en círculos
restringidos o en películas concretas.
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| Un
verano con Mónica (1952) |
El melodrama, estilo importante en su primera época,
pasa a segundo plano, aunque no desaparece, como no
desaparece a lo largo de toda su obra, pero se mezcla
de forma más decidida con la comedia, en películas
como Una lección de
amor (1954) o, en forma de farsa, en la magnífica
Sonrisas de una noche de
verano (1955), un género al que solo en
muy pocas ocasiones posteriores recurriría de
nuevo.
Sin embargo, de esta época es una de sus obras
más desesperadas y negras, Noche
de circo (1953) una película llena de
connotaciones de una de las influencias mayores de este
cineasta, el teatro de Strindberg, desarrollada a lo
largo de un solo día en un circo, pero un circo
de personajes completamente distintos a los titiriteros
que pueblan las películas de Fellini, más
festivos y esperanzados, sino llenos de dudas y de temor,
con difíciles relaciones personales sin futuro,
a pesar de sus intentos de huida con pretensión
de salir adelante, y donde el drama de aparece reforzado
por unos encuadres barrocos y una fotografía
deliberadamente opresiva y llena de connotaciones expresionistas,
que aparecerían con frecuencia en su cine inmediatamente
posterior, y que ya se habían apuntado en su
cine anterior, con esos espacios vacíos, donde
evolucionaban los personajes y la utilización
de los claroscuros.
Esta última película aparece justo después
de Un verano con Mónica,
donde se apuntaba ya con claridad la dificultad de unas
relaciones personales fluidas y duraderas, y a una intensa
y vitalista relación ente los dos protagonistas
aislados en la isla, protegidos, por ello, de su difícil
realidad sociológica, seguía una desesperanza
y una ruptura en el momento en que se volvían
a enfrentar a sí mismos en su propio entorno.
La felicidad, una vez más, era pasajera y la
propia realidad de los protagonistas les ponía
en su sitio una vez finalizado el verano. Todo el esplendor
de la naturaleza y de los cuerpos desnudos e inocentes
que bullían en ese breve período de tiempo
eran una esperanza fugaz de escape que finalizaba con
la vuelta a su verdadera realidad y con la asunción
de las consecuencias de esa breve felicidad. Solo quedaba
la nostalgia ante el espejo y la asunción o falta
de asunción de las responsabilidades derivadas
del efímero encuentro.
El fracaso económico que supuso un film tan
poco complaciente como Noche
de circo tuvo como consecuencia un cambio de
registro en la trayectoria de sus películas realizando
su primera comedia. Se trata de Una
lección de amor (1954), que vuelve a hurgar
en uno de sus temas recurrentes, la relación
de pareja, sin embargo su solución aquí
es de un happy end, atípico en su cine, eso sí,
caricaturizado con la aparición de un niño
disfrazado de cupido como colofón; ahora bien,
dada su peculiar concepción del mundo, no podía
permitirse una comedia ligera sin más, sino que
la va impregnando de reflexiones y tomas de posturas
parciales sobre distintos aspectos de la relación,
lo que la convierte en una película desequilibrada
por la dificultad de compaginar la comedia ligera de
tipo “lubitschiano” con su sensibilidad
“strindbergiana”, radicalmente distinta.
Sin embargo esta experiencia con la comedia le permite
seguir trabajando sobre su habitual temática
con menos ataduras, y en
Sueños (1955) retornan los motivos habituales,
como la fugacidad de la plenitud de las relaciones y
su posterior decadencia, encuadradas en una ideología
existencialista que debe mucho a Strindberg y a Sartre
(a su Huis-clos, el infierno que reside en
los propias personas) y con una realización de
tintes expresionistas que utiliza a los actores de forma
magistral, utilizando sus rostros como un pintor su
paleta, para expresar en ellos sus inquietudes. Estas
últimas características son comunes a
una gran cantidad de filmes del autor y en esta película
surgen de una forma equilibrada, quizás sin el
genio de otras obras posteriores, pero con un indudable
interés.
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| Sonrisas
de una noche de verano (1955) |
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Cuando pienso
en Sonrisas de una noche
de verano (1955) no puedo dejar de tener
presente otra obra que me la recuerda, se trata
de La Señorita
Julia (Fröken Julie, 1950)
de August Strindberg trasvasada al cine por Alf
Sjöberg, y no por su “tono”, más
bien festivo en la de Bergman y dramático
en la de Sjöber, sino por el común contraste
que existe entre esa larga y apacible noche de verano
–noche de San Juan en La
Señorita Julia–, iluminada por
un sol sin fin, y las violentas pasiones que en
su transcurso sobrevienen entre los personajes,
por esa tensión soterrada entre un ambiente
lírico y un erotismo latente. |
Bien que en Sonrisas de
una noche de verano, a diferencia de en La
Señorita Julia donde se plantea un marco
de enfrentamiento social y la tensión erótica
se yuxtapone a los conflictos de clase, todo esté
al servicio de una hermosa y bien orquestada farsa en
donde un orden establecido entre un grupo de mujeres
y hombres que pasan la noche en una mansión campestre,
es recompuesto y vuelto a recomponer en función
de los intereses más o menos lúdicos de
sus personajes. Una vez más la expresión
de la sensualidad se da en lugares abiertos, en verano,
y una vez más la fugacidad de esas relaciones
deriva en una decadencia, tanto para quienes se toman
en serio las relaciones como para los que, con el escepticismo
que da la costumbre, acaban considerándola como
una experiencia más.
La estructura de la película es deliberadamente
teatral, pero no en el sentido de fotografiar una representación
sino utilizando los espacios de que dispone para recrear
un mascarada, donde los actores, sus actores de teatro
tan magníficos como siempre, muestran ante el
público sus dobleces en una divertida sátira,
donde a diferencia de Una lección de amor, donde
la tensión entre la comedia y la sensibilidad
pesimista del realizador chocan con frecuencia, aquí
se complementan a la perfección, quizás
por la sustitución el tono de comedia por el
tono de farsa, más de acuerdo con el escepticismo
del director sobre la vida. El ridículo de las
situaciones en que caen algunos de sus personajes cuando
tratan de tomarse en serio –ruleta rusa, suicidio
frustrado–, es un trasunto de la idea escéptica
que Bergman tiene sobre la importancia de sus personajes
y de sus efímeros deseos.
En mi opinión, una de las grandes películas
de su director, como un mecanismo de relojería.
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