
4. un toque de
religiosidad
Aunque ya Sonrisas de una
noche de verano es la película que le
hace internacionalmente conocido, no es sino a partir
de El séptimo sello
(1957), cuando el nombre del director aparece en todos
los países como el de un autor de gran categoría.
En efecto, las andanzas asombradas del caballero Bork,
con su escudero, especie de Don Quijote y Sancho Panza
medievales, por unos lugares donde el miedo, la enfermedad,
el dolor, la intolerancia y el fanatismo dominan las
vidas de los hombres, tras su vuelta de las cruzadas,
constituyen un cambio para la mentalidad de los espectadores
no habituados a este tipo de cine.
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| El
séptimo sello (1957) |
Más aún cuando a los aspectos más
realistas de retrato de una época amarga y sucia,
tanto física como espiritualmente, se une un
elemento fantástico de primer orden, como es
la aparición de la muerte como personaje, una
muerte siniestra en apariencia –aunque no más
que las figuras de los monjes de la época–
pero humanizada, que admite prolongar el tiempo que
le queda al caballero a lo largo de una partida de ajedrez
de resultado inevitable, con el fin de que sea capaz
de encontrar una explicación a sus preguntas
y comprender el significado de la vida y de la muerte.
El caballero aterrado y confuso ante tanta miseria
y dolor, se plantea preguntas sobre la existencia de
un Dios que admite que ocurra lo que está viendo,
mientras su escudero, más escéptico, con
las reticencias que dan la falta de planteamientos culturales
más refinados y curtido en una experiencia que
ha vivido con los pies más en el suelo que su
amo, se dedica a satisfacer sus necesidades más
elementales dudando de todo.
Sus encuentros con distintos personajes y situaciones,
flagelantes, brujas quemadas, personajes sencillos,
puros o bárbaros, artistas, ante los que se plantea
la utilidad del arte –soberbia la escena en que
el escudero dialoga con el pintor–, juglares –una
vez más, los comediantes–, etc. marcan
su trayecto en la búsqueda de una respuesta a
sus preguntas. Aunque la única respuesta real
es la propia muerte que arrastra a todos, ricos y pobres,
inocentes y culpables, en un final espléndido
que no resuelve las dudas.
El revestimiento preciosista, quizás en exceso,
con que el director envuelve sus barrocas y contrastadas
imágenes y la clara alusión a las pinturas
medievales que aparecen a lo largo de la obra marcan
un film de calidad incontestable, donde la imagen de
la muerte junto al mar, con su negro manto queda marcada
en la mente.
Esta preocupación por la existencia de Dios
creó en su momento la idea de un Bergman como
director de cine religioso, a pesar de que su preocupación
por el tema ocupa fundamentalmente solo una parte de
su extensa obra, más centrada, en todo caso en
la actitud del hombre ante una muerte inevitable que
condiciona toda la vida. El hecho de que esta fue su
primera producción que se exhibió en España,
continuada por su relativamente posterior El
manantial de la doncella (1960) y la falta de
criterio temporal en la exhibición del resto
de su cine, creó entre la crítica y en
el público una opinión errónea
sobre las conceptos básicos de este director,
que llevaron a decepciones posteriores por encontrarse
con lo no esperado.
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| El
manantial de la doncella (1960) |
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Sus encuentros
con distintos personajes y situaciones, flagelantes,
brujas quemadas, personajes sencillos, puros o bárbaros,
artistas, ante los que se plantea la utilidad del
arte –soberbia la escena en que el escudero
dialoga con el pintor–, juglares –una
vez más, los comediantes–, etc. marcan
su trayecto en la búsqueda de una respuesta
a sus preguntas. Aunque la única respuesta
real es la propia muerte que arrastra a todos, ricos
y pobres, inocentes y culpables, en un final espléndido
que no resuelve las dudas. |
En El manantial de la doncella
la propuesta se realizaba en otros términos aunque
se utilizaba de nuevo el medioevo como marco para hacer
evolucionar los personajes. Pero en ella aparecía
una mezcla del cristianismo con anteriores creencias
escandinavas que se dejaban ver en una serie de rituales
que seguían los personajes. No en vano es una
transposición de una leyenda medieval, que lógicamente
bebe de fuentes anteriores a la introducción
del cristianismo en esa zona geográfica.
Dios, aquí, es algo totalmente asumido, los
protagonistas no se lo cuestionan, viven bajo su presencia
y su dominio, su comportamiento se acerca con frecuencia
más a la idolatría pagana que al concepto
cristiano de la divinidad. Así la “ejecución”
de los bandidos por parte del padre es como un sacrificio
ritual. La actitud del protagonista es de dolor pero
también de asunción, para él lo
que ha sucedido es algo permitido por Dios, forma parte
de sus oscuros designios, pero a pesar del sufrimiento
que le provoca no se lo cuestiona, se somete y le rinde
pleitesía mediante su aceptación, lo que
es correspondido con un “milagro”.
¿Debemos entonces colegir que Bergman ha aceptado
la existencia de ese Dios que se cuestionaba años
antes? Pienso que más bien lo que se plantea
es la necesidad de ese Dios para aliviar la subsistencia,
para apaciguar la angustia que en un mundo tan violento
y difícil supondría su no existencia,
al eliminar la esperanza.
La película es muy bella en lo que respecta
a sus imágenes y su realización es tan
exuberante como todos los filmes de ese período,
sus planos, su iluminación tienden a buscar el
puro goce estético y la interpretación
resulta, como siempre, magnífica, teniendo en
cuenta la impresionante figura que compone el protagonista
y la increíble expresividad de las mujeres. Sin
embargo me da la impresión de que, en mayor medida
que en otras ocasiones, el director se decanta más
por el placer visual que por el establecimiento de unos
criterios más sólidos de comunicación
con el espectador.
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