
5. con los pies
en la tierra
Pero, sin embargo, entre ambas películas Bergman
había realizado otras tres de distinto signo,
y una de ellas, a mi parecer, situada por encima de
casi todo su cine. El mismo año en que terminaba
El séptimo sello,
realizaba también Fresas
salvajes (1957), en un momento creativo absolutamente
memorable, y ambas películas, a pesar de que
las encuadro en capítulos distintos, tienen muchos
puntos en común, pues el tema fundamental de
ambas es la muerte y la forma de comportamiento del
hombre ante ella, aunque la pregunta que aparece en
El séptimo sello sobre
la existencia de Dios, en Fresas
salvajes no es crítica, pues aquí
lo básico es la propia existencia humana, no
la trascendencia, no la divina.
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| Victor Sjöström
en Fresas salvajes
(1957) |
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El trayecto
que el profesor Isak Borg recorre en esa jornada
en que va a recibir su distinción a su
trayectoria profesional, es un prodigio de concisión.
Este viaje hacia el premio se desarrolla por medio
de un viaje tanto físico como moral en
el que cada encuentro, cada relación, le
llevan a replantearse un parte de su vida, de
sus temores, de sus sueños.
El adusto profesor se enfrenta con su vida pasada
en función de la premonición de
una muerte cercana que, en la noche anterior a
la entrega del premio, ha soñado. Todo
su viaje es una confrontación consigo mismo
buscando las razones últimas de su actual
personalidad, dicho de otra forma, trata de despojarse
de la máscara creada a lo largo de su vida
para reencontrar su yo más verdadero.
A medida que va avanzando se va encontrando con
distintos personajes que le sacuden sus sensaciones
y recuerdos y que, poco a poco, van modificando
su percepción de las cosas y consecuentemente
su forma de entender la vida. En la película
aparece continuamente un pasado contemplado desde
el presente, con una cierta nostalgia pero también
con una visión analítica y dura.
Sabemos que lo pasado es inamovible y que todos
los esfuerzos del profesor para tratar de recuperar
esos fugaces momentos son inútiles, no
es posible actuar desde el futuro.
Al final, y ante la consciencia de la muerte,
nada es tan importante, todo va a desaparecer,
lo que relativiza de forma sustancial las actitudes
que a lo largo de la vida han ido creando esa
máscara. Borj lo ha comprendido y su talante
vital cambia, la pérdida de la relación
humana a cambio de la consecución de un
estatus no tiene sentido.
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Bergman utiliza continuamente en esta película
y en todo su cine elementos fantásticos terroríficos,
aunque mejor sería decir oníricos, pues
para él, y para muchos, los sueños constituyen
una parte esencial del ser humano como manifestación
de sus temores y angustias.
Los sueños de Fresas
salvajes son parte fundamental de la película
y aparecen como verdaderas pesadillas, muy lejos de
los sueños "de diseño" utilizados
por Hitchcock en Recuerda. El psicologismo de Bergman
no tiene nada que ver con el de Hitchcock en la mayoría
de su cine, pues mientras este último lo utiliza
de fondo como un recurso de resolución de los
problemas planteados en sus tramas, Bergman lo saca
a primer plano profundizando en la psicología
de los sueños para buscar las angustias primigenias
de los seres humanos, que constituyen el motor principal
de sus películas. No es un juego, es la propia
vida y su proyección hacia una muerte aniquiladora,
sin nada más allá, o, al menos, con unas
profundas dudas sobre ello.
La realización es de primer orden utilizando
con frecuencia el nexo del pasado con el presente en
el mismo plano –recurso del que su confeso admirador
Woody Allen se ha servido en varias ocasiones–
y el aislamiento del personaje de su entorno mediante
el oscurecimiento del mismo, para mostrar la soledad
y falta de comunicación del propio individuo.
El onirismo presente en todo el film permite a Bergman
recrear ese expresionismo barroco tan utilizado por
él en esta época. Es una película
emocionada y a veces terrorífica, algunas de
sus imágenes me causaron un estremecimiento físico.
Las otras dos películas de este período
son En el umbral de la vida
(1958) y El rostro
(1958). Dos obras muy interesantes y con planteamientos
distintos.
De la primera diré que se trata de un muy interesante
estudio sobre el mundo femenino tan querido por Bergman,
y que es una especie de prolongación de su anterior
La espera de las mujeres. En ella tres mujeres a punto
de dar a luz, en la habitación de un hospital,
hablan de sus respectivas historias personales y se
comunican afectivamente entre ellas. La diferente forma
en que cada una de ellas encara su embarazo y futura
maternidad da pie para una completa exposición
sobre la mujer y su capacidad de creación de
vida.
A diferencia de las obras anteriores en las que el
punto de fuga se encuentra en la muerte, aquí
la película habla del otro extremo, de la creación
de la vida y para ello utiliza a unas grandes actrices
capaces de desarrollar en un escenario tan limitado
todas sus esperanzas y frustraciones, encuadrándolas
en sus diferentes vivencias. En cierta forma avanza
un esbozo parcial e incompleto de algunas ideas que
posteriormente introduciría en Persona,
por la interrelación existente entre las mujeres,
pero no debe ser considerada solo como eso, pues es
un gran film en sí mismo, que avanza en el conocimiento
femenino.
El rostro plantea
otro tipo de problemas, aquí, tras una trama
aparentemente basada en el enfrentamiento entre la ciencia
y el espíritu, entre lo material y lo inmaterial,
en plena efervescencia messmeriana y con las habituales
referencias a la muerte, se descubre cómo lo
que el espectador considera una experiencia extrasensorial
muy intensa que le deja sin defensas, se convierte en
una farsa –toda la película lo es de alguna
forma– en la que se muestra la capacidad de la
representación para modificar y condicionar el
comportamiento de las personas, sacando a relucir sus
más íntimos deseos.
Bergman, sin embargo, no descubre al espectador la
realidad hasta su última tramo, involucrándole
en la farsa y manipulándole, de forma que su
reflexión sea más personal ya que no cuenta
con la ayuda que supone el ser cómplice de la
farsa, pues él mismo es objeto del engaño
en el mismo plano que los personajes de la película.
De esta forma hasta que, una vez ha terminado el film,
pueda tomar conciencia de lo que ha visto no será
capaz de analizar dicha realidad. Realidad que como
el propio director se ha encargado de transmitir, no
es sino representación tramposa que, de alguna
forma, muestra el éxito del falsario, de él
mismo como maestro de ceremonias de la farsa que es
el propio cine.
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| El
rostro (1958) |
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Aunque se encuentra
encuadrada en la época de cine, llamémoslo
"religioso", inmediatamente anterior a
El manantial de la doncella
este tema no es el fundamental de la película,
aunque, en una conversación mantenida hace
ya un tiempo con otro admirador del film, éste
me decía que su componente religioso es importante,
ya que muestra con claridad el manejo que toda religión
implica en sus seguidores. |
Pienso que toda la película es como una gran
broma en la que se habla sobre múltiples temas,
fundamentalmente sobre la dicotomía ciencia/espíritu
–lo racional versus lo inexplicable–, pero
en la que trata de mostrar, en definitiva, la capacidad
de influencia de la simulación y la representación
sobre la consciencia de las personas que asisten a ella;
la parte final con el "desenmascaramiento"
de los "actores" y su cambio de actitud pidiendo
ayuda a quien han engañado muestra las miserias
de la profesión tras el glorioso artificio, y
este engaño se traslada al espectador de la película
que no ha sido conocedor de la representación
dentro de la representación a la que ha asistido
de forma muy intensa.
Es una obra deliberadamente oscura y que casi se podría
encuadrar dentro del género de terror pero que
resulta apasionante por la cantidad de percepciones
que deja abiertas. Por otro lado el terror forma parte
indiscutible de una gran parte del cine de este director,
pues nada hay más terrorífico que el enfrentamiento
con uno mismo y los fantasmas personales.
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