trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003


6. LA trilogía y punto de inflexión

Tras el éxito popular –relativo pero indudable– proporcionado tanto por El séptimo sello como El manantial de la doncella y casi sin solución de continuidad, salvo el caso de la atípica comedia El ojo del diablo (1960) una extraña comedia en la que el diablo trataba de conseguir la renuncia a la castidad de una mujer mediante sus “enviados” y cuya única y lejana visión me impide emitir juicios razonables, Bergman demuestra tener la idea de lo que quiere hacer en el cine muy clara y se dispone a realizar tres de sus películas más complejas y áridas.

Como en un espejo (1961), El silencio (1963) y Los comulgantes (1963) componen un grupo coherente de obras con las que compone un difícil mosaico de sus obsesiones más esenciales sobre la dificultad de entender la existencia.

En los tres filmes sus personajes viven aislados, o bien en una isla (Como en un espejo) o en un país del que no conocen el idioma y en medio de una guerra (El silencio) o en un pequeño pueblo con muy pocos habitantes (Los comulgantes) y en ese aislamiento se replantean todas sus dudas y viven sus duras experiencias.

Aquí aparecen la necesidad del contacto humano y de ternura, la incapacidad para adentrarse en los problemas ajenos y darles solución, el dolor, la angustia existencial, la falta de fe, la ausencia de un Dios que dé respuesta a nuestros problemas...

Como en un espejo (1961)
 

En Como en un espejo la incapacidad y distanciamiento del padre para dar a su hija ese calor que necesita y la actitud sorprendida y confusa del marido, que no es capaz de hacerla reaccionar, conducen a un empeoramiento de la enfermedad mental de la protagonista que busca en un Dios, al que ve como una araña, la única salida a su sufrimiento. La respuesta más humana proviene de su hermano con quien llega a mantener una relación amorosa más allá de la fraternal pero sin que él logre traspasar la superficie de los sentimientos de su hermana, quien al final resulta como un objeto a quien todos observan pero a quien nadie es capaz de ayudar.

Dios es para ella un ente extraño, casi monstruoso, siendo por un lado la única respuesta a su angustia y por otro lado algo aterrador. Es una necesidad, como lo era para los protagonistas de la película anterior, El manantial de la doncella, pero no acaba de resolver los problemas. Bergman se plantea la necesidad del amor y la dificultad de entendimiento. Los personajes se encuentran atónitos ante lo que les ocurre y no saben o pueden reaccionar.

Es una película dolorosa y emotiva, a veces difícil de soportar en su desgarro. Toda ella se desarrolla en un período de tiempo muy corto y en un único lugar, la isla, de donde no hay escape para evadirse de los problemas y el enfrentamiento es inevitables.

Los comulgantes da un paso más en la búsqueda inútil de Dios por parte del hombre. Si en Como en un espejo Dios era un difícil remedio a los problemas humanos, aquí su ausencia es total. El sacerdote luterano protagonista ya no cree en él, tras la muerte de su esposa ha entrado en una crisis de fe, pero desde su posición dentro de la pequeña comunidad continúa trabajando como si nada ocurriera. Sin embargo los escasos feligreses acosados por sus dudas y sentimientos acuden a él en busca de alivio, cosa que es incapaz de dar.

Los comulgantes (1963)

Una vez más la soledad y el aislamiento personal de los personajes son imposibles de romper, tanto el amor solicitado por una de sus feligresas enamorada como la angustia de otro de ellos aterrorizado por el peligro nuclear y al borde del suicidio, provocan unas reacciones en el sacerdote que llevan al desastre. Su indiferencia ante una y su fracaso en tranquilizar al otro le llevan a una nueva crisis personal, encontrándose totalmente desamparado ante el silencio que encuentra.

La percepción de la necesidad de calor humano en las relaciones y la dificultad en conseguir aportar dicho calor ante la ausencia de Dios, queda reflejada en una puesta en escena cada vez más escueta y fría. Aquí Bergman utiliza los elementos mínimos para transmitir esa distancia insalvable. Nada tiene que ver con la exhuberancia de El séptimo sello o de El manantial de la doncella, la puesta en escena es austera y llena de simbolismo, con paredes desnudas, salvo en la iglesia. Es una obra clave dentro de su filmografía.

El silencio (1963)
 

Finalmente, El silencio avanza en la presentación de un mundo triste y desagradable, lleno de alienación y de falta de comunicación. Las hermanas protagonistas llegan en un tren a una ciudad de un país extraño que se encuentra en guerra y en el que hablan un complicado idioma que desconocen, se alojan en un hotel prácticamente vacío, en compañía de unos enanos y del hijo de una de ellas que contempla entre sorprendido e interesado la situación.

Es un mundo pues, totalmente hostil, en el que la enfermedad de una de las hermanas la deja prácticamente aislada en la habitación, sin conseguir que su hermana, una mujer de una gran sexualidad, le alivie en su angustia y en su dolor, más preocupada esta última en conseguir alguien con quien aliviar sus necesidades físicas.

Las relaciones de dependencia entre las mujeres avanzan las posteriores de Persona y se adivina, de nuevo, la falta de un asidero espiritual para la solución de los problemas. La comunicación humana es dificultosa, pero, sin embargo la única posible. Es posiblemente la película más dura de ver de toda la filmografía de Bergman, por la exhibición descarnada de las situaciones.

Sorprendentemente tras un período tan extraordinario, en el que sus problemas existenciales se exponen con tanta nitidez y tan descarnadamente, una vez más Bergman cambia de registro. Tras la aspereza y sequedad de sus filmes anteriores, vuelve a recurrir a la comedia por última vez en su carrera. Por no hablar de esas mujeres (1964) parece más bien un ajuste de cuentas que cierra una difícil época tanto de crítica como de público. Evidentemente la dificultad de sus últimas obras habían creado un ambiente de controversia que no favoreció el éxito de sus propuestas.

En este film, su primero realizado en color la emprende con el proceso creativo y con sus críticos. Una vez más las mujeres son el centro de una farsa en la que utiliza un tono algo felliniano para, de nuevo, reflexionar sobre su propia creación, haciendo que forme parte de la propia película y marcando líneas de actuación que conformarán, con un tono menos festivo, su evolución como director. Fue bastante despreciada por la crítica en su estreno pero tiene muchos puntos de interés, al indagar sobre el arte y en ella que se burlaba de la crítica que siempre buscaba en el arte símbolos inexistentes.

Este tipo de declaraciones, implícitas o explícitas, fue habitual entre los directores de los años 60. Aún recuerdo una entrevista a Fellini en la que declaraba que la mayor parte de los símbolos de los que hablaba la crítica especializada cuando trataba de sus películas,
eran totalmente ajenas a sus intenciones y que simplemente había expuesto ciertas imágenes porque le parecía que encajaban bien con el conjunto.

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APUNTES SOBRE EL CINE
DE INGMAR BERGMAN
Por Alfredo Garmendia
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02. Primeros pasos de un cineasta
03. Consolidando temas y asentando estilo
04. Un toque de religiosidad
05. Con los pies en la tierra
06. La trilogía y punto de inflexión
07. Persona. Apariencia y representación
08. La isla. Tres obras básicas
09. Relaciones humanas
10. Un período de crisis creativa
11. Marionetas y vivencias
12. Últimas producciones
13. En presencia de un clown
14. Actores, directores de fotografía y una curiosidad
15. Filmografía
16. Ediciones DVD de Bergman en España
 
Como en un espejo (1961)

Los comulgantes (1963)