
6. LA trilogía
y punto de inflexión
Tras el éxito popular –relativo pero indudable–
proporcionado tanto por El
séptimo sello como El
manantial de la doncella y casi sin solución
de continuidad, salvo el caso de la atípica comedia
El ojo del diablo
(1960) una extraña comedia en la que el diablo
trataba de conseguir la renuncia a la castidad de una
mujer mediante sus “enviados” y cuya única
y lejana visión me impide emitir juicios razonables,
Bergman demuestra tener la idea de lo que quiere hacer
en el cine muy clara y se dispone a realizar tres de
sus películas más complejas y áridas.
Como en un espejo
(1961), El silencio
(1963) y Los comulgantes
(1963) componen un grupo coherente de obras con las
que compone un difícil mosaico de sus obsesiones
más esenciales sobre la dificultad de entender
la existencia.
En los tres filmes sus personajes viven aislados, o
bien en una isla (Como en
un espejo) o en un país del que no conocen
el idioma y en medio de una guerra (El
silencio) o en un pequeño pueblo con muy
pocos habitantes (Los comulgantes)
y en ese aislamiento se replantean todas sus dudas y
viven sus duras experiencias.
Aquí aparecen la necesidad del contacto humano
y de ternura, la incapacidad para adentrarse en los
problemas ajenos y darles solución, el dolor,
la angustia existencial, la falta de fe, la ausencia
de un Dios que dé respuesta a nuestros problemas...
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| Como
en un espejo (1961) |
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En Como en un espejo
la incapacidad y distanciamiento del padre para dar
a su hija ese calor que necesita y la actitud sorprendida
y confusa del marido, que no es capaz de hacerla
reaccionar, conducen a un empeoramiento de la enfermedad
mental de la protagonista que busca en un Dios,
al que ve como una araña, la única
salida a su sufrimiento. La respuesta más
humana proviene de su hermano con quien llega a
mantener una relación amorosa más
allá de la fraternal pero sin que él
logre traspasar la superficie de los sentimientos
de su hermana, quien al final resulta como un objeto
a quien todos observan pero a quien nadie es capaz
de ayudar.
Dios es para ella un ente extraño, casi monstruoso,
siendo por un lado la única respuesta a su angustia
y por otro lado algo aterrador. Es una necesidad, como
lo era para los protagonistas de la película
anterior, El manantial de
la doncella, pero no acaba de resolver los problemas.
Bergman se plantea la necesidad del amor y la dificultad
de entendimiento. Los personajes se encuentran atónitos
ante lo que les ocurre y no saben o pueden reaccionar.
Es una película dolorosa y emotiva, a veces
difícil de soportar en su desgarro. Toda ella
se desarrolla en un período de tiempo muy corto
y en un único lugar, la isla, de donde no hay
escape para evadirse de los problemas y el enfrentamiento
es inevitables.
Los comulgantes da
un paso más en la búsqueda inútil
de Dios por parte del hombre. Si en Como
en un espejo Dios era un difícil remedio
a los problemas humanos, aquí su ausencia es
total. El sacerdote luterano protagonista ya no cree
en él, tras la muerte de su esposa ha entrado
en una crisis de fe, pero desde su posición dentro
de la pequeña comunidad continúa trabajando
como si nada ocurriera. Sin embargo los escasos feligreses
acosados por sus dudas y sentimientos acuden a él
en busca de alivio, cosa que es incapaz de dar.
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| Los
comulgantes (1963) |
Una vez más la soledad y el aislamiento personal
de los personajes son imposibles de romper, tanto el
amor solicitado por una de sus feligresas enamorada
como la angustia de otro de ellos aterrorizado por el
peligro nuclear y al borde del suicidio, provocan unas
reacciones en el sacerdote que llevan al desastre. Su
indiferencia ante una y su fracaso en tranquilizar al
otro le llevan a una nueva crisis personal, encontrándose
totalmente desamparado ante el silencio que encuentra.
La percepción de la necesidad de calor humano
en las relaciones y la dificultad en conseguir aportar
dicho calor ante la ausencia de Dios, queda reflejada
en una puesta en escena cada vez más escueta
y fría. Aquí Bergman utiliza los elementos
mínimos para transmitir esa distancia insalvable.
Nada tiene que ver con la exhuberancia de El
séptimo sello o de El
manantial de la doncella, la puesta en escena
es austera y llena de simbolismo, con paredes desnudas,
salvo en la iglesia. Es una obra clave dentro de su
filmografía.
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| El
silencio (1963) |
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Finalmente, El silencio
avanza en la presentación de un mundo triste
y desagradable, lleno de alienación y de falta
de comunicación. Las hermanas protagonistas llegan
en un tren a una ciudad de un país extraño
que se encuentra en guerra y en el que hablan un complicado
idioma que desconocen, se alojan en un hotel prácticamente
vacío, en compañía de unos enanos
y del hijo de una de ellas que contempla entre sorprendido
e interesado la situación.
Es un mundo pues, totalmente hostil, en el que la enfermedad
de una de las hermanas la deja prácticamente
aislada en la habitación, sin conseguir que su
hermana, una mujer de una gran sexualidad, le alivie
en su angustia y en su dolor, más preocupada
esta última en conseguir alguien con quien aliviar
sus necesidades físicas.
Las relaciones de dependencia entre las mujeres avanzan
las posteriores de Persona
y se adivina, de nuevo, la falta de un asidero espiritual
para la solución de los problemas. La comunicación
humana es dificultosa, pero, sin embargo la única
posible. Es posiblemente la película más
dura de ver de toda la filmografía de Bergman,
por la exhibición descarnada de las situaciones.
Sorprendentemente tras un período tan extraordinario,
en el que sus problemas existenciales se exponen con
tanta nitidez y tan descarnadamente, una vez más
Bergman cambia de registro. Tras la aspereza y sequedad
de sus filmes anteriores, vuelve a recurrir a la comedia
por última vez en su carrera. Por
no hablar de esas mujeres (1964) parece más
bien un ajuste de cuentas que cierra una difícil
época tanto de crítica como de público.
Evidentemente la dificultad de sus últimas obras
habían creado un ambiente de controversia que
no favoreció el éxito de sus propuestas.
En este film, su primero realizado en color la emprende
con el proceso creativo y con sus críticos. Una
vez más las mujeres son el centro de una farsa
en la que utiliza un tono algo felliniano para, de nuevo,
reflexionar sobre su propia creación, haciendo
que forme parte de la propia película y marcando
líneas de actuación que conformarán,
con un tono menos festivo, su evolución como
director. Fue bastante despreciada por la crítica
en su estreno pero tiene muchos puntos de interés,
al indagar sobre el arte y en ella que se burlaba de
la crítica que siempre buscaba en el arte símbolos
inexistentes.
Este tipo de declaraciones, implícitas o explícitas,
fue habitual entre los directores de los años
60. Aún recuerdo una entrevista a Fellini en
la que declaraba que la mayor parte de los símbolos
de los que hablaba la crítica especializada cuando
trataba de sus películas,
eran totalmente ajenas a sus intenciones y que simplemente
había expuesto ciertas imágenes porque
le parecía que encajaban bien con el conjunto.
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