
7. PERSONA. APARIENCIA
Y REPRESENTACIÓN
Persona (1966) es
la película que, en mi opinión, supone
el punto más alto de la obra de Bergman, y en
ella realiza un estudio no sólo de los seres
que exhibe sino del propio proceso creativo, introduciendo
elementos distanciadores muy brechtianos a lo largo
de la película, con el fin de crear consciencia
de que lo que estamos viendo es una recreación
de algo, manipulado por su director.
La anécdota es muy sencilla en apariencia. Una
actriz que ha dejado de hablar repentinamente durante
una representación teatral es tratada médicamente
en una mansión privada, situada en una isla,
por una enfermera que intenta conseguir su curación
para lo que intenta comunicarse con ella mediante la
palabra, sin conseguir de la otra parte más que
el silencio. El resto de la película es la especial
relación que se crea entre ambas mujeres, donde
la actriz se va adueñando pausada pero constantemente
de la personalidad de la enfermera, sin decir una sola
palabra.
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La dominación por el silencio, creando la necesidad
de contacto humano verbal en el ser más indefenso
o, al menos, más confiado, se muestra en la
película
como aparente tema central de la misma. El proceso
de vampirización entre la enfermera y la
actriz
"muda", se me antoja insuperable, el grado
de identificación progresiva entre ambos personajes
queda explícito en un genial primer plano
—acusado en su momento de demasiado ingenuo— de
ambas en total conexión, que, posteriormente,
ha sido utilizado en alguna ocasión por otros
directores, pero que nunca se ha superado en el
clímax conseguido
por la aparición de los rostros integrados,
en una muestra más de la enorme habilidad del
realizador para explorar el interior de los seres
a través
del rostro humano.
Sin embargo, esta dominación no me parece,
en absoluto premeditada, no olvidemos que la actriz
se encuentra aislada con la enfermera debido a unos
problemas mentales difusamente planteados en el film,
que le impiden voluntaria o involuntariamente comunicarse
verbalmente. Parece evidente que existe una voluntariedad
en la falta de habla en la actriz, que obedece más
a una toma de postura ante la vida que a un intento
de dominación
sobre otras personas. Cuando deja de hablar —en
una representación teatral, su trabajo—
no se plantea ninguna relación de dominio sobre
los demás, simplemente decide que su forma
de vida y su trabajo son accesorios para su existencia
y decide prescindir de lo accesorio para concentrarse
en lo esencial buscando una respuesta a su angustia
existencial.
De esta forma lo que la película propone, es
el enfrentamiento entre dos personas, en todo el significado
de la palabra persona, con diferentes planteamientos
existenciales, así como el conflicto y la simbiosis
que se produce entre ellas, a lo largo de su enfrentamiento,
aunque parece que el director toma partido, eso sí,
en el sentido de que la persona de planteamientos más
puros y esenciales prevalece sobre la otra, más
terrena y con más necesidades.
En la base del film Bergman trata de realizar una
exposición del vacío existencial de
las personas, el terror a la nada y a la falta de
significado de sus vidas que es la razón
por la que la actriz, consciente de esa nada, considera
inútil su actividad,
de ridícula importancia frente a la magnitud
de ese vacío y el terror que genera. La consciencia
de la muerte como desaparición total y absoluta
planea también, de este modo, en la película
como en tantas otras en la obra de su director.
Además, el hecho de que la actividad de la
protagonista sea actuar, junto con el juego de imágenes
aparentemente —solo aparentemente— ajenas
a la trama que Bergman utiliza desde el mismo comienzo —espectacular
por lo inhabitual— del film son elementos que
le permiten al director extenderse en una reflexión
sobre la representación y la realidad, sobre
la apariencia y la verdad también presente
en otras películas suyas. La máscara,
como símbolo de representación y
de ocultamiento de la realidad.
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En este sentido me parece interesante destacar la
falta de indicaciones de Bergman para separar las
escenas
"reales" con las "imaginadas" ya
que, al contrario de lo habitual donde o bien la planificación
o bien el tono de la fotografía son diferentes,
aquí todo sucede como si fuera real. Trabaja
ambas posibilidades con la misma textura y el mismo
tipo de realización, como queriéndonos
decir que ambos estados de vigilia y ensoñación
son similares y ambos forman parte por igual
de la propia persona en igualdad de importancia.
Este efecto ya lo había utilizado en Fresas
salvajes al conseguir esa cohesión
entre los recuerdos y el presente del profesor.
El tema de la apariencia y de la representación,
se encuentra muy presente en el cine de este realizador,
la misma escena del bonzo ardiendo de Persona
marca la diferencia para la actriz entre la verdad "representada"
y la verdad "real", o el horror verdadero
de la muerte.
Curiosamente esta muestra del horror real de la vida
se muestra a través de otro medio de representación
como es la televisión, pues no olvidemos que
las imágenes que vemos en este medio son, de
alguna forma, manipuladas, es decir, representadas.
Esto introduce una nueva reflexión sobre los
diferentes medios de exposición de la realidad
ante el espectador:
- El teatro, actividad primordial de la protagonista
de Persona, de otros
personajes de sus películas y una de las del
propio director, donde la representación se
realiza sin intermediarios, cara a cara con el receptor
de la manipulación que a su vez es consciente
de dicha manipulación.
- La televisión, donde el receptor puede encontrarse
indefenso ante dicha manipulación, inconsciente
de ella.
- El cine —tan manipulador como la televisión
y el teatro, o incluso más— donde
la sala oscura y el tamaño de las imágenes
pueden producir en el aislamiento individual de
cada receptor un efecto de alienación que
provoque su compenetración con
los personajes mostrados haciéndole formar
parte de ellos; hasta tal punto que en ocasiones
Bergman
busca romper
esa intensa conexión
mediante cortes —el quemado de la película—
para que recuperen su consciencia de receptores
de una representación y, de este modo,
la lucidez perdida durante la representación.
Por otro lado y en relación con el aspecto
narrativo de la obra y con el posible simbolismo de
muchas de sus imágenes —en su momento su cine
se valoraba fundamentalmente en función de
sus símbolos—
es interesante el precedente que supone su película
inmediatamente anterior, la comedia Por
no hablar esas mujeres (För
att inte tala om alla dessa kvinnor, 1964).
En cualquier caso, simbólica o no —para
mí sí que existe un evidente simbolismo
en muchas de sus imágenes—, lo que sí
da la impresión es de que, en aquel momento,
más que narrar historias
lo que hacía
Bergman era exponer ideas, dejando la verosimilitud
narrativa a un lado para explicar sus puntos de vista
sobre los temas que le interesaban: más que
narraciones planteaba ensayos.
Realmente las forzadas interrupciones del hilo narrativo
mediante la utilización de diferentes recursos
—con el objetivo de hacer presente la simulación
y manipulación que todo film supone esencialmente—
fueron, al menos para mí las primeras
veces que pude ver esta película,
totalmente necesarias dado el grado de implicación
que inconscientemente estaba teniendo con la historia.
En resumen, a mi parecer nos encontramos ante una de
las obras cumbre de la historia del cine.
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