
09. relaciones
humanas
El rico período creativo anteriormente comentado
pareció torcerse con La
carcoma (1971) correcta película pero
obra menor en comparación con las que le rodean,
demasiado intensas como para que, por contraste, resulte
visible dentro del panorama general del cine de Bergman
en su momento.
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| La
carcoma (1971) |
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Su comienzo resulta muy penetrante, con la escena del
encuentro de la protagonista con su madre recién
fallecida, tan reciente que se entera a su llegada al
hospital, resuelta de forma magnífica y mostrando
en el personaje de la protagonista, una vez más,
el efecto dela muerte, la angustia de la soledad y la
insignificancia de la vida. No obstante, poco a poco,
la película va tomando unos derroteros más
rutinarios, utilizando un procedimiento más lineal,
lejos de la complejidad visual de sus obras anteriores
para ilustrar al espectador sobre los efectos de un
elemento, en forma de tercera persona, distorsionador
sobre un matrimonio.
De nuevo las relaciones de la pareja aparecen como
tema prioritario en la propuesta pero utilizando, en
mi opinión, metáforas no por bellas menos
elementales y reduciendo la película a un muestrario
de los elementos que conforman el deterioro del matrimonio
de manera más o menos previsible y renunciando
al avance visual y expresivo que su cine experimentaba
en su obra anterior.
La mediocridad de sus personajes va tiñendo
el film de una cierta apatía que se adueña
del espectador. Quizás no sea ajeno a ello la
utilización de un actor para mí inadecuado,
o al menos chocante en el contexto de su cine, como
Elliot Gould, a no ser que trate de expresar con su
aspecto banal, en contraste con los actores llenos de
expresividad habituales, la pequeñez de la existencia
de sus protagonistas.
Tres hermanas, una de ellas a punto de morir de cáncer
en la casa familiar, las otras dos acuden cuidarla,
y una sirvienta, pero algo más que una sirvienta,
sus relaciones con la hermana enferma son profundas
a consecuencia de un episodio pasado de maternidad de
la sirvienta. Estos son los mimbres de Gritos
y susurros (1972) y con estos mimbres se construye
una de las obras más angustiosas del director.
Esta película fue tachada de esteticista en
su momento y una cierta parte de la crítica la
despreció por esa causa. Evidentemente hay algo
de cierto en ello, el exceso de decorativismo y de primeros
planos en atención al buen hacer de sus actrices,
y un cierto apoyo visual innecesario a los temas tratados
reduce algo la calidad del film. Pero, por el contrario,
esa elaboración estética nos lleva a una
utilización de espacios, rostros y color como
pocas veces se han visto y todo ello sin perder nada
de los conceptos vertidos en ella por Bergman, que,
como no podía ser de otro modo repite muchas
de sus obsesiones en la misma.
Después de la aparente mediocridad reflejada
en La carcoma, y apreciado
un camino sin salida y repetitivo en la expresión
de sus temas más queridos, aquí reaparece
con fuerza el hombre, sacando el máximo partido
a la escenografía a la luz y al color. El blanco
de la inocencia, el rojo de la pasión y el negro
del dolor y la muerte se combinan con inteligencia y
elegancia en una fenomenal fotografía de Sven
Nykvist, quien como anteriormente en Pasión,
utiliza magistralmente sus recursos para sumergirnos
en un tremendo drama de dolor y la falta de comunicación.
Una idea recurrente que asoma en muchas películas
de Bergman es el contacto físico como medio de
comunicación y de ayuda, la necesidad de muchos
de sus personajes de dicho contacto y la dificultad
de conseguirlo. Ese contacto que asienta a sus personajes
en la tierra y les proporciona un asidero físico
imprescindible para poder descansar de sus temores e
incertidumbres.
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| Gritos
y susurros (1972) |
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En Gritos y susurros
aparece claramente esta necesidad, donde el dolor de
la enfermedad, tanto física como moral, pretende
ser, de alguna forma, aliviado por ese difícil,
casi imposible, contacto entre las hermanas, cada una
con sus propios problemas y con el horror que les produce
la presencia de la muerte presentida de la hermana,
y resuelta magistralmente en ese plano tan pictórico
–alabado y criticado en su momento por el excesivo
esteticismo–, representando a la Pietá,
con el personaje de Anna, la sirvienta, acogiendo a
la enferma en su seno, como el único personaje
capaz de aliviar su sufrimiento ante su próxima
muerte
Las hermanas, ante el espectáculo tremendamente
angustioso del dolor de la enferma y ante la proximidad
de su muerte, van mostrando sus carencias de amor. Una
de ellas, la mayor y más intelectual, porque
ya ha renunciado a él, su carácter es
áspero, desprecia a su marido, quien llega a
producirle repulsión física y llega a
automutilarse en una escena que recuerda otra que, muchos
años más tarde, causó un choque
emocional en muchos espectadores que olvidan o no conocen
los antecedentes. Esta mujer se encierra en un caparazón
de autoprotección y no es capaz de darse a los
demás. La más joven es diferente, sensual,
alegre, consagrada a sí misma y a su propio bienestar
y belleza, no tiene un interés real en llegar
a comunicarse con las demás es pura apariencia
y, en el fondo, cruel, pero siendo diferentes coinciden
en que, en ambos casos, no saben qué hacer ni
cómo reaccionar ante los terribles dolores que
sufre su hermana.
La enfermedad y la muerte les aterra, pero el panorama
es visto desde un segundo plano por la sirvienta, que
solo interviene cuando las hermanas no están.
En esos momentos es la única que sabe qué
hacer, cómo calmar los dolores físicos
y mentales de la enferma, es la única que puede
aportar ese contacto físico y ese amor que es
negado a las otras, es la única que puede llegar
a una real comunicación con la enferma, y la
enferma descansa con ella.
Bergman, a pesar de la exquisitez de su puesta en escena,
no nos ahorra los momentos más desagradables
en largos planos de la enferma sufriendo con terribles
dolores, su aproximación al dolor es tan física
que hace daño, resulta difícilmente soportable,
la angustia violenta al espectador tanto como la acogida
de Anna a la enferma le alivia. Sin embargo, a pesar
de este alivio y de las imágenes finales, que
rememoran los buenos y viejos tiempos, esta película,
con sus fundidos en sangre, deja un sabor amargo de
pesimismo ante la actitud final de las hermanas cuando,
tras la muerte, continúan con sus egoísmos...
aunque siempre queda una Anna de esperanza.
Plenamente centrado en esa época en aspectos
del ser humano más realistas, menos metafísicos,
realiza para la televisión la película
Escenas de un matrimonio
(1973), una serie de más de cinco horas de duración
en la que, en diversos episodios, disecciona con la
precisión de un cirujano, las relaciones de pareja
entre dos personas.
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| Escenas
de un matrimonio (1973) |
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Desgraciadamente la versión que conozco es la
que fue proyectada en las pantallas de los cines y corresponde
a un montaje especialmente realizado para ello de aproximadamente
la mitad del tiempo original de la serie, y, aunque
dicho montaje alternativo fue llevado a cabo por el
propio director, es absolutamente imposible que sus
intenciones originales no quedaran distorsionadas por
los necesarios recortes. Así pues, salvo dar
algunas ideas de lo que recuerdo de la película,
me limitaré a exponer las líneas generales
del film ya que no me parece correcto el hablar de algo
que considero no conozco en su debida forma por no haberla
visto en las condiciones adecuadas.
En la película se van mostrando las diversas
etapas de la relación de una pareja comenzando
por el período en el que su matrimonio funcionaba
con normalidad y pasando por las diferentes fases de
aburrimiento, discordia, separación, intento
de reconciliación y, finalmente, su conversión
en amantes.
Todo ello se produce a lo largo de una serie de situaciones
y conversaciones, mostrando a los protagonistas en la
intimidad y en la relación con otras personas,
y todo visto desde una cámara que, al contrario
de su película anterior, es menos notoria, más
funcional, menos visible, como corresponde a un estudio
más realista preparado para la televisión
donde lo que prima es la sencillez antes que el exceso
de elaboración, teniendo en cuenta el amplio
espectro de personas que pueden contemplar la obra.
Este examen profundo de las relaciones de pareja se
resuelve magníficamente en ciertos momentos mediante
tensas situaciones catárticas en que los personajes
sacan a la superficie sus problemas ante otros como
sintiendo la necesidad de que con esa confesión
se aplaquen sus problemas.
Mis recuerdos de ella no son especialmente buenos,
salvo en escenas y en momentos concretos que recuerdo
espléndidos, pero supongo que la razón
de esa impresión es la falta de conocimiento
real del film en su conjunto ya que, por otro lado,
es una película que siempre ha sido muy bien
acogida por la crítica que, supongo, ha tenido
acceso al montaje televisivo.
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