
10. un periodo
de crisis creativa
Dada la doble actividad de Bergman en los campos teatral
y cinematográfico, era de esperar que en algún
momento se decidiera a mezclar ambas disciplinas y este
fue el momento que consideró propicio, después
de una época en la que parecía que en
su cine todo estaba dicho y necesitaba un cambio de
ideas para mantener la atención.
Por otro lado y sorprendentemente, la elección
de Bergman para llevar a cabo este experimento no fue
una obra de teatro al uso (Strindberg podría
haber sido una elección más que razonable
en su trayectoria) sino una ópera. Claro que
siendo una ópera si que parece que Mozart era
una posibilidad lógica teniendo en cuenta la
admiración del director por ese músico
utilizado con frecuencia en sus películas.
En cualquier caso La flauta
mágica (1975), obra de música alegre
y desenfadada parecía en el extremo opuesto de
su cine, áspero, amargo y trascendente, así
que su elección constituyó toda una sorpresa
que fue recibida con prevención por los seguidores
de su cine que esperaban sorprendidos cómo se
iba a llevar a cabo la conjunción de dos genios,
uno musical y otro cinematográfico de épocas
tan dispares.
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| La
flauta mágica (1975) |
Aquí se le planteaba al director un dilema,
¿cómo llevar a cabo esa representación?
Las convenciones dicen que hay que evitar que la traslación
del teatro al cine se limite a una pura filmación
del hecho teatral que sucede sobre el escenario, el
cine y el teatro son medios distintos y así deben
seguir. Y sin embargo Bergman se limita a eso, a mostrar
el escenario durante la representación, no estáticamente,
claro, pero en ningún momento oculta que lo que
el espectador contempla es teatro, ahora bien introduce
una serie de elementos que le permiten una cierta personalización
de la representación.
Utiliza carteles manejados por los propios actores,
haciendo más notoria la representación,
los efectos puramente teatrales son agudizados, escenario,
decorados se emplean de forma que el espectador es siempre
consciente de lo que ve, con insertos de rostros atentos
como un efecto distanciador, y resuelve el problema
de la introducción musical con el recurso de
mostrar, con una cadencia musical, los rostros de esos
teóricos espectadores que asisten en la sala
al espectáculo, en uno de los momentos más
interesantes del film, donde la aparición de
los rostros de espectadores de diversas razas y lugares
parece pretendr ser un símbolo de la capacidad
de la música para llegar a todo el mundo.
Sin embargo esta es una película que gustará
a los que gustan de Mozart y de su ópera pero
que apenas introduce nada nuevo en la concepción
del mundo personal del director que salva los papeles
con dignidad pero sin especial acierto.
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| Cara
a cara (1976) |
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Después de la extraño paso dado con La
flauta mágica, Bergman comienza a evidenciar
síntomas de una cierta crisis creadora. De nuevo
trata de esbozar, con Cara
a cara (1976) una película de repercusiones
psicológicas, esta vez utilizando el recurso
del suspense, pero comienza a repetirse en el fondo
sin aportar recursos diferentes el la forma. Parece
elaborada para seguir una trayectoria personal, pero
resulta más forzada, menos original, más
rutinaria.
La película estaba prevista como una serie de
cuatro episodios televisivos que acabó siendo
un film único y quedan algunas secuelas de la
transformación en la película, con la
aparición de ciertas insistencias innecesarias.
Apunta ideas como la imposibilidad de cura de enfermedades
mentales por procedimientos psicológicos, que
desarrollaría mejor en De
la vida de las marionetas, o la posibilidad de
compaginar los desequilibrios mentales con la vida social,
considerando esa enfermedad como un estadio mas de la
personalidad del individuo pero utiliza procedimientos
ya conocidos para producir sensaciones impactantes,
como las escenas oníricas de la protagonista,
donde, como es habitual en el director, no existe ruptura
entre el sueño y la realidad haciendo que el
espectador se sumerja en el mundo mental de la protagonista
como si fuera –de hecho lo es– parte de
su vida “normal”.
Una vez terminada Cara a
cara, y en con la crítica enfrentada,
Bergman decide realizar su inmediata película
fuera de Suecia. Con capital alemán y producida
por De Laurentiis dirige El
huevo de la serpiente (1977), una atípica
película del director cuya estructura cinematográfica
es, posiblemente, la más convencional de toda
su obra. Lejos de exhibir los miedos internos de sus
personajes, aquí el horror está introducido
por un elemento externo.
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| El
huevo de la serpiente (1977) |
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La apariencia de la película es de una extraña
aventura, en la que sus personajes se ven envueltos.
Este aspecto perturbó a los que, de alguna manera
se habían acomodado a un especial universo creado
en su producción anterior, pues lejos de continuar
con su personal mundo, dio un aparente salto al vacío
para realizar un cine más convencional, con aspectos
muy langianos. Este es un extraño y desconcertante
film, que, como él mismo definió, trata
sobre el terror, pero sobre el terror que el nazismo
provocó en su época, en los año
previos a la guerra.
Sus personajes se mueven en una fantasmagórica
Alemania llena de miseria y de tristeza, completamente
desolada, donde la especulación triunfa y donde
unos monstruos, que deberían ser humanos, juegan
y trafican con hombres y objetos ante la impotencia
de las víctimas. Ese aislamiento remite, de alguna
forma, al de los protagonistas de El
silencio, y la trama en la que se ven envueltos
es una trama sin salida posible, la muerte está
presente continuamente, desde las primeras escenas.
Bajo ese punto de vista la película no deja de
ser una continuación de su obra, pero la forma
convencional de realizarla, como si un film de suspense
se tratara, y la aparición de una serie de personajes
algo convencionales y esquemáticos, redujo el
interés de la película, que, sin embargo,
no es en absoluto despreciable, ni siquiera en el contexto
de su obra.
Después de la extraña impresión
que produjo la aparentemente más impersonal El
huevo de la serpiente, y de las malas críticas
conseguidas tras sus anteriores películas, Bergman
trató de recomponer su prestigio mediante la
realización de Sonata
de otoño (1978), una pieza de cámara
en la que, en forma de dúo, enfrentó a
una de sus mejores actrices habituales, Liv Ullman,
con la que, en aquel instante, era uno de los monstruos
sagrados e la interpretación en el panorama internacional,
la actriz sueca Ingrid Bergman.
En esta vuelta a su estilo, de nuevo se planteaba los
términos de las relaciones familiares, tortuosas
y difíciles, entre una madre, intérprete
musical reconocida, que por su profesión y por
sus gustos vive un tipo de vida de alto nivel social
y una hija, que no comparte, esa forma de vida y que
pretende una subsistencia más sencilla, más
personal, menos volcada hacia el entorno.
La película está construida de una forma
perfecta, como la pieza musical que pretende ser, con
escenas entre los personajes que van desgranando sus
recelos y sus odios. Sin embargo, resulta un tanto esquemático
la contraposición de la madre egoísta,
que solo piensa en su arte, con la hija sencilla, capaz
de sentimientos humanos, que parecen casi incompatibles
con la madre. Todo ello reforzado con más subrayados
de lo habitual en miradas y actitudes. Sin embargo las
grandes interpretaciones y la buena arquitectura de
la puesta en escena, hacen que, sin ser una de las grandes,
merezca la pena su contemplación.
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