
13. en presencia
de un clown
En presencia de un clown
(1997), es una película realizada en video para
la televisión que, como he dicho en el apartado
anterior, demuestra palpablemente que si lo que habitualmente
vemos en nuestras pequeñas pantallas es inane
y falto de interés no lo es por el formato sino
porque o bien las cadenas no está interesadas
en suministrar calidad o porque en la actualidad no
se dan con frecuencia creadores del talento del que
nos ocupa o, me temo, porque ambas situaciones confluyen
en perjuicio del espectador.
Partiré diciendo que es una obra que me ha parecido
magnífica, hacía tiempo que un film no
conseguía conmoverme con sus imágenes
como en este caso, y me ha reafirmado que Bergman con
todos sus excesos y defectos, con toda su retórica
y su obsesivo mundo, es uno de los mayores talentos
del cine mundial de todos los tiempos.
Me temo que deberéis perdonar que desvele muchas
partes de la película pero en una film como éste,
cuyo interés consiste en él mismo no en
el teórico suspense de la trama, el problema
es menor. Por otra parte quería analizar con
un poco más cuidado esta obra ya que, a diferencia
de las otras anteriormente comentadas de las que todo
o casi todo está dicho, en este caso, por su
novedad y por la dificultad de su contemplación
se puede realizar un estudio sin temor a la repetición,
más limpio.
La película comienza con un largo prólogo
donde presenta a sus personajes. Este prólogo
tiene lugar en la época del cine mudo en una
clínica psiquiátrica donde nuestro protagonista,
Carl Åkerblom, está siendo tratado debido
a su actitud violenta, provocada por una enorme insatisfacción
interior, que le ha llevado a agredir a su novia Pauline.
Su obsesión es Schubert, su música y su
vida, y se pregunta insistentemente sobre la reacción
del músico al descubrir que iba a morir al verse
infectado por la sífilis. Pone en un gramófono
una y otra vez un fragmento de su música y se
encuentra en un estado de excitación considerable.
El doctor que le atiende, cansado y escéptico
no es capaz de sacarle de su mundo, ni de conectar con
él, en un paso más del director en mostrar
las carencias de la psiquiatría para aliviar
los problemas humanos.
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Sin embargo, en su estancia del hospital recibe tres
visitas, una de un nuevo paciente, Osvald Vogler amable
y culto, esposo de una riquísima mujer muda,
que le habla de la libertad interior que, encerrada
en uno mismo, es imposible de destruir, enfrentada a
la libertad aparente, convencional, y que consigue llamar
la atención de Carl con una de sus lecturas.
Carl le habla de sus proyectos, nada menos que realizar
la primera película sonora y ambos se ilusionan
con la idea de llevarlo adelante con una obra sobre
el final de la vida de Schubert. Posteriormente, una
vez que su compañero ha abandonado la clínica,
recibe a su novia, muy enamorada de él, a pesar
de todo, que quiere ayudarle y que se implica con él
en sus proyectos con el fin de que consiga liberarse
e su tormento interior.
Pero entre los dos encuentros, en un momento de soledad,
despertándole de un sueño y a los acordes
de la melodía de Schubert que le obsesiona, tiene
un tercer encuentro, un encuentro escalofriante con
un personaje que ha reconocido desde su infancia, un
clown ambiguo de figura femenino con el que mantiene
un enfrentamiento dialéctico y que trata de atraerle
sexualmente. La luz ha cambiado, se ha hecho lechosa,
a diferencia de en otras películas suyas hay
una clara distinción entre las imágenes
de la realidad y las de los sueños. La imagen
de la muerte se le hace presente pero de una forma alucinada,
fantasmagórica.
No obstante este preludio termina con una escena positiva
y esperanzadora, cuando Osvald Vogler aparece ahora
acompañado de su mujer –sordomuda–
ofreciéndole financiación para su proyecto.
Ya, en esta parte, se empiezan a analizar las relaciones
del arte con la realidad, cuando, por ejemplo, ante
la exposición de Carl a su novia del proyecto
de film, en el que mezcla los últimos momentos
de Schubert con la historia que Osvald leía en
su estancia en la clínica, ella reacciona diciéndole
que lo que va a exponer en su película no es
cierto, que no coincide con la realidad, a lo que Carl
responde que eso no tiene importancia, es cine.
Este prólogo está realizado con precisión,
no sobra ni falta nada, define a los personajes aunque,
por ponerle algún defecto, resulta un tanto explícito
en alguno de sus símbolos, no olvidemos que es
un producto para televisión.
Pero a partir de aquí, en el centro neurálgico
del film, hay un giro en la realización, mucho
mas emotiva y cálida. En una elipsis magnifica
se nos presenta a los personajes en plena gira de actuaciones
con el nuevo sistema de cine sonoro, elemental pero
ingenioso. La mujer de Osvald, les ha abandonado en
vista de la poca repercusión del invento, y les
ha dejado sin dinero, solo el que pueden ir rebañando
de sus actuaciones pueblo tras pueblo apenas suficiente
para mantenerlos. La industria que, en opinión
del director, debe ser sorda y muda, abandona al artista
si no hay dinero de por medio.
Han llegado al pueblo natal de Carl, y pretenden dar
una representación en una casa desvencijada.
Su madrastra, aún relativamente joven, trata
de conseguir que abandone el proyecto en una ambigua
conversación con Paulina a la que él no
asiste. Osvald, está viviendo en su propio mundo
esperando que vengan a por él para llevárselo
con su esposa y ser internado.
Se han vendido once localidades y empiezan a llegar
los espectadores, uno a uno, personalizados por las
explicaciones de la anfitriona en el pueblo, buscando
en el acontecimiento un avance en la cultura. También
acude la hermana de Carl, que ha querido verle. Y empieza
el espectáculo. Bergman filma las expresiones
arrobadas de los espectadores ante la filmación,
están asistiendo a algo importante, se sienten
espectadores de algo grande, están fascinados.
De pronto, la lamentable y precaria instalación
eléctrica comienza a arder, y el operador, trata
de apagarlo, la película se interrumpe y el color
blanquecino del reflejo de la pantalla en los rostros
se torna cálido.
En ese punto el espectáculo pasa de la pantalla
a la realidad, los espectadores contemplan los esfuerzos
de extinción del fuego como si fuera un espectáculo,
no están asustados, es como si las claves simplemente
hubieran cambiado, la realidad es también el
espectáculo. Tras el incidente y ante la imposibilidad
de seguir con la proyección, y el mal tiempo
reinante, Osvald propone continuar la representación
pero en vivo, utilizando la iluminación de las
velas que acaban de encender, teniendo en cuenta que
son ellos mismos los actores de la película y
que conocen sus papeles. Los espectadores aceptan encantados.
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El cine se transforma en teatro pero, aún más
, en el paso del primer “acto” al segundo,
y como consecuencia de un cambio de escenario, los espectadores
pasan a situarse en el lugar ocupado anteriormente por
los actores, e incluso una de las espectadoras propone
la lectura de un bello texto, lo que, tras el acuerdo
de todos, hace emocionada. El público se ha convertido
en representación, lo real y lo imaginario se
confunden, todo es una representación, todos
son actores y público. El mismo Osvald, que desde
que su mujer les abandonó parece vivir en un
mundo aparte, confunde continuamente su realidad con
la representación.
Mientras tanto y fugazmente durante la representación,
el clown se deja ver a Carl un par de veces, esta vez
sin disociación de ningún tipo, ni de
luz ni de color, solo las notas del tema musical. La
segunda vez, aterrado, interrumpiendo su papel cae al
suelo angustiado, lo que da lugar a uno de los momentos
más bellos del film, la hermana acude rápidamente
e inclinándose acerca el rostro al de su hermano
y le musita palabras de tranquilidad en un precioso
plano que me recuerda por su intimidad y calidez el
de Anna y Agnes en Gritos
y susurros, cuando Anna acoge a la enferma en
su regazo. La emoción aparece de una manera simple
y pura, sin retórica. Una vez más el contacto
y el calor humano sirven de bálsamo a los terrores
internos.
Finaliza la obra, la tempestad de nieve remite y todo
el mundo, que ha asistido más que a un espectáculo
a un ritual de comunicación, tiene que abandonar
el lugar. Osvald a requerimiento de unos alguaciles
que venían a recogerle ya lo ha hecho anteriormente.
Antes de despedirse pasan uno por uno por delante de
Carl y Pauline apuntándoles unas frases de admiración,
como los fieles se despiden del celebrante del ritual
religioso al concluir el oficio, uno de ellos, que no
se pierde ningún acontecimiento cultural –según
comentaba la anfitriona a su llegada– les hace
un comentario sobre la superioridad del teatro sobre
el cine.
Quedan conversando con la hermana que reitera su deseo
de que Carl permanezca con ellos, con su familia, lo
que es rechazado y aceptado por ella con cariño.
Se nota que todo ha terminado, no solo la representación
de ese día, sino el sueño. No hay dinero,
Paulina y Carl están solos de nuevo. En el breve
epílogo ambos están dormidos cuando el
clown vuelve a aparecer, la luz blanquecina inunda la
pantalla y las notas de Schubert despiertan a Carl que,
angustiado, despierta a Pauline, la violencia incontrolada
vuelve a aprisionarle, ella, que no puede ver al payaso,
espera su agresión aceptando su papel resignada.
Finalmente él, desesperado, viendo lo que está
a punto de hacer, se retira de ella e intenta quitarse
la vida pero ella lo abraza y se tiende sobre él
confortándole. Fin.
La emoción creada por esta hermosa película
es imposible de explicar, si tenéis ocasión
de verla no lo dudéis, pues es tan difícil
encontrar cine que hable del hombre y de los sentimientos
de forma tan apasionada, que no se pueden desperdiciar
las ocasiones.
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