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"Siempre
tengo muchos sueños cuando duermo. Estos sueños
son siempre sobre el futuro. En mis sueños el
futuro siempre es esperanzador. Un futuro rebosante
de paz y esperanza. Así que siempre me ha gustado
dormir".
Históricamente, la llegada de un nuevo milenio
ha sido siempre, en mayor o menor medida, dramática.
Y ha sido a las puertas del siglo XXI cuando ha surgido
una serie de realizadores que han intentado, algunos
con mayor fortuna que otros, retratar la juventud a
la que pertenecen o a la que observan.
En un momento en el que el mundo parece dejar como herencia
a los jóvenes guerras en cada continente, tribus
urbanas a las que adherirse,
generaciones X, Y, o W con las que identificarse o
necesidades consumistas absurdas a las que engancharse,
no es extraño que se
encuentren desorientados. Máxime en Japón,
el único país que ha vivido los efectos
de una bomba atómica, la bonanza económica de la posguerra y la recesión
de estos últimos años.
Cineastas como Todd Solonz, Larry Clark y Mike Leigh en occidente
o Wong Kar-wai y Hou Hsiao-hsien en oriente (entre muchos
otros) han intentado retratar la problemática
de los jóvenes, cada uno desde su punto de vista.
En la película que nos ocupa, Kurosawa (49 años)
desmonta el tópico de la incomprensión
adulta de los problemas de la juventud y sigue, con
un acercamiento cercano al documental, a Nimura (Jô
Odagiri) y Mamoru (Tadanobu Asano) por la gran ciudad
de Tokyo: dos jóvenes desorientados, perdidos
en su vida, que sobreviven trabajando a media jornada
en una lavandería de los suburbios. La única
preocupación de Mamoru es garantizar la supervivencia
de una delicada medusa roja, a la que cuida con total
dedicación. Nimura parece ser una mera comparsa
de Mamoru. Un día el jefe de la lavandería
aparece asesinado y todos los indicios apuntan como
responsable a Mamoru, quien es encarcelado y sentenciado
a pena de muerte. Entra en escena Shin-ichiro (Tatsuya
Fuji, protagonista de El imperio de los sentidos), padre de Mamoru, quien encontrará
en Nimura el hijo que ha recuperado cuando ya era demasiado
tarde. Ambos iniciarán un camino de mutuo acercamiento
en el que la distancia generacional se verá transformada
poco a poco en una relación paterno-filial.
Resulta curioso ese claro homenaje a La
naranja mecánica (A Clockwork Orange,
1971. Stanley Kubrick) que aparece reflejado en la pandilla
de vándalos de cuyas andanzas se muestran pinceladas
a lo largo de la película. Al igual que los compañeros
de Alex (Malcolm McDowell) en la película de
Kubrick, estos visten de blanco. Pero ni son la mitad
de vándalos, ni tienen un modelo a seguir…
como no sea ese Che Guevara que visten en las camisetas,
que es más un icono de moda (similar a otro icono
reciente, el toro de Osborne en la camiseta de otro
Alex, el protagonista de Elephant
[2003. Gus van Sant], curiosamente un retrato de la
juventud norteamericana) que un modelo ideológico.
Pero lo que verdaderamente me asombra de Kurosawa es
su capacidad para transformar una película de
género en una reflexión personal sobre
los temas que le preocupan. En Cure
(Kyua, 1997) convertía un thriller
policíaco en una reflexión sobre la soledad;
en Pulse (Kaïro,
2001), mediante una historia clásica de fantasmas,
planteaba los problemas del aislamiento y la incomunicación
de las personas. Esta vez en una película que
se escapa a cualquier intento de encajonamiento en un
género concreto, realiza una visión –optimista
a fin de cuentas– sobre el futuro de la juventud.
Una juventud que, como la medusa cuasi protagonista
de la película, se encuentra en un difícil
periodo de adaptación a un hábitat peligroso
y hostil. Pero que tiene una luz de esperanza en el
futuro, como revelarán los sueños premonitorios
de Mamoru.

La esperanza le llegará a Nimura a través de la medusa de Mamoru (pues éste es el alma perdida,
el precio a pagar para la salvación de Nimura,
el que acaba madurando por necesidad, cuando ya es demasiado
tarde). Por primera vez tendrá una responsabilidad
seria (más allá de no estropear una prenda
en la lavadora), pues la medusa (al igual que los jóvenes)
necesita unos cuidados especiales, atención constante
y un periodo de adaptación al mundo.
Y en esa adaptación al mundo, Nimura encuentra
–involuntariamente– ayuda en Shin-ichiro
quien de alguna forma intentará redimir su parte
de culpa en la destrucción social de Mamoru (al
no evitar su alejamiento tanto del hogar familiar como
de la sociedad en general), ayudando a Nimura a encontrar
su lugar en el mundo.
Hay veces que al analizar una película encontramos
señales donde no las hay, o realizamos dobles
lecturas de secuencias que ni estaban en el guión
ni en la cabeza del guionista, pero hay una escena que
encuentro reveladora hacia la mitad de la cinta. Es
el momento en el que Shin-ichiro apadrina a Mamoru
y le lleva a trabajar en el taller. Intentan arreglar
un viejo televisor que no consiguen sintonizar.
En castellano el verbo sintonizar no sólo se
aplica a los televisores, sino que describe el estado
en el que se encuentran dos personas que se comprenden.
Y está claro que Shin-ichiro y Mamoru no sintonizan,
hay una distancia generacional que se lo impide.
Será la medusa, la que siempre se anticipe en
la historia (es la primera en intentar atacar al jefe
de Nimura y Mamoru), la primera en conectar con
el mundo eliminando los componentes letales de su veneno
de tal forma que las personas a las que pica no sólo
no mueren, sino que se recuperan a los pocos días.
Y como la medusa, Mamoru realizará un proceso
de aprendizaje mediante el cual su acercamiento a Shin-ichiro
será total iniciándose al final de la
película un proceso de apadrinamiento que se
da por hecho concluirá como un proceso natural.
Una de las ventajas del sistema de rodaje de Kurosawa (rueda
las películas en unos 15-20 días para
abaratar costes) es la necesidad de planificación
muy detallada de las escenas de la película,
de tal forma que nos encontramos larguísimos
planos secuencia, se evitan los diálogos plano/contraplano
(lo que hace más rápido el proceso de montaje
de la película y consume menos tiempo de posproducción).
Incluso se permite el uso de la pantalla partida
quizá con ánimo de subrayar la enorme
distancia generacional que separa a Nimura y Shin-ichiro
(pues la franja vertical negra que les separa es similar
a un muro). El resultado final (tomas aéreas
incluidas) está salpicado de escenas de enorme
belleza visual (mi escena favorita tiene lugar al final
de la película, con el río Sumida plagado
de medusas que se han adaptado sin problemas al agua
corriente). Y la esperanza de que la juventud, educada
con sensatez, sea una lógica, pero acertada,
apuesta de futuro.
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