| Las imágenes que
abren y cierran Mystic River
están filmadas desde una altura considerable. Las imágenes
que abren y cierran la última película de Clint Eastwood
nos muestran el fluir caudaloso del río que bordea el
barrio que será escenario de la acción. Ambas circunstancias
perfilan los ejes fundamentales de la lúcida reflexión
que pone en escena el filme.
Estamos asombrosamente acostumbrados al visionado de
imágenes vacías. La televisión y la mayor parte del
cine industrial se han convertido en auténticas armas
de destrucción masiva en contra de la capacidad para
pensar o, mejor dicho, proponer o fomentar el pensamiento
a través de la imagen. Imágenes para el consumo y el
olvido, imágenes para cultivar un público perezoso y
conformista. Ante esto, sólo nos queda recibir dichas
imágenes rechazando nuestro rol de espectador y convirtiéndonos
en analistas del mecanismo de la actual e imperante
imagen vacía, una tarea harto deprimente. Se hace incluso
peligroso enfrentarse inocentemente a un telediario.
Hace poco leía en una revista de crítica cinematográfica
que presentaba un extenso estudio entorno a la figura
de Abbas Kiarostami, como la visión de las películas
de este director podía trastornar nuestra mirada hasta
tal grado que fuese imposible volver a mirar ciertos
clásicos del cine de la misma manera(1).
Algo parecido, desordenando el orden de los factores
y relativizando la relevancia cinematográfica de su
autor, me sucede con la película Bowling
for Columbine y los noticieros españoles. Se
ha convertido en una tarea imposible mirar los telediarios
nacionales sin escuchar los ecos y reverberaciones del
proceso de inculcación del miedo al que se haya sometida
la sociedad norteamericana, mostrado en el documental
de Michael Moore. La estridencia de la manipulación
del orden en el que se muestran las noticias, convirtiendo
lo que debería ser un informativo en una crónica de
sucesos, apunta en la misma dirección de lo enunciado
anteriormente: si no queremos ser absorbidos por la
ola de desinformación que planea sobre los medios de
comunicación, sólo nos queda convertirnos en analistas
de la imagen, en profesionales de la sospecha, y acorazarnos
contra el mensaje inscrito secretamente (cada vez menos)
en esas imágenes envenenadas. Solo enunciaré el nombre
de otra gran devastadora de la posibilidad de fomentar
el pensamiento a través de las imágenes: la publicidad.
Otro gran territorio de la imagen vacía. Y algunos dirán,
con parte de razón, que la imagen publicitaria es una
de las formas audiovisuales más sofisticadas y complejas,
por la cantidad de códigos que baraja y la multiplicidad
de mensajes solapados que pretende transmitir. Y sin
embargo yo digo que todo lo que pretende transmitir
es vacío, y que solo es interesante, para el espectador
inteligente, el estudio y desarticulación de esos códigos.
Ahora, puestos en situación, ya tiene cierta consistencia
y empaque afirmar que Clint Eastwood, a través de su
última película, ha construido un monumento contemporáneo
a la imagen que plantea conflictos trascendentes, a
la que fomenta los interrogantes y la reflexión, a aquella
imagen en la que lo que se solapa no son los códigos
y los trucos, sino las tesis y las formas del pensamiento.

La forma más apasionante que tiene el cine para pensar
es, en mi particular opinión, su propia forma. Las infinitas
posibilidades de la escritura cinematográfica son un
territorio demasiado rico como para ser desperdiciado.
La opción formal que escoge Eastwood en Mystic
River, su opción más arriesgada, queda sintetizada
a la perfección en las imágenes de apertura y cierre
de su obra. Una apuesta consistente en la elección de
un narrador oculto, un narrador silencioso y poderoso,
el auténtico protagonista de la película, el demiurgo
de la función. Ese ente lo observa todo desde una distancia
prudente, se sitúa por encima de los habitantes a los
que tiene bajo su embrujo, y su mirada sentenciosa se
hace explícita en la mirada cenital de la cámara de
Eastwood. Son recurrentes a lo largo de toda la película
las vistas aéreas, desde grúas o helicópteros, picadas
o cenitales, del barrio en el que se inscribe la acción.
Y su mirada no es la de las imágenes vacías de las habituales tomas aéreas que encontramos en la mayoría de
las grandes producciones de Hollywood, tiempos muertos
sin razón, herramientas para la satisfacción de la necesidad
de espectáculo de los productores o directores de la
industria, o espectadores del mundo entero. Tampoco
buscan esas tomas aéreas explotar un sentido de la épica que han llevado
al extremo Peter Jackson y George Lucas, el primero
sobre sus paraísos naturales y el segundo sobre sus
urbes digitales. No, la mirada aérea de Eastwood es
radicalmente diferente de las anteriores. Es, quizás,
su pariente más cercana en el reciente cine norteamericano,
aquella mirada fúnebre que sobrevolaba el plácido barrio
residencial de American Beauty,
aunque la opción que adoptaba Sam Mendes carecía totalmente
del poder devastador e interventor de la voluntad escondida
detrás del artificio formal que presenta Mystic
River. Esa voluntad aérea se pasea inmune e inquisidora
por encima del escenario que tiene bajo su control,
y encuentra su acomodo en su equivalente en la tierra,
el río. Esa voluntad es la conciencia del pueblo americano.
Es obvia la dificultad de plasmar en imágenes
esa conciencia invisible que domina las sociedades.
Una fuerza que define y da unidad al grupo, un conjunto
de valores sobre los que construir con garantías de
supervivencia un tejido social sólido. En realidad,
la dificultad va más allá de su representación en imágenes,
si tenemos en cuenta lo difuso que resultar simplemente
definirla. Cada sociedad cultiva sus pilares particulares
en el establecimiento de una identidad propia. En Mystic
River, Eastwood se sirve de la imagen cinematográfica
para, a través de una imagen metafórica, corporizar
lo abstracto de dicha idea. Esa conciencia que compacta
al grupo es un observador aéreo, un vigilante incansable,
y finalmente, un río místico y putrefacto por la muerte
que esconden sus aguas. El río no se detiene jamás,
su caudal se nos muestra homogéneo y saludable, apacible.
Y sin embargo, sabemos que esa es sólo su apariencia
superficial, su cara exterior, amable y orgullosa. Mientras,
sus profundidades esconden corrientes violentas. Su
auténtico poder se encuentra escondido, allí donde,
en contacto con el fondo, se dirime la batalla entre
el agua y la tierra, una batalla por defenderse y sobrevivir.
La fuerza de la sociedad se muestra en la capacidad
para salvar a sus miembros del dolor, sus principios
deben ser una protección para el individuo y esa mirada
aérea se encarga de defender tanto a sus miembros como
a sus ideales.
Una escena lo resume todo. Jimmy Markum
(Sean Penn) se haya abatido, desmoronado, perdido y
atormentado por los remordimientos tras saber que acaba
de matar por error a un buen amigo de la infancia (Dave
Boyle, interpretado por Tim Robbins), creyéndolo culpable
del asesinato de su hija adolescente. Hundido en la
penumbra, en el límite de lo soportable, entre el agua
y la tierra, será rescatado por su mujer (encarnación
del espíritu protector que cohesiona al grupo,
interpretada por Laura Linney). Ésta le explicará que
no debe sentir remordimientos ya que obró por el bien
de su familia, y eso jamás debe cuestionarse, no es
algo reprochable. La familia, columna vertebral del
entramado social, se convierte en la perversa excusa
para la redención del asesinato. Mientras, en la calle,
es día de fiesta. Un plano cenital abre dicha secuencia,
la banda de música que encabeza el
pasacalles aparece por la parte inferior del
plano, éste la acompaña mostrándonos un paisaje festivo,
un día para disfrutar "en familia".
Este es sólo uno de los territorios que
explora Mystic River.
Su carácter de radiografía del estado de salud de la
sociedad norteamericana es tan completo y global como
desolador. Pesimista, la película nos muestra, también,
lo que significa crecer con el estigma de un trauma
que se ve acrecentado por la condena de ser conocido
socialmente como el portador de dicho dolor. Nos muestra
al individuo dependiente del núcleo familiar, despojado
del cual se siente perdido e incompleto. Registra tangencialmente
el morbo que despierta en la gente la violencia, cuya
observación se ha convertido en un auténtico espectáculo
de masas a través de los medios de comunicación. Y juzga
con severidad la debilidad e hipocresía de la institución
eclesiástica.
Mystic River se erige
como una de las grandes películas de último cine norteamericano.
Una muestra más de la existencia de elementos, dentro
del mismo cine de Hollywood, capaces de mirar con lucidez
el patetismo de su propia realidad. Eastwood vuelve
a hacer cine grande y vuela tan alto como su mirada
cinematográfica.
|