trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003

Open Range supone toda una sorpresa en la carrera de Kevin Costner, cuya trayectoria en los últimos años no hacía albergar demasiadas esperanzas a tenor de los mediocres títulos que la han ido jalonando. Es por ello que llama tanto la atención la calidad que emana de éste su último film, donde sobresale, por encima de todo, un excelente trabajo de dirección.

Open Range remite, desde sus primeras imágenes –y salvando las consabidas distancias–, a los grandes clásicos rodados por Ford, Hawks o Mann en el pasado. Una referencia indiscutible es Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946. John Ford), con la que comparte muchos aspectos en el arranque y en la conclusión del conflicto que narra.

Como en aquellos, Costner gusta de definir con detalle la personalidad de los personajes, añadiendo al clásico e inevitable estereotipo que caracteriza el dibujo de los protagonistas de los grandes westerns cierta mirada personal que enriquece el resultado final.

 

Open Range se aleja de lo que podría haber sido otra mirada más hacia atrás, revisionista y crepuscular, del género, a modo de la exhibida por Clint Eastwood en la excelente Sin perdón (Unforgiven, 1992. Clint Eastwood), y se decanta por todo lo contrario. Costner ofrece un western a la antigua usanza que desprende autenticidad, cierta ingenuidad y respeto por los clichés más asentados en la memoria colectiva del espectador. Así, es grato volver a encontrarse con personajes de gran integridad moral y ética –casi desaparecidos del panorama cinematográfico actual– que llevan la defensa de su código de conducta, y de la justicia, hasta las últimas consecuencias.

Como en todo western que se precie, sus “héroes” son hombres que intentan escapar de un tormentoso pasado, sintiéndose libres sólo en las grandes praderas –lejos de las ciudades donde rigen la corrupción y la tiranía–, transportando ganado en una tierra donde las únicas leyes las marca la naturaleza, pero que también abrigan cierta esperanza de echar raíces.

 

Hay en Open Range una postura clara a favor de la conducta vital y la camaradería de sus principales protagonistas, principalmente los encarnados por el propio Costner y Robert Duvall, así como sutiles detalles que ayudan a “ver ese mundo” a través de sus ojos: el momento en el que Charlie Waite (Kevin Costner) carga su revolver antes de entrar por primera vez en el pueblo –o cuando también él y Boss (Robert Duvall) se hacen con sus rifles cuando dejan los caballos en el establo para ir a ver al sheriff– señala hábilmente la mirada desconfiada de esos hombres al territorio, presumiblemente civilizado, en el que se van a internar. Otro momento destacable de este aspecto es aquel en el que, tras el duelo, un Waite herido, contempla las consecuencias del violento enfrentamiento: cadáveres desperdigados por las calles, caballos sacrificados, inocentes heridos, las gentes del pueblo acosando y acabando con la vida de algunos de los matones que pretendían huir… Todo un pasado que vuelve.

Costner se toma su tiempo para contar la historia –apenas anecdótica, pero rica en detalles– profundizando en la descripción de los personajes y en sus movimientos en los distintos espacios en los que se desenvuelven. Ese detallismo no implica que su largo metraje no nos pase como una exhalación, gracias a la fluidez narrativa que logra dotar el director a la historia, donde apenas parece que “pase nada” hasta el espectacular final.

Acorde con la ya anunciada desconfianza que emana de la actitud de Waite y Boss en su llegada a la ciudad, prácticamente todas las escenas que transcurren en ella están cargadas de tensión y desprenden cierto aire de amenaza que no hace otra cosa que ir en aumento, subrayado por una omnipresente tormenta –los dos vaqueros se moverán entre los distintos escenarios bajo una arreciante lluvia que parece no tener fin– hasta el enfrentamiento final, que, paradójicamente, acontece bajo un sol luminoso.

 

Será en esa catarsis del duelo final, donde Waite y Boss se enfrentarán al cacique del pueblo, al sheriff y varios matones a su servicio. El duelo, todo un prodigio de planificación, aparece filmado y encuadrado con indudable maestría y donde el estallido ensordecedor de los disparos sustituyen a una ausente banda sonora. Costner muestra más que talento a la hora de rodarlo –a pesar de que incluya una desconcertante escena a cámara lenta bastante desafortunada, como la que también cierra la película, que desmerece el conjunto– y alcanza altas cotas de sabiduría cinematográfica en muchos momentos, como aquel en el que Waite acaba con la vida de uno de los matones que amenaza a Sue Barlow (Annette Bening), un plano general filmado cámara al hombro digno de alabanza.

No todo es perfecto en Open Range. Los ya citados ralentís y unos alargados minutos finales destinados a subrayar la relación amorosa entre Waite y Sue –para quien esto escribe, lo más flojo de la propuesta– no son dignos de cerrar una película que durante las dos horas precedentes había alcanzado cotas dignas que la aproximaban a una obra maestra del género.

© Manuel Ribera y trendesombras.com 2003

open range
Por Manuel Ribera

Dirección: Kevin Costner.
Guión: Craig Storper; basado en la novela The open range men de Lauran Paine.
Producción: 2003. EE.UU. David Valdes, Kevin Costner y Jake Eberts.
Música: Michael Kamen.
Fotografía: James Muro.
Montaje: Michael J. Duthie y Miklos Wright.
Reparto: Robert Duvall, Kevin Costner, Annette Bening, Michael Gambon, Diego Luna, Abraham Benrubi, Michael Jeter, James Russo, Dean McDermott, Kim Coates.