Open
Range supone toda una sorpresa en la carrera
de Kevin Costner, cuya trayectoria en los últimos
años no hacía albergar demasiadas esperanzas
a tenor de los mediocres títulos que la han ido
jalonando. Es por ello que llama tanto la atención
la calidad que emana de éste su último
film, donde sobresale, por encima de todo, un excelente
trabajo de dirección.
Open Range remite,
desde sus primeras imágenes –y salvando
las consabidas distancias–, a los grandes clásicos
rodados por Ford, Hawks o Mann en el pasado. Una referencia
indiscutible es Pasión
de los fuertes (My Darling Clementine,
1946. John Ford), con la que comparte muchos aspectos
en el arranque y en la conclusión del conflicto
que narra.
Como en aquellos, Costner gusta de definir con detalle
la personalidad de los personajes, añadiendo
al clásico e inevitable estereotipo que caracteriza
el dibujo de los protagonistas de los grandes westerns
cierta mirada personal que enriquece el resultado final.
Open Range se aleja de lo que podría haber sido
otra mirada más hacia atrás, revisionista
y crepuscular, del género, a modo de la exhibida
por Clint Eastwood en la excelente Sin
perdón (Unforgiven, 1992. Clint
Eastwood), y se decanta por todo lo contrario. Costner
ofrece un western a la antigua usanza que desprende
autenticidad, cierta ingenuidad y respeto por los clichés
más asentados en la memoria colectiva del espectador.
Así, es grato volver a encontrarse con personajes
de gran integridad moral y ética –casi
desaparecidos del panorama cinematográfico actual–
que llevan la defensa de su código de conducta,
y de la justicia, hasta las últimas consecuencias.
Como en todo western que se precie, sus “héroes”
son hombres que intentan escapar de un tormentoso pasado,
sintiéndose libres sólo en las grandes
praderas –lejos de las ciudades donde rigen la
corrupción y la tiranía–, transportando
ganado en una tierra donde las únicas leyes las
marca la naturaleza, pero que también abrigan
cierta esperanza de echar raíces.
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Hay en Open Range
una postura clara a favor de la conducta vital y la
camaradería de sus principales protagonistas,
principalmente los encarnados por el propio Costner
y Robert Duvall, así como sutiles detalles que
ayudan a “ver ese mundo” a través
de sus ojos: el momento en el que Charlie Waite (Kevin
Costner) carga su revolver antes de entrar por primera
vez en el pueblo –o cuando también él
y Boss (Robert Duvall) se hacen con sus rifles cuando
dejan los caballos en el establo para ir a ver al sheriff–
señala hábilmente la mirada desconfiada
de esos hombres al territorio, presumiblemente civilizado,
en el que se van a internar. Otro momento destacable
de este aspecto es aquel en el que, tras el duelo, un
Waite herido, contempla las consecuencias del violento
enfrentamiento: cadáveres desperdigados por las
calles, caballos sacrificados, inocentes heridos, las
gentes del pueblo acosando y acabando con la vida de
algunos de los matones que pretendían huir…
Todo un pasado que vuelve.
Costner se toma su tiempo para contar la historia –apenas
anecdótica, pero rica en detalles– profundizando
en la descripción de los personajes y en sus
movimientos en los distintos espacios en los que se
desenvuelven. Ese detallismo no implica que su largo
metraje no nos pase como una exhalación, gracias
a la fluidez narrativa que logra dotar el director a
la historia, donde apenas parece que “pase nada”
hasta el espectacular final.
Acorde con la ya anunciada desconfianza que emana de
la actitud de Waite y Boss en su llegada a la ciudad,
prácticamente todas las escenas que transcurren
en ella están cargadas de tensión y desprenden
cierto aire de amenaza que no hace otra cosa que ir
en aumento, subrayado por una omnipresente tormenta
–los dos vaqueros se moverán entre los
distintos escenarios bajo una arreciante lluvia que
parece no tener fin– hasta el enfrentamiento final,
que, paradójicamente, acontece bajo un sol luminoso.
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Será en esa catarsis del duelo final, donde
Waite y Boss se enfrentarán al cacique del pueblo,
al sheriff y varios matones a su servicio. El duelo,
todo un prodigio de planificación, aparece filmado
y encuadrado con indudable maestría y donde el
estallido ensordecedor de los disparos sustituyen a
una ausente banda sonora. Costner muestra más
que talento a la hora de rodarlo –a pesar de que
incluya una desconcertante escena a cámara lenta
bastante desafortunada, como la que también cierra
la película, que desmerece el conjunto–
y alcanza altas cotas de sabiduría cinematográfica
en muchos momentos, como aquel en el que Waite acaba
con la vida de uno de los matones que amenaza a Sue
Barlow (Annette Bening), un plano general filmado cámara
al hombro digno de alabanza.
No todo es perfecto en Open
Range. Los ya citados ralentís y unos
alargados minutos finales destinados a subrayar la relación
amorosa entre Waite y Sue –para quien esto escribe,
lo más flojo de la propuesta– no son dignos
de cerrar una película que durante las dos horas
precedentes había alcanzado cotas dignas que
la aproximaban a una obra maestra del género.
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