| Vivimos en un sueño,
como decía el clásico, o también como señalaba el obispo
Berkeley, allá en el siglo XVIII, la realidad no existe
y sólo es un producto de nuestros sentidos. Ése es quizá
uno de los mensajes,
el más obvio, que se puede sacar de esta cinta. Y sin
embargo, en esta película en la que no se hace más que
hablar de filosofía, toda está orientada a su aplicación
práctica, a su impacto sobre el mundo, a demostrar como
puede influir por el mundo.
No es
la primera de sus contradicciones.
Nos encontramos ante una cinta de animación, pero el
espectador no avisado se encontrará en un terreno desconocido,
ya que no estamos hablando de Disney, ni de animación
japonesa, ni tampoco de la ironía y desparpajo de las
series americanas destinadas a un público adulto. Estamos
hablando de la obra de uno de los maestros del cine
independiente Americano, Richard Lintlaker, y si esta
cinta es una excepción en el panorama de la animación
actual, no lo parece menos en el conjunto de la obra
de este autor.
Sin embargo todo no es más que una ilusión, una más
en el juego de espejos y espejismos que se descubren
en esta película.
En primer lugar por su técnica. Las diferentes escenas
que componen la película han sido rodadas en imagen real y luego transformadas en dibujo animado. ¿Una arbitrariedad? Quizás
así parezca para la mayoría del público, pero en un
mundo en que el dibujo animado, encarnado en los CGI,
pretende copiar la realidad hasta el extremo de ser
indistinguible de ella, no deja de tener su sentido
que, en esta cinta, la realidad sea substituida y disuelta
por la ilusión. En el fondo, nos hallamos ante un ejemplo
magnífico de adecuación entre forma y fondo, que demuestra
asimismo la originalidad del director, al ser utilizado
este recurso para plasmar la irrealidad del mundo, sin
recurrir a alucinaciones, sueños o flashbacks que revelen
un mundo paralelo, el camino tan trillado de las películas
de ciencia ficción, horror y misterio.
No es tan
extraña esta postura, puesto que no estamos en el terreno
de la fantasía. Vivimos en ese mundo, y al igual que su anónimo protagonista, no podemos escapar de él. Por esta razón,
la animación varía a lo largo de toda la película, de
acuerdo con el grado de consciencia y, casi podríamos
decir, compromiso, que el joven experimenta. Pasa desde
ser una leve presencia turbadora, intuida en el continuo
movimiento de las formas y fondos, en la irrealidad
de los colores, a cobrar vida propia, comentando las
diferentes visiones del mundo que se nos presentan,
para, al final, llegar a hacerse dueña de la realidad,
destruyendo la seguridad y conformidad en que el protagonista,
y nosotros, nos movemos.
Conformidad. Porque éste es otro de los puntales de esta película. En este mundo
moderno, donde la información nos bombardea continuamente
por todos los canales imaginables, la mayor parte del
tiempo nos limitamos a vagar, aprendiendo y olvidando,
casi simultáneamente, todo tipo de ideas, sin reparar
en que se contradigan o en lo que nos demanden. Así
se mueve este joven durante toda la primera parte de
la película, en todo similar al espectador pasivo que
observa desde su butaca, incapaz de establecer un orden
en el mundo que sale a su encuentro, hasta que algo,
simple, extremadamente simple, le fuerza a cambiar de
actitud y salir al encuentro del mundo.
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Actuar.
Quizás sea esta la tercera clave. Vivimos en la época
más apasionante de la historia, afirma, lleno de optimismo,
un vagabundo. Algunos críticos americanos ya señalaron
la importancia del mensaje de esta película en un mundo
post-11/9, inundado por el pesimismo, paralizado por
la confusión de ideas y la falta de seguridad. Un mundo
en el que es necesario, mas
que nunca, el pensamiento aplicado a la acción, puesto
que cada una de las visiones que se escuchan exige adoptar
una actitud ante el mundo, y todas ellas
parecen apuntar hacia el mismo objetivo. Solidaridad,
compromiso, democracia, libertad. Palabras que se escuchan
una y otra vez a lo largo de la cinta. Pero esta no
es una obra de tesis. Voces discordantes rompen el acuerdo
y, como dice uno de los personajes al ver a un anciano
encaramado a un poste, "él es todo acción, nosotros
todo pensamiento". Las palabras por sí solas, por muy
grandes o importantes que sean, no sirven de nada disociadas
del mundo.
No, no es
una obra de tesis. El joven protagonista sigue su viaje,
sin decantarse
por ninguna filosofía ni participar en ella. Solo
excepcionalmente se produce y es por que él se ha visto
subyugado por la belleza irreal de una mujer encontrada
en el camino. Muy al contrario, a medida que avanza
la película y se obra el despertar, el falso despertar,
del protagonista, se produce una
transición del mundo exterior al mundo interior.
Al final, la única cuestión importante es el significado
de la propia existencia, la única pregunta ante la cual
no es posible quedar indiferente o escapar, ya que,
una vez planteada, no existen, ni para el joven protagonista,
ni para nosotros, una vuelta atrás a la seguridad de
la habitación o la comodidad de nuestra butaca. Ni siquiera
dominar el sueño/realidad, nos servirá, ni, por supuesto,
intentar despertar a la realidad auténtica, si es que
ésta existe. Cada intento solo consigue acrecentar la
desesperación y, como en la vida, la
cinta se detiene en el umbral de la muerte, sin dar
una respuesta.
Para concluir, no deja de
ser irónico, que en una época en que se acumulan elogios
sobre el magro contenido filosófico de algunas obras,
una creación como ésta, henchida de pensamiento, original
en su forma y planteamiento, haya pasado casi sin pena
ni gloria, excepto para unos pocos.
Nadie dijo que la filosofía
tuviera que ser fácil... ni agradable.
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