
¿Qué puntos en común podrían tener los principales
focos de resistencia del panorama del audiovisual actual?:
creo que —esencialmente— la memoria; frente
a la televisión, que procede por mimesis, de manera
irracional, el cine cuenta con más de cien años de
memoria, y por tanto la conciencia de un medio y un
lenguaje. Para mí
es importante esta distinción, que no tiene que ver tanto
con un medio tecnológico, sino con una manera de pensar.
Yo estoy harto de ver televisión en pantallas de cine.
Alguna vez, muy rara vez, he visto auténtico cine
en formato televisivo. No se trata de esa memoria
de guiños, ni de
remakes, el lado más detestable de relacionarse
con el medio, que es lo que ha llevado al cine a un
callejón
sin salida de reproducciones, de estereotipos: se trataría
más bien de un diálogo con la Historia. Creo que es
algo tan normal que me asombra... si un cineasta decide
hacer una película sobre la tercera edad, ¿cómo va
a ignorar quienes han trabajado anteriormente con esas
mismas herramientas? Qué menos que, como un gesto de
curiosidad, estudiar cómo
lo ha bordado Bergman en Fresas
Salvajes, o Candilejas
de Chaplin, Umberto D
de De Sica. Es algo tan normal en el caso de un escritor,
y en el cine se considera casi una extravagancia ese
diálogo
con el propio medio. Fijaos como el lenguaje videográfico
de Godard para Histoire(s)
du cinéma debe poco a la sintaxis cinematográfica
de Griffith y sin embargo es uno de sus trabajos más
bellos en video. Probablemente porque es portador
y consciente de esa memoria.
En mi caso —pensando en el título que me propuso
Doménech(1), Work
In Progress, que alude, de alguna manera, a mi
película
En Construcción—
recordaba que yo quería llamar así a mi película en
un principio. Pensaba que era la acepción más apropiada.
En Construcción podía interpretarse como algo
gremial, la construcción de un edificio, pero la construcción
del edificio no es más que un marco temporal y físico
donde se desarrollan las historias. Sin embargo Work
in Progress tenía esa acepción, por un lado,
de algo que está en movimiento, de algo que se
está haciendo,
que tanto puede ser un barrio como una sociedad. En
Construcción es también una película finisecular,
del fin de un siglo y el comienzo de otro. Pensaba
que captando una pequeña transformación en esa parte
de la ciudad podía captar una pequeña parte del movimiento
del mundo, buscar los ecos del mundo. Por otro lado,
Work in Progress puede referirse a la película
misma, creo que el espectador toma conciencia, viéndola,
de algo que se está construyendo, que es la propia
película.
Es el reto de plantear un cine que normalmente se ve
como la ejecución de un plan absolutamente previsto
y cerrado de antemano, liberarlo a una experiencia
distinta.
 |
| Guerín
con parte del equipo de rodaje de En construcción. |
El cine casi siempre
funciona así, por compartimentos.
Primero se escribe un guión; posteriormente, el rodaje
es la ejecución más o menos fría de ese plan previsto;
y luego el montaje es otra fase de esa ejecución. La
realización de En Construcción duró tres años.
El primer año no rodábamos ni un solo plano, solo nos
reuníamos los estudiantes que constituían el equipo
de la película y yo y hablábamos. Hablábamos y veíamos
películas juntos. Sin embargo, sin esa experiencia de
ese año previo, hubiera sido imposible el resto, la
realización de la película a lo largo de dos años. Se
me habían ocurrido los títulos de algunas de las películas
hechas en ese sentido de Work in progress con
las que dialogamos durante esa fase de preparación,
de charla, de búsqueda de un léxico común. El guión
es una cosa que procede, tal como la entendemos hoy,
de Griffith, que llevó hasta una sofisticación extrema
la narratividad cinematográfica, pero que es una arma
de doble filo, porque por un lado ha permitido al cine
llegar a un grado de sofisticación fantástico, y de
ahí proceden gran parte de las obras más ambiciosas.
De el guión de hierro surgen Hitchcock, Dreyer, Ozu,
etc., pero también se ha convertido, y sobre todo en
la actualidad, en una forma de control. Es decir, ¿por
qué Griffith se inventa el guión? Por un lado, efectivamente,
por una exigencia sintáctica, por otro, porque sus películas
se hacen muy costosas, y entonces los inversores quieren
ver donde invierten el dinero. Esto del cine cuesta
mucho dinero y quieren tener un control sobre las ideas
y las formas de las películas. Tal es así que yo creo
que esa segunda vertiente, del guión como control sobre
el cineasta, se ha hecho mucho más poderosa que la primera.
Cuando escribimos un guión a menudo surge la duda de
si verdaderamente estamos construyendo una herramienta
de trabajo para hacer una película o si estamos más
preocupados de cómo seducir a una comisión del Ministerio
de Cultura, la televisión...
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| La salida
de los obreros de la fábrica
(1895) |
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Se podría ser instructivo, hablando de Work in progress,
y empezar por el principio, por La
Salida de los Obreros de la Fábrica (La Sortie
des usines Lumière, 1895) de los hermanos Lumière.
Yo tengo en casa alguna de las filmaciones previas.
Sabéis, seguramente, que filmó muchas tomas a lo largo
de muchos meses. Empezó a filmar las primeras salidas
de la fábrica en invierno. La que conocemos y ha pasado
como primera película de la historia del cine es una
versión que se desarrolla en verano. Es muy bonito porque
en las primeras ves la sombra de las ramas desnudas
de los árboles mientras en la versión final vemos sus
copas frondosas, sus sombras. Viendo esas distintas
versiones, se percibe como una idea de variaciones sobre
un mismo tema. Porque siempre es lo mismo: se abren
las puertas, salen los obreros, y concluye la filmación
con las puertas que se cierran. Entonces hay una serie
de variaciones, con un perro, un ciclista, un coche
de caballos, elementos que tienen un potencial de fotogenia
para que luzca el movimiento. En todo caso, el cineasta
se nutre de sus propias imágenes, las analiza y vuelve,
vuelve al mismo lugar, corrige la distancia, la angulación,
establece pautas a los obreros que salen. Hoy sabemos
incluso que Lumière llegó a supervisar personalmente
el vestuario de alguno de esos obreros. Y que, además,
fijaos, ya en esa película les pidió que no miraran
a cámara en la toma que él dio como buena, la final.
Ese conjunto de tomas sería un primer bello ejercicio
de Work in progress. No hay guión, no existe
esa tiranía del guión. El cine nace libre, y lo hace,
en parte, alimentándose de sí mismo, de la reflexión
sobre sus propias imágenes.
Hay una belleza en el cine de Lumière que a
mí me cautiva de una manera muy especial y que surge
de una fricción entre el deseo de control y lo aleatorio.
Él crea un dispositivo y, además, calcula bastante las
cosas, pero luego necesita de algo aleatorio que se
le escapa, y cuenta con eso, con lo accidental. El dispositivo
y el azar. Fijaos, habría dos modalidades: en la primera
él mismo provoca una situación, la salida de la fábrica;
y en la segunda la captura se realiza sin más mediación.
Pero en ambas está esa tensión, o esa fricción, entre
el cálculo de un dispositivo y el azar. Precisamente,
recuperando a uno de los cineastas vivos más ambiciosos
que tenemos, Rohmer tiene un trabajo sobre los Lumière,
para televisión, donde filma una charla entre Langlois
y Jean Renoir. Y ahí Langlois reflexiona sobre la belleza
de esas películas de apariencia azarosa, rodadas por
los operadores de Lumière. A lo mejor filman una avenida
de Lyon, y la película, el único plano, el único rollo,
se abre con un tranvía que cruza en primer término de
izquierda a derecha, cruza luego entrando en campo,
en profundidad de campo, un coche de caballos, unos
peatones, unos niños, y justo antes de que se cierre
la película, un tranvía, en sentido opuesto, cierra
la película, en un efecto de simetría precioso. Una
coreografía de entradas y salidas, de cuadro, de juego
en la escala, de espacio cinematográfico. Y dices, ¡cómo
es posible tanta belleza!, esta modulación del ritmo
interno del encuadre. Y es un producto, verdaderamente,
del azar. La realidad no se deja capturar así por las
buenas. Los operadores de Lumière, cuando llegaban a
una localidad, primero la estudiaban, estudiaban sus
movimientos y la luz a las diferentes horas del día
(sus emulsiones eran muy poco sensibles, necesitaban
mucha luz para filmar), y como producto de ese estudio
y del movimiento, elegían el ángulo, la distancia, el
momento de empezar y de acabar. Es decir que nunca es
producto del azar, o es producto, en todo caso, de una
manera de forzar el azar, de pactar con él.
Es curioso porque una de las películas que nos llamó
mucho la atención a mi equipo de alumnos y a mí fue
precisamente la que creo que es la primera, sin duda,
la primera película sobre la construcción que existe.
Una película de los Lumière que se llama Demolición
de un muro (Démolition d'un mur, 1896),
que no es ni más ni menos que eso, los operarios tumban
un muro. Pero ahí el operador, que a menudo era también
el proyeccionista (un acto muy íntimo el de la manivela),
en la proyección, como estaban descubriendo la naturaleza
del cine, ralentizaba o aceleraba según la naturaleza
del propio material. Y ellos descubrieron que era muy
divertido pasar hacia atrás la imagen y ver cómo se
construía el muro. Y esa condición de que la película
sobre la construcción tuviese esa naturaleza reversible,
es decir que fuese construcción y destrucción simultáneamente
nos dio la pista de cómo podíamos abordar nuestra película
En Construcción, debía contener esa misma ambivalencia
o ambigüedad. Se podía llamar En Construcción
con la misma propiedad que se podía llamar En Destrucción.
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Siguiendo cronológicamente y pensando en arquitecturas
en seguida me viene a la cabeza el slapstick
y, sobre todo, Charlot —Chaplin—, seguramente, el cineasta
que más quiero. Todos esos cómicos rodaban, por supuesto,
sin guión. Sin embargo, fijaos, casi el primer guión
era la arquitectura. Es algo sobre lo que me gustaría
meditar. Cuando se habla de cine y arquitectura
se suele hablar, normalmente, de películas que
abordan la arquitectura. Y sin embargo, hay una
relación muy íntima, y que a
mí me interesa mucho: la arquitectura como génesis
de la puesta en escena. Hay algo que tiene clarísimo
Louis Lumière desde la primera toma que hace y es
que la película
empieza con unas puertas que se abren y acaba con las
puertas que se cierran. Bien, Chaplin, cuando rodaba
sus cortometrajes, no tenía nada. No tenía notas escritas,
pero pedía que le construyeran algo, una pequeña
construcción.
"Porque si yo tengo una puerta y una ventana, yo puedo
empezar a hacer cosas. Si hay una puerta y una ventana
puede pasar un policía, me escabullo por aquí, juego
con la farola, le doy un sartenazo por una ventana".
Es decir la puesta en escena surge de un principio
arquitectónico.
Cuando Doménech(1) me
propuso esa expresión, Work in progress, mucho
más que
el ensayo y todo esto, pensé sobre todo en Chaplin.
Toda su filmografía además es un permanente Work
in progress. Reflexionar sobre la película que
se ha hecho para sacar nuevas ideas para la siguiente,
nuevos desarrollos, y es el que llevó más lejos
ese principio. El único que, al menos al final
de su trayectoria, pudo desarrollarla con todas
las de la ley. El rodaje de su película Luces
de ciudad
(City Lights, 1931. Charles Chaplin) sería
el modelo perfecto, el sueño de todo cineasta, una
gran producción donde el cineasta se permite tomar
un rumbo, abandonarlo, retomar, repetir un montón
de escenas con otro actor, parar el rodaje y pensar.
Pensar es el lujo más caro en cine. Pues Chaplin,
al final de su carrera, pudo hacerlo. Tenía todo
el equipo pagado ahí esperando
y él pensando, con tiempo para reconstruir, hacer correcciones
de guión. se me ocurre que quizás por eso es el mejor
cineasta de la historia.
El otro día aparecía en los diarios que están proliferando
muchos papeles sobre Casablanca
(Casablanca, 1942. Michael Curtiz), y casi
todos hacen hincapié sobre la idea de que Casablanca
es una película que si está muy bien, casi de puro
milagro, es a causa de un montón de azares y accidentes.
Tampoco la política de estudios ha escapado a esa idea
del Work in progress. Y desde luego, la idea
del guión cerrado, no significa que la actitud de los
cineastas sea homogénea. A Hitchcock se le reconoce
en ese sentido como un maniático, cualquier incidencia
que pudiera colarse en el estudio era una catástrofe.
Él lo tenía todo dibujado en sus storyboards,
cualquier incidencia de, llamémosle, la realidad o del
azar era una hecatombe. Y sin embargo Leo McCarey, otro
cineasta de estudio, pactaba de otra manera con las
incidencias.
En una película con un guión tenemos "exterior-día-soleado",
salimos a rodar y nos encontramos con una nubes. ¿Qué
hacemos con esas nubes? Habría ahí una política muy
interesante que llevaría a unos cineastas a pensar,
"vamos a rodar, vamos a cambiar el plan de trabajo,
rodamos en interior", y, frente a eso, habría otros
cineastas que pensarían "¿qué nos pueden aportar esas
nubecillas que tenemos por ahí a la secuencia que estaba
prevista?". Por lo menos se detendrían a pensar. O si
la actriz viene con ojeras... nos peleamos con maquillaje
o nos preguntamos un instante "¿Qué podría resultar?
¿Podrían aportarnos algo esas ojeras imprevistas?".
Es decir, que eso mismo ha existido, también, en la
política de los estudios. La cuestión es que la noción
de Work in progress y esta política con lo aleatorio
se ha borrado. No quedan huellas de ello en el producto
final de una película clásica.
Es terrible, pero la verdad es que se ha hecho imposible
hablar del cine moderno sin citar a Godard constantemente.
Me lo había propuesto, pero se ha hecho imposible. Es
en un texto de Godard sobre Rossellini, sobre Stromboli
(Stromboli, 1949. Roberto Rossellini) concretamente,
donde el veía uno de los rasgos esenciales del cine
moderno: la visibilidad de esas huellas. Es decir que
la propia película nos da cuenta de la experiencia misma
del rodaje. Pensaba en la relación entre el cineasta
Rossellini y la actriz Ingrid Bergman. Y como, en el
entrelíneas de esas imágenes, está latiendo esa historia.
De pronto se empiezan a hacer visibles esas huellas.
Y es verdad que en ese sentido la historia del cine
documental lleva una cierta ventaja en la carrera de
la modernidad. Una historia que empieza con la película
fundacional Nanuk, el esquimal
(Nanook of the north, 1922. Robert
J. Flaherty).
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¿Habéis hablado de Nanuk, el esquimal? ¡Fíjate,
siempre se deja lo esencial! ¡Dios mío, pero si ahí
está todo! Yo veo muchas veces esa película, entre otras
cosas, porque me remite a algo que ha comentado Carlos(2),
esas películas que te devuelven a un estadio originario,
la ilusión de ver algo por primera vez. Hay películas
que te devuelven a ese contacto inicial con las cosas.
Y a mí eso, desde luego, me sucede con Nanuk...
Cuando veo el rostro de Nanuk, concretamente su sonrisa,
me parece que nunca antes he visto en cine un ser humano.
Me digo que es la primera vez que veo retratado un ser
humano en cine. Y me olvido absolutamente de todo, y
me maravillo, me vuelvo a sorprender. Cómo filma a
los niños, a su mujer y a Nanuk: es el primer hombre.
Entonces, cuando estoy un poco hastiado de consumo de
cine, recupero estas imágenes que me reconcilian con
él. Y en esa película los personajes miran a cámara
y sonríen. Creo que el tema de la película, a fuerza
de verla, para mí es eso, esas sonrisas, ese cruce de
miradas. Esa película, verdaderamente, a mí me habla
de una relación, de una relación de amistad entre dos
personas, entre dos hombres. Uno tras la cámara y otro
frente a ella. El director no sale en la imagen, no
está, pero se evidencia a través de esas miradas, de
esas sonrisas, de las actitudes. Y se va viendo, entrelíneas,
la historia de esa relación. Más allá del monumento
etnográfico, y de las muchas perspectivas que tengo
de Nanuk, la película que acabo viendo es esa, la crónica
de una amistad que se ha ido generando durante el rodaje.
Lo curioso es cómo las huellas de esa relación quedan
inscritas dentro de la película y como en la evolución
de Flaherty como cineasta se van a ir borrando esas
huellas, desarrollando una noción de puesta en escena
del documental que va a ser canónica. Creará una forma
de escritura muy bella, pero Nanuk... permanece
como algo excepcional, por muchas razones. En todo caso
también inaugura una experiencia de trabajo en el tiempo.
La unidad de trabajo de Flaherty es de tres años, él
necesita primero vivir –convivir– y luego
rodar. Es decir, primero la experiencia vital, antes
de rodar una sola imagen quiere conocer a las personas
que va a filmar, y como fruto de ese conocimiento surge
una película. Es todo lo contrario de la televisión,
¿verdad? Aterriza un helicóptero con una cámara y dispara.
Esas cámaras que no sabes cómo aparecen, pero que están
ahí. Primero vivir y luego filmar. Y ese es un legado,
para mí, importantísimo e irrepetible de Flaherty, que
le llevó, además, casi a cortar con la industria del
cine o, por lo menos, a no establecer pactos con ella.
Los pocos que tuvo fueron muy traumáticos. Fijaos, Nanuk,
el esquimal es una película financiada por una compañía
peletera. Se encontraba más a gusto con empresas de
ese tipo que con empresas de cine, que se entrometían
de manera abrupta en su práctica, porque le planteas
a un productor: "necesito tres años para filmar a una
gente" y, claro, el productor se pone de color verde,
amarillo.
Entonces, no consiste sólo en pasar mucho tiempo y
conocerse y nutrirse de la experiencia de los otros,
sino que es también, y para mí se trata lo más importante
en Nanuk..., el respeto por el tiempo del otro.
Cuando veo a Nanuk con su arpón tumbado en el hielo,
buscando pescado siempre visualizo el contraplano de
Flaherty, tumbado igual que Nanuk, con su cámara. Y
veo esa imagen, el tête-à-tête de dos seres humanos,
cada uno con su herramienta, en la espera. La espera
como una actitud moral, de un tiempo que no se puede
violentar. Uno con su cámara, el otro con el arpón,
pero ninguna herramienta es más valiosa que la otra.
"Si no hay pez, no hay pez: volvemos a casa; en este
caso, sin filmación y sin pez". Ahí donde un cineasta
diría: "ya ha pasado un tiempo razonable, dos horas,
tres... mi tiempo es muy valioso, tiene un caché, etc.
Metemos a un truco de montaje, meto por ahí un atrezzo".
Flaherty no. Flaherty no considera que su tiempo pueda
ser más valioso que el del esquimal que tiene enfrente.
Me parece que ese principio hoy, además, donde el tiempo
es el gran becerro de oro al dictado de la televisión,
es la trasgresión más brutal que se puede plantear en
el cine. Donde esa política del tiempo yo creo que es
el gran tabú. En todos lo ámbitos, incluso el pequeño
tiempo contemplativo es hoy también una trasgresión,
pero ese tiempo de la vivencia respecto al otro me parece
lo más extremo, y lo menos seguido actualmente, del
gran legado de Flaherty.
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| Jean Rouch (1917-2004) |
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Tenía unas notas sobre esas huellas que dejan las
películas,
y la función que van adquiriendo en el cine moderno.
Pero, igual no conocen ustedes las referencias que
para mí son muy importantes y que me gustaría compartir
y transmitir. En fin, voy a citarlo: quería hablar
algo de Jean Rouch. Jean Rouch es un etnólogo, empezó filmando
en los años cuarenta, utilizando su cámara como herramienta
auxiliar en sus investigaciones etnológicas. Tenemos,
por ejemplo, la película que se llama La
Caza del Hipopótamo (Chasse à l'hippopotame.
1950). Una película rodada sin equipo, muda. Por
supuesto, en el rodaje estaba prohibida cualquier
repetición.
Unos nativos con unas lanzas se van acercando al hipopótamo
que, de pronto, avanza hacia ellos y huyen corriendo,
vuelven a acercarse, tiran las lanzas, se van corriendo
y el hipopótamo se queda con un montón de lanzas.
Hacen una segunda batida, vuelven..., es decir, la
caza del hipopótamo es todo un ritual, por lo que
para Jean Rouch era un ejercicio muy vital de Work
in progress
en el momento de la filmación, donde se da una película
sin montaje y sin posibilidad de repetir ninguna toma.
Ni los nativos ni los hipopótamos en ese momento estaban
para hacer una repetición. Así es que, con la sabiduría
y con la tosquedad de un amateur, tiene que buscar
el
ángulo que le parece más expresivo para que se entienda
la acción, y ya, mientras está filmando eso, tiene
que pensar hacia donde salir corriendo para buscar
el nuevo emplazamiento de la cámara, para que se
pueda entender secuencialmente, crear una narrativa
de esa escena. Por todo ello, son películas muy bonitas
porque recuerdan al dibujo de un solo trazo, esos
dibujos que se hacen sin levantar el lápiz del papel.
Matisse o la pintura china tienen una gran sabiduría
en ese sentido. Serían
películas de un solo trazo. Sin posibilidad de repetición,
de trucos de montaje, sin posproducción. Y ahí queda
eso.
La propia filmografía de Jean Rouch, así como la de
Chaplin, ha sido un continuo Work in progress,
un ir reflexionando e ir descubriendo el gusto por el
cine. Hasta que, me parece que en el año sesenta y uno,
Rouch rueda una película para mí capital, importantísima.
Que me gustaría incitaros a ver: se llama La
pirámide humana (La Pyramide humaine,
1961). Esa película se plantea como una experiencia,
es una película rodada en la Coute d'Ivoire,
en la Costa de Marfil, en un liceo en el que estudian
conjuntamente jóvenes europeos y africanos. Y Rouch
quiere filmar la relación entre chicos y chicas, negros
y blancos. Sus relaciones sentimentales, amorosas. Es
una película de una modernidad excepcional, atendiendo
además al año de su filmación. Empieza filmando discusiones
entre los alumnos europeos, por un lado, y los negros,
por separado. Crea esa pequeña situación de rodar discusiones
entre ellos. Los blancos hablan sobre los negros, los
negros sobre los blancos. De esos diálogos, surgen pequeñas
puestas en escena nacidas del azar de sus discusiones,
de tal modo que se van combinando distintos registros.
Hay una ruptura de la homogeneidad, que Carlos(4)
ha citado muy bien, por ejemplo a través de Rohmer,
es un tema muy interesante en el cine moderno que para
mí tiene el origen estricto en Rossellini, que se cuestiona
en la propia película los registros. Pero, sobre todo,
dejan que aflore ese sentido de la película que se está
construyendo sobre la marcha. Es decir, el director
cede una parte de poder muy importante y delega provocando,
licitando, ese azar. Las discusiones de sus alumnos
provocan la ilusión de una posible historia de amor,
de celos, etc. Y da lugar a una puesta en escena. Esa
puesta en escena es vista por sus personajes, y genera
una nueva discusión, y esa nueva discusión genera, a
su vez, otra escena. Así, vamos viendo cómo se va construyendo
la película. Es decir que en lugar del criterio de guión,
la ejecución de un plan completamente previsto, son
las propias imágenes que van generando la dirección
de sucesivos rodajes. Y además, ahí se podrían ver tres
registros, sería la captación en directo, lo que yo
llamo puesta en situación y la puesta en escena. Que
podrían marcar tres tipos de naturaleza del documental.
La puesta en situación, entiendo, sería algo parecido
a la puesta en escena, pero con matices distintos. El
director baraja toda una serie de elecciones, cuál de
los personajes quiere filmar, crea una disposición,
un dispositivo, coloca la cámara y espera a ver qué
pasa. Al final la película te deja un sentimiento muy
fuerte de que lo importante no ha sido tanto esas imágenes
sino el alrededor de las imágenes. La experiencia vivida
entorno de esas imágenes. Es un poco jodido de explicar
porque resulta un tanto abstracto y sin embargo creo
que el visionado de la película no deja ningún lugar
a dudas. Nos deja ese poso enorme de que hay una vivencia
muy densa, muy importante entre los planos de esa película.
Bien, en todo caso, nos encontramos ante eso que me
parece tan interesante, un cineasta ante un proceso
que desconoce. De alguna manera yo acepté hacer una
película como En Construcción porque me daba
esa posibilidad de hacer una película sin guión.
De descubrir la película que yo iba a hacer. No
quería
saber qué película iba a hacer, quería descubrirlo.
El cineasta debe tener la revelación de la película
durante su propia realización. E intentar transmitir,
claro, esa revelación al espectador. Por tanto la
película
es también el testimonio de una búsqueda. Y me interesa
resaltar esto, frente al poder absoluto que representa
el cineasta clásico que lo controla todo, esa idea
del cine moderno que ha aparecido en muchos de los
ejemplos que ha propuesto Carlos(5)
de delegar en el azar, de provocar el accidente y crear
nuevos pactos con la realidad. El cineasta cede una
parte de poder e invoca a lo aleatorio.
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| A
nuestros amores (À nos amours.
Maurice Pialat. 1983) |
Quizás para
ilustrar eso me hubiese gustado proponeros aquí una
imagen de Maurice Pialat que recuerdo con mucha
intensidad. Que se ha ido también, el cine francés
está huérfano.
Y me hubiese gustado proponeros una imagen de Sandrine
Bonaire. Antes de que fuera actriz, fue la primera
aparición
que tuvo Sandrine Bonaire en la pantalla en una película
que se llamaba A nuestros
amores (À nos amours. 1983), y él decidió
encarnar el papel de su padre. Vio claro —fijaos— que
no podía delegar la interpretación de ese personaje
en un actor porque hacerlo hubera supuesto dejar
en manos de éste la dirección de Sandrine Bonnaire.
Más que la
dirección de actores, yo estoy viendo ahí un escultor
sobre sus modelos. El momento que me hubiese gustado
poneros es una discusión. Una charla que tienen padre
e hija. Es un momento donde Maurice Pialat se salta
el guión que está escrito y Sandrine Bonnaire está esperando
la réplica que estaba escrita en el guión y que
había
memorizado. Y entonces, vemos como sonríe, empieza
a decirle "ven aquí, ven aquí", y tenemos un momento
bellísimo
de la perplejidad real de Sandrine Bonnaire. Se rompe
la máscara, por así decirlo, de la actriz y de la
representación.
Es un momento de lo que Rossellini llamaba ese plus de
verdad. Es una tensión muy emocionante que podríamos
revisar en la historia del cine. Rossellini muchas
veces violentando la máscara de Ingrid Bergman para
extraer algo, ese plus de realidad.
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Cortometrajes
En super-8
La hagonía de Agustín (1975)
Furbus (1976)
Elogio de las musas (1977)
El orificio de la luz (1978)
La dramática pubertad de Alicia
(1978)
Acuérdate de Isabel (1979)
Filme familiar (1980)
Apuntes de un rodaje (1981)
En 16 mm.
Memorias de un paisaje (1979)
Souvenir (1986)
En 35 mm.
Eulalia-Marta/Porta de lángel
(1998)
Largometrajes
En construcción (2001)
Tren de sombras (1997)
Innisfree (1990)
Los Motivos de Berta: fantasía de pubertad
(1983)
(Gracias
a la revista Letras de Cine por la detallada filmografía)
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