Después
de su brillante y premiada opera prima Amores Perros (2000), y su
participación en trabajos colectivos como The hire (The hire: Powder
Keg, 2001) o 11.09.01 (Segmento Mexico,
2002), Alejandro González Iñárritu
retoma algunos de los elementos de la película
que le valió el Premio de la Semana de la Crítica
en Cannes. Una vez más, un fatal accidente de
coche ejerce de detonante de la acción. El accidente
fulminará la vida de tres personas, pero también
incidirá en la de otras, cambiándolas
radicalmente en forma de pérdida, de culpa y...
de vida. 21 gramos es
una desgarradora radiografía
de algunos de los sentimientos viscerales más
arraigados en el ser humano: la culpa, la esperanza,
la venganza, la fe, el amor y, sobre todo, el dolor,
el dolor por la pérdida. También reflexiona
sobre el papel del libre albedrío y el azar
en nuestra existencia, sobre cómo acciones ajenas
a nosotros pueden cambiarla radicalmente, quitando
y dando vida.
El director mexicano nos presenta la existencia como
una continua cadena imparable de pérdidas que
se van sucediendo entre sí, desde la pérdida
de los seres queridos que vamos conociendo, hasta la
pérdida de nuestra propia vida. En el caso de
21 gramos, el accidente
de coche se lleva por delante a la familia de Cristina
Peck (Naomi Watts) y a la fe que guiaba la existencia
de Jack Jordan (Benicio del Toro). Sin embargo, es
la salvación en forma
de transplante para Paul Rivers (Sean Penn), aunque
no impida que continúe el proceso de desintegración
de su matrimonio.

Uno de los puntos fuertes de 21
gramos es
su reparto, que cuenta con lo mejor del panorama norteamericano
actual. El siempre magnífico Sean Penn interpreta
de nuevo un personaje de gran complejidad moral —como
ya hiciera recientemente en Mystic
River (2003. Clint
Eastwood) a las órdenes de Clint Eastwood—
que, tras debatirse entre la vida y la muerte, siente
una gran empatía con el anterior portador del
corazón que le ha dado la vida, el marido de
Cristina, lo que le llevará a buscarla a ella
para expresarle su agradecimiento. Benicio del Toro,
que se confirma como uno de los actores con mayor presencia
frente a la cámara, tiene el papel más
complejo en cuanto a la situación interior de
su personaje, donde se libra una lucha entre la fe
y el sentimiento de culpa. Se trata de un ex-presidiario
reconducido por el buen camino, ferviente creyente
que se sentirá traicionado por sus ideas religiosas
tras atropellar a la familia de Cristina. Pero la que
reluce por encima de todo —quizás en su
absoluta consagración como gran actriz tras
dar el alma a Mulholland
Drive (2001. David
Lynch)— es Naomi Watts. Su actuación
refleja una absoluta y sentida interiorización
del personaje, transmite toda su tristeza, crispación
y rabia; todo contenido en una olla a presión
de emociones que termina explotando de forma abrupta.
También
merece una mención especial Charlotte Gainsbourg,
que ve impotente como su relación con el personaje
de Sean Penn se desvanece. Ella lo da todo por cuidarle
durante su espera para el transplante y desea tener
un hijo suyo por inseminación artificial antes
de que él muera, pero una vez que Paul es salvado
vuelven a aflorar los problemas de la pareja, que se
irá desmoronando irreversiblemente.
El accidente automovilístico no solamente acaba
con la vida del marido y las hijas de Cristina, sino
que supone una vuelta, una marcha atrás en la
vida de los tres protagonistas del film. Jack vuelve
a la cárcel tras entregarse voluntariamente
a la policía y pierde toda la fe religiosa que
había adquirido tras salir de su anterior encierro,
Cristina vuelve a un pasado de alcohol y cocaína
buscando evadirse de su sufrimiento y Paul vuelve a
tener problemas con su pareja.

Los personajes encaran las situaciones límite
a las que se enfrentan desnudando sus emociones y manifestando
su sufrimiento; no pueden hacer nada más que
intentar superarlas —sin dejarse arrastrar— y aceptarse
a sí mismos y su nueva realidad. Este aspecto
queda más remarcado por el estilo visual de
la película: la cámara al hombro en planos
muy cortos y cerrados nos acerca a los personajes,
posibilita una total participación de sus mismos
espacios, tiempos y sentimientos. Además, la
imagen ha sido tratada mediante el método bleach-bypass (o skip-bleach),
consistente en no realizar el proceso de lavado de
la plata del negativo, de forma que los negros son
profundos, los blancos radiantes y los colores están
virados a un tono más terroso, que da un aspecto
más natural a la piel humana y al conjunto de
las imágenes. El destacable trabajo de iluminación
también queda realzado por este proceso. Es
representativa la radiante luz blanca del cuarto de
las hijas de Cristina que, cuando ella aún no
es capaz de entrar, se filtra por el resquicio de la
puerta, o la luminosidad y blancura del dormitorio
mientras Cristina y Paul hacen el amor. Iñárritu
plantea una significativa relación entre fondo
y forma, pues cuanto más extrema es la situación
en la que se ven envueltos los personajes, mayor es
el grano de la película, que se diluye en los
momentos menos problemáticos. La sucesión
desordenada —en cuanto al aspecto cronológico—
de las imágenes da el ritmo de contrastes entre
más y menos grano. También hay grandes
contrastes entre el silencio del dolor y el ruido de
celebraciones alegres (la fiesta de cumpleaños,
la misa en la iglesia). El sonido cobra su mayor importancia
en la secuencia donde se encuentran los tres protagonistas,
la explosión final de toda la crispación
acumulada se presenta bajo la presencia de un ruido
ensordecedor, que no hace sino intensificar la brutalidad
—física y emocional— de la escena. La
música
compuesta por Gustavo Santaolalla se disuelve y mezcla
entre las imágenes, goteando entre los silencios
y contribuyendo a la unión de situaciones separadas
en el tiempo pero unidas en el plano sentimental.

Otro de los pilares fundamentales en los que se apoya
la película es el montaje, siendo su elección
uno de los mayores aciertos del director mexicano.
Al igual que los pintores impresionistas no fundían
los colores en su pincel, sino que dejaban esa función
al ojo del espectador, 21
gramos tiene un
montaje fragmentado en distintas "manchas sentimentales"(1) que, vistas en su conjunto,
dan sentido y coherencia a la historia. Huyendo de
cualquier linealidad, se deja llevar y monta la película
como una sucesión de cortas secuencias sin relación
cronológica, solamente emotiva. Es mucho lo
que consigue gracias a esta decisión, tanto
dosificar la información y la carga emotiva
que recibe el espectador, como dotar de un carácter
más pictórico, puntillista, a la película.
Así mismo, es una de las formas más acertadas
para acercar las distintas visiones del sufrimiento
al público. Al recibir las sensaciones de forma
fragmentada se incrementa el nivel de atención
del mismo y la posterior visión global del conjunto
gana en significado. Además, introduce un nuevo
elemento de intriga, conocer lo que va a suceder no
hace que se pierda el interés por lo previsible
de la situación, sino que este se centre en
la forma en que va a suceder, dado lo inevitable de
la misma.
Tal y como muestra la película, lo importante
de los 21 gramos que pierde el cuerpo humano en el
momento de morir, al margen de las reflexiones que
esto pueda suscitar sobre si se trata del alma, es
que se trata del peso que cae sobre las personas que
se dejan en el mundo al hacerlo. Puede parecer un peso
insignificante —"cinco centavos, un colibrí,
una barrita de chocolate"—, pero es un enorme
peso que aplasta como una losa a esas personas, que
tratarán de levantarlo tanto como puedan, aunque
tengan la certeza de que ya nada volverá a ser
igual. Ante las palabras de su padre, que la anima
a seguir adelante tal y como hizo él cuando
perdieron a su madre, Cristina responde: "No, that's
a lie. Life does not just go on".
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