| IntroducciÓn
Pocos enfoques cinematográficos existen que
posean unos rasgos tan reconocibles y estables como
el documental. Monólogos
de los protagonistas, narrador neutro y objetivo,
secuencias de archivo, tomas in situ… intentando
siempre turbar en lo mínimo posible el objeto
que se proponen examinar, como si de un experimento
científico
se tratase.
No siempre ha sido así, la ausencia de sonido
y la parquedad de los intertítulos obligó
a los documentalistas del cine mudo a violentar las
normas del documental, antes incluso de haberlas inventado.
Flaherty, el padre del género, cuando rodaba
al inuit Nanook, no lo consideraba un espécimen
de laboratorio. Nanook, ante todo, era su amigo, un
ser humano en cuya compañía había
sobrevivido a las soledades del Gran Norte. Por esta
razón, la cámara de Flaherty refleja en
todo momento la admiración por ese prototipo
de hombre natural e intenta que nosotros vivamos, desde
la seguridad de nuestra butaca, las mismas dificultades
a las que Nanook y el director hicieron frente. No es
extraño, por tanto, que la mayor influencia de
Flaherty no se haya producido en el ámbito del
documental, sino en el cine de ficción.
La escuela alemana y la rusa desarrollaron otro tipo
de documental muy distinto. Ambas se proponían
la comprensión del mundo mediante su descomposición
en imágenes, para reconstruirlo posteriormente
en la mesa de montaje. De la yuxtaposición del
material tomado en las calles, de los planos de las
casas, de los rostros anónimos que las poblaban,
debían generarse, en la mente del espectador,
las leyes que regían el mundo, tan poderosas
e irrefutables como una demostración matemática.
Muy pocos han seguido el camino de Flaherty. Menos
aún han continuado el abierto por rusos y alemanes.
Koyaanisqatsi y su hermana Powaqqatsi
pertenecen a este segundo grupo. Sólo con imágenes,
sin apenas palabras, se proponen explicar el estado
presente del mundo, descubrir sus orígenes,
predecir su futuro.
Koyaanisqatsi
Como se ha señalado en la introducción,
Reggio no utiliza palabras para transmitirnos su visión
del mundo. Ésta debe llegarnos sin adulterar,
a través de las propias imágenes y sus
asociaciones. Es nuestra tarea conectarlas y reconstruir
lo que falta, extrayendo nuestras propias conclusiones.
Para darnos tiempo a realizar este trabajo, Regio no
se apresura en el montaje. La cámara observa
meticulosamente lo que aparece ante ella, hasta casi
romper nuestra paciencia de espectadores, menor ahora
que en tiempos de su estreno. Sólo en instantes
muy precisos, el montaje se acelera, bien para remachar
una conclusión, o bien para poner de manifiesto
fenómenos cuya propia naturaleza es dinámica
y cambiante.
Éste afán por reflejar lo efímero,
por captar lo transitorio, llevó a soluciones
estéticas originales, aunque ahora no lo parezcan
por haber sido copiadas hasta la náusea. Ciertos
aspectos de nuestro mundo son invisibles a nuestros
ojos, bien por su lentitud o su rapidez, bien porque
estamos demasiado acostumbrados a su presencia.. Regio
utiliza entonces la cámara rápida o la
cámara lenta para poner de manifiesto estos fenómenos
inadvertidos. Lo cotidiano deja así de serlo.
Nuestra indiferencia se quiebra. El mundo se hace nuevo,
familiar e irreconocible a un tiempo.
No es este el único recurso con el que juega
Reggio, el azar, como en el mayoría del arte
contemporáneo, tiene una importancia determinante
en esta película. El director no rodó
personalmente las imágenes mostradas. Diferentes
equipos de rodaje fueron enviados a múltiples
lugares del mundo, con unas someras instrucciones sobre
lo que se pretendía conseguir. El azar, encarnado
en el criterio de cada equipo y las condiciones de cada
lugar de rodaje, decidió cual sería el
material base. La labor de Reggio se restringió
a seleccionarlo y montarlo, recurriendo incluso a material
de archivo cuando fue imposible tomarlo de primera mano.
Teniendo en cuenta esto, resulta aún más
increíble la calidad de las tomas o el acabado
uniforme de la mayoría de ellas, así como
su pertinencia.
Ya se ha comentado que la palabra apenas tiene lugar
en esta cinta. Sólo se escucha brevemente al
principio y al final de la cinta y se trata, en ambos
casos, de un idioma desconocido para el espectador occidental,
un elemento más de abstracción, tanto
como las imágenes a las que acompaña.
Su significado se revelará justo antes de los
títulos de crédito, para no predisponer
nuestro juicio, para que, una vez vista la película
entera, podamos decidir si se ajustan o no a lo que
hemos visto, a aquello que hemos deducido.
El papel de la palabra ausente lo toma la omnipresente
música de Philip Glass. Su partitura ilustra
las imágenes que se nos ofrecen y prácticamente
resulta indisociable de ellas. Sin embargo, no se trata
de una mera ilustración, en el sentido de las
bandas sonoras normales. Glass es un compositor minimalista
y utiliza el mínimo de recursos posibles. De
la misma forma que Regio mantiene el mismo plano, la
misma secuencia, hasta casi agotar nuestra paciencia,
simplemente para que podamos llegar a comprender lo
que vemos, Glass repite el mismo fragmento de tema durante
largas secciones de la cinta, resaltando la identidad
que subyace en imágenes tan diferentes.
De esta forma la música queda íntimamente
unida a las imágenes, hasta el extremo, como
decíamos, de que sea imposible concebirlas separadas,
pero, aún así, consigue mantenerse independiente,
al contrario que la mayoría de las bandas sonoras.
En efecto, Glass gozó de absoluta libertad creativa
al crear esta partitura, al igual que los equipos que
tomaron las escenas que ilustra, y muchas veces su música
contradice las primeras conclusiones que obtenemos de
las imágenes. Es un recordatorio necesario de
la fragilidad de la imagen, de su falsa objetividad.
Tenemos que mirar con nuestros propios ojos al mundo
que nos rodea, para salir de la cárcel que supone
la costumbre.
Esta voluntad de ver lo habitual con ojos nuevos es
clara desde el principio de la película. Los
milenios de historia humana son resumidos en dos imágenes,
unas pinturas rupestres y el despegue incontenible de
un cohete espacial. Es interesante señalar el
parecido de esta escena con la famosa escena de 2001:
Una Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey,
1968) y, al mismo tiempo, sus diferencias radicales.
Para Kubrick, el motor de la evolución humana
es la guerra y el apetito de destrucción. Por
el contrario, Reggio hace hincapié en la creatividad
e inventiva humanas. Es una declaración de
intenciones que va a marcar el modo en que veremos
el resto de ambas cintas, más si se tiene
en cuenta que la música
en Kubrick expresa triunfo, mientras que Glass nos
hace escuchar una marcha fúnebre, en la
que se repite una y otra vez la palabra que da
título a la
película. Optimismo y pesimismo se mezclan en
ambas películas, dentro de escenas similares,
pero con resultados completamente distintos.
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Cualquier respuesta al enigma propuesto tendrá
que esperar. Antes de hacerlo, Reggio nos muestra el
mundo previo a la llegada de estos triunfadores. Una
planeta de orgullosas montañas, de desiertos
eternos. Un mundo donde el cambio no existe, donde los
milenios transcurren casi sin dejar huella. Un mundo
siempre igual a sí mismo, vacío y enigmático,
silencioso, indiferente al hombre y sus conquistas,
como la música de Glass, lenta y perezosa, apenas
un par de notas que sirven de acompañamiento.
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Este mundo natural no está muerto, aunque lo parezca.
Poderosas fuerzas lo recorren, vientos que arrastran
y desgarran las nubes, corrientes que se desploman
en inmensas cataratas, mares tempestuosos cuya furia
nada detiene. Reggio nos muestra la grandeza y el
poder de la naturaleza, su armonía y belleza
dentro del caos, recurriendo a la cámara lenta
para que podamos observar lo que tarda horas, incluso
días
en producirse. La música de Glass canta y celebra
ese mundo natural, ante el cual somos tan insignificantes
como los insectos.
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Otras fuerzas gobiernan el mundo, sin embargo. Fuerzas
que han demolido las montañas, cruzado los desiertos,
modelado y domeñado el paisaje, impuesto el orden
sobre el caos, tejido una red geométrica que
cubre todo el planeta, enviado sus máquinas a
recorrerlo, alcanzado los lugares más remotos,
domesticado incluso la energía de las mismas
estrellas. Mientras, la música de Glass, al contrario
de lo que pudiéramos pensar, no lamenta la desaparición
de ese mundo natural, sino que celebra la aparición
de esas fuerzas.
Pero... ¿quiénes han creado esas fuerzas?
¿quiénes son los gigantes que mandan sobre
esas máquinas? ¿Quiénes han transformado
el planeta a su imagen y semejanza? No lo sabemos aún.
Ni Reggio ni Glass nos han dado una pista de que seamos
nosotros, los seres humanos, los productores de esa
maravilla. De hecho, cuando el hombre, aparece fugazmente
por primera vez, es sólo como sirviente de esas
máquinas incontenibles, como insecto que vive
a la sombra de esas grandes obras, como pigmeo que sólo
sirve para adorarlas.
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Glass y Reggio continúan, por el contrario,
celebrando el triunfo de las máquinas y el de
la tecnología que las anima. Ellas son los auténticos
amos de este planeta, a ellas se destinan todos los
recursos de esta tierra, para su disfrute ha sido transformado
el mundo. Aún así, Reggio y Glass continúan
cantándolas, sensibles a la belleza de sus adaptaciones,
a la precisión de sus líneas, a la agilidad
y gracia con que se mueven, no cesando en su alegría,
ni siquiera cuando, ante nuestros ojos, se transforman
en causa de muerte y destrucción.
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El mundo natural ya no existe, ha tenido que retirarse
a los lugares más recónditos e inaccesibles
del planeta. En el resto, ciencia y tecnología
han impuesto sus formas, acero y metal, gasolina
y electricidad. Sin embargo, estas montañas
de cristal y acero, estos ríos de asfalto,
en nada se diferencian de los desiertos y montañas
del principio de la cinta. Son igual de orgullosos
que aquéllas, muestran la misma indiferencia, obligan
a las criaturas a adaptarse a sus reglas, en vez
de plegarse a sus deseos. Es en ese instante cuando
las primeras notas de alarma comienzan a dejarse
a oír en la partitura de Glass.
¿Dónde están los hombres? ¿Cuál
es su papel en el mundo que han creado? Al igual que
el mundo primitivo estaba animado por poderosas fuerzas,
cruzado por corrientes incontenibles, de la misma manera,
ríos humanos fluyen por el mundo moderno, llenando
las calles, sin variar jamás en su volumen e
intensidad, sea la hora que sea, personas camino de
su trabajo, de sus hogares, o simplemente vagando por
las calles cuando no hay nada más que hacer.
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Nunca se detiene la actividad. No puede detenerse.
Ya sea en el lugar de trabajo, ya sea en los lugares
de esparcimiento, el ritmo debe ser frenético,
como es propio de máquinas que no conocen el
cansancio ni el abatimiento, mientras que las actividades
se reducen a un corto número de pasos, siempre
los mismos, sin variación alguna, tan sencillos
que cualquiera puede realizarlos, tan fáciles
que no suponen reto alguno para nadie. Es triste lo
que presenciamos, aterrador incluso, pero ni Reggio,
ni Glass, ni el espectador pueden dejar de sentirse
fascinados por ese derroche de energía, por ese
orden racional aplicado hasta los más mínimos
detalles de la vida y continúan cantando a ese
mundo, copiando, imagen y partitura, su mismo ritmo
acelerado.
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¿Ese ritmo podrá mantenerse así
mucho tiempo? ¿Seremos capaces de seguir avanzando
y progresando? La música de Glass se vuelve
sombría
y amenazante, mientras unas voces cantan en un idioma
desconocido. La cámara busca a los hombres
que habitan este mundo, los descendientes de aquellos
que crearon la ciencia y la técnica que ahora
disfrutan. Sólo vemos mendigos y ancianos,
seres a los que la muerte ya ha reclamado, a punto
de quebrarse bajo un peso que ya no pueden resistir.
Es entonces, mientras suena la marcha fúnebre
del principio de la película, la orgullosa máquina
que vimos ascender a los cielos explota ante nuestros
ojos aterrorizados.
¿Es éste el destino del mundo moderno?
¿Sus glorias se disiparán en humo? ¿Seremos
únicamente una excepción en el curso de
la historia?
No hay respuesta. Únicamente la traducción
de la palabra que da título a la película,
cuyo significado nos hace estremecer.
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