Hay películas
frente a las cuales es imposible juzgar sin prejuzgar. Ésta
es una de ellas. Frente a su personaje principal, toda
persona nacida en la civilización occidental
ha tenido que tomar una decisión, la de seguir
a ese hombre o apartarse de su camino, la de rechazar
o aceptar su mensaje. Así ha ocurrido que
los creyentes han recibido con alabanzas la cinta,
mientras que los no creyentes la han denostado... efecto
que se ha mezclado con el amplio grupo de fans de Gibson,
dispuestos a aplaudir todo lo que su héroe realice,
aunque vaya en contra de sus convicciones.
Por eso, más que nunca, si quiere ser imparcial,
la crítica que se haga de esta película
debe partir de sus fundamentos estéticos y dejar
de lado, por un instante, sus fundamentos ideológicos.
la mirada
Escojamos, para comenzar el análisis, un breve
instante de la cinta, aquél en que, en un flashback se
nos muestra a la mujer adúltera traída
a la presencia del Cristo. La Biblia nos narra la escena
de esta manera. “Jesús, inclinándose
de nuevo, escribía en tierra”. Gibson
inicia el flashback con la cámara en el suelo,
de forma que sólo vemos los pies de los que
vienen a ejecutar a la adúltera y la mano de
Jesús cuando escribe... y entonces la escena
se viene abajo, porque el dedo, al escribir, en vez
de limitarse a trazar un círculo en el polvo,
hace saltar surtidores de tierra al hendir el suelo,
como si se tratase de un arado o llevase explosivos
acoplados al dedo, el cual, por supuesto, no sufre
ningún daño.

Este es el defecto que estraga toda la película
e impide que su mensaje llegue a emocionarnos. La exageración.
Todo tiene que ser exagerado y llevado hasta el límite,
golpear y aturdir al espectador hasta que éste
no pueda defenderse. Otro ejemplo, en el momento en
que Jesús expira, la cámara asciende
a los cielos, entra dentro de una gota de agua, da
una vuelta de campana, y observa su caída al
suelo, donde el impacto provoca un terremoto. En los últimos
tiempos, se ha puesto muy de moda seguir a objetos
en su caída, véase, por ejemplo Magnolia,
pero incluso en una cinta tan mal rodada como Pearl
Harbour, se intentaba justificar la utilización
del recurso. Sin embargo, aquí no hay tal justificación,
y Gibson se une a la escuela de directores como Fincher,
que simplemente utilizan la herramientas a su disposición “porque
sí, porque me apetece”, lo cual resulta
cuando menos curioso en una película de tan
altas pretensiones como la que nos ocupa, y donde el
aspecto técnico ha sido tan cuidado.
La referencia a Fincher no es arbitraria. Gibson
parece haber espigado el cine actual en busca del más
pequeño efecto que pudiera servirle para dar
más brillo a su película. Así pues,
tenemos la noche azul brillante del Señor de
los anillos, peleas casi de Karatecas, uso de CGIs,
retórica del cine de terror, naturalismo avant
la lettre, angostos primeros planos, tomas cenitales,
filmación de las escenas culminantes desde decenas
de ángulos, montaje acelerado, cámaras
lentas, interpretaciones exageradas... todo un auténtico
cajón de sastre de recursos, que ya en manos
de un director hábil hubieran supuesto un auténtico
reto, en el supuesto de que aquel hubiera sido tan
insensato como para aceptarlo, pero que a Gibson le
llevan a la catástrofe, ya que se limita a acumular
uno sobre otro, creyendo que su impacto se sumará,
pero consiguiendo justo lo contrario.
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Lo anterior ya habría sido malo, pero Gibson
se las apaña para empeorarlo, ya que su siguiente
decisión para apabullar al público, es
la de la extender las situaciones hasta el límite,
repitiendo una y otra vez lo mismo, en la idea que
así habrá de vencer la resistencia del
espectador. No es un recurso ilegítimo, ya desde
Brecht se ha utilizado, pero algo que Brecht también
descubrió es que para conseguir que el público
se irritase, no era necesario inundar la escena de
ruido y furia, bastaba con que los actores se quedasen
inmóviles y dejasen de hablar.
Desgraciadamente, Gibson no parece haber aprendido
esa lección. En el camino al calvario, en vez
de recoger tres caídas como hace la tradición,
Gibson acumula caída tras caída, hasta
que el espectador acaba por desear que crucifiquen
al Cristo y que se acabe ya la película. Asimismo
a Gibson veinte azotes le parecen pocos, deben llegar
a cien y propinarlos con el instrumento más
horrible posible, pero esto tampoco le parece suficiente,
la flagelación no se limita a la espalda del
condenado sino a también su vientre... lo cual
habría debido hacer saltar las alarmas de cualquier
viejo cinéfilo, acostumbrado a las películas
de piratas. En esas viejas películas, diez azotes,
con un látigo normal, eran un castigo duro,
veinte suponían que el condenado tendría
que pasar varios días en cama, más de
cincuenta, la muerte.
Porque con esto hemos entrado en el último
despropósito de la película: el ideológico,
especialmente repulsivo en una cinta que se anuncia
como la versión más fidedigna, tanto
desde el punto de vista histórico como desde
el de la fe, pretensiones ambas en las que nuevamente
falla.
RECONSTRUYENDO EL PASADO
Desde el punto de vista histórico, su autenticidad
es la misma que la de las películas de Cecil
B. De Mille: ninguna. Un detalle basta. La película
presume de que en ella se hablan las lenguas de aquel
tiempo: El Arameo y el Latín. Sin embargo, Gibson
se olvida de la auténtica lingua franca del
Oriente Romano, el griego de la Koiné,
aquel en que están escritos los evangelios,
que era hablado tanto por las clases dominantes romana
y judía, y en la cual hubieran conversado Pilatos
y Caifás. De hecho, en la misma Jerusalén
existía una amplía comunidad judía
que sólo hablaba griego, como demuestra que
el nombre de uno de los primeros mártires, Esteban,
no sea otro que la transcripción al castellanos
del griego Stephanos.
Si sólo fueran detalles de ambientación.
Nada queda en la cinta del ambiente de Palestina en
aquella época, deberia un tiempo que
conocemos perfectamente, no sólo por doscientos
años de excavaciones
arqueológicas, sino por la amplia diversidad de fuentes escritas que se
han conservado, tanto romanas como judías, siendo las más importantes
los manuscritos del Mar Muerto, escritos por la secta de los esenios, y los libros
de Flavio Josefo, un judio del siglo I perteneciente
a las clases dominantes, que narró la historia
de su pueblo desde la creación hasta el asedio
y destrucción de Jerusalén en el año
setenta, tras la rebelión contra los romanos. ¿Qué nos
cuentan estas fuentes? La historia de un pueblo escindido.
Un pueblo que se
debatía entre la cultura grecorromana, llegada
allí en el siglo III con
Alejandro, y las tradiciones seculares de los judios. Una tierra sin
unidad étnica, donde unos kilómetros de distancia separaban a gentes
de
culturas opuestas que se odiaban a muerte.... y que no dudaban en
masacrarse en cuanto tenían la oportunidad.

Unos reyes, Herodes y sus sucesores, que se proclamaban
los defensores del judaísmo, ornaban el templo
de Jerusalén y perseguían cualquier desviación,
pero que al mismo tiempo portaban nombres griegos,
construían teatros y circos, dedicaban templos
a los dioses del conquistador romano. Un conquistador
que debía mantener las fronteras de su imperio
a cualquier precio y que no repararía en constes
humanos para mantener su poder. Una clases dirigentes
que decían suspirar por la libertad perdida
y que proclamaban el odio a los romanos, pero que al
mismo tiempo adoptaban sus constumbres, buscaban el
apoyo de Roma para enriquecerse y no dudaban en aplastar
a los suyos si sus riquezas se veía amenazadas.
La gente común, por último, que se veía
cada vez más aplastada por una doble dominación,
la de los de fuera y la de los de dentro, que
sólo veía palabras vacías y ninguna
protección en aquellos que debían
guiarles y guardarles.
No es extraño que, como nos cuenta Josefo,
periódicamente surgiesen movimientos políticos
mesiánicos, que proclamaban la restauración
de la verdadera religión, anunciando la pronta
venida del reino de Dios, plasmado este en la expulsión
de los romanos, en la abolición de propiedades
y clases, en el fin de las miserias y penalidades terrenas,
en la paz y la concordia universal. Como obedeciendo
a una misma ley, esos profetas reunían grandes
multitudes, marchaban hacia Jerusalén, donde
los poderosos de entre los judíos pedían
la intervención del ejercito romano, que aplastaba
el movimiento y crucificaba a sus cabecillas.
Una tierra, Palestina, infestada de bandidos que
luchaban tanto contra los ocupantes como contra las
autoridades judías. Una ciudad, Jerusalén,
donde movimientos terroristas, los zelotas, asesinaban
a fariseos y saduceos que se habían distinguido
en la colaboración con el ocupante romano, donde
los gobernadores romanos enfrentaban a unos contra
los otros para mantenerlos divididos y no dudaban en
utilizar la fuerza de la armas si era necesario.
Una tensión que explotaría en la catástrofe
nacional de los años 66-70 cuando los judíos
creyeron poder vencer al mayor imperio de aquel tiempo,
fiados en Dios y su poder, y sólo consiguieron
ver arrasadas sus ciudades y a su juventud muerta.
Esto desde el punto de vista histórico, pero
desde el punto de vista teológico la situación
no es mucho mejor.
LOS LABERINTOS DE LA FE
Una lectura atenta de los evangelios muestra que
Gibson se ha inventado el noventa por ciento de los
detalles que aparecen, lo cual no es extraño,
pues él mismo ha confesado que su inspiración
está en las visiones de una monja alemana del
siglo XVIII, sin importarle en ningún momento
modificar las palabras que según la biblia se
pronunciaron, añadir comentarios de su cosecha
u omitir los que no le gustan. Un detalle basta para
mostrar la ligereza con que actúa Gibson. Mientras
que en la Biblia se nos dice que un ángel descendió a
confortar a Jesús en el monte de los olivos (Lucas, 22,43), Gibson hace que se encuentre con un
diablo de opereta.

No sólo ha añadido elementos de su
cosecha, sino que no ha dudado en cortar lo que no
le parecía bastante exagerado. Así por
ejemplo, se nos dice que, tras el prendimiento, “un
cierto joven le seguía envuelto en una sábana
sobre el cuerpo desnudo, y trataron de apoderarse de él,
mas él, dejando la sábana, huyó desnudo” (Marcos
14, 51-52).
No es un detalle prescindible. Mientras Gibson nos
muestra combates de karatekas, palizas innecesarias
contra un enemigo que no se resiste o CGIs que atormentan
a Judas, la Biblia se limita, en su estilo habitual
que siempre calla más de lo que dice, a recoger
un detalle en apariencia nimio, pero que nos hace creer,
por un instante, que ese joven que marchaba desnudo,
era el propio evangelista, que él estuvo allí,
que vio lo que había de ocurrir después,
que podemos confiar en su palabra, que todo lo demás
es cierto, tan cierto como este minúsculo y
precioso detalle.
Sin embargo,
hay una pregunta ideológica más importante
que la fidelidad o no a las
Sagradas Escrituras. La pregunta clave es ¿qué Cristianismo
propugna Gibson? ¿El de la vida o el de la muerte? ¿El
del amor o el del odio? Los primeros cristianos
no tenían dudas, el suyo era el de la vida y
el del amor, porque por
encima de la pasión del Cristo, estaba su resurrección.
La muerte había sido vencida, y como Él
era hombre, ya no tenía poder sobre ninguno
de nosotros. El reino del Señor había
al fin descendido, la hora había llegado, las
miserias y penalidades, la injusticia y las guerras
se habían disipado, porque “los ciegos
ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres
son evangelizados” (Mateo
11,5). El reino del
que sólo queda disfrutar, puesto que nadie,
ningún poder, puede ya quitárnoslo.
Tiempos oscuros, aún demasiado cercanos, trajeron
otro cristianismo, otros cristianos. La fe de aquellos
que pusieron la pasión por encima de la resurrección.
La fe de aquellos que contaban cada llaga recibida
por el Cristo, cada golpe propinado, cada herida infligida.
La fe de aquellos que preguntaban al resto cuánto
estábamos dispuestos a pagar por ese sufrimiento,
cuándo íbamos a realizar el pago, puesto
que Cristo había muerto por nosotros, puesto
que entre todos le habíamos matado, puesto que
todos éramos culpables. Cristianismo que infundía
el terror en los fieles y amenazaba con los tormentos
eternos del infierno.
Vista la película, no pueden quedar dudas
sobre qué Cristianismo es el preferido por Gibson.
Suyo no es el cristianismo que proclama, “ misericordia
quiero y no sacrificio” (Lucas,
12-7), ni el
que pide “buscad primero el reino y su justicia
y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mateo
6, 3), ni el que manda “una sola cosa
te falta, vete, vende todo lo que tienes y dalo a los
pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, luego
ven y sígueme” (Marcos,
10, 21), ni el que exige “Amad
a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen,
para que seáis hijos de vuestro padre, que hace
salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos
e injustos” (Mateo
5, 44-45), mucho menos el
que se enorgullece de que “Has ocultado estas
cosas a los sabios y prudentes y lo revelaste a los
pequeños” (Lucas
10,21).
Pero claro, esto son solo argumentos, y ninguno puede
aspirar a hacer vacilar la fe de un creyente, ya sea
en Dios o en Gibson.
Aunque la misma Biblia nos diga lo que debemos pensar
de la cinta:
“Díjole Yahvé ‘Sal
afuera y ponte en el monte ante Yahvé. Y he
aquí que
va a pasar Yahvé’. Y delante de él
pasó un viento fuerte y poderoso que rompía
los montes y quebraba las peñas, pero no estaba
Yahvé en el viento. Y vino tras el viento un
terremoto, pero no estaba Yahvé en el terremoto.
Y vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yahvé en
el fuego. Tras el fuego vino un ligero y blando susurro.
Cuando lo oyó Elías, cubriose el rostro
con su manto y saliendo, se puso en pie a la entrada
de la caverna y oyó una voz que le decía: ‘¿Qué haces
aquí, Elías?’” (1
Reyes 19,11- 13).
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