trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003

Hay películas frente a las cuales es imposible juzgar sin prejuzgar. Ésta es una de ellas. Frente a su personaje principal, toda persona nacida en la civilización occidental ha tenido que tomar una decisión, la de seguir a ese hombre o apartarse de su camino, la de rechazar o aceptar su mensaje. Así ha ocurrido que los creyentes han recibido con alabanzas la cinta, mientras que los no creyentes la han denostado... efecto que se ha mezclado con el amplio grupo de fans de Gibson, dispuestos a aplaudir todo lo que su héroe realice, aunque vaya en contra de sus convicciones.

Por eso, más que nunca, si quiere ser imparcial, la crítica que se haga de esta película debe partir de sus fundamentos estéticos y dejar de lado, por un instante, sus fundamentos ideológicos.

la mirada
Escojamos, para comenzar el análisis, un breve instante de la cinta, aquél en que, en un flashback se nos muestra a la mujer adúltera traída a la presencia del Cristo. La Biblia nos narra la escena de esta manera. “Jesús, inclinándose de nuevo, escribía en tierra”. Gibson inicia el flashback con la cámara en el suelo, de forma que sólo vemos los pies de los que vienen a ejecutar a la adúltera y la mano de Jesús cuando escribe... y entonces la escena se viene abajo, porque el dedo, al escribir, en vez de limitarse a trazar un círculo en el polvo, hace saltar surtidores de tierra al hendir el suelo, como si se tratase de un arado o llevase explosivos acoplados al dedo, el cual, por supuesto, no sufre ningún daño.

Este es el defecto que estraga toda la película e impide que su mensaje llegue a emocionarnos. La exageración. Todo tiene que ser exagerado y llevado hasta el límite, golpear y aturdir al espectador hasta que éste no pueda defenderse. Otro ejemplo, en el momento en que Jesús expira, la cámara asciende a los cielos, entra dentro de una gota de agua, da una vuelta de campana, y observa su caída al suelo, donde el impacto provoca un terremoto. En los últimos tiempos, se ha puesto muy de moda seguir a objetos en su caída, véase, por ejemplo Magnolia, pero incluso en una cinta tan mal rodada como Pearl Harbour, se intentaba justificar la utilización del recurso. Sin embargo, aquí no hay tal justificación, y Gibson se une a la escuela de directores como Fincher, que simplemente utilizan la herramientas a su disposición “porque sí, porque me apetece”, lo cual resulta cuando menos curioso en una película de tan altas pretensiones como la que nos ocupa, y donde el aspecto técnico ha sido tan cuidado.

La referencia a Fincher no es arbitraria. Gibson parece haber espigado el cine actual en busca del más pequeño efecto que pudiera servirle para dar más brillo a su película. Así pues, tenemos la noche azul brillante del Señor de los anillos, peleas casi de Karatecas, uso de CGIs, retórica del cine de terror, naturalismo avant la lettre, angostos primeros planos, tomas cenitales, filmación de las escenas culminantes desde decenas de ángulos, montaje acelerado, cámaras lentas, interpretaciones exageradas... todo un auténtico cajón de sastre de recursos, que ya en manos de un director hábil hubieran supuesto un auténtico reto, en el supuesto de que aquel hubiera sido tan insensato como para aceptarlo, pero que a Gibson le llevan a la catástrofe, ya que se limita a acumular uno sobre otro, creyendo que su impacto se sumará, pero consiguiendo justo lo contrario.

 

Lo anterior ya habría sido malo, pero Gibson se las apaña para empeorarlo, ya que su siguiente decisión para apabullar al público, es la de la extender las situaciones hasta el límite, repitiendo una y otra vez lo mismo, en la idea que así habrá de vencer la resistencia del espectador. No es un recurso ilegítimo, ya desde Brecht se ha utilizado, pero algo que Brecht también descubrió es que para conseguir que el público se irritase, no era necesario inundar la escena de ruido y furia, bastaba con que los actores se quedasen inmóviles y dejasen de hablar.

Desgraciadamente, Gibson no parece haber aprendido esa lección. En el camino al calvario, en vez de recoger tres caídas como hace la tradición, Gibson acumula caída tras caída, hasta que el espectador acaba por desear que crucifiquen al Cristo y que se acabe ya la película. Asimismo a Gibson veinte azotes le parecen pocos, deben llegar a cien y propinarlos con el instrumento más horrible posible, pero esto tampoco le parece suficiente, la flagelación no se limita a la espalda del condenado sino a también su vientre... lo cual habría debido hacer saltar las alarmas de cualquier viejo cinéfilo, acostumbrado a las películas de piratas. En esas viejas películas, diez azotes, con un látigo normal, eran un castigo duro, veinte suponían que el condenado tendría que pasar varios días en cama, más de cincuenta, la muerte.

Porque con esto hemos entrado en el último despropósito de la película: el ideológico, especialmente repulsivo en una cinta que se anuncia como la versión más fidedigna, tanto desde el punto de vista histórico como desde el de la fe, pretensiones ambas en las que nuevamente falla.

RECONSTRUYENDO EL PASADO
Desde el punto de vista histórico, su autenticidad es la misma que la de las películas de Cecil B. De Mille: ninguna. Un detalle basta. La película presume de que en ella se hablan las lenguas de aquel tiempo: El Arameo y el Latín. Sin embargo, Gibson se olvida de la auténtica lingua franca del Oriente Romano, el griego de la Koiné, aquel en que están escritos los evangelios, que era hablado tanto por las clases dominantes romana y judía, y en la cual hubieran conversado Pilatos y Caifás. De hecho, en la misma Jerusalén existía una amplía comunidad judía que sólo hablaba griego, como demuestra que el nombre de uno de los primeros mártires, Esteban, no sea otro que la transcripción al castellanos del griego Stephanos.

Si sólo fueran detalles de ambientación. Nada queda en la cinta del ambiente de Palestina en aquella época, deberia un tiempo que conocemos perfectamente, no sólo por doscientos años de excavaciones arqueológicas, sino por la amplia diversidad de fuentes escritas que se han conservado, tanto romanas como judías, siendo las más importantes los manuscritos del Mar Muerto, escritos por la secta de los esenios, y los libros de Flavio Josefo, un judio del siglo I perteneciente a las clases dominantes, que narró la historia de su pueblo desde la creación hasta el asedio y destrucción de Jerusalén en el año setenta, tras la rebelión contra los romanos. ¿Qué nos cuentan estas fuentes? La historia de un pueblo escindido. Un pueblo que se debatía entre la cultura grecorromana, llegada allí en el siglo III con Alejandro, y las tradiciones seculares de los judios. Una tierra sin unidad étnica, donde unos kilómetros de distancia separaban a gentes de culturas opuestas que se odiaban a muerte.... y que no dudaban en masacrarse en cuanto tenían la oportunidad.

Unos reyes, Herodes y sus sucesores, que se proclamaban los defensores del judaísmo, ornaban el templo de Jerusalén y perseguían cualquier desviación, pero que al mismo tiempo portaban nombres griegos, construían teatros y circos, dedicaban templos a los dioses del conquistador romano. Un conquistador que debía mantener las fronteras de su imperio a cualquier precio y que no repararía en constes humanos para mantener su poder. Una clases dirigentes que decían suspirar por la libertad perdida y que proclamaban el odio a los romanos, pero que al mismo tiempo adoptaban sus constumbres, buscaban el apoyo de Roma para enriquecerse y no dudaban en aplastar a los suyos si sus riquezas se veía amenazadas. La gente común, por último, que se veía cada vez más aplastada por una doble dominación, la de los de fuera y la de  los de dentro, que sólo veía palabras vacías y ninguna protección  en aquellos que debían guiarles y guardarles.

No es extraño que, como nos cuenta Josefo, periódicamente surgiesen movimientos políticos mesiánicos, que proclamaban la restauración de la verdadera religión, anunciando la pronta venida del reino de Dios, plasmado este en la expulsión de los romanos, en la abolición de propiedades y clases, en el fin de las miserias y penalidades terrenas, en la paz y la concordia universal. Como obedeciendo a una misma ley, esos profetas reunían grandes multitudes, marchaban hacia Jerusalén, donde los poderosos de entre los judíos pedían la intervención del ejercito romano, que aplastaba el movimiento y crucificaba a sus cabecillas.

Una tierra, Palestina, infestada de bandidos que luchaban tanto contra los ocupantes como contra las autoridades judías. Una ciudad, Jerusalén, donde movimientos terroristas, los zelotas, asesinaban a fariseos y saduceos que se habían distinguido en la colaboración con el ocupante romano, donde los gobernadores romanos enfrentaban a unos contra los otros para mantenerlos divididos y no dudaban en utilizar la fuerza de la armas si era necesario.

Una tensión que explotaría en la catástrofe nacional de los años 66-70 cuando los judíos creyeron poder vencer al mayor imperio de aquel tiempo, fiados en Dios y su poder, y sólo consiguieron ver arrasadas sus ciudades y a su juventud muerta.

Esto desde el punto de vista histórico, pero desde el punto de vista teológico la situación no es mucho mejor.

LOS LABERINTOS DE LA FE
Una lectura atenta de los evangelios muestra que Gibson se ha inventado el noventa por ciento de los detalles que aparecen, lo cual no es extraño, pues él mismo ha confesado que su inspiración está en las visiones de una monja alemana del siglo XVIII, sin importarle en ningún momento modificar las palabras que según la biblia se pronunciaron, añadir comentarios de su cosecha u omitir los que no le gustan. Un detalle basta para mostrar la ligereza con que actúa Gibson. Mientras que en la Biblia se nos dice que un ángel descendió a confortar a Jesús en el monte de los olivos (Lucas, 22,43), Gibson hace que se encuentre con un diablo de opereta.

No sólo ha añadido elementos de su cosecha, sino que no ha dudado en cortar lo que no le parecía bastante exagerado. Así por ejemplo, se nos dice que, tras el prendimiento, “un cierto joven le seguía envuelto en una sábana sobre el cuerpo desnudo, y trataron de apoderarse de él, mas él, dejando la sábana, huyó desnudo” (Marcos 14, 51-52).

No es un detalle prescindible. Mientras Gibson nos muestra combates de karatekas, palizas innecesarias contra un enemigo que no se resiste o CGIs que atormentan a Judas, la Biblia se limita, en su estilo habitual que siempre calla más de lo que dice, a recoger un detalle en apariencia nimio, pero que nos hace creer, por un instante, que ese joven que marchaba desnudo, era el propio evangelista, que él estuvo allí, que vio lo que había de ocurrir después, que podemos confiar en su palabra, que todo lo demás es cierto, tan cierto como este minúsculo y precioso detalle.

Sin embargo, hay una pregunta ideológica más importante que la fidelidad o no a las
Sagradas Escrituras. La pregunta clave es ¿qué Cristianismo propugna Gibson? ¿El de la vida o el de la muerte? ¿El del amor o el del odio? Los primeros cristianos no tenían dudas, el suyo era el de la vida y el del amor, porque por encima de la pasión del Cristo, estaba  su resurrección. La muerte había sido vencida, y como Él era hombre, ya no tenía poder sobre ninguno de nosotros. El reino del Señor había al fin descendido, la hora había llegado, las miserias y penalidades, la injusticia y las guerras se habían disipado, porque “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mateo 11,5). El reino del que sólo queda disfrutar, puesto que nadie, ningún poder, puede ya quitárnoslo.

Tiempos oscuros, aún demasiado cercanos, trajeron otro cristianismo, otros cristianos. La fe de aquellos que pusieron la pasión por encima de la resurrección. La fe de aquellos que contaban cada llaga recibida por el Cristo, cada golpe propinado, cada herida infligida. La fe de aquellos que preguntaban al resto cuánto estábamos dispuestos a pagar por ese sufrimiento, cuándo íbamos a realizar el pago, puesto que Cristo había muerto por nosotros, puesto que entre todos le habíamos matado, puesto que todos éramos culpables. Cristianismo que infundía el terror en los fieles y amenazaba con los tormentos eternos del infierno.

Vista la película, no pueden quedar dudas sobre qué Cristianismo es el preferido por Gibson. Suyo no es el cristianismo que proclama, “ misericordia quiero y no sacrificio” (Lucas, 12-7), ni el que pide “buscad primero el reino y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 3), ni el que manda “una sola cosa te falta, vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme” (Marcos, 10, 21), ni el que exige “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro padre, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos” (Mateo 5, 44-45), mucho menos el que se enorgullece de que “Has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y lo revelaste a los pequeños” (Lucas 10,21).

Pero claro, esto son solo argumentos, y ninguno puede aspirar a hacer vacilar la fe de un creyente, ya sea en Dios o en Gibson.

Aunque la misma Biblia nos diga lo que debemos pensar de la cinta:

“Díjole Yahvé ‘Sal afuera y ponte en el monte ante Yahvé. Y he aquí que va a pasar Yahvé’. Y delante de él pasó un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas, pero no estaba Yahvé en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yahvé en el terremoto. Y vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yahvé en el fuego. Tras el fuego vino un ligero y blando susurro. Cuando lo oyó Elías, cubriose el rostro con su manto y saliendo, se puso en pie a la entrada de la caverna y oyó una voz que le decía: ‘¿Qué haces aquí, Elías?’” (1 Reyes 19,11- 13).

© David Flórez y trendesombras.com 2004

la pasión de cristo
Por David Flórez

Título original: The Passion of the Christ
Producción: Mel Gibson. Detour Films. 2004, USA.
Dirección: Mel Gibson
Guión: Benedict Fitzgerald y Mel Gibson
Música: John Debney
Fotografía: Caleb Deschanel
Reparto: Jim Caviezel, Maia Morgenstern, Monica Belucci, Rosalinda Celentano