Powaqqatsi
¿Cómo debe ser la película que
sigue a un éxito? ¿Cómo evitar
que sea una repetición mecánica de
aquello que gustó y triunfó? ¿Cómo
lograr que el público no se aparte diciendo
que no tiene nada que ver con lo que ya vio? ¿Cómo
conseguir evolucionar sin traicionarse?
Todo creador debe hacer frente a esas preguntas, muy
pocos consiguen resolverlas. Koyaanisqatsi había
dejado el listón muy alto y supongo que el espectador,
el día del estreno, al enfrentarse a su película
hermana, debió sentir cierta aprensión,
la misma que el comentarista.
Observemos entonces el inicio, comparemos las imágenes
del principio de ambos filmes. ¿En qué se
diferencian? ¿En qué se parecen?
En esta primera escena presenciamos como un inmenso
hormiguero humano se afana en extraer tierra de un
agujero cuyas dimensiones y profundidad superan nuestro
conocimiento. Las pesadas cargas doblan las espaldas,
las piernas apenas pueden sostener tanto peso, el
calor aplasta a los hombres contra el suelo. No hay
descanso, no hay pausas, hay que seguir trabajando,
cueste lo que cueste, aunque te desplomes en el camino,
aunque tengan que sacarte de allí a hombros
tus propios compañeros.
Estamos viendo como unos hombres están siendo
explotados. Estamos presenciando como se les reduce
a bestias de cargas, como se les obliga a realizar un
trabajo degradante que unas máquinas, aquellas
que poblaban el mundo de Koyaanisqatsi, podrían
hacer fácilmente.
Sin embargo, ni Reggio ni Glass, ponen su énfasis
en la denuncia de esta injusticia. La tenemos ahí,
delante de nuestros ojos, no es posible negarla,
pero cineasta y compositor nos hacen ver algo más.
La cámara de Reggio se detiene en la fortaleza
de los cuerpos de estos trabajadores, en la voluntad
inquebrantable con que se enfrentan a esta esclavitud,
en la casi desesperación con que se aferran
a la vida, aunque sea el infierno. A pesar de su
horror, en este mundo no existe el sentimiento
de derrota con que nos despedimos de Koyaanisqatsi.
Con estas imágenes, Reggio recupera la dignidad
que estos hombres habían perdido y les eleva
a nuestro nivel, los convierte de nuevo en nuestros
iguales. No se queda atrás la música de
Glass, convertida en un himno que celebra su esfuerzo,
utilizando las músicas de las que estos hombres
gustan, apresurando su cadencia para reflejar el trabajo
enloquecedor al que se les somete.
Con esta introducción ha bastado. Ya no estamos
en el mundo moderno, esa región formada apenas
por Norteamérica. Europa y Japón. Nuestra
mirada se ha dirigido al resto del planeta, al tercer
mundo tan olvidado, un lugar donde las máquinas
y la tecnología aún no han llegado, donde
lo que importa es el hombre, donde no puede existir
nada, si no es con el concurso de cientos de manos,
con sudor, sangre y lágrimas.
Asimismo, esta introducción permite realizar
el cambio de óptica. Este mundo que vamos a explorar
es radicalmente distinto al de Koyaanisqatsi, con lo
que el espectador puede utilizar esta cinta anterior
como punto de comparación con respecto a la nueva,
sin que Powaqqatsi resulte disminuida. En efecto, durante
toda la cinta se va a producir una doble tensión,
primero entre las propias imágenes que nos presenta
la película, segundo entre las imágenes
de las dos cintas, pero desde un punto de igualdad.
Hemos señalado que el mundo que Powaqqatsi describe
es completamente distinto del de Koyaanisqatsi. Esta
diferencia radical exige cambios no menos radicales
en el estilo. Mientras que Koyaanisqatsi ponía
el acento en la tecnología y en sus efectos sobre
hombre y naturaleza, en Powaqqatsi la atención
se dirige hacia el hombre y lo que puede conseguir con
su esfuerzo manual. No se detiene ahí el cambio.
Las cámaras rápidas y lentas que en Koyaanisqatsi intentaban mostrarnos los ritmos invisibles que nos
rodean, aquí han desaparecido casi por completo.
Como ya hemos dicho, el objeto primordial de esta cinta
es el hombre y su actividad no necesita de estos recursos
para ser mostrada.
No es el único punto de diferencia. En Koyaanisqatsi las secuencias tendían a alargarse, a probar
incluso la paciencia del espectador. Debíamos
sumergirnos en ellas antes de intentar comprenderlas.
Aquí, las secuencias son más cortas,
el montaje más apresurado. No es un cambio
sin sentido. En Koyaanisqatsi la tecnología
uniformizaba el mundo, un solo ejemplo de un lugar
concreto bastaba, puesto que un solo lugar era
representativo de muchos otros. Powaqqatsi, por
el contrario, tiene que reflejar un mosaico de
culturas aparentemente dispares y extrañas.
Sólo la yuxtaposición rápida
de las imágenes puede resaltar las afinidades
y semejanzas que entre ellas existen.
Además, en Koyaanisqatsi la energía
y el ímpetu ya no pertenecían al hombre,
sino a las máquinas y a las obras producidas
por ellas. En Koyaanisqatsi, ese poder aún reside
en los seres humanos, por lo que este montaje rápido,
incluso apresurado, sirve para señalar el dinamismo
de las sociedades del tercer mundo, esos inmensos hormigueros
humanos, siempre en crecimiento, siempre en transformación,
el auténtico lugar donde se está fraguando
el destino del mundo, no en Londres, Tokio o Nueva York,
como pudiéramos pensar equivocadamente, sino
en Karachi, Nueva Delhi o Mombasa.
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Pero... ¿cómo es ese mundo que Reggio
y Glass nos muestran? ¿En qué se diferencia
de nuestro mundo tecnificado y moderno? Casi un tercio
de la película está dedicado a su descripción.
Si veíamos en Koyaanisqatsi que la tecnología
había domeñado a la naturaleza y sometido
a sus normas, en Powaqqatsi sucede exactamente lo contrario.
Para la inmensa mayoría de la humanidad, vivir
significa estar sometido a la naturaleza, ajustar todas
las acciones, todas sus obras a sus dictámenes.
Esta situación no es una condena, como muestran
y demuestran, tanto la belleza de las imágenes
de Reggio como los himnos celebratorios con que Glass
las acompaña
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La vida de estos hombres es la del trabajo manual.
La de aquellos que tienen que arrancar a la tierra,
con su esfuerzo diario, los frutos de los que van a
alimentarse. La de quien no dispone de otra ayuda y
apoyo que no sea el suyo propio, el suyo y el de su
comunidad, los pocos aldeanos cuyo destino debe compartir.
Un mundo agrícola, por y para la tierra, donde
no existe el individuo, sino la comunidad.
Su vida es también la del hombre religioso Aquél
para quien la divinidad está presente en todas
las acciones de sus vida, por minúsculas o despreciables
de su vida, algo que el hombre moderno ha olvidado.
Aquél para quien todas los misterios han sido
desvelados por la fe en la que cree y no necesita ni
ciencia ni técnica que vengan a ofrecerle respuestas.
En este instante, por primera vez, la música
de Glass toma tintes ominosos. No es una condena lo
que expresan, sino un temor...
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Fácilmente podríamos considerar estas
vidas como infelices. Al fin y al cabo, viven atados
a la tierra, sometidos a la religión, dependientes
de lluvias y sequías para su sustento, desprovistos
de las comodidades de la técnica. Ellos no lo
ven así. Su existencia es dura, pero en cualquier
instante puede surgir la alegría, en las fiestas
que marcan el calendario agrícola, en las pausas
que alivian el duro trabajo.
Así ha sido este mundo durante milenios. Refractario
al cambio, aunque éste se producía, múltiple
y variado. Orgulloso de sí mismo. Así
era en efecto, pero ya no lo es. Nunca más podrá
serlo. La ciencia y tecnología han levantado
las mismas ciudades orgullosas que veíamos en
Koyaanisqatsi y comenzado, también en el tercer
mundo, a imponer su retícula geométrica
sobre el mundo natural.
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No sólo eso, las comunicaciones han roto el
aislamiento de estas comunidades agrícolas
y a ellas, por primera vez, llegan imágenes
de otro mundo, seductoras, portadoras de un mundo
mejor, donde no existe necesidad ni pobreza, donde
todo es éxito, felicidad y
triunfo. Un mundo que ni siquiera existe en el lugar
de origen de estas imágenes.
¿Es esto malo? Glass y Reggio no nos dan una
respuesta. La música que acompaña a la
aparición tecnología es también
celebratoria, tan celebratoria como la que nos mostró
el mundo tradicional. No podía ser de otra manera,
si recordamos a Koyaanisqatsi. No hay nada
de malo en la tecnología, trae bienestar, trae
salud, trae seguridad, pero, por el contrario, la música
que acompaña a las imágenes de ese nuevo
mundo prometido es igual de ominosa que la que sonaba
con las escenas de la religión tradicional. ¿Son
ambas, religión e ideología moderna, igualmente
falsas y mentirosas?
No lo sabemos. Aún es demasiado pronto para
decirlo. Sólo podemos constatar una realidad.
Ninguna sociedad humana actual puede dar la espalda
al mundo moderno, encarnado en la ciencia y la tecnología.
Ninguna puede ya refugiarse en el camino marcado por
sus antepasados desde hace siglos. Simplemente porque
ese mundo moderno está imponiendo sus
reglas en todos los rincones de la tierra, eliminando
la diversidad que encarnaban las diferentes sociedades,
convirtiendo a Tokio, Berlín, San Francisco,
Buenos Aires, Yakarta, Pekín, Teherán
o Bagdad, en ciudades indistinguibles las unas de
las otras, cerrando cualquier camino de vuelta.
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¿Es esto malo? De nuevo se repite la misma pregunta
y de nuevo es imposible dar una respuesta. Sólo
podemos afirmar que las sociedades del tercer mundo
se encuentran en la encrucijada, suspendidas entre el
mundo moderno y el mundo tradicional. Así lo
demuestran Reggio y Glass, al recorrer las calles de
las ciudades hormiguero del tercer mundo, mostrando
como lo moderno y lo tradicional se mezclan y yuxtaponen,
aunque su naturaleza es completamente distinta, aunque
tal alianza es imposible.
El resultado es un compuesto explosivo, tremendamente
peligroso, porque sólo puede desembocar en uno
de dos radicalismos, la modernidad por la modernidad
o la tradición por la tradición.
Ésta es la gran pregunta, el gran interrogante
de los tiempos modernos ¿lograrán las
sociedades tradicionales avanzar hacia la modernidad?
¿O la negarán por entero y nos arrastrarán
a nosotros con ellos en su involución? Por primera
vez desde hace quinientos años, el destino del
mundo no está en manos de Francia, Inglaterra
o Alemania, convertidas en inmensos asilos, ni siquiera
en el enorme poder militar y económico de EEUU.
No, la decisión sobre lo que el mundo haya de
ser está en el tercer mundo, en sus inmensas
poblaciones, en la riada de gente que abandona sus lugares
de origen para buscar un mundo mejor.
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Eso es lo que nos dicen los ojos
admirados de esta niña frente al mundo moderno
que surge a su alrededor. |
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O la confusión de esta otra
frente a un mundo que aún no entiende y al
que pronto habrá de unirse. |
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O la mirada fría y expectante
de las inmensas multitudes que avanzan hacia nuestras
tierras. |
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O el paso decidido de este niño
frente al camión que parece a punto de tragárselo. |
Así termina la película, sin respuestas.
¿Vencerá el mundo moderno, pero al precio
de que las sociedades tradicionales pierdan su alma?
¿Vencerán éstas por el contrario
y toda la ciencia y toda la tecnología serán
arrojada al basurero? El problema existe, pero nadie
puede decir cual será el desenlace.
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