| La figura de
Alexander Sokurov surge ante nosotros gigante y majestuosa,
a la vez que sombría y oculta. Su ampuloso nombre impone
respeto(1) y casi todo
rumor que nos llega de su genio creativo toma forma
de alabanza y admiración. El acercamiento a su obra
no resulta sencillo. Desplazado al margen de los canales
de distribución comercial, las únicas posibilidades
de disfrutar de sus objetos fílmicos son los festivales
internacionales, la importación de ediciones en video
o DVD o la proyección en museos.
La ocasión de visionar los 327 minutos de Spiritual
Voices nos la ofreció el MACBA, Museo de Arte
Contemporáneo de Barcelona, al programar su exposición
cómo muestra de su colección particular. A continuación,
una breve aproximación a la vida y obra del director
ruso de la mano de algunas voces expertas y el análisis
de su colosal Spiritual Voices.
Alexander Sokurov
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Alexander Nikolayevich
Sokurov nace en Podorvikha, Siberia, en 1951. Hijo de
un soldado profesional, pasa su infancia y juventud
entre Polonia y Turkmenistán, siguiendo a su padre de
un destino a otro. En 1974 ingresa en la facultad de
Historia de la Universidad de Gorki. Compagina los estudios
de Historia con el trabajo en una emisora local de televisión
y, tras licenciarse, ingresa en la Escuela de Cine de
Moscú (VGIK). Se convierte en un alumno brillante hasta
el momento de mostrar su examen de titulación, el cual
no fue aceptado por ser considerado anti-soviético y
adolecer de un excesivo formalismo. Sus primeras producciones
no se exhiben en los cine ni figuran en las programaciones
televisivas rusas por ser demasiado irracionales y carentes
de acción. Empieza entonces la lucha de Sokurov contra
la censura estatal. Declara: «El simple hecho de que
estuviera interesado en el lado más visual y plástico
del cine me convirtió en sospechoso a los ojos del gobierno».
La Perestroika y el derrumbe de la máquina filmográfica
soviética tampoco suponen su descubrimiento en su país
y en Europa.
Finalmente, la fuerte defensa por parte de Andrei Tarkovski,
durante los últimos años de su vida, y los esfuerzos
de los sindicatos de su país, permiten que la obra de
Sokurov comience a ver la luz, alcanzando con Madre
e Hijo (Mat i syn, 1997) el definitivo
reconocimiento internacional.
Sokurov es un cineasta prolífico, ha filmado 15 producciones
argumentales, entre largos y mediometrajes, y 26 documentales.
Es interesante observar el fuerte afán que muestra Sokurov
por serializar su obra. Encontramos, por ejemplo, varias
trilogías: la formada por El
segundo círculo (Krug vtoroj, 1990), Piedra
(Kamen', 1992) y Días
de eclipse (Dni zatmeniya, 1988) nos muestran
historias humanas simples en entornos adversos y determinantes
en la vida de los personajes que los habitan. Por otra
parte, encontramos la inacabada trilogía sobre las relaciones
humanas formada por la aclamada Madre
e hijo, Padre
e hijo (Otets i syn, 2003), presentada
en el penúltimo Festival de Cannes, y Dos
hermanos y una hermana, aún sin fecha de producción.
Otro proyecto es la tetralogía sobre el poder y el hombre
en el siglo XX. La idea es que el principal personaje
sea interpretado por el mismo actor, Leonid Mozgovoy,
en los cuatro filmes. Ya ha realizado Moloch
(Molokh, 1999) sobre la vida de Hitler y Taurus
(Telets, 2001) sobre los últimos años de la vida
de Lenin. Entre su producción documental se encuentran
nueve elegías fílmicas. Según Sokurov, las elegías «están
basadas en documentos pero no son documentales. Todas
las elegías tienen que ver con la muerte y trato de
que sean poemas fílmicos, en los que el ritmo visual
reemplace a las convenciones narrativas. Creo que el
propósito del arte es preparar el alma para la muerte».
Para terminar este primer acercamiento al personaje
de Sokurov nada mejor que las palabras que le dedicó
Quintín (director de El Amante) en ocasión del
estreno de Madre e hijo
en argentina: «La radicalidad es una de las condiciones
del arte con mayúscula, [...] y el cine es imposible
de amar sin cierto gusto por lo menor. Pero Sokurov
es otra cosa: no sólo es arte, sino también una idea
del arte indisociable de su vida y su obra. Su hacer
está asociado a una visión romántica del arte, no solamente
por sus referencias al romanticismo en la pintura y
en las letras, sino por su anacrónica defensa del artista
como un ser que libra un combate contra la mediocridad
del mundo. [...] Sokurov no quiere volver atrás en las
formas cinematográficas sino progresar hacia otras radicalmente
nuevas, que su inspiración parta de un momento anterior
de otra disciplina para conducir la suya hacia nuevos
horizontes, lo inscribe en la vanguardia artística y
lo aleja de toda posibilidad de ser académico, que es
el verdadero modo de ser reaccionario en el cine».
Una narración en cinco
episodios
Spiritual Voices,
como señala su subtítulo está dividida en cinco episodios.
Narrada por la voz en off del propio Sokurov
(marca de estilo característica de gran parte de su
producción), ésta suele aparecer introducida por las
palabras "En mi diario...", dotando a la representación
de un intenso carácter íntimo e introduciendo la forma
de un diario personal. De esta manera, Sokurov nos propone
un juego de referencias temporales difusas, ya que el
relato es narrado en tiempo presente, pero la constatación
de su previa existencia como diario íntimo escrito introduce
la idea del tiempo pasado, casi añorado, evidenciando
que «el ánimo que atraviesa todo Spiritual
Voices es el de la nashtalghia.
En su modalidad rusa, la nostalgia no es añoranza por
un tiempo perdido, sino el dolor del exilio, el lamento
silencioso por el hogar lejano»(2).
Capítulo primero. Cuarenta sublimes minutos
fragmentados en cuatro planos. Prácticamente un único
plano fijo de una enorme extensión de terreno absolutamente
nevado, en el que sobresale heroicamente un pequeño
bosque. Las tenues, casi imperceptibles, variaciones
que van surgiendo en el paisaje, nos muestran al Sokurov
más preciosista. No cabe duda que una de las imágenes
que obsesionan a Sokurov es el cielo nublado, imagen
recurrente en sus películas. Sobre su significado o
posible interpretación sólo podemos preguntarnos: ¿la
amenaza de lo desconocido, la latencia de lo inesperado,
expresión de su inspiración pictórica?
Sobre esta partitura en blanco, Sokurov nos cuenta
la triste y miserable muerte de Mozart. Mientras va
introduciendo diferentes piezas musicales, se lamenta
de las penurias que debió vivir uno de los más grandes
artistas de la historia. El elogio a su música nos remite
a la figura del artista como ser entregado a su genio,
a su don. Como un DJ, la voz en off introduce
la música de otros autores (Olivier Messiaen, Bethoven)
y piensa en ellos como la esencia de la civilización.
Finalmente, como apunta clarividentemente Oscar Alberto
Cuervo en su texto "¿Puede la visión..." de
la revista argentina Parte de Guerra: «Sokurov termina
su relato sobre la vida de Mozart leyendo una carta
que el músico le dirigió a un amigo, en el que le relata
la muerte de su madre, las últimas cinco horas y media
que Mozart pasó junto a ella. Cinco horas y media es
lo que dura Spiritual Voices.
No habrá más alusiones a Mozart en el resto de la película,
pero el tono elegíaco de este proemio se impone naturalmente
sobre la obra».

Capítulo segundo. De la mano del diario personal
de Sokurov, iniciamos el viaje que nos llevará desde
Rusia hasta el puesto de vigilancia número once de la
frontera entre Tadjikistán y Afganistán. El viaje queda
registrado en los rostros asustados de los jóvenes militares,
un miedo que se propagará por toda la película, el miedo
a lo desconocido, a un enemigo invisible presente tanto
en un paisaje exterior de guerra y miseria como en la
soledad y extrañamiento interior.
En este capítulo, Sokurov determina las pautas que
conformarán el paisaje formal de su viaje. En lo visual,
una imagen teñida de un color amarillento nos remite
al color de la tierra árida (que recuerda intensamente
al trabajo con la fotografía en Madre
e Hijo), contaminando los rostros casi impenetrables
de los soldados. Cabría apuntar que la película transita
formalmente entre dos registros aparentemente diferenciados,
aunque en ocasiones se hallen hibridados. Por una parte
encontramos la filmación del movimiento: los trayectos
largos (todo el viaje del segundo capítulo) y los cortos
(los que llevan del puesto central de vigilancia hasta
los búnker en lo alto de las montañas). Sokurov
asume como propio el movimiento colectivo y se detiene
con paciencia en el retrato de las largas travesías
de los soldados, compartiendo solidariamente el tiempo
y el esfuerzo que suponen. En estos casos, Sokurov se
muestra menos preocupado por la estilización de la puesta
en escena que por la captura del movimiento, abrupto
y cansino. Inicialmente, este registro es el responsable
de transmitir la intensa sensación de pertenencia al
grupo y, a su vez, el testimonio de la experiencia personal
y traumática que supone para el realizador.
El segundo registro es el de la quietud. La espera,
la latencia del peligro. Sokurov se muestra cuidadoso
en la búsqueda de encuadres que desemboquen en un sentido
simbólico. Vemos, por ejemplo, a un soldado disparar
oculto desde dentro de la trinchera, la cámara se mueve
desde el suelo vacío hasta la imagen siniestra del soldado
disparando, para seguir después el trayecto inverso
hasta llegar nuevamente al suelo, testigo ahora de la
caída de los casquillos que se mimetizan con la tierra
árida y pisoteada, expresión mínima de un paisaje de
violencia y muerte. O la imagen de unos fusiles solitarios,
sin ejecutor ni víctima, apuntando desde el hueco de
una trinchera hacia el vacío. Un paisaje vaciado de
humanidad, que convierte en espectrales las presencias
deambulantes de los soldados.
Capítulo tercero. Este capítulo transcurre en
su mayor parte en un puesto de vigilancia alejado del
puesto central. Aquí, Sokurov empieza a componer su
discurso entorno a los rituales que llevan a cabo los
soldados en su eterna espera de la llegada de la violencia.
Se detiene con especial atención en los descansos, en
las comidas, en la manera de compartir el tabaco, en
las lecturas, en la escritura de cartas... Y somete
la realidad a sus patrones narrativos preferidos, hermanando
la forma de sus producciones documentales con las ficcionales.
Sokurov no se plantea la captura de las conversaciones
entre los soldados como la búsqueda y reproducción de
estructuras narrativas convencionales. No es posible
seguir esos diálogos en busca de correspondencias de
causa y efecto, de puntos de inicio y final. Sokurov
fragmenta abruptamente esos diálogos, formando un magma
de palabras que actúan como puntos de fuga hacia múltiples
direcciones. Las conversaciones resultan imprecisas,
divagaciones que parecen no llevar a ningún sitio, representando
la incertidumbre que rodea a los soldados tanto física
como espiritualmente. Sokurov no pretende mostrar a
sus personajes como los detonantes de los movimientos
dramáticos. Tampoco pretende mostrarnos una visión completa
y fidedigna de la realidad, sino que prefiere que los
personajes, sus acciones y los paisajes que los rodean
actúen como las huellas espectrales de un tiempo, para
Sokurov, las huellas de la identidad de una nación.
Hasta este punto de la película, la felicidad no parece
posible. La rudeza se apodera de todos los comportamientos.
A pesar de la presencia del grupo, los rostros de los
soldados reflejan un estado de soledad y desorientación
muy intenso. La llegada del cuarto capítulo supondrá
una ruptura en este sentido.
Capítulo cuarto. Este cuarto capítulo se revela
como clave por la aparición de dos elementos prácticamente
inexistentes en los anteriores: la expresión física
de la fraternidad entre los soldados y el estallido
de la violencia.
Descubrimos que los lazos de unión entre los hombres
se traducen en expresiones físicas de hermandad y amistad
fuertes. La llegada del final del servicio militar que
están cumpliendo dos chicos muy jóvenes y su consiguiente
despedida del grupo se traduce en un festivo y a la
vez triste encadenamiento de muestras de afecto, efusivos
abrazos y besos. Por otra parte, descubrimos que el
enlace de los cuerpos masculinos forma parte del ritual
de la limpieza de los soldados. Vemos como se ayudan
mutuamente a limpiarse el pelo debajo de una pequeña
fuente. Así, la ruptura es radical. Cómo apuntamos anteriormente,
hasta este momento los hombres habían sido considerados
por la realización de Sokurov como figuras fantasmagóricas
y simbólicas. Sin embargo, la aparición del contacto
entre los hombres otorga una nueva presencia a los personajes,
más intensa y física.
Tras estos esporádicos brotes de ternura, volveremos
al territorio de la muerte, primero observando en detalle
el proceso de colocación de minas en los campos colindantes
al puesto de vigilancia y después con la llegada del
ataque del enemigo. El ataque queda fuera de campo.
Sokurov no busca la espectacularidad de la contienda.
El ataque y la defensa, la explosión de la violencia
le interesan principalmente como «sismo para apreciar
la resistencia del espíritu en momentos semejantes»(3).
El uso de la música como banda sonora de la atrocidad
se convierte en la protagonista de la representación.
En este punto, surge con toda su fuerza el carácter
poético del estilo Sokurov. Observamos como compone
su obra mediante largos versos cuyas rimas escondidas
surgen como una revelación mediante la super-posición
de imagen y voz en off. El cuarto capítulo se
inicia con la imagen, en cámara lenta, de un soldado
que juega con los insectos que vuelan alrededor de unas
plantas. Los gestos del soldado son efusivos, intenta
lanzar los insectos hacia el cielo. Las imágenes adquieren
un intenso simbolismo al ir acompañadas por la voz de
Sokurov, que habla de la vida y el arte. Tras el combate,
las mismas palabras que adornaban las imágenes del juego
vitalista del soldado, acompañan ahora la visión de
un soldado herido, mutilado por el ataque fantasmagórico
del enemigo.
Capítulo quinto. Es el fragmento más largo de
la cinta, dura alrededor de una hora y media. En él
presenciaremos las celebración del final de año. Despedimos
1994, celebramos la llegada de 1995. La celebración
nocturna fluye del estado festivo a la tristeza por
la lejanía de la tierra amada, por los muertos que no
pueden compartir la mesa.
Sokurov comparte la intimidad de los soldados, sus
lágrimas, sus abrazos, su borrachera y el descanso final.
Nos muestra el amanecer de un nuevo día, de un nuevo
año, que describe en el horizonte la presencia inmóvil
y sombría de la contienda y el enfrentamiento. Sokurov
se despide y anuncia su retorno a Rusia, «una tierra
de frío, silencio y vacío».
Final «Habíamos
comenzado a rodar en verano, continuamos haciéndolo
en invierno, hemos trabajado en lugares donde la guerra
forma parte de la vida cotidiana, donde la guerra ya
no es una sorpresa, en la frontera entre Tadjikistán
y Afganistán. En ocasiones pasábamos jornadas enteras
en tensa espera, en otras nos hallábamos en medio del
campo de batalla. Había víctimas por todas partes. Familias
y amigos estaban separados. Aquí hay un sentimiento
constante de angustia y abandono. Desde mi punto de
vista, mi país natal, Rusia, es una tierra en guerra
permanente, y sus habitantes están siempre listos para
luchar. Nuestros héroes nacionales son aquellos que
han hecho la guerra más que los que se han esforzado
para crear algo constructivo. Apenas puedo imaginar
Rusia de otro forma, sin esas crueles imágenes de guerra
y sus levantamientos militares(4)».
Alexander Sokurov.
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