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«La noche pasada estuve en el reino de las sombras... Todas las cosas —la tierra, los árboles, la gente, el agua y el aire— están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises y, en los árboles, hojas de un gris ceniza. No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro luminoso […] Repentinamente se escucha un chasquido, todo se desvanece y aparece un tren en la pantalla […] Pero también éste es un tren de sombras».
Con estas palabras describía el poeta ruso Maxim Gorky la sorpresa y desorientación que le produjo el asistir a un programa de cortos de los Lumière entre los que se incluía La llegada de un tren a la ciudad (L’arrivée d'un train à la Ciotat, 1896). Más de cien años después, el espectador contemporáneo se ve ante la lastimosa obligación de tener que rescatar la capacidad de asombro perdida entre la reiteración y planitud de ciertas imágenes, de ciertas fórmulas, de cierto cine. Un espectador desarmado —a pesar del rico aunque desconocido acerbo cultural de más un siglo de imágenes— que observa la pantalla sin esperar que ésta le devuelva la mirada. [Tren de sombras]

EL CABALLO DE HIERRO (the iron horse)
Dirección: John Ford; Guión: Charles Kenyon y John Russell
Producción: 1924, EE.UU.
Interpretado por George O’Brien, Madge Bellamy, Cyril Chadwidk.
Film seleccionado y comentado por David Flórez

Llanuras inmensas. Sin puntos de referencia válidos. Da igual dirigirse al norte o al sur, al este o al oeste, el paisaje no cambiará, continuará siendo hostil e inhumano. Excepto el viajero, no hay otra presencia humana a la vista, pero sabemos que están allí fuera, acechando. Indios, forajidos, fuerzas del orden, tan peligrosas éstas últimas como las dos primeras.
Tales son los signos del Western. Por esta razón, no es extraño que muchos de ellos tomen la forma de un viaje a través de la soledad, con inicio y destino fuera de los límites de la cinta, en busca de un sueño que siempre permanece en el horizonte, tentador e inalcanzable.
En este Western fundacional, todo un pueblo está en camino. Traviesa tras traviesa, raíl tras raíl, avanzan hacia el horizonte, su única referencia la misma línea recta que construyen. Ese cordón les une a la civilización y a través de él llega todo lo que necesitan, provisiones, combustible, materiales, pero el hogar está demasiado lejos, fuera de la vista, al otro lado del horizonte. En cada parada deben reconstruirlo, fundar una nueva ciudad donde poder disfrutar brevemente tras el largo día de trabajo, donde surgirán todos los vicios y virtudes que transportan consigo.
Es sólo una ilusión de permanencia. Pronto, la obra que construyen habrá alcanzado el horizonte y esta nueva ciudad quedará demasiado lejos. Será el momento de abandonarla al desierto que la reclama, de llevarse consigo todo aquello que pueda ser transportado a la nueva fundación. Rápidamente, sin tolerar retrasos. El progreso, el futuro de un país así lo reclama. Nada recordará su paso, excepto las tumbas de los muertos.

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el maquinista de la general (THE GENERAL)
Dirección: Buster Keaton y Clyde Bruckman
Producción: 1926, EE.UU.
Reparto: Buster Keaton, Marion Mack, Charles Smith, Richard Allen
Film seleccionado y comentado por Manuel Ribera

El caso de The General es toda una paradoja: esta obra, que hoy es considerada la cima cinematográfica de su autor y una de las películas cumbre de la comedia muda, constituyó en su día la tumba de Buster Keaton como realizador.
The General fue estrenada el 5 de febrero de 1927 en el Capitol Theatre de Nueva York no siendo muy bien acogida por la crítica —Tom Dardis comenta en su libro Keaton: The Man Who Wouldn't Lie Down (1979) que "de once periódicos importantes, ocho fueron completamente hostiles al film, dos lo recibieron con una cautela más o menos favorable y sólo uno lo reconoció como la obra de un genio"—, ni tampoco logró recuperar en taquilla los 350.000 dólares que había costado. Como consecuencia de este fiasco, Keaton no volvería a dirigir ninguna película.
Paradójicamente, con The General Keaton alcanzó una de sus cimas cinematográficas a la par que unió en ella dos de sus grandes amores: el cine y los trenes —la mayoría de sus cortometrajes y películas anteriores siempre habían tenido alguna situación importante en la que aparecía involucrado un tren, y Keaton incluso poseía en su casa un enorme tendido ferroviario de juguete—.
The General no es sencillamente una "película cómica", es una de las películas de aventuras más bellas del cine y un canto admirable a la tenacidad y al esfuerzo del hombre, filmada por Keaton con una sencillez y una rotundidad digna de los grandes clásicos. Todo en ella desprende una mirada franca y directa hacia las cosas, a la vez que revela una autenticidad en la dirección y un sentimiento de vitalidad, de frescor, del arte que pareciera revelar sus posibilidades por primera vez.

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la bestia humana (LA BÊte humaine)
Dirección y guión: Jean Renoir (Guión basado en la novela de Émile Zola)
Producción: 1938, Francia.
Reparto: Abel Gance, Simone Simon, Julien Carrete
Film seleccionado y comentado por David Flórez

Dos ciudades, Paris y Le Havre. La línea férrea que los une. Maquinistas que conducen los trenes, un día en un sentido, el siguiente en el contrario. Dormir cada noche en una ciudad distinta, siempre en movimiento, sin hogar, ni familia, y al mismo tiempo ser prisioneros de ese círculo, casi del infierno, donde todos los días se repiten las mismas acciones, donde nada parece que habrá de suceder nunca.
Falsas Ilusiones, falsas seguridades. Las pasiones crecen en una ciudad, estallan en el tren que lleva a la otra, donde hay que sobrevivir, si se puede, a sus consecuencias.
La peripecia en la novela de Zola, como en la mayor parte de las obras, es sólo una excusa para realizar un descarnado análisis de la naturaleza humana. Renoir no es Zola, sin embargo. Renoir es un humanista y, para él, todos sus personajes, a pesar de sus miserias, son seres humanos. Conocemos sus motivaciones, conocemos sus fortalezas y debilidades, sabemos que la pasión habrá de volverles locos, llevarles a cometer las mayores atrocidades, pero también actos nobles y heroicos, aunque pasen desapercibidos.
No basta con esto para ser un humanista, porque Renoir sabe también, y así nos lo transmite, que no hay un abismo entre sus personajes y los espectadores, que los errores en que caen podríamos cometerlos también nosotros, que sólo la suerte o la casualidad nos han colocado en lugares distintos.
Y en una de las escenas más terribles de la cinta, el jefe de estación, al que sabemos capaz de la mayor violencia, al que hemos visto autodestruirse sin remisión, encuentra el cuerpo de su mujer asesinada.
No vemos su rostro, sólo su mano que sujeta un reloj, y escuchamos sus sollozos de dolor. Nosotros, los espectadores, comprendemos ese dolor y lo compartimos, porque acaba de perder lo que más amaba en este mundo y él es también culpable.

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Berlin Express
Dirección: Jacques Tourneur; Guión: Curt Siodmak y Harold Medford
Producción: 1948, EE.UU.
Reparto: Merle Oberon, Robert Ryan, Charles Korvin, Paul Lukas
Film seleccionado y comentado por Emilio Toibero

Casi nadie es quien dice ser, como probablemente haya ocurrido en esos ambiguos años posteriores a la segunda guerra, entre los varios, e internacionales, personajes protagónicos de este complicado viaje en tren ficcional, que se inicia en París y concluye en Berlín, cuando, en la inmediata postguerra, ésta todavía era una ciudad dividida entre cuatro potencias aliadas. Una enigmática voz extradiegética acompaña las acciones, a veces introduciéndolas, y otras contextualizando el marco en que suceden. De la fricción, poco usual para ese entonces, entre una intrincada historia de espías y la voz con una dicción que se pretende objetiva, emerge una de las apasionantes singularidades del filme. La otra es la utilización, en un registro que aparece como testimonial, de espacios de ciudades alemanas transformadas en ruinas, en el mismo año, 1947, en que Roberto Rossellini rodaba su despiadada Germania, anno zero.
Más allá de las maliciosas entrelíneas políticas que la anécdota derrama, que ya nada importan, Berlin express es un alto ejemplo de la elaborada concepción de Jacques Tourneur de la puesta en escena —sistemáticamente los exteriores diurnos remiten a la Historia, mientras que los interiores nocturnos, convocan a la pesadilla: ¿su revés?— que evoca, en más de un plano, a Josef Von Sternberg, otro gran cineasta que supo transitar los ferrocarriles. Hay que llegar muy cerca del final para abismarse en una secuencia maestra. Un alemán intenta matar a un pacifista en un compartimento de un tren en marcha. Pasa otro, y en  sus ventanillas, como inesperada aparición fantasmal que viola las leyes de la lógica o como la sorpresiva irrupción en una pantalla blanca de un tren llegando a una estación, se refleja el intento de asesinato, lo que permite evitarlo. ¿Es aventurado pensar que acá está, hecha imagen, la idea del cine como reflejo construido?

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deseos humanos (human desire)
Dirección: Fritz Lang; Guión: Alfred Hayes (basado en la novela de É. Zola)
Producción: 1954, EE.UU.
Reparto:
Glen Ford, Gloria Grahame, Brodericl Crawford
Film seleccionado y comentado por David Flórez

Nuevamente los trenes, nuevamente la novela de Zola, nuevamente, casi punto por punto, la misma historia sórdida. Los mismos elementos que en la película de Renoir, pero un director con un talante completamente distinto.
Lang no tiene confianza en la naturaleza humana. Ya desde los tiempos del mudo, desde su Krimilda asesina y vengadora, sabe que las pasiones transforman en monstruos a los hombres y que, una vez consumadas, no hay vuelta atrás ni liberación, excepto aquella que trae la muerte.
Muerte y violencia es lo que trae esta cinta. Matizada y sin sangre, debido a los tiempos y a las censuras, pero no menos terrible y repulsiva por ello. Lang no pierde tiempo en presentarnos a sus personajes, ni hacernos comprender sus motivaciones. Sabemos que el interés, su propio interés les mueve, y que nada, ni siquiera el asesinato podrá detenerles. Pasión, amor, amistad, confianza, son sólo palabras, disfraces con los que presentarse a los demás, desechables en cuanto no sirvan a los propios propósitos. Ni una lágrima se derramará por ellos, ni un reproche se dirigirá al otro. Todos conocen el juego perfectamente y saben cuales son sus reglas. Nadie puede engañarse, nadie tiene derecho a engañarse, excepto los necios, y ellos son las primeras víctimas.
Muchas veces, el propio Lang incluso, se ha hecho de menos a esta película, por no llegar a la exasperación trágica de la novela de Zola o la cinta de Renoir y, sobre todo, por salvar al personaje principal del remolino de pasiones y traiciones en el que cae, pero pocas veces el espectador ha podido ver un final más cínico y despiadado que el de esta película, rodado en un magistral montaje en paralelo, contraponiendo la frialdad de un rostro, libre ya de sus ataduras, con la tragedia que tiene lugar en ese mismo instante, sin que él lo sepa.

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El buen amor
Dirección y guión: Francisco Regueiro
Producción: 1963, España
Intérpretes: Simón Andreu, Charo Bermejo, Enriqueta Carballeira
Film seleccionado y comentado por Alfredo Garmendia

Primeros años sesenta en España, cuando la opresión de las estructuras sociales y el poder moral de la iglesia constituían un obstáculo para que las relaciones entre las jóvenes parejas se desenvolvieran con naturalidad. Es preciso escapar de las miradas de los vecinos, de los conocidos. Hay que escabullirse del ámbito cotidiano, huir a otro lugar si se pretende que nadie te coarte.
La joven pareja de estudiantes llega a la estación y toma el tren para desaparecer de su ciudad y pasar un día lejos de las miradas inquisidoras. Su mirada está llena de ilusión, por fin van a poder estar a solas gracias a ese tren, su medio de escape. El tren siempre ha sido un medio económico de evasión, el único que se pueden permitir.
Su viaje les mezcla con gente de todo tipo, es un medio muy democrático de viajar. Conversan entre ellos y con el resto de los viajeros, ríen, se aburren, sobrellevan con impaciencia el tiempo de desplazamiento, porque su objetivo está fuera del tren, se encuentra al final del trayecto en una intimidad imposible de encontrar en su vida normal. Un día solos es algo hermoso y el tren es su forma de conseguirlo.
Finalmente llegan a la ciudad esperada, triste y gris, solo ellos pueden llenarla de sentido con su independencia fugaz, y así comienzan las largas horas de alegrías y tristezas, de encuentros y desencuentros, de ternura y de celos. Se aburren, no saben cómo pasar el día, permanecen horas en un lugar donde comen sin saber qué hacer, deambulan por las calles, tras una discusión se separan, conocen a otras personas, se vuelven a reunir...
El tiempo, mientras tanto, ha ido pasado inexorable y la tarde empieza a caer, el tren les espera para terminar con su breve libertad, principio y fin de un día anhelado. Nada de lo que han hecho ha sido importante, pero lo han hecho solos.

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el tren (THE TRAIN)
Dirección: John Frankenheimer; Guión: Franklin Coen y Frank Davis
Producción: 1964, EE.UU./Francia/Italia
Reparto: Burt Lancaster, Paul Scofield, Jeanne Moreau, Michel Simon
Film seleccionado y comentado por Jorge-Mauro De Pedro (miradas.net)

S convulsa. Zigzag de humos, traqueteo de gentes que todavía no han llegado, que no saben cuánto hace que salieron. Ventanillas renegridas, áspero carraspeo de carbonilla. Vómito discontinuo de gris sobre un cielo en blanco y negro.
Y dentro, en la interminable fila de vagones, la carga más preciosa que jamás nadie viese impulsada por valles y barrancas: selección imposible de obras maestras —oleos, acuarelas o pasteles—, panteón del arte patrio. Orgullo de una Francia rendida, herida, vergonzante nido de colaboracionistas y resistentes descreídos.
París cercado, a punto de arder... o no. Cuadros. Belleza, extraña sensación de permanencia. Impresión: amanecer en rojo. Y un dilema moral de primera magnitud: ¿vale la pena sacrificar la vida de un solo hombre a cambio de la obra completa de Degas, de Renoir, de Picasso?
El tren sigue su marcha. Intentos de sabotaje se suceden, ¡que no cruce la inminente frontera!, que no rapte siglos de gloria. Nadie se resigna a perder la memoria y menos a manos del enemigo. Continúa el viaje. Raíles y guardagujas. Bifurcaciones, desvíos, vías muertas.
La locura y el escepticismo enfrentados. Cara a cara. La refinada decadencia del III Reich dispuesta a arramblar con un botín que hace pequeño el resultado de cuatro cruzadas y cien saqueos a ciudades doradas. El tren se para y las dudas se disipan: ¡de ninguna manera! La vida del menos sabio de los hombres vale mucho más que el legado de mil corrientes acabadas en -ista. Arte o vida, elección imposible. ¡Vida y arte!

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El emperador del norte (Emperor of the North Pole)
Dirigida: Robert Aldrich; Guión: Christopher Knopf
Producción: 1973, EE.UU. Reparto: Lee Marvin, Ernest Borgnine, Keith Carradine, Charles Tyner, Malcolm Atterbury
Film seleccionado y comentado por Alfredo Garmendia

La miseria provocada por la depresión económica aprieta fuertemente a las personas y la precisión de sobrevivir las mueve de un lado a otro de Estados Unidos. Desgraciadamente, el país es grande, las posibilidades de alimentarse pocas y el tren es el único vehículo que permite a esa horda de vagabundos desarrapados, sin techo, desplazarse a los lugares donde buscar una mínima posibilidad de ir manteniendo su vida a la espera de tiempos mejores.
El tren es vital para ellos pero el tren no es gratis. Tienen que emplear toda su astucia para desplazarse en él; los tiempos son duros y el ingenio se aviva con la necesidad. Es entonces cuando surge la autoridad, el poder, para quien esas penurias son ajenas, son problema de “los otros”, y que paga a sicarios para hacer cumplir sus normas a cambio de una precaria estabilidad laboral. La miseria y el poder se encuentran.
El personal contratado por la compañía del ferrocarril para evitar el viaje de los mendigos en sus trenes, no es diferente a dichos pordioseros, simplemente han tenido más suerte, pero se agarran a su posición con uñas y dientes y algunos se crecen con su aparente autoridad. Como suele suceder el que tiene autorización para emplear la fuerza, aún siendo un simple instrumento, acaba creyéndose que realmente posee el poder aplicándose con saña a complacer a quien le alimenta.
Es entonces cuando el tren pasa de ser un simple vehículo a ser un símbolo de la vida y de las relaciones humanas. Los personajes antagónicos del film se erigen en arquetipos de una aparente lucha de clases. Quien posea el dominio del tren poseerá el poder, parecen creer, pero se equivocan, pues venciendo o siendo derrotados en esa lucha sus vidas continuarán igual, el verdadero poder seguirá controlándolos.
¿Puede ser un tren algo más que un simple vehículo?

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Odilon Redon or The Eye Like a Strange Balloon Mounts Toward Infinity
Dirigido por: Guy Maddin; Producción: 1995, Canadá/Reino Unido, B/N
Reparto: Jim Keller (Keller), Brandy Bayes (Berenice), Caelum Vatnsdal (Caelum), Evan Richards (Lil' Caelum)
Film seleccionado y comentado por Fermín J. Martínez

En un cuidadoso y elaborado acuario una maqueta de tren avanza al compás del traqueteo que hace eco en nuestra memoria y el barritar de un elefante sugerido en chimenea. Padre e hijo, Keller y Caellum, maquinistas atemporales, conducen un tren con incierto destino, en el umbral del nacimiento a la madurez del imberbe maquinista.
Una historia clásica emerge en el pequeño vivero. Se desata un accidente cuya superviviente: Berenice —¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes!(1)— es socorrida por los maquinistas asumidos como su nueva familia.
Otra concha se abre y Berenice despierta a la madurez. El triángulo familiar se desvanece, un incestuoso triángulo amoroso se revela. Padre e hijo ansían el amor de esa suerte de sirena mitológica. Ella medita, la indecisión le abruma y decide huir en un zeppelín para contraer matrimonio con su piloto.
Pero en este acuario no hay hueco para el amor. La historia deviene en una sucesión de tragedias: Keller pierde la vista en un accidente con la locomotora al intentar secuestrar a su amada; Berenice coloca la cabeza de Caellum en un globo (ocular) aerostático, que se eleva al cielo(2) para reunirlo con su padre. Finalmente Berenice, errante cual penitente, muda de crisálida a cactus.
El acuario burbujea solitario. Ya no hay vida, no se oye el traqueteo de la locomotora ni el castañear de dientes. En nuestra memoria sedimenta junto a los posos de las películas de Abel Gance (Francia 1889-1981), los relatos de Edgar Allan Poe (EEUU, 1809–1849), las campiñas de Salvador Dalí (España, 1904-1989) y las ilustraciones de Odilon Redon (Francia, 1840-1916) a las que se homenajea en esta cinta.

(1) Edgar Allan Poe, Berenice
(2) En latín Caellum

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goodbye south, goodbye (Nan guo zai jian nan guo)
Dirigido por: Hou Hsiao-hsien; Guión: Chu Tien-wen. Historia: Jack Kao
Producción: Taiwán, 1996; Música: Lim Giong; Reparto: Jack Kao (Kao), Lim Giong (Flathead), Hsu Kuei-ying (Ying), Annie Shizuka Inoh (Pretzel)
Film seleccionado y comentado por Jose Manuel López

Las vías recorren como venas el cuerpo de Goodbye south, goodbye. Durante los créditos, sobre un fondo negro, el primer sonido que se escucha es el trantrán de un tren; un motivo sonoro que puntuará constantemente en off las conversaciones del primer tercio del filme; y una presencia, la de los trenes y otros medios de locomoción, obsesiva a lo largo de todo su metraje. En ese tren viajan los protagonistas, un tragicómico trío de perdedores irredentos formado por Kao (Jack Kao) —un gángster de medio pelo cuyo sueño es abrir un restaurante—, su little brother Flathead (Lim Giong) y Pretzel (Annie Shizuka Inoh), la chica de este último. Una música dance punteada por agresivas guitarras se superpone al familiar traqueteo y aparece el título del filme. Tras él, la cámara se sitúa en el último vagón y, mientras el tren continúa su marcha, sólo nos muestra el paisaje que va quedando atrás. Esta elección estética nos sugiere que es muy probable que no lleguen a ninguna parte; como suele ocurrir en cualquier huida, resulta imposible dejarse atrás a uno mismo. Kao quiere cambiar de vida, “Dame un poco de tiempo, lo tendremos todo”, le dice unas escenas después a Ying, su novia, unas palabras que resumen los derrotados conatos de inconformismo de tantos pequeños gángsters de celuloide que le han precedido. Mientras son pronunciadas, ya somos conscientes de su carácter irrealizable.
Los trenes van desapareciendo a medida que avanza la película pero la escena antes referida se refleja en otra, cercana ya al final, en que la cámara precede a Flathead y Pretzel montados en una moto y a Kao en otra encuadrados sobre el huidizo fondo mientras ascienden por una carretera de montaña. Es una de las pocas ocasiones en que todo parece funcionar sin tensiones, sin decepciones, en una imagen de “eufórica celébración de la libertad y el movimiento”, en palabras de Shelly Kraicer(1). Siguen sin ir a ningún sitio, pero qué importa, puede que esta vez se dirijan al sur.

(1) http://www.chinesecinemas.org

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Trenes de sombras
PARTE 01: TRENES

Films seleccionados (por orden cronológico):

1. El caballo de hierro
(John Ford. 1924)

2.
El maquinista de la general
(Clyde Bruckman, 1927)

3.
La bestia humana
(Jean Renoir. 1938)

4.
Berlin Express
(Jacques Tourneur. 1948)

5.
Deseos humanos
(Fritz Lang. 1954)

6. El buen amor
(Francisco Regueiro. 1963)

7.
El tren
(John Frankenheimer. 1964)

8.
El emperador del norte (Robert Aldrich. 1973)

9. Odilon Redon or The Eye Like a Strange Balloon Mounts Toward Infinity
(Guy Maddin. 1995. Cortom.)

10. Goodbye south, goodbye
(Hou Hsiao-hsien. 1996)

Trenes de sombras
PARTE 02: SOMBRAS