
02.
LA CIUDAD LOUVRE (1990)
El ARTE EMBALSAMADO
«La imagen de las cosas
es, de la misma manera, la imagen de la duración
de éstas, modificadas,
momificadas por así decirlo»(1) André Bazin
Mientras esperamos la improbable oportunidad de acceder
a Une visite au Louvre (2004),
la última
obra de los Straub —ejemplo paradigmático
de cineastas invisibles debido a los parcos
designios de la distribución—, La
ciudad Louvre es una inmejorable ocasión
para penetrar en el museo parisino, representante egregio
de estas modernas ciudades-estado, y atisbar su compleja
organización interna, la febril actividad de
sus trastiendas o las variadas ocupaciones de sus legiones
de empleados. Las primeras imágenes del filme
de Philibert transcurren —elección que
no parece casual— en la densa oscuridad de uno
de los almacenes donde duermen gran parte de las 300.000
obras que el Louvre tiene en su catálogo mientras
la linterna de un operario va descubriendo para nosotros
sus tesoros ocultos, casi olvidados. Los mouseion nacieron
como templos consagrados a las caprichosas musas y
parte del carácter sacramental de aquellos grandes
edificios dedicados al estro y la sabiduría
ha pervivido hasta nuestros días. A medida que
durante la proyección más y más
atestados almacenes nos eran mostrados, no pude evitar
pensar que en pocas ocasiones habría resultado
más pertinente la idea baziniana de
la momificación de lo filmado provocada por
el aparato cinematográfico que ante La
ciudad Louvre y su celuloide repleto de obras
dormidas, restos embalsamados doblemente fijados fuera
del tiempo.

Más allá de aspectos organizativos
sobre el funcionamiento interno del museo, lo que llamó mi
atención de La ciudad Louvre fueron
las sugerencias que contiene sobre la descontextualización
de la obra artística y el papel de los museos
como albaceas del arte que atesoran obras a medio camino
entre la necesaria conservación del patrimonio
y el desaforado coleccionismo para finalmente privarlas,
con demasiada frecuencia, de su único fin: el
de ser mostradas. En la actualidad asistimos a una
manifiesta “cosificación” del arte
provocada por el pensamiento sustancialista que separa
el producto de la corriente dinámica en la que
fue creado. Personalmente, no entiendo el objeto artístico
como el producto resultante expuesto en los museos
sino como el constructo nacido de la azarosa mezcla
entre aquel y la idea que le dio impulso, entre su
contexto —esa corriente dinámica en la
que se enmarca— y su manufactura.
Para quienes así opinamos ya resulta difícil
entender el arte como experiencia ceñida a un
edificio que en la actualidad parece casi más
importante que su contenido, pero si además
pensamos en alguna de las casi 300.000 obras que reposan
en los almacenes del Louvre hemos de preguntarnos si
aún pueden seguir siendo consideradas objetos
artísticos en el limbo en el que habitan.
Este proceso de privación funcional se mueve
en sentido contrario al que, a comienzos del pasado
siglo, recorrieron Marcel Duchamp (1887-1968) y sus
acólitos, que con el Ready-made despojaron
objetos de su función original y/o los modificaron
para darles una nueva existencia como objetos artísticos,
ya fueran de uso cotidiano (el famoso urinario reconvertido
en fontana) u objetos “elevados” privados
por la acción del artista del peso de su trascendencia
y significación cultural e histórica
(la no menos conocida Gioconda con bigote). Con su
irreverencia pretendían poner en discusión
el papel del arte y los museos en la sociedad de la época
aunque, paradójicamente, acabarían contribuyendo
a su masificación. A este respecto, no estaría
de más plantearse si el proceso de producción
artística puede continuar hasta el infinito
dado el ritmo endiablado que caracteriza a estos tiempos
de democratización artística.
Mientras veía La ville Louvre y las
repletas catacumbas del museo parisino me asaltó la
idea de la ilusoria seguridad en la que vivimos los
seres humanos que consideramos nuestra vida falsamente
estable, nuestras obras ilusoriamente eternas, preguntándome
cuál sería el cataclismo —provocado
o no por nuestra estupidez, ésta sí eterna— que
borraría tantos siglos de Historia cuidados
con mimo casi malsano, devastando así el saco
sin fondo en que estos sacralizados templos contemporáneos
del arte convierten sus colecciones. Al fin y al cabo,
según han dicho recientemente los propios expertos
del Louvre, a la Gioconda (sin bigote) le quedan, a
lo sumo, otros cinco siglos de vida. ¿Existirá por
aquel entonces el arte tal cual lo conocemos?
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