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UN ANIMAL, VARIOS ANIMALES / LO DE MENOS
UN ANIMAL, VARIOS ANIMALES (1994)
En Un animal, varios animales —su
quinto largometraje, el cuarto dirigido en solitario— Philibert
lleva al extremo las sugerencias que poblaban La
ciudad Louvre, aunque con resultados menos
interesantes. En esta ocasión el cineasta logra
introducir su cámara en la galería zoológica
del Museo Nacional de Historia Natural de París
durante su proceso de reforma y acondicionamiento,
que duró cuatro años, de 1991 a 1994.
Tras 25 años cerrada al público, iba
a ser reabierta con el nombre de “Galería
de la evolución”. Durante ese cuarto
de siglo, sus antiguos habitantes: peces, anfibios,
pájaros, mamíferos, insectos... habían
reposado en el limbo del olvido. La película
se abre, en otra de esas excelentes escenas iniciales
en las que parece especializado Philibert, con un
grupo de estas estatuas animales —erguidas,
ridículas en su gesto congelado— que
es transportado por la campiña francesa en
un camión sin capota.

Si en el caso del Louvre
me refería metafóricamente a las obras
que duermen en sus bodegas como restos momificados,
aquí nos encontramos ante verdaderas momias,
ex seres vivos ahora rellenados y recosidos. Con pertinaz
cadencia, Philibert intercala inquientantes primeros
planos de algunos de estos mórbidos muñecos
en su documentación de la restauración
de la galería. En el París posapocalíptico
de La Jetée (1962),
Chris Marker llevaba a su pareja de amantes a una
galería zoológica
que, aunque no he podido comprobarlo, bien pudiera
ser esta misma “Galería de la evolución”.
En sus apenas 60 minutos, Un animal, varios animales no
logra superar el carácter anecdótico
de su propuesta pero la aparente coincidencia con
el filme de Marker y su elección de este mismo
escenario puede ayudarnos a entender la malsana inquietud
que sentimos al observar esta obscena librería
animal.
Lo
de menos (1996)
Continuando su casi crónico interés
por las comunidades e instituciones, en esta ocasión,
Philibert accede al psiquiátrico de La Borde
para filmar los ensayos de la obra de teatro que, como
cada verano, será representada por internos
y trabajadores del centro, reconocido por sus novedosos
métodos, frente a un público formado
por las familias, el personal y el resto de los pacientes.
Este año la obra elegida es Operetta del
modernista polaco-argentino Witold Gombrowicz, un musical
desenfadado cercano al teatro del absurdo en el que
da la sensación que los locos (¡desechemos
la perversión del eufemismo!) se sienten especialmente
cómodos.
Philibert filma detenidamente los ensayos —interesantes
en algunos momentos, repetitivos en otros— mientras
intercala entrevistas con los pacientes o imágenes
de sus vagabundeos y actividades por los vastos e idílicos
jardines de La Borde o por el interior del centro.
Desde el comienzo de los ensayos hasta el final de
la representación —el tiempo del filme— Philibert
trata de acercarse a ellos con su habitual mezcla de
respeto y curiosidad aunque, en este caso, no encuentre
un interlocutor del calado de Poulian en En el
país de los sordos o de Lopez en Ser
y tener —algo de lo que se resiente el filme— y
haya de repartir su atención entre varios pacientes.
A pesar de ello, uno en concreto destaca sobre los
demás debido su charlatanería no exenta
de momentos de lucidez, como el que cierra el filme
y en el que se dirige a Philibert como representante
de “la sociedad”, una sociedad que, como
indica el propio paciente mientras señala los
muros exteriores, se encuentra fuera y poco tiene que
ver con él. Recientemente he podido ver Nostalgia (Nostalghia, Andrei
Tarkovsky. 1983) que contiene más de un interesante
apunte sobre la locura. En un concreto y brumoso momento,
el poeta Gortchakov (Oleg Yankovsky) acaba de conocer
a Domenico (Erland Josephson) —un loco demasiado
lúcido,
un oximorón necesario para esbozar una definición— y
se plantea: «¿Qué es la locura?
Los locos son problemáticos, inconvenientes.
Nos negamos a comprenderlos. Están solos. Pero
ellos están sin duda más cerca de la
verdad».
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