
05.
SER Y TENER (2002)
Diario de un maestro rural
«E sente saudade de si ante
aquêle lugar-outono...»
Fernando
Pessoa, Hora absurda (Cancionero)
Ser y tener. Dos verbos que han sido
conjugados en multitud de lenguas y han llenado innumerables
cuadernos y pizarras a lo largo de los años.
Dos verbos elegidos, probablemente, al azar y que en
alguna ocasión habrán sido escritos en
la pizarra de la escuela de clase única de St.-Etienne-sur-Osson,
un pequeño pueblo de doscientos habitantes en
la región de Auvergne al que un día de
otoño llegaron Nicolas Philibert y su reducido
equipo de rodaje. Hoy en día, todavía
es posible encontrar en Francia este tipo de escuelas
—que tampoco fueron extrañas hasta hace
unas décadas en la España rural—
en las que un único maestro se hace cargo de
la educación de todos los niños del pueblo.
El profesor de St. Etienne, un hombre de suave decir
e infinito mirar llamado Georges Lopez —monsieur
López para sus alumnos—, tiene bajo
su tutela a trece niños de entre cuatro y once
años separados en tres grandes
mesas: les grands, les moyens y les petits.
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Ser y tener comienza con un rebaño
de vacas que pastan a la intemperie en medio de una
confusión de nieve y viento. Un coqueto edificio
de piedra es golpeado por la ventisca: es la escuela.
En su interior unos inesperados habitantes, un par
de tortugas, se deslizan sobre el deslustrado suelo
de madera de una clase vacía y silenciosa. Pocas
estancias se muestran más desorientadas y solitarias
que un aula privada de su infantil rebumbio de gritos
y carreras. En el exterior, una marea de ramas oscila
al vaivén del viento. Estas concisas escenas
de introducción cumplen la función dramática,
en palabras del propio director, de situar la escuela
en el mundo, en un contexto y un tiempo concreto. Con
ellas, además, Philibert plantea el contraste —tema
recurrente en su filmografía— entre el
inhóspito mundo exterior y la protección
de las comunidades en las que los hombres tendemos
a agruparnos. En el cálido interior de esta
pequeña clase, entre tablas de multiplicar,
dictados y ejercicios varios, surgirán los pequeños
dramas provocados por la convivencia cotidiana: deberes
inatendidos, roces con los compañeros o con
los padres, problemas de adaptación, de timidez,
etc., un rico anecdotario cotidiano al que el profesor
Lopez responde de manera estricta pero conmovedoramente
paciente.
El efecto cámara
En Ser y tener adquiere especial relevancia
el viejo debate sobre la presencia de la cámara
y su decisiva influencia en las personas que a ella
se enfrentan. El principal problema al que hubo de
enfrentarse Philibert fue el de captar las reacciones
de este reducido grupo humano en el limitado espacio
del aula sin interferir en su transcurso natural. Gran
parte del metraje de Ser y tener transcurre
en el interior de la pequeña clase de St. Etienne —nada
que ver con las amplias salas de La
ciudad Louvre,
los vastos jardines de la clínica de La Borde
en Lo de menos o
las dispares localizaciones de En
el país de
los sordos— lo
que provocó que las cuatro personas del equipo
de rodaje nunca pudieran refugiarse en una discreta
distancia o en un recodo tranquilo y apartado. Philibert
ha afirmado que la confianza fue determinante para
filmar como si no hubiera extraños presentes: «Viendo
la película, tenemos la impresión que
los niños olvidan muy pronto la presencia [de
la cámara]. […] Al cabo de tres dias,
eramos casi parte del mobiliario. Naturalmente, desde
el primer al último día, fuimos lo más
discretos posible, para no frenar el desarrollo normal
del grupo […]. De hecho, que un niño
mirara a cámara no me molestaba. Durante todo
el rodaje traté de guardar una especie de "neutralidad
bonachona"»(1).

Su intención era, por tanto, tratar de recoger
de manera neutral la espontaneidad de lo cotidiano
evitando adulterar lo filmado. Pero ¿lo ha
conseguido? Mientras veía
esta película jamás
dudé de la naturalidad y sinceridad
de lo que ocurría en pantalla. Ahora bien, he
de reconocer que me encuentro entre aquéllos que opinan,
siguiendo a Bill Nichols, que no se puede amar el documental
si se busca la verdad como idea platónica
puesto que hoy en día no es posible percibir
la realidad si no es a través de su simulacro.
No pretendo volver sobre este tema ya esbozado en la
introducción pues me parece evidente y universalmente
aceptado que cualquier respuesta de un sujeto ante
la cámara estará siempre condicionada
por ésta. Por ello considero perfectamente válido
el término “actuación” para
denominar el comportamiento de estas personas que representan su
vida cotidiana ante la cámara. Al fin y al cabo,
todos nosotros actuamos constantemente en nuestra vida
diaria bajo múltiples máscaras por lo
que, con mayor motivo, lo haremos ante una cámara.
Sólamente en soledad, alejados del “gran
ojo” social, parecemos ser capaces de abstraernos
del entorno y poder ser la suma de fragmentos de otros
que por mera convención hemos dado en llamar “yo”.
A pesar de esta decisiva influencia de la cámara
sí creo posible un variable grado de habituación,
una trabajada confianza, una complicidad —términos
bien conocidos por la antropología— que
permitan obtener respuestas válidas y sinceras,
en tanto que no fingidas; aunque siempre actuadas
y diferentes a las que se obtendrían si no hubiera
una cámara presente. Se podría poner el
ejemplo de las cámaras ocultas pero, aún
así, las respuestas ante la presencia y las preguntas
del cineasta/investigador no serían del todo
verdaderas pues, retomando la frase de Rouch
citada en la introducción, «se distorsiona
la pregunta con el sólo hecho de preguntar».
Philibert acepta, por lo tanto, el “efecto cámara”
para ofrecerle a los espectadores la posibilidad de
realizar de manera activa lo que de Javier Maqua describe
como «una operación de restado que permita
abstraer del conjunto lo que queda sin modificar del
sujeto filmado»(2).
Narración
Del otoño al verano, el discurrir de las estaciones
durante un año escolar marcará el ritmo
lento y pausado, necesario, del filme. Durante siete
meses Philibert rodó más de 60 horas de
metraje que quedaron condensadas en un —brillante—
montaje final de 104 minutos. Al igual que en sus anteriores
películas, Ser y tener mantiene el gusto
de Philibert por rodar sin guión previo y se
construye en base a pequeños fragmentos dramáticos
que el cineasta va incorporando a la historia, pero
a la vez presenta una narración más ambiciosa.
Puede ser que Philibert buscara conscientemente nuevas
soluciones para esta película pero también
es muy posible que sea el resultado de su natural maduración
como cineasta. En este sentido, Ser y tener tiene
un discurso más cinematográfico
que sus predecesoras y construye una historia —en
el sentido más clásico del término—
que discurre por unos cauces narrativos bien definidos
y acotados temporal y argumentalmente por la duración
del curso escolar.
Philibert ha logrado su película más
compacta hasta la fecha, sin abandonar el territorio
documental que ha hecho suyo pero incorporando a su
discurso elementos de marcado carácter ficcional,
puede que en parte obligado por su intencionada renuncia
a la fórmula (típicamente documental)
de la entrevista, usada intensivamente en películas
anteriores. Elementos como el uso clásico de
los contracampos para dotar de mayor espacialidad a
las conversaciones (que en determinados momentos me
hizo dudar de que se hubiera rodado con un sola cámara);
o las pequeñas subtramas que contribuyen a dotar
de un cierto suspense al filme, por ejemplo la expectación
por las notas de los exámenes de acceso de los
alumnos de último año o la momentánea
desaparición de una alumna durante una excursión
por el campo. Esta acumulación de recursos recuerda
a otros acercamientos documentales promiscuamente ficcionales
como En construcción
(José Luis Guerín, 2001) o Nanook
el esquimal (Nanook of the North. 1922)
a la que su director, Robert J. Flaherty, definió
como «una combinación de cine dramático,
educativo y de inspiración»(3),
una frase a la que Ser y tener podría
amoldarse sin dificultad.

Pero el elemento que mejor define este nuevo carácter
es el uso de escenas de transición en las que
los alumnos se dirigen de la escuela a casa y viceversa
a través de la potente y cambiante naturaleza
de St. Etienne. Estos interludios actúan de
engarce entre los dos ámbitos fundamentales
en la vida infantil, el escolar y el doméstico,
y le sirven a Philibert, además, para dejar
bellamente reflejado el tránsito estacional
como reflejo del paso del tiempo y de la propia evolución,
más íntima y modesta, que viven los niños.
Philibert matiza estas escenas con una hermosa música
(las Canciones de los niños muertos [Kindertotenlieder,
1902] de Mahler, principalmente), un acompañamiento
que redunda en su orientación ficcional. En
otra de esas típicas (y arriesgadas)
analogías en las que el observador de cine suele
embarcarse, este uso de la música y de personas
que caminan me recordó a una de las marcas de
estilo más reconocibles de Kitano Takeshi. En
el cine del japonés, estos desplazamientos no
se limitan al plano físico del movimiento sino
que sugieren el tránsito vital de los personajes,
una sensación de pausadas reflexión y
expectación, un mayor interés por el
viaje en sí que por la llegada. Son, por lo
tanto y aunque no lo parezcan, plenamente narrativos.
Los engarces kitanianos también suelen
ser acompañados por música, normalmente
compuesta por el gran Joe Hisaishi, excepto Zatoichi (Zatôichi,
2003), primera colaboración
de Kitano con el compositor Keiichi Suzuki tras muchos
años de inolvidable unión creativa con
Hisaishi.
Un tiempo en fuga
En algunas ocasiones, y sin previo aviso, sentimos
una extraña lejanía del tiempo presente,
como proyectados en un tiempo blando donde sólo
somos el antes de un después que no es sino ahora
distante. El aparato cinematográfico es, en cierto
modo, un dispositivo sin presente marcado por la fugacidad
de sus fotogramas en tránsito, que nos obligan
a sentir en pasado presos en un flujo continuo de fugas.
Ser y tener maneja en sus 104 minutos toda
la gama cromática de los ocres: el discurrir
del tiempo, el desasosiego, un ambiente de pasado constante...,
unos colores que parecen aflorar en los ojos del profesor
Lopez ante el profundo cambio que está a punto
de producirse en su vida.
En sus dos películas anteriores centradas en
comunidades —Lo de menos y En el
país de los sordos—, Philibert
hacía un uso intensivo de la entrevista pero
en Ser y tener sólo la utiliza en una
ocasión, lo cual le otorga relevancia a su elección.
El cineasta entrevista a Lopez, pero no lo hace en la
escuela sino en el jardín de su casa donde, por
primera vez, le vemos fuera del espacio comunitario
donde realiza su trabajo. Y es este ambiente íntimo
y recogido donde el maduro profesor enfrenta por primera
vez con su mirada la cámara de Philibert y relata
como la influencia de su padre agricultor, un emigrante
español que no desea el mismo destino para su
hijo, fue la que le llevó a hacerse maestro y
como ahora —tras treinta y cinco años de
profesión, veinte de ellos en esta misma escuela
en Auvergne— ha de afrontar la inminencia de su
jubilación. Puede que este sea el primer punto
que nos ayude a entender esa capa de melancolía
que recubre el filme de Philibert, pero no es el único.
Algunos de los conflictos con los que ha de lidiar Lopez
nacen del miedo de los niños
de último año ante su paso a secundaria.
Al igual que su profesor, están a punto de afrontar
un cambio capaz de trastocar su pequeño mundo:
una nueva escuela, nuevos compañeros, nuevos
maestros… Aunque no es posible evitar la sensación
de que, terminen o no su escolarización, nada
cambiará en el futuro de muchos de estos niños.
Una certeza que hace aún más admirable
la dedicación del maestro.

En la última escena del filme, llegado el
final del curso, Lopez se despide uno a uno de sus
alumnos en la puerta del aula mientras la cámara
observa respetuosamente desde el exterior. El cariño
que le demuestran muchos de los niños y la lucha
del profesor por contener las lágrimas convierten
en certeza lo que ya se había sugerido durante
toda la película: Ser y tener no trata
sobre la educación, ni siquiera sobre el mundo
escolar; es, más bien, una película sobre
el aprendizaje como proceso vital de descubrimiento
y la enseñanza como acto de amor; una película
que acaba convirtiéndose en una rendida oda
al profesor Lopez, un héroe cotidiano armado
con un lápiz, una mirada tranquila y una paciencia
infinita. Si en Los 400
golpes (Les quatre
cents coups. 1959) Truffaut se servía del
despótico y amargado maestro de Antoine para
darnos una visión devastada (aunque optimista,
baste recordar ese congelado y libre plano final a
pie de playa) de un país sin referentes en parte
debido a un sistema educativo corrupto, Philibert le
otorga a Lopez —maestro vocacional y entregado— parte
del poder necesario si no para mejorar el mundo sí,
al menos, para mantenerlo en marcha.
Porque Ser y tener no es en una película
triste —¿quién ha dicho que la melancolía
deba ser lo contrario de la alegría?— sino
que se ofrece luminosa y sincera al público al
tiempo que reflota el asombro que dejó en nosotros
En el país de los sordos. Un asombro,
ciertamente, infantil que bien puede surgir de los ojos
traviesos y curiosos de Jojo —el niño que
en seguida se convierte en el favorito de Philibert
por su desparpajo y naturalidad— o en los limpios
y redondos de Ahmed, el niño iraní de
¿Dónde está
la casa de mi amigo? (Khane-ye doust kodjast?,
Abbas Kiarostami. 1987), con la que Ser y tener
establece fuertes lazos. El primero y quizá más
importante en este punto, es que tanto Philibert como
Kiarostami —otro cineasta apegado al mundo de
la escuela y los niños(4)—
han sabido reconocer en ambos filmes la pureza documental
de la infancia y su mirada limpia de
ciertas ficciones que el tiempo trae siempre consigo.
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