
01.
INTRODUCCIÓN
Dejemos las cosas claras desde un principio. Estamos
hablando de una serie de animación japonesa o
anime.
Estamos hablando también de televisión
comercial, destinada a conseguir una gran audiencia
y, por supuesto, los beneficios monetarios que ella
conlleva.
Sin embargo, ninguno de estos términos debería
ser peyorativo, puesto que el arte, el verdadero arte,
no conoce de nuestras estrechas y limitadas clasificaciones.
Antaño, no hace tanto tiempo, los poetas tomaban
las canciones populares, imitaban sus ritmos, utilizaban
sus temas y no tenían reparo en reconocer esa
influencia, no siendo muy distintos de los músicos
que incluían danzas y melodías populares
en sus obras, algo impensable en nuestros tiempos.
No deberíamos tener prejuicios, por tanto, pero
antes de comenzar a analizar esta serie conviene hacer
un poco de historia.
El anime es relativamente reciente. Sus primeras series
y películas famosas son de los primeros 70, mientras
que las dos grandes escuelas de la animación
norteamericana, la Disney y la Warner, nacieron en los
años 30. Los primeros años del anime,
sin embargo, no fueron buenos tiempos para la animación.
El genero, a finales de los 60, se hallaba en crisis
y todos los estudios se vieron en la obligación
de disminuir la calidad de sus productos, para abaratar
costes y permanecer en el mercado.
En América, fue el momento de triunfo de Hanna-Barbera.
Su estilo es extremadamente característico y
marcó el concepto y las pretensiones del dibujo
animado para toda una generación. Fondos muy
sencillos, sobre los que estaban superpuestos los personajes,
que permanecían fijos mientras los fondos se
desplazaban. Diseños muy simples y de movimientos
estereotipados, extremadamente fáciles de animar
y de replicar, reducidos casi a bustos parlantes. Guiones
que se limitaban a repetir una y otra vez el mismo conflicto.
Nada que ver con la expresividad y la imaginación
desbocada de la Warner o la perfección técnica
y belleza formal de la Disney.
Sin embargo, la inmensa variedad de personajes que
fue capaz de sacar al mercado la compañía
y el agotamiento evidente del estilo clásico
de la Warner y la Disney, permitieron que Hanna-Barbera
se transformase en la productora de animación
por antonomasia de los 70. No obstante, en América
ese tipo de animación se vio siempre como
algo transitorio hasta que llegasen tiempos mejores.
Cuando esto ocurrió, en los 90, la animación
USA volvió a recuperar su aspecto cinematográfico
y, por así decirlo, animado.
El anime, al igual que la Hanna-Barbera, nació
como un género pobre y barato. Sin embargo,
los japoneses supieron hacer de la necesidad virtud
y crear un estilo completamente nuevo e inconfundible,
rompiendo bastantes de las reglas asentadas de la animación.
Uno de los principios fundamentales de la animación
occidental fue y es, que nunca hay que mover la cámara,
sino que es el dibujo animado el que tiene que moverse.
Los japoneses, para ahorrar el dibujo de nuevas cells,
exploraron con la cámara las pocas que tenían.
De esta manera, casi por casualidad, descubrieron los
dos movimentos básicos de cámara, el que
acerca para destacar un detalle en el plano, y el que
se aleja, para descubrir algo oculto a nuestra vista.
No fue el único cambio. Mientras que la animación
americana hundía sus raíces en el cine,
copiando sus formas, el anime se inspiraba en el cómic
japonés, el manga, considerado en Japón
como una forma literaria más. De esa manera,
la aproximación tridimensional del cómic,
en la que el punto de vista cambia en cada viñeta
para evitar el aburrimiento, se transformó en
el anime, para disimular el estatismo de la animación,
en un montaje de planos cortos y perspectivas cambiantes,
opuesto al estilo occidental de planos largos y cámara
casi estática, que fue la norma hasta muy entrados
los ’80.
Para terminar, mientras que la animación occidental
estaba dirigida a un público mayoritariamente
infantil y familiar, el anime invadía casi todos
los géneros del cine popular, desde la comedia
romántica y el retrato de costumbres, a la novela
histórica, la ciencia ficción o el cine
erótico.
De esta manera puestos en contexto, es posible examinar
lo que una serie como RahXephon,
casi el último eslabón en una cadena de
más de treinta años de anime, puede ofrecernos
a nosotros, espectadores occidentales.
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