ROSTROS
DE MARIDOS EN SOMBRAS
El remate del mes de julio no se antoja
fecha muy propicia para hacer descubrimientos de ninguna
clase. De hecho, el verano en general parece negarle
a la razón una parte importante de sus funciones
básicas, como si la calima y los sudores retardasen
irremisiblemente el ritmo de nuestras sinapsis. A lo
lejos, y como para refrendar mi juicio, un vecino tararea “del
pita pita del”. Miedo y asco en Barcelona
y Bombay.
Entre tanta arritmia provocada por escotes imposibles,
carne servida en generosas raciones y bacanal de bajos
instintos, la Filmoteca de acá nos alegró el
cuerpo con un ciclo dedicado a John Cassavetes, si,
ese padre putativo de todos los independientes que
han sido y serán, el mismo que en 1968 le preparara
una cita con el Diablo a Mia Farrow. ¡Menudo
tipo!
Alguna tenía vista de sus doce películas —me
niego a reconocer como suya Big Trouble (1986)—,
rescatadas al azar en sesiones de madrugada. Pero había
un inmenso borrón, una perla que se me había
escurrido reiteradamente de entre las manos... Faces.
Faces comienza y nadie sabe cómo
ni dónde ni quienes son esos. Como en la mayoría
de films de Cassavetes, tiene uno la sensación
de que ha llegado tarde a la sala, de que se han equivocado
de bovina... estos arranques en falso funcionan a la
manera de brutales collejas sacudidas al espectador, “¡eh,
tu! ¡’Tate’ atento!”. Así que
uno, con tan convincentes maneras, se ve impelido a
tener los ojos bien abiertos, sin parar de preguntarse
de qué manicomio han huido a la carrera esos
tres personajes que cantan, danzan y se aguijonean
con palabras.
El cine de Cassavetes nos invita a entrar en la casa
de nuestros vecinos cuando les escuchamos vocear después
de medianoche, cuando los gritos atraviesan los delgados
tabiques de nuestros pisitos, colmenas equiespaciadas
donde nos pasamos la mitad de la vida escuchando sollozos
ajenos, ladridos, golpes, sonidos y, lo más
terrible... silencios.
Cierto es que la casa de Rowlands y Cassavetes —agradable
edificio de dos plantas que aparece en casi la mitad
de sus películas— no es precisamente la
idea que tenemos aquí de una vivienda de clase
media. Es amplia, con un comedor que invita a la representación
escénica, una cocina donde ahogar las penas
con una taza de café entre las manos –acurrucado
junto al frigorífico— y un mueble bar
demasiado bien surtido (¡ay, John, tanto güisqui a
deshoras no podía ser bueno!). Subiendo una
estrecha escalera accederá usted a la parte
superior, los dormitorios. Pocas veces vemos a sus
personajes haciendo el amor: están demasiado
ocupados echándose algo en cara, engañándose
a sí mismos en una barra americana sacada de
un cuadro de Hopper o escapando de la locura que los
otros creen entrever en sus incongruentes actos, dictados
por algo tan poco chic y desfasado como...
el amor.
No nos precipitemos. Les recuerdo que Faces ha
comenzado hace ya quince minutos con un prólogo
plagado de contrapicados que nos ha servido para comprobar
lo harto que está de sí mismo Richard
Forst —un empresario de éxito, director
general de algo—. Irrumpimos a continuación
en un teatrillo habitado por una mujer y dos hombres
bastante ebrios, disfrutando de lo que parece una amistad
proverbial. Ambos varones han retrocedido en el tiempo
hasta lo que debieron ser sus tiempos mozos, cuando
se conquistaba a una chica a base de chistes malos
y poses atormentadas. Ella es condescendiente y les
ríe las gracias. ¿Se quieren? ¿Se
conocen de antes? ¿Quién se acostará con
quién?
Una frase, una ráfaga lanzada a media altura
y todo se viene abajo. Nuestra sonrisa —espoleada
por el indudable ingenio del que hacen gala en su lúcida
borrachera— deja paso a la decepción y
al rechazo. Les creíamos brillantes y los descubrimos
convencionales, casi vulgares. Como si un amigo nos
acabase de confesar, en mitad de una conversación
intrascendente, un acto vergonzante que nos pusiese
súbitamente en guardia contra esa persona a
la que creíamos conocer.
Las conversaciones insustanciales transformadas en
elemento de juicio y prejuicio. Para Cassavetes nunca
somos más sinceros que en esos momentos de playtime (con
el permiso de Tatí), bien porque tengamos una
confianza infinita en nuestro confidente e interlocutor
o bien porque el amor —razón por la que él
creía que valía la pena arriesgarlo todo—
nos convierte en vulnerables imbéciles entre
los brazos de alguien tan perdido como uno mismo.
Esta premisa de partida se traduce en su cine utilizando
dos cámaras. A la manera de Kurosawa —que
buscaba apropiarse así del preciso y mágico
instante en el que el actor abandona al personaje y
se encuentra sin referentes, haciendo equilibrios sobre
el precipicio de esa última línea que
cierra las tres hojas del guión de su escena—,
Cassavetes planta una cámara en un rincón
de la estancia y utiliza otra para perseguir, violentar
y avasallar a sus actores.
En Faces esta técnica
alcanza el sumum: no es que abunden los primeros planos,
es que acabamos conociendo cada arruga, pestaña,
mentón
y erupción cutánea. Uno se imagina aquellos
fines de semana en los que Cassavetes arremolinaba
a amigos y conocidos entorno a poco más que
una idea —una idea perfectamente dialogada, pues
no hay nada más trabajado en su cine que esa
sensación de espontaneidad, de falsa improvisación—.
Rowlands como anfitriona perfecta, sirviendo los espaguettis
a la trouppe. El amigo Cassel echando una
mano con los focos. El productor dispuesto a ayudarle
en el montaje.
Cassavetes buscaba algo tan inasible como Marcel
Proust en su monumental “En busca del tiempo
perdido”: la persistencia del instante y
de la memoria, la daliniana hora en la que los relojes
se derriten, interrumpiendo las agujas su impersonal
ronda. Mucho más aún: quería apropiarse
del segundo exacto en que acontece el milagro, en que
uno descubre que no hay más método ni
asidero que el representarse a uno mismo. Como la infructuosa
búsqueda de aquel rayo verde por parte de Rohmer
y Almendros, de ese fenómeno con algo de sobrenatural
del que sólo hemos oído hablar en los
libros. ¿Será posible?

El siguiente acto de Faces — ¿para
qué hablar de escenas?— nos devuelve al hogar,
dulce hogar. Porque tras una noche de expansión
y goces mundanos con su geisha preferida,
Richard retorna al aburrimiento de una mujer (la pluscuamperfecta
Maria) que sabe que le quiere. ¡Qué pesadez,
qué previsible! La cena preparada, las alpargatas
en su sitio... vamos, que no hay color. Provoca una
nueva bronca y termina pidiéndole el divorcio,
patético modo de justificar sus deseos más
primarios: acostarse esa noche con otra.
Y esa otra —sí, la Rowlands haciendo
chica de alterne— quizás sí que
esté enamorada
de verdad de ese anciano que hace tiempo que no se
mira en un espejo, desconociendo así la flaccidez
que comienzan a adoptar sus carnes. La pitopausia le
trae de vuelta a la casa de citas, donde su particular
Venus comparte velada con otros hombres en viaje de
negocios, exactamente igual de despreciables que él;
con sus mismas necesidades, con sus mismas “aspiraciones”.
El espectador tiene la privilegiada oportunidad de
verlo todo desde el otro lado en una escena bastante
parecida a la inicial, pero decididamente desagradable,
con algo de obsceno. Los sentimientos que le han hecho
volver en pos de ella —ya sea el cariño
o la simple lujuria—, terminan confundidos con los
de sus actuales clientes, cegados por un único
y claro propósito: echar un polvo. De alguna
manera, ahora sabemos qué nos desagrada del
conjunto: la iniquidad de esos hombres desesperados
por demostrar su juventud —incluso los dos gallitos
se enzarzan en una pelea de colegiales—, su supuesta
hombría, su patética masculinidad, plagada
de referentes caducados.
Finalmente, se impone el cargo: así como el
empleado está obligado a rendirle pleitesía
al jefe, el jefe debe agachar a su vez la cabeza ante
el pro-hombre de multinacional con cartera de valores
bien diversificada. ¿Quiénes son las
verdaderas putas en todo este asunto?
Por su parte, la mujer de Richard no pierde el tiempo.
Decide pasar una noche loca o lo que por ello entienden
sus amigas (burguesas, felizmente casadas, moralmente
impolutas). En su particular fiebre del sábado
noche toparán con un jovencito enganchado a
la vida: pletórico, divertido, inolvidable Seymour
Cassel. Después de todo... ¿por qué no
echar una cana al aire?
Y así lo hará la mujer del magnate,
convencida de que a nadie le amarga un dulce. Pero, ¡ay,
amigo!, las primeras luces del alba la sorprenderán
en el lecho conyugal junto a alguien que no conoce...
trastornada por su incomprensible sentimiento de culpa
—incomprensible para el espectador, que sabe que su
marido está haciendo
lo propio con la mujer de Cassavetes, ¡toma endogamia!—
intenta suicidarse.
Chet, nombre del libérrimo joven que ha penetrado
como un soplo de aire fresco en la acartonada vida
de Maria, intentará reanimarla en una de las
mejores y más genuinas escenas de amor y ternura
de la historia del cine. Sus palabras, sus intentos
por devolverla al mundo de los vivos manteniéndola
despierta para compensar los efectos de los somníferos,
son un canto a la fraternidad y al abandono, un sombrerazo
mejorado a los versos de Walt Whitman.
El marido llega a casa de buena mañana, con
la sonrisa propia de lo que él sin duda considera “el
merecido descanso del guerrero”. Al más
puro estilo de los sainetes, descubrirá a la
adultera de su mujer —porque lo del hombre nunca
es adulterio, no, qué va, es... “búsqueda
de uno mismo”— con el efebo, que debe
escapar en paños menores brincando sobre el
tejado de la vivienda.
La comicidad del momento —tan de agradecer,
tras la enorme intensidad emocional de lo vivido minutos
antes— viene precedida de reproches y recriminaciones.
De idas y de venidas, de algún que otro empujón.
Y cuando ya los dos están lo suficientemente
agotados, de silencio y cigarrillos.
Dejamos ahí a nuestra pareja, compartiendo
mechero a uno y otro lado de la escalera. La historia
se interrumpe, aunque el "¿y ahora
qué?" no nos importe tanto después
de haber asistido, casi tan exhaustos como los propios
actores, al pulso entre lo que somos, lo que creemos
ser y lo que significamos para los demás.
En Faces —inspirada en los tiburones
de Hollywood que frustraron su aventura dentro del
sistema—, Cassavetes podría haber volcado
toda su ira, ridiculizando al extremo las existencias
de “los que ponen el dinero”. Pero
a medida que la trama avanzaba llegó a la conclusión
de que, ¡qué caray!, todos los hombres
tienen sus razones, incluso aquellos que habían
acabado de un plumazo con su sueño de hacer
arte en un entorno industrial. De esa humanidad reencontrada
tras tres años montando la película en
el garaje de su casa, de esa mirada tierna sobre quienes
creen tenerlo todo, surge una de sus mejores películas,
imprescindible tríada junto a Una mujer
bajo la influencia (A Woman Under the Influence,
1974) y Corrientes
de amor (Love Streams, 1984).
“[Faces] fueron 215 páginas contra
la clase media americana, una expresión
de horror hacia la sociedad en general, centrada
en un matrimonio. (...) En ella, los hombres usan
lo que conocen –las técnicas empresariales— para
verificar su nivel de aceptación social.
Hacen el amor con un ojo vuelto hacia el respeto
y el aplauso, que significarían para ellos
que la vida es algo más que la oficina,
que su enfermedad moral y aburrimiento pueden ser
curadas... si una mujer los encuentra atractivos”.
John Cassavetes.
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