sans
soleil: PLANETA MARKER
1. La memoria imposible, la memoria demente.
|
 |
| Chris
Marker |
En unas de las escasas fotografías de Chris
Marker que existen, el esquivo cineasta francés
se oculta detrás de una cámara que reposa
sobre su hombro: su mano izquierda la ciñe con
firmeza, un ojo en el visor y el otro cerrado como
si ambas miradas —la orgánica y la mecánica— no
pudieran ser al mismo tiempo. Casi podría decirse
que Marker dirige su objetivo hacia nosotros —por
una vez observadores observados— como si quisiera
filmarnos mientras le observamos. Esta doble dirección
de la mirada es fundamental para entender la inmensa
obra total que es San soleil (1982).
Para Marker —pensador, mundonauta, escritor:
cineasta— resulta
imposible observar el mundo sin que éste nos
devuelva la mirada: «La ciudad entera es
como una tira de cómic. Es el Planeta Manga. ¿Cómo
no reconocer [referido a enormes viñetas
de cómic reproducidas en muros y edificios de
Tokio] estas caras gigantes con ojos que pesan
sobre los lectores de cómics, imágenes
mucho más grandes que ellos, mirando a los que
las miran»; un mundo donde incluso
la televisión nos observa: «Cuanto
más se ve la televisión japonesa más
se tiene la sensación de ser mirado por ella».
En estas dos frases extraídas de Sans
Soleil(1) se aprecia el diálogo —bidireccional por
propia definición— que se establece entre
el observador y la imagen que mira y es mirada, una
imagen que, por tanto, hay que entender como entidad
consciente y autónoma, reina absoluta del mundo
que nos rodea.
Durante la modernidad, la imagen cinematográfica
adquirió consciencia (de sí misma y de
su propio aparato: la cámara como “religión
del cine” de la que habló Renoir[2])
convirtiéndose
así en una imagen plenamente intelectual en
tanto que reflexiva, una imagen que consciente de su
poder comienza a adquirir un marcado componente endógeno
y autoreferencial. En la literatura y el cine fantásticos
del siglo XX y comienzos del XXI se observa el motivo
recurrente de la máquina inteligente que se
rebela contra el hombre, su creador, pero ¿qué ocurriría
si el verdadero peligro no fueran las máquinas
sino las imágenes o, mejor dicho, nuestra absoluta
dependencia de ellas? Perdidos en la hiperpoblada floresta
icónica, las imágenes determinan no sólo
nuestra vida presente sino también nuestros
recuerdos, para muchos el tesoro más preciado...
o como se nos dice en San
soleil: «Recuerdo
aquel mes de enero en Tokio o, más bien, recuerdo
las imágenes que filmé del mes de enero
en Tokio. Se han sustituido a sí mismas en mi
memoria. Ellas son mi memoria». Y es precisamente
la memoria el tema central sobre el que gira gran parte
del cine moderno, traumatizado por una Segunda Guerra
Mundial que en cierto modo había constatado
la imposibilidad de la memoria al repetir —y
amplificar— lo ocurrido en la Gran Guerra. Para
Marker el olvido es ley de Historia: «Así es
como avanza la Historia, taponando su memoria de la
misma forma que uno tapona sus oídos».
 |
| «¿Has
oído algo más ridículo que
decir a la gente, tal y como enseñan en
las escuelas de cine, que no miren a la cámara?» |
Sans
soleil es
la vieja caja de recuerdos que guardamos debajo de
la cama o en el último
estante del armario, repleta de notas, apuntes e imágenes
y que inesperadamente alguien descubre y curiosea con
avidez. Ese alguien somos nosotros, espectadores, que
levantamos su tapa para descubrir que está repleta
de cicatrices. En La Jetée (1962),
el Narrador-Marker dijo: «Nada diferencia
los recuerdos de los momentos corrientes. Sólo
más adelante reclaman su memoria. Por sus
cicatrices»;
veinte años después —como si ejecutáramos
uno de los saltos temporales que sufre su protagonista— aquella
frase adquiere pleno sentido en Sans soleil: «¿Quién
ha dicho que el tiempo cura todas las heridas? Sería
mejor decir que el tiempo cura todo menos las heridas.
Con el tiempo, el dolor de la separación pierde
sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo
deseado pronto desaparecerá, y si el cuerpo
que desea ha dejado ya de existir para el otro, entonces,
lo que queda es una herida… sin cuerpo».
Las cicatrices son lo único que queda de esas
heridas sin cuerpo llamadas recuerdos y se convierten
en imborrable constatación de la imposibilidad
de la memoria, aquella a la que Marker denomina «la
memoria imposible, la memoria demente».
2. Planeta Marker
Estamos demasiado acostumbrados a encontrar películas
que no llegan a ser Cine; y no me refiero a la pérdida
de apariencia “cinematográfica” sino
a la perversión de lo que significa (o debería
significar) hacer Cine. De uno u otro modo, todos los
grandes cineastas se han hecho esta pregunta en alguna
ocasión; y algunos de ellos han hallado la respuesta
en forma de grandes películas. Sans
soleil es
una de ellas: diario poético, cuaderno de viajes,
ensayo filosófico, experimento narrativo, documental
de creación, revisitación cinematográfica
del venerable y olvidado género epistolar… Sans
Soleil es Cine de amplio vuelo, complejo y fértil,
que no despliega sus secretos ni expone desvergonzadamente
sus mecanismos narrativos o formales.
En ella, fondo y forma convergen en
una batería de sugerencias, preguntas y reflexiones
sobre el mundo, la Historia y la memoria tan sólo
equiparable al armamento de un Godard en plena forma.
Durante toda la proyección no me pude quitar
de la cabeza que Godard tenía que haber
visto y absorbido la película de Marker —y
no porque a Godard, que exuda Cine, necesite referentes
a estas alturas— y pensaba, por ejemplo, en
la espléndida Elogio
del amor (Éloge
de l’amour. 2001). Jonathan Rosenbaum va
más allá y establece una comparación
directa: «Mientras la brillantez de Marker
como pensador y cineasta ha sido en buena parte (e
injustamente) eclipsada por la de Godard, cabe la posibilidad
de que no haya un filme en toda la obra de Godard con
tanto que decir sobre el estado del mundo, ni que con
la inteligencia y belleza del discurso altamente original
de Marker deje un sabor de boca tan profundo»(3).
La narración de Sans
soleil reposa
en unas cartas enviadas por el viajero y cameraman Sandor
Krasna (cuyo nombre se nos oculta hasta los créditos
finales) a una narradora (igualmente anónima)
que las lee con hermosa voz y y nos hace partícipes
de las reflexiones que le provocan; una voz que durante
los créditos descubriremos que pertenece a Florence
Delay, la protagonista de Procès
de Jeanne d'Arc (Robert Bresson, 1962). Pero ¿es
la narradora quien está recibiendo realmente
las cartas, es decir, es un personaje interno o
se limita a leerlas extradiegéticamente? ¿Es
Marker, entonces, el receptor? Durante todo el metraje
no se nos aclara que la narradora y Marker sean personas
diferentes, de igual modo que tampoco sabemos quién
es la persona que escribe y envía las cartas
(ese “él” de la coletilla que usa
constantemente la narradora «Él me
escribió…») no sea el propio
Marker.
 |
| Las
espirales de la memoria: de San
Francisco a Tokio. |
El viajero se centra
especialmente en Tokio, pero también visita
o rememora Islandia, Guinea-Bissau, París o
San Francisco (rastreando las localizaciones de Vertigo [1958]
de Hitchcock, otro filme construido sobre la memoria)
y supuestamente cumple con la doble función
de enviar las cartas a la narradora y proporcionar
las imágenes que
Marker incorpora a Sans
soleil. Algunos intérpretes
han señalado que
la tensión dramática del filme sólo
puede ser solventada con éxito si se asume que
el viajero que actúa de remitente y el receptor-narrador
son la misma persona, por ejemplo el propio Marker(4).
De hecho, en determinados momentos la narración
parece recaer en el cineasta francés
aunque tampoco se revela de manera explícita.
Como cuando Marker/Krasna visita a Hayao Yamaneko,
otra persona real y videoartista que manipula imágenes
para él con un sintetizador que llama “La
zona” como homenaje a Stalker (1979)
de Tarkovsky. O eso se nos hace creer pues Yamaneko,
al igual que el viajero y la narradora, nunca aparece
en imagen, tan sólo lo hacen las imágenes
que modifica y su maquina.
Esta extraña y apasionante mezcla de personas
reales que actúan como personajes de ficción
y de viajes e imágenes de archivo que cumplen
su función drámatica en la ficción
es, no nos engañemos, tan compleja como parece
y ha dado pie a las más diversas interpretaciones
(tan exhaustivas como la realizada por Wolfgang Ball[5]);
pero tan denso entramado parece fluir libremente y
de maneral natural en manos de su superdotado creador,
auténtico —y valga el tópico— demiurgo
del Planeta Marker: «Desde luego nunca haré esa película.
Por lo tanto, estoy coleccionando los emplazamientos,
inventando la trama, incluyendo a mis criaturas favoritas.
Hasta le he dado un título, el mismo que esas
canciones de Mussorgsky: Sans soleil».
|