IntroducciÓn
Werckmeister,
Andreas (1645-1706) Compositor y teórico
musical.
El mayor
problema, aparentemente insoluble, de los teóricos
musicales del renacimiento y barroco, fue encontrar
el método con el que afinar los instrumentos
musicales, de forma que los sonidos se correspondiesen
con la notación musical creada en el medioevo
y desarrollada basándose en las teorías
platónicas y pitagóricas.
Werkmeister:
Del alemán Werk, trabajo, obra, y Meister,
maestro, amo, director.
Capataz,
encargado, jefe de taller. Por extensión,
el creador del universo.
La
mÚsica
de las esferas

En una
taberna a punto de cerrar, un grupo de borrachos,
de mendigos desarrapados, intenta lo imposible. Demostrar,
con el movimiento de sus cuerpos, como se producen
los eclipses. Uno hace de sol, otro de la tierra,
otro de la luna, y un cuarto les indica como deben
moverse.
Durante casi diez minutos, la cámara recorre la sala.
Sigue a los personajes, sus evoluciones, se aproxima
a ellos y se separa para dejarles espacio. Participa
en la representación y baila con ellos. Sin
acelerarse, ni detenerse, siempre al mismo ritmo pausado.
Como la misma naturaleza que intentan imitar. Como
el cosmos que siempre está en movimiento, ocurra
lo que ocurra, sin detenerse jamás por nada.
Lo
que en otro hubiera sido una escena cómica, la ocasión
para reírse de necios e ilusos, en manos de
Tarr obra el milagro. Por un instante se produce la
transfiguración. Vemos, escuchamos, presenciamos,
hipnotizados por las palabras del protagonista y por
el baile de la cámara, el momento en que la
obscuridad cubre el mundo. El fugaz instante en el
que el tiempo se detiene y el instante siguiente
en que vuelve a ponerse en marcha.
Los ciclos cotidianos

Al igual
que los astros giran en sus órbitas, así nos
ocurre a nosotros. Día tras día, nos
levantamos, nos vestimos, desayunamos, marchamos y
volvemos del trabajo, realizamos en él, una
tras otra, las mismas tareas cotidianas, sentimos hambre
y la satisfacemos, nos agotamos y buscamos reposo en
el sueño.
No hay
elipsis en la vida, no hay cámara rápida
ni lenta, no existe el montaje. Cada acción
exige y reclama su tiempo preciso, ni más ni
menos ¿Por qué debería representarse
de otra manera en el cine?
De
esta forma, desde que salimos de la taberna, la
cámara
acompaña al protagonista, presenciando la cadena
de actos triviales que componen su vida, los hechos
casuales de los que es testigo, los retazos de conversación
capturados al vuelo y aparentemente sin sentido.
No, no
lo acompaña, si por ello entendemos seguirlo
o adoptar siempre su punto de vista. La cámara
de Tarr participa en aquello que presencia nuestro
protagonista. Se adelanta o se retrasa a su marcha,
se fija en un rostro o se aparta para recoger un detalle
que puede o no ser insignificante. Abandona al protagonista
y sigue su propio camino, para luego reencontrarse
con él, sin detenerse casi nunca, con un movimiento
lento y pausado, pero nunca monótono, el ritmo
de los relojes o de los planetas en sus órbitas.
Esta
participación,
sin embargo, también es limitada. Aborrecemos
la rutina, pero ésta nos da seguridad y permanencia.
Nos aporta la certeza de que lo sucedió ayer,
sucederá hoy y habrá de suceder también
mañana. Por eso, nosotros, como el protagonista,
cerramos nuestra mente a lo que pueda turbarla, por
muy real o próximo que sea, o buscamos en
la novedad aquello que confirme nuestras ideas y
las reafirme.
No es
extraño
entonces, que cuando el príncipe y la ballena
disecada llegan al pueblo, nuestro protagonista sólo
tenga ojos para la ballena, porque ésta no es
sino otra maravilla de la naturaleza, al igual que
los planetas y sus órbitas, la gloria de los
cielos que tanto ama, igual también a los estudios
musicológicos del hombre al que sirve, perfectos
e inmutables, libres de la suciedad de este mundo.
La amenaza

No se puede
vivir fuera de este mundo. Aunque se cierren los ojos,
aunque se atranquen las puertas, la vida sigue su marcha
y nos reclama.
A medida
que deambulamos por el pueblo, los retazos de conversación
nos avisan de lo que se avecina. El miedo se palpa
y se siente. En otros lugares ya ha ocurrido, la estela
de destrucción y muerte ha recorrido ya todo
el país y nada hace pensar que en esta ciudad
vaya a ser distinto. Ha bastado la llegada del príncipe,
de sus ideas, para que su seguidores se concentren
en la plaza del pueblo, para que la violencia y la
locura se desencadenen.
De un
pasado desconocido surgen personas que reclaman acción
a nuestros protagonistas, una reacción pronta
contra lo que se supone va a acontecer, la unión
de todos, los buenos, los decentes, las gentes de bien,
contra el enemigo común.
Al principio,
nuestros protagonistas, amo y sirviente, no creen
que sea necesario. ¿Qué puede ocurrir de
malo en este mundo? Ni el sol ni las estrellas varían
su ruta de noche en noche. Dios, aburrido, se entretiene
en crear leviatanes como el que se expone en la plaza.
No merece la pena intervenir. Sólo lo hacen,
a regañadientes, cuando su rutina diaria se
ve interrumpida. Es sólo un momento de incomodidad,
confían, tras el cual, luego podrán
retornar al ciclo, a la tranquilidad eterna de sus
vidas que nunca debieron abandonar.
Pero
nada puede evitar lo que está escrito. Hora tras
hora, la multitud crece en la plaza donde se ha alzado
la barraca del príncipe. Esperan que él
les hable. Su tardanza no hace más que aumentar
su inquietud y su ira. Poco a poco, la ciudad desciende
en el caos, llegan noticias de saqueos, la gente se
oculta en sus casas, vemos coches a medio quemar en
las calles. La policía desaparece, la autoridad
se desvanece.
Finalmente,
en el silencio del mundo, escuchamos las palabras
del príncipe:
"Todo lo que construimos,
todo lo que construiremos, estará siempre a
medio hacer, sólo destruido estará completo".
Es entonces
cuando la multitud abandona la plaza y en silencio
marcha por las calles.
La
justificaciÓn de la violencia

El cine
moderno es el cine de la violencia y el dolor, de
la desesperación y la condenación.
Tan hipócritas
somos que buscamos darle una razón, fingir
que fuerzas extrañas a nosotros mismos, necesidades
inexcusables, nos han obligado a incluirla.
No refugiamos
tras los ideales, hablamos de libertad, de justicia,
de un mañana mejor, pero, si nos vemos acorralados,
acusamos a las palabras del mal que hemos traído
a este mundo.
Porque
la violencia nunca es excusable, ni en su ejecución,
ni en su representación. La ejercen los que
en un momento dado son los fuertes contra los que en
ese lugar, en ese instante, son los débiles.
La ejercen, no por ideas absurdas y vacías de
sentido, sino porque les gusta y disfrutan en la destrucción
que provocan, en el dolor de sus víctimas,
en el sufrimiento que ellos, los verdugos, no experimentan.
Así,
la multitud, silenciosa, con su corazón cerrado
a la compasión, asalta el hospital de la ciudad.
Los enfermos son apaleados en sus camas, arrastrados
por los suelos, violados, muertos. Todo aquello que
fue construido para aliviar el dolor y las miserias
humanas, el fruto de siglos de trabajo y desvelos,
es destruido en un instante.
Nosotros,
el protagonista, la cámara que representa nuestros
ojos, marchamos a través de ese infierno. Lentamente,
sin participar en el caos, volviendo nuestra vista
a un lado y a otro, apartándola inmediatamente,
aún inocentes, pero tan culpables como los
verdugos, puesto que nada hacemos, nada hicimos,
para evitar el Apocalipsis.
Sin embargo,
al descorrer una cortina, aparece el cuerpo consumido
de un anciano, idéntico al de los esqueletos
andantes que fueron rescatados de los campos de exterminio.
Ante esa visión, la multitud vacila, arroja
sus armas y abandona el hospital, cabizbaja, abatida,
avergonzada.
¿Es
que aún es posible la redención? ¿Es
que aún existe la posibilidad de salvarnos
de nosotros mismos?
¿Es
que acaso aún queda bálsamo en Galaad?
Moralia

No.
La violencia
no ha cambiado nada. Tanta muerte y tanta destrucción
sólo han servido para que los que antes estaban
abajo, ahora estén arriba.
Como si
nada hubiera ocurrido, una nueva violencia se desencadena
sobre el pueblo, tan ciega como la anterior, pero
con una intención mucho más clara. Inocentes
y culpables de esa noche deben pagar por igual por
lo ocurrido. Es necesario que el terror y sus motivaciones
escapen a nuestra comprensión, de forma que
nadie tenga la tentación de rebelarse.
Frente
a esto, no hay huida posible. Nadie puede bajarse
del mundo, ni buscar refugio frente él. Tarde o
temprano vendrán a buscarte, tarde o temprano
te encontrarán. Sólo queda una vía,
perderse en la locura, negar el mundo y lo que te
exige.
Fuera,
abandonado en la plaza, incólume en medio
de la destrucción, ha quedado el inmenso cuerpo
de la ballena disecada, el único símbolo
que no ha sido explicado.
Ocupando
en nuestras vidas un espacio que no se corresponde
con su utilidad. Tan absurda y sin sentido como la
idea de Dios.
ConclusiÓn
¿Por
qué rodar en blanco y negro?
Lo que
antes era una imposición técnica, ahora
es una decisión artística consciente.
Quizás
porque es más hermoso y más noble que
los colores.
Quizás
porque es abstracto, porque nos aleja y disocia del
tema.
Quizás
porque nos obliga a pensar sobre lo que presenciamos.
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