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| «La noche
pasada estuve en el reino de las sombras... Todas las
cosas —la tierra, los árboles,
la gente, el agua y el aire— están imbuidas
allí de un gris monótono. Rayos grises
y, en los árboles, hojas de un gris ceniza.
No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino
su espectro luminoso […] Repentinamente se escucha
un chasquido, todo se desvanece y aparece un tren en
la pantalla […] Pero también éste
es un tren de sombras».
Con estas palabras describía
el poeta ruso Maxim Gorky la sorpresa y desorientación
que le produjo el asistir a un programa de cortos de
los Lumière entre
los que se incluía La llegada de un tren
a la ciudad (L’arrivée d'un train à la
Ciotat, 1896). Más de cien años
después, el espectador
contemporáneo se ve ante la lastimosa obligación
de tener que rescatar la capacidad de asombro perdida
entre la reiteración y planitud de ciertas
imágenes, de ciertas fórmulas, de cierto
cine. Un espectador desarmado —a pesar del rico
aunque desconocido acerbo cultural de más un
siglo de imágenes—
que observa la pantalla sin esperar que ésta
le devuelva la mirada. [Tren
de sombras]
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EL
GABINETE DEL DOCTOR CALIGARI (DAS KABINETT
DES DOKTOR CALIGARI)
Dirigido por: Robert
Wiene; Guión: Hans Janowitz Y Carl
Mayer. Producción: 1920, Alemania,
B/N; Reparto: Werner Krauss (Dr. Caligari),
Conrad Veidt (Cesare), Friedrich Fehér
(Francis), Lil Dagover (Jane).
Film seleccionado y comentado
por César Combarros |
De las cenizas de una Alemania rota, hundida
en la oscuridad tras el final de la Gran Guerra,
de sus mismas entrañas, surge regurgitado
El gabinete del Doctor Caligari en 1920,
un poema sobre las sombras construido a partir
de sombras. En él se reflejan las tinieblas
pasadas a la vez que augura con escalofriante
exactitud la inminente llegada al poder de Hitler,
con el beneplácito de su vampirizado pueblo.
El siniestro prestidigitador, como Caligari,
se revela capaz de crear una (diabólica)
ilusión con su barraca de feria y de seducir
a las masas con su poder hipnótico. Capaz
de dar vida, de dar a luz, a su cruel vástago,
y también de arrebatar esa vida según
su voluntad. Todo un señor de las luces
y de las sombras que sumerge a su entorno en
una elipse de locura sin final posible. Sombras
chinescas densas y pesadas que lastran el deambular
vital de los protagonistas, que las arrastran
por los inmortales diseños expresionistas
(des)dibujados en el propio suelo de los decorados;
sombras de vidas como la que, en alguna ocasión,
vivió Cesare, antes de caer en manos de
su diabólico dueño; como la de
las propias víctimas del asesino, inertes
ya de antemano, ignorantes del peligro que les
acecha; sombras como la que se proyecta sobre
la pared del cuarto donde el noctámbulo
comete su primer crimen, en un plano sobrenatural,
obvio inspirador de la secuencia más aplaudida
del Nosferatu de
Murnau; sombras de irrealidad para reflejar un
mundo en decadencia, a través de sus intrincados
e imposibles laberintos geométricos y
espaciales. No hay resquicio posible para la
luz en la razón,
como tampoco lo hay en la naturaleza humana.
Hobbes presente y la esperanza de la humanidad
ausente en esta bella, sombría y reflexiva
obra maestra del cine universal.
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NOSFERATU
EL VAMPIRO (Nosferatu, eine Symphonie
des Grauens)
Dirección: F.
W. Murnau; Producción: 1922. Alemania.
B/N.; Guión:
Henrik Galeen; Fotografía: Günther
Krampf y Fritz Arno Wagner;
Reparto: Max Schreck, Gustav
von Wangenheim, Greta
Schröder.
Film
seleccionado y comentado por Diego Marín
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La eterna lucha entre el bien y el mal, vista en numerosas ocasiones, expresada
por Murnau como una oposición entre la luz y la sombra.
Culturalmente, el ser humano ha tenido la tendencia de asociar la
oscuridad, las sombras y la noche con las fuerzas del mal, por el
contrario la luz ha sido vista como el reverso positivo, el lugar dónde
encontrar refugio, incluso como Dios.
Murnau, trabaja el conflicto principal del filme con esta oposición
luz-sombra. Para nuestra memoria cinematográfica queda el famoso plano
de la sombra del Conde Orlock ascendiendo por las escaleras dispuesto a
vampirizar a Ellen. ¿En cuántos filmes posteriores hemos
visto este
recurso utilizado? Habría que estudiarlos uno a uno para comprobar si
tienen sentido o se trata de una pura cuestión formal, sin fondo.
En la película de Murnau esta gran sombra posee muchísimo sentido,
ya
que es la sombra del príncipe de las tinieblas. Además Murnau se
ha
encargado durante todo el filme de trabajar esta asociación visual, por
tanto no queda esa imagen huérfana en el conjunto de la película.
Tan sólo debemos recordar la fantasmal presentación de la morada
del
Conde Orlock, ese castillo colocado a contraluz que aparece casi
colgando en el vacío. La manera en la que Orlock vampiriza a Hutter en
su propio castillo (una sombra le cubre por completo). La muerte del
capitán del barco que traslada a Orlock a Wisborg, elidida mediante un
fundido en negro que borra al capitán para abrir a continuación
con un
plano general del barco a contraluz, una figura negra en mitad del mar
que expresa a la perfección quién controla el navío.
Y por supuesto, la secuencia final: el sacrificio de Ellen por amor, la
sombra de la mano de Orlock que se arrastra para arrancarle el corazón,
la llegada de la luz con el amanecer y la destrucción del vampiro. |
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SOMBRAS (Schatten - Eine nÄchtliche Halluzination)
Dirección:
Arthur Robison;
Guión:
Rudolph Schneider und Arthur Robison
Producción: 1923, Alemania;
Reparto: Fritz Kortner, Ruth
Weyher, Gustav Von Wangeheim,
Alexander Granach, Eugen Rex, Max Gülstorff
Film
seleccionado y comentado por Fernando
da Galiza |
Magnifica pelicula expresionista que reune todos
los "experimentos" del
lenguaje visual que caracterizó a este movimiento cinematográfico,
en un alarde de ingenio y sorpresa. Las “sombras expresionistas” son
las auténticas protagonistas de una historia que semeja una especie de
opereta o cuento moral secundada por unos personajes variopintos, arquetipos
clásicos del imaginario literario y cinematográfico. La
historia gira en torno a un matrimonio burgués que da una fiesta en su
mansión invitando a varios amigos, sorprendiéndonos, en primer
lugar, lo lujurioso de la historia a desarrollar. La anfitriona es una auténtica
vamp que
no duda en flirtear con sus invitados a la menor ocasión, sin poner además
demasiadas precauciones por su parte; el marido, que algo sospecha, tratará de
obviar esas ciertas conductas licenciosas de su mujer... Aparece entonces en
escena un "ilusionista", un feriante cuya especialidad son las sombras
chinescas; es invitado a la fiesta, para que sus divertimentos entretengan
a tan libertinos personajes. El ilusionista será pieza clave en la historia,
pues al darse cuenta de los devaneos de la anfitriona, que ésta no se
preocupa en ocultar, tratará de darles una lección... La
pelicula utiliza diferentes caminos, la ilusión y la realidad, no diferenciando
ninguna de las dos hasta su parte final sorprendiendo gratamente también
la mezcla de tragedia y sentido del humor que van a partes iguales en la película
jugando a desdramatizar las situaciones más comprometidas dándoles
un cierto tono sarcástico. Como se ha comentado, Schatten posee
una trama sorprendente, con giros y situaciones entre sus personajes que no nos
esperamos y en dónde las sombras son las auténticas protagonistas,
como se ha comentado anteriormente, sombras que se adelantan a los acontecimientos,
sombras que reflejan evidencias, sombras trágicas, sombras mágicas...
en fin, esas maravillosas sombras del expresionismo alemán.
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FATALIDAD (DISHONORED)
Dirección:
Josef Von Sternberg; Guión:
Daniel Nathan Rubin y
Josef von Sternberg; Producción: 1931.
EE.UU. Fotografía:
Lee Garmes; Reparto:
Marlene Dietrich,
Victor McLaglen Film seleccionado y comentado
por Diego Marín |
Noche lluviosa. Varias personas se amontonan
junto a un portal. Un nuevo suicidio. Otra prostituta.
Entre los transeúntes, Marie Kolverer
(Marlene Dietrich), futura X27 (título
original del filme que fue cambiado por la Paramount)
y el jefe del servicio secreto austriaco. Él,
ocultando su identidad “contrata” sus
servicios al percibir en ella su valentía.
Suben las escaleras hacia el cuarto de la muchacha,
y aquí en la entrada Sternberg nos ofrece
la metáfora que contiene la relación
entre ambos personajes a lo largo del filme:
una sombra.
La sombra del paraguas que cruza
el encuadre y que tiene dos significados evidentes:
en primer lugar como protección, de la
lluvia por supuesto, pero en un sentido metafórico,
de la vida que Marie lleva en la calle, puesto
que se va a convertir en breves secuencias en
espía del gobierno austriaco; y en segundo
lugar, esa mancha negra que borra de la imagen
a Marie cuando recoge el paraguas.
Sternberg resume
de manera precisa la aparición
del personaje en la vida de Marie: primero su
protector y luego el encargado de acabar con
su vida.
Tras la explosión vanguardista
de la fotografía expresionista durante
la década
de los años 20, la fotografía cinematográfica
de la década siguiente (y hasta la llegada
de la siguiente vanguardia tras la Segunda Guerra
Mundial con el cine negro) se vuelve mucho más “clara”.
Sternberg
(y algunas excepciones más:
algunos filmes de John Ford y cineastas que vienen
del expresionismo) es pues, casi una isla en
su tratamiento de la fotografía. Su trabajo
en filmes como El
expreso de Shanghai,
el delirio barroco de Capricho
imperial o
la que nos ocupa Fatalidad ejemplifican
el trabajo sobre las sombras de Sternberg y que
desde finales de los años 30 con la llegada
de fotógrafos como Nicholas Musuraca y
Gregg Toland, dominaría buena parte de
la década de los 40. |
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LA
SOMBRA DE UNA DUDA (THE
SHADOW OF A DOUBT)
Dirección: Alfred Hitchcock;
Guión:
Gordon McDonell (historia),
Thornton Wilder,
Sally Benson y
Alma Reville;
Producción: 1943, EE.UU.
Reparto: Joseph Cotten, Teresa Wright, MacDonald Carey y Patricia Collinge.
Film
seleccionado y comentado por Emilio Toibero |
“No
sólo somos tío y sobrina.
Somos algo más”, le dice Charlie
Newton a su tío Charlie Oakley, apenas éste
ha llegado a Santa Rosa, un pueblo californiano
que exuda las imaginarias virtudes del “american
way of life”. El espectador puede considerarlo
como una fantasía adolescente, salvo que
haya advertido, algunos pocos minutos atrás
y pese al plano general que las registra, las
miradas intermitentes que el tío dirige
a su sobrina que camina unos pasos adelante,
acarreando valijas. Que después de la
afirmación de ella, el visitante le regale
un anillo no hace más que confirmar las
palabras de la joven con la que, es evidente,
comparte algo más que el nombre, al menos
en el oscuro plano de lo imaginario.
Pese a estar
precisamente fechado en 1941, el prolijo mundo
que propone el sexto largometraje estadounidense
de Hitchcock no registra ninguna señal
de la guerra que se estaba librando en buena
parte del mundo. Sin embargo, el asesino de mujeres
maduras y adineradas, que disimula Oakley tras
su apariencia de flaneur,
es, también, una amenaza extranjera que
se cierne sobre el orden familiar. Que la acción
sea cortada, más de una vez, por la imagen
—¿un flashback que persigue
al criminal?— de varias parejas bailando un tema
de La viuda alegre, la opereta de Franz
Lehár, más allá de sus resonancias
diegéticas, no deja de aludir, al sesgo
si se quiere, al hecho de que el director de
orquesta y compositor húngaro acunó con
sus melodías al nacional-socialismo del
que fue figura dilecta.
Cuando en El Sur (1982),
la cámara
recorta un afiche de Shadow of a doubt observado
por Estrella, Erice está indicando, a
través del recurso de la cita, cuál
es el tema esencial de su película. Porque,
no nos engañemos, la duda acerca de quién
es Charlie Oakley no es la que arroja sombras,
quizá para siempre como lo sugiere el
final, sobre Charlie Newton.
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LA
NOCHE DEL CAZADOR (THE NIGHT OF THE HUNTER)
Dirección: Charles
Laughton;
Guión: James Agee y
Charles Laughton (sin acreditar) a partir de
la novela de Davis Grubb. Producción:
1955. EE.UU. Reparto: Robert Mitchum,
Shelley Winters,
Lillian Gish
Film
seleccionado y comentado por David
Flórez
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Dos niños, perdidos en medio de la América
de la gran depresión, descienden en barca
por uno de los grandes ríos del sur de
EE.UU.
Una noche, ante su vista, aparecen una casa
y un granero, rodeados por una luz difusa, que
resalta en la oscuridad los contornos de los
edificios. En una ventana, se recorta la sombra
de una jaula, junto a ella, la silueta de una
mujer, que canta al pájaro allí encerrado.
Los niños, y nosotros con ellos, nos detenemos
un instante. Allí, al alcance de la mano,
está el hogar perdido, bastaría
con girar la manija, empujar la puerta, para
volver a él. Imposible. No es su tierra,
no es su hogar, no es su familia.
El tiempo pasa,
la noche transcurre, la luna asciende por el
fondo del decorado, el amanecer se acerca. Sobre
las colinas, la sombra inmensa de un jinete avanza,
lenta, sin apresurarse, seguro de capturar la
presa que persigue. Oímos
su canto, al igual que hace poco escuchamos a
la mujer, pero no hay refugio ni protección
en su voz, solamente la fría seguridad
de aquel que sabe que su voluntad, sus caprichos,
coinciden con los designios inescrutables de
Dios.
Toda la escena ha sido rodada en interiores,
la luz es falsa, los efectos forzados, el simbolismo
exagerado, y sin embargo, la escena, la película
entera, resuena en nosotros, mostrándose
más real, más cercana, más
potente que otras narraciones de mayor fidelidad.
¿La razón?
Nos hallamos en la tierra de los cuentos de hadas,
esas narraciones crueles y despiadadas, reflejos
de una realidad no menos descarnada e implacable,
en las que sin embargo, tras cualquier vuelta
del camino puede estar la esperanza y la felicidad.
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HIROSHIMA
MON AMOUR
Dirección: Alain
Resnais;
Guión: Marguerite
Duras; Producción: 1959. Francia; Música
original:
Georges Delerue y
Giovanni Fusco; Fotografía: Michio Takahashi
y Sacha Vierny;
Reparto: Emmanuelle Riva, Eiji
Okada
Film seleccionado y comentado
por Jose Manuel López |
Una
sombra es un hueco de luz provocado por un
cuerpo, una ausencia que nace de su presencia.
Pero existen otras sombras. Sombras que sobreviven
al cuerpo que las produjo y se convierten
en presencias imborrables de su ausencia.
Como las 280.000 sombras fijadas fuera del
tiempo en apenas diez segundos. Hi-ro-shi-ma.
Tú y yo no podemos conocer Hiroshima.
Nadie puede. Ella tampoco, como él se
encarga de recordarle, porque Hiroshima hace
tiempo que dejó de ser una ciudad
para convertirse en una gran H marcada en
nuestra memoria por el hierro candente de
la Historia. Ella (Enmanuelle Riva)
es una actriz francesa con otra marca en
su memoria, una pequeña D de Desprecio,
que está de paso por Hiroshima para
rodar una película sobre la paz, sobre
qué si no se puede rodar en Hiroshima,
se pregunta ella. Él (Eiji
Okada) es un arquitecto japonés. Ambos
se conocen una noche en un bar y durante
su fugaz y apasionado romance ambas marcas
se acabarán superponiendo como una
herida sobre una vieja cicatriz. Ella debe
regresar a París al día siguiente
y él trata desesperadamente de encontrar
vínculos que fijen y prolonguen el
breve tiempo del que disponen. Y es así como
ella reabre por primera vez aquella herida,
tanto tiempo cerrada, y le lleva a la Francia
ocupada durante la segunda guerra mundial
y a su pueblo natal, Nevers, donde dos sombras
furtivas deciden prescindir del horror y
dedicarse a vivir: ella, una joven francesa; él,
un soldado alemán. En la víspera
del día de la liberación de
Francia, cuando ambos amantes se disponen
a huir hacia Baviera, él muere asesinado.
Repudiada por su gente, encerrada en un sótano
por sus propios padres, es obligada a partir
hacia París para comenzar una nueva
vida. La mañana en que avista el Sena
por primera vez la bomba es arrojada sobre
Hiroshima.
Catorce años después, en una “Nueva Hiroshima” —así se
llama el hotel donde se aloja— vuelve a sentir el dolor que un amor imposible
trae consigo. “¡Te olvidaré! —grita ella, rabiosa e
indefensa— ¡Ya te he olvidado!”. Pero, ¿por qué negar
la necesidad evidente de la memoria —como ella misma se pregunta en el
prólogo— aunque ésta no pueda ser más que una memoria “de
sombras y piedras”? Un segundo después de su infantil invocación
de un olvido imposible, las heridas superpuestas se cicatrizan mutuamente y conocemos,
al fin, el nombre de los dos amantes: “—Hiroshima es tu nombre. —Es
mi nombre, sí. El tuyo es Nevers”.
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THE
INNOCENTS
Dirección: Jack
Clayton; Guión:
William Archibald, Truman
Capote y John Mortimer a partir de la novela The
Turn of the Screw de Henry James;
Reparto: Deborah Kerr, Peter Wyngarde,
Megs Jenkins, Michael Redgrave
Film
seleccionado y comentado por Alfredo
Garmendia
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El peso de las costumbres y tradiciones de una época
se puede agolpar en la mente de una persona influenciable
para constreñirla y deformarla creando
en ella sombras de gran oscuridad que llegan
a apoderarse de su percepción creando
imágenes inexistentes donde solo se encuentra
una prolongación de sus propios complejos.
Cuando
la institutriz se hace cargo de los niños
todo el sustrato de represión y de temores
inducidos por su cultura afloran y hace que imagine
lo que no existe, proyectando en los inocentes
chiquillos sus propias sombras y convirtiendo
en perverso lo natural.
Todo esto es muy racional
y lógico y
entra de pleno en el ámbito de una ortodoxia
psicoanalítica pero, sin embargo, Clayton
da un paso más allá buscando una
realización conscientemente ambigua donde
lo que se ve parece verse a través de
los ojos de la protagonista, lo que apunta a
la idea inicial, pero sutilmente en algunas miradas
y sobre todo en algunos planos, como uno en picado
casi al final donde las figuras de la institutriz
y el niño parecen verse aplastadas desde
la perspectiva de quien, en principio, no existe,
plantean de pronto una duda.
Las sombras de los
muertos, que son los fantasmas, se contraponen
a las de la mente, que son las alucinaciones,
y en una realización magistral
convierte el tratado sobre los hábitos
y represiones de una época que mostraba
Henry James en su conocida novela, en algo que
va más allá, en la posibilidad
de que algo que no conocemos realmente exista
como tal, que no todo sea creación de
nuestras mentes, y esa idea nos deja en evidencia
a los racionalistas puesto que nuestra propia
razón nos limita y nos pone puertas en
nuestra expansión hacia otros mundos o
experiencias que por desconocidas o inquietantes
son rechazadas, creando nuestras propias sombras
mentales.
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EL
SUR
Dirigido por: Víctor
Erice;
Guión: Víctor Erice, a partir de la novela
de Adelaida García Morales; Producción:
1983, España; Reparto: Omero
Antonutti,
Sonsoles Aranguren,
Icíar Bollaín, Lola Cardona,
Rafaela Aparicio
Film seleccionado
y comentado por Alfredo Garmendia |
En El sur, película
compuesta de luminosidad y oscuridades, la vida
de los protagonistas vive sumida en brumas, en
sus propias sombras de un pasado no explícito
pero que se intuye terrible. ¿Qué hizo
que un hombre como Agustín
se desplazara al sombrío norte, a vivir
una vida anodina lejos de ese luminoso y querido
sur donde le añoran? Estas sombras que
le acompañan se adentran en toda su peripecia
vital y marcan tanto su vida como las de su familia.
En
la penumbra de su habitación, encerrado
consigo mismo, ese zahorí capaz de encontrar
agua gracias a unas dotes misteriosas que se
nos antojan mágicas, se debate con sus
fantasmas golpeando el suelo con su bastón,
mientras en la oscuridad, en el piso inferior
bajo la cama, su hija le escucha en silencio,
tratando de vislumbrar ese algo desconocido pero
que intuye fundamental para su vida.
También en las sombras de la noche, tras
el ventanal de un café, Estrella es capaz
de entrever algo del secreto que atenaza a su
padre, el que siempre se ha interpuesto entre
ambos, a pesar de la fugaz aproximación
intuida en el bello pasodoble que bailan juntos
en su primera comunión, y en las sombras
del cine puede entender una parte de su misterio,
pero solo una parte, puesto que la parte más
oscura, la que definitivamente pone un muro entre
ellos, apenas puede percibirla, pertenece a las
capas más recónditas de la mente
de su padre.
Esa incapacidad de conocer lo más
oculto del otro ser humano, esa incomunicación
profunda y esencial es lo que provoca, en uno,
esa enorme soledad que atenaza su vida hasta
llevarla al límite, y en la otra la incapacidad
de prever un final y de comprender lo que su
padre necesita tras un último y desesperado
intento de aproximación. Por ello ese
final abrupto en la media luz del amanecer la
sorprende y no lo entiende. Intentará ir
al radiante sur para comprender.
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