
Comienzo a escribir estos breves apuntes
sobre la edición de 2003 a pocos días de
que la edición 52 del Zinemaldia donostiarra abra
la temporada nacional festivalera de 2004. Unas fechas
en las que ya conocemos el avance de la Sección
Oficial y Zabaltegui para este año y en la redacción
de Tren de sombras se empieza a percibir la
expectación inquieta ante una edición en
la que también estaremos presentes, preparados
para recibir la pertinente y agotadora dosis intensiva
de cine durante los nueve días del festival —uno
menos que en la pasada edición—. No parece
el mejor momento, por tanto, para afrontar con afán
de cronista estas líneas con vocación de
recapitulación lejana pero sí puede resultar
interesante aprovechar para comparar nuestras sensaciones
ante dos ediciones que se presentan muy diferentes entre
sí. El año pasado por estas fechas asistíamos
con intranquilidad al goteo de noticias que iba llegando
sobre el festival: la renuncia de Chazz Palmitieri a
la presidencia del jurado con dudosa excusa, las amenazas
de huelga por parte de los trabajadores del Hotel María
Cristina (centro de operaciones mediáticas y alojamiento
de los invitados del festival), los comentarios sobre
la dura competencia que planteaba el festival de Venecia
que había montado una especie de “doble
festival” que acabó limpiando de grandes
nombres la lista de posibles y, sobre todo, la constatación
de la ausencia de películas-tótem capaces
de movilizar a esos locos cinéfilos del viaje
de última hora, la mochila y el bocadillo. En
pocas ocasiones habrá tenido que bregar el equipo
de Mikel Olaciregui con un clima tan repleto de dudas
como en los prolegómenos de la 51 edición
donde todo parecía indicar que no nos encontraríamos
con una de las ediciones más golosas del festival
donostiarra. Un pronóstico que se vio cumplido,
aunque sólo en parte.
La edición de 2004 se presenta marcada por
una aparente reducción de costes —el festival
pierde un día de duración y se cobrará a
la prensa por su acreditación, una práctica
común en otros festivales inédita en
Zinemaldia— pero, en cambio, parece augurar una
importante revitalización cinéfila que
es lo que realmente importa, sobre todo en la Sección
Oficial, sin duda lo más flojo de la pasada
edición. Si entonces fue Kevin Costner con su
hinchada Open
range, para este año la organización
ha realizado uno de sus sueños recurrentes al
conseguir que Woody Allen presente en San Sebastián,
fuera de competición eso sí, Melinda
y Melinda, su habitual estreno anual, y aprovecha la
ocasión para concederle el Premio Donostia y
dedicarle una retrospectiva en un verdadero monográfico
alleniano. Son indiscutibles el prestigio y la importancia
mediática que para el festival supone la visita
de Allen así como sus méritos para el
Premio Donostia o el interés que todavía
suscita para muchos cada una de sus nuevas películas,
pero sí parece necesario plantear la pertinencia
de dedicar la retrospectiva contemporánea a
la obra del neoyorquino, conocida ampliamente en nuestro
país, estrenada en cines y disponible en formato
doméstico casi en su totalidad. En el 2003,
esta retrospectiva estuvo dedicada al realizador inglés
Michael Winterbottom en la que fue también —parece
que los cinéfilos nunca estemos contentos— una
elección discutida por la no muy extensa obra
del realizador de Wonderland y su insuficiente —para
algunos— valía cinéfila. Estas
críticas erraban el enfoque, sin embargo, pues
olvidaban que el objetivo de una retrospectiva no debería
ser el de mostrar la obra de un autor de larga trayectoria
y/o consolidado si no el de dar a conocer a autores
o autoras cuya obra no haya podido ser vista anteriormente
en nuestro país por motivos de distribución
o de otro tipo, a pesar del interés —demostrado,
demostrable o intuible— de su filmografía.
En este punto sería posible citar las siempre
interesantes retrospectivas del Festival de Gijón;
posible, aunque seguramente injusto dadas las diferentes
características y perspectivas de ambos festivales.
SecciÓn
Oficial
Comparemos de un rápido vistazo la lista de
directores en competición en las ediciones de
2003 y 2004:
51 Edición (2003): Fernando
Pérez, Per Fly, Vicente Amorim, Edgardo Cozarinsky,
Cesc Gay, Peter Webber, Alex van Warmerdam, Jacques
Rivette, Achero Mañas, Francisco Lombardi, Bong
Joon-ho, Dito Tsintsadze, Tom McCarthy, Jan Schütte,
Iciar Bollain, Joel Schumacher.
52 Edición (2004): Manolo
Matji, Xu Jinglei, Carlos Sorín, Susanne Bier,
María Victoria Menis, Song Il-Gon, François
Dupeyron, Robert Guédiguian, Michael Winterbottom,
Pete Travis, Adolfo Aristarain, Goran Paskaljevic,
John Sayles, Víctor Gaviria, Daoud Aoulad-Syad,
Bahman Ghobadi.
Salvando la presencia en ambas ediciones de la nómina
de desconocidos de rigor —germen de decepciones
o deslumbramientos futuros— se observa que frente
a un solitario Rivette en la edición de 2003,
los Guéguidian, Winterbottom, Aristarain o Sayles
de 2004 pueden articular —más allá de
gustos personales— una Sección Oficial
estimable, acompañados por
el para mí desconocido François Dupeyron
(Concha de Oro en 1999 por C'est
quoi la vie?), Susanne
Bier y Song Il-Gon, realizadores de las interesantes
Te quiero para siempre (2002)
y Flower
Island (2001),
respectivamente.
En la Sección Oficial a concurso de 2003 dos
grandes películas se vieron obligadas a convivir
con un puñado de películas meritorias
aunque de resultado irregular —En
la ciudad (Cesc
Gay), La Herencia (Per Fly), un fascinante arranque
completamente desperdiciado (y el paradójico
Premio del Jurado al Mejor Guión) o La
joven de la perla (Peter Webber), ejemplo perfecto de un
correcto cine de qualité impropio por
su convencionalismo de la sección competitiva
de un festival de primera línea como el donostiarra(1)— pero,
sobre todo, con un quinteto de bodrios que los sufridos
observadores tuvimos que afrontar acurrucados y temblorosos
en nuestras butacas. Estas costosas formas de tortura
tienen nombre: Grimm (Alex van Warmerdam), Supertex (Jan Schütte), Dans
le rouge Du Couchant (Edgardo
Cozarinsky), Noviembre (Achero Mañas) y Schussangst (Dito Tsintsadze), esta última la discutidísima,
y no es para menos, Concha de oro a la mejor película.
Con un torpe y nada disimulado requiebro de teclado,
me dispongo a evitar comentar tales despropósitos
con la pobre excusa de que estamos aquí para
hablar de Cine, pero antes me gustaría mencionar
dos películas sobrevaloradas que se llevaron
no pocas alabanzas del público, la prensa generalista
y, lo que es peor, de la prensa especializada. La primera
de ellas, la insulsa Suite
Habana (Fernando Pérez),
documental sin diálogos —que no mudo— que
adolece de un grave problema de distancia con lo filmado
(algo que otros cineastas como Philibert, Varda o Guerín
han resuelto con majestuosidad) en su recreación
de la vida en La habana y sus sonidos, el verdadero leit-motiv de
la película como su título indica. Sus
buenas intenciones y algunos bellos planos de la ciudad
no impiden que el interés del espectador se
disperse ante la insuficiente propuesta.
La segunda película en cuestión, Te
doy mis ojos de Iciar Bollaín es un producto de
actualidad de pertinente valor social, qué duda
cabe, pero superfluo cinematográficamente visto
el resultado alejado de cualquier filiación cinematográfica.
El caso de Te doy mis ojos recuerda a lo acontecido
en el 2002 con Los lunes
al sol de Fernando Leon, una
película demasiado medida y ajustada a su temática
de gran calado social y a ciertos moldes de cine comprometido
y con pretensiones artísticas pero rendido a
un “modo” de contar de lo más convencional.
O como decía Jorge García sobre Los lunes
al sol en su cobertura de la edición número
50 para la revista argentina El amante «[…]
estamos ante el típico caso de un film que incursiona
en una temática "importante", en
este caso la desocupación, pero cuyo tratamiento —personajes
estereotipados, golpes bajos minuciosamente calculados— superficializa
el tema»(2).
En el 2003, Te
doy mis ojos no se
alzó con la Concha de Oro como ocurrió con
la película de Aranoa, y puede sospecharse que
uno de los motivos de más peso sea el limite
de dos premios por película y a la necesidad
que se palpaba en el festival y los medios de ocupar
ese cupo con las Conchas de Plata a sus protagonistas
Laia Marull y Luis tosar, una decisión que no
debería soprendernos y que no seré yo
el que discuta.
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Y el Cine llegó a la Sección Oficial
ya avanzado el festival, en las maletas de dos cineastas
tan dispares como brillantes: el venerable Pater
Rivette —azote de periodistas impertinentes,
como pudimos constatar en su rueda de prensa—
y el jovenzuelo surcoreano Bong Joon-ho, representantes
de dos formas distantes (no sólo geográficamente)
de afrontar la creación cinematográfica.
Ambos presentaron las dos películas que salvaron
la Sección Oficial de un descalabro mayor.
Rivette llegó a San sebastián armado
con el mecanismo desnudo de un reloj de pared
dentro de una lata de película
que ponía Historia
de Marie y Julien, acompañado por el
relojero Julien (Jerzy Radziwilowicz) y Marie (Emmanuelle
Béart)
su bella y espectral amante. Durante la proyección
el parsimonioso tic
tac causó
estragos en las filas de espectadores que, poco a poco,
comenzaron a abandonar la sala de manera intermitente
pero sin pausa durante toda la proyección.
El ritmo quedo del metrónomo Rivette tarda
más
de una hora plantear las bases de una historia renuente
pero atractiva de un hombre callado, Julien, que
no sin cierta ironía se dedica a arreglar
relojes antiguos, en un acto de amor por una maquinaria
venerable que a pesar de renquear presa de múltiples
achaques continúa funcionando. ¿Quién
se resistiría a comparar a este relojero con
un cineasta, pongamos el propio Rivette, y los relojes
que aquel arregla con el cinematógrafo? Al
fin y al cabo, ambos pares trabajan con la misma
sustancia: el tiempo.
Tras haber visitado Zinemaldia en el 2000 con Barking
dogs never bite, su primer filme, Bong Joon-ho
presentó Memories
of murder la que fue, para
quien esto escribe, la mejor película que
se pudo ver en el festival y una muestra más
del poderío que actualmente tienen las cinematografías
asiáticas. Bong toma como punto de partida
la historia real de una serie de asesinatos ocurridos
en Corea del sur y su investigación en clave
de thriller policíaco. Tan poco original
premisa argumental y su supuesta adscripción
genérica nada tendrían de especial
sino fuera por la habilidad del cine asiático
para la más chispeante mezcolanza genérica
y la transgresión de códigos partiendo
de esos mismos códigos. Algo ante lo cual
el espectador occidental desprevenido sólo
puede sentir extrañeza, acostumbrado a la
servidumbre a los usos clásicos del cine de
género estadounidense. Memories of murder
salta del thriller de la comedia bufa —incluso
soez por momentos— o estallidos de violencia
y de lirismo desbordado enmarcados en la más
convencional progresión de la investigación
dirigida por un policia serio y cumplidor y otro
despistado y de pocas luces —pareja universal
donde las haya—. Como también es norma
en el cine asiático, la película está excelentemente
realizada y brilla en todas y cada una de sus facetas
técnicas por encima de la media. Memories
of murder fue la ganadora oficiosa de la Sección
Oficial al hacerse con el premio FIPRESCI y la Concha
de Plata al Mejor Director.
Zabaltegui - Perlas
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Si la sección oficial de 2003 fue ciertamente
olvidable en líneas generales, no ocurrió
lo mismo con una sección cuyo nombre en si mismo
es el mejor de los presagios. Destinada a recopilar
lo mejor de las cosechas de los festivales internacionales,
en la 51 edición pudimos ver un buen número
de buenas películas e incluso alguna excelente.
Poco o nada nos apetece hablar de la decepcionante
Soñadores (Bernardo
Bertolucci) que venía precedida por su incomprensible
buena acogida en el festival de Venecia, o de películas
simplemente correctas como Le
divorce —divertimento
“a la francesa” de un juvenil Ivory—
o Su hermano, la
indefinida y breve propuesta de Patrice Chéreau.
El nivel medio vino con la nueva e interesante propuesta
criminal de un Chabrol fiel a sus intrigas burguesas
en La
flor del mal, y cuya nueva película veremos
este año en la 52 edición; Ozon con Swimming
pool o Yimou con su completamente disfrutable
Hero. Pero el verdadero
trío destacado de esta sección —lo
cual es lo mismo que decir del propio festival—
fue el compuesto por Lejano
(Uzak) de Nuri Bilge Ceylan, In
this world de Michael Winterbottom y Primavera,
verano, otoño, invierno…y primavera,
del coreano Kim Ki-duk.
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Lejano es
un filme imperfecto, expansivo, de cuerpo inabarcable
que fluye encauzado por dos escenas monolíticas
y perfectas, las que le sirven de apertura y cierre.
En la primera de ellas, Yusuf (Mehmet Emin Toprak)
avanza hacia la cámara desde la lejanía
de un paisaje nevado del rural turco. Deja su pueblo
para ir a Estambul a encontrar trabajo en un barco
y viajar por el mundo. Mientras lo busca sin demasiada
convicción se aloja en casa de su primo
Mahmut (Muzaffer Özdemir),
un fotógrafo desganado hundido en su propio
conformismo. Mahmut se ve obligado a acogerle,
a regañadientes pues la presencia de Yusuf
perturba sus rutinas cotidianas pero sobre todo
porque le recuerda de donde procede y lo lejos
que han quedado sus sueños
de juventud. En la escena de cierre, Yusuf ha vuelto
al pueblo sin encontrar trabajo y Mahmut se acerca
al puerto, solo de nuevo, mientras contempla la
bahía de Estambul. Ambas escenas están
rodadas con una maestría sorprendente, con
un uso del paisaje que trasciende la mera utilización
estética
y con un gran uso del plano como unidad estática
aderezado con movimientos de cámara justos,
suaves y pertinentes. Si añadimos el dominio
de la profundidad y el fuera de campo obtendremos
dos secuencias que ya forman parte de la esencia
del propio cine.
El resto de su metraje podía haber
sido o no como lo conocemos, podría haber durado
más
o menos, no importa, son estas dos escenas las que
le otorgan su forma y su aspiración sublime
y que ejercen la más extraña de las
fascinaciones sobre mi. Después del festival
he podido volverla a ver en pantalla grande y
revivir las mismas sensaciones; a pesar de no
estar ante un film redondo, Lejano es
uno de los filmes visualmente más impactantes
que recuerdo, repleto de imágenes de
una belleza afilada y gélida como la nevada
Estambul, donde Yusuf y
Mahmut se encuentran varados en un algún punto de
su vida, como ese barco abandonado y escorado en
el puerto nevado que como los dos protagonistas ya
nunca se hará
a la mar.

Kim Ki-duk.
Las dos mejores películas que tuve oportunidad
de ver en todo el festival —a las que habría
que añadir a Erice en cuerpo y espíritu— fueron
dos películas coreanas, lo cual tiene poco de
extraño teniendo en cuenta mi nunca disimulada
filiación por esta poderosa cinematografía.
A la la mencionada Memories
of murder habría
que sumar la grandiosa Primavera,
verano, otoño,
invierno…y primavera, recién estrenada
en nuestro país. En la actualidad conviven en
Corea dos tipos dispares de cine, casi antagónicos,
pero ambos comparten su alta calidad. De las películas
comerciales de gran éxito en taquilla —como
la propia Memories of murder— a los
genuinos representantes del cine-arte como Kim Ki-duk,
Hong Sang-soo o Lee Chang-dong.
No quiero terminar este breve repaso sin mencionar
dos de los mejores momentos de la 51 edición
que, curiosamente, no tuvieron lugar en una pantalla.
Si bien la proyección de una copia restaurada
de El
espíritu de
la colmena de Víctor
Erice con motivo de los treinta años de su
Concha de oro en Zinemaldia fue sin duda uno de esos
momentos, lo mejor vendría después en
un encuentro muy especial y largamente esperado entre
el propio Víctor Erice, el productor Elías
Querejeta y las actrices protagonistas del filme, Ana
Torrent e Isabel Tellería, un emocionante coloquio
que ya fue comentado en detalle en el primer
número de Tren
de sombras.
El segundo de
esos momentos extrafílmicos ocurrió en
la rueda de prensa de la grandísima Isabelle
Hupert a la que se le concedía el Premio Donostia
a toda su carrera. La gran dama se descubrió ante
nosotros como una mujer lúcida e inteligente
que demostró
unos conocimientos notables sobre las cambiantes caras
de la cinematografía
mundial. Preguntada por el cine que le resultaba más
interesante —y
para nuestra sorpresa— se lanzó a hablar
de las cinematografías
asiáticas y de la nueva generación norteamericana
encabezada por los new brats Paul Thomas Anderson,
Wes Anderson o David Russel, con el que acaba de rodar I
Heart Huckabees, una comedia que pronto verá la
luz en nuestro país.
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