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Con una línea de actuación perfectamente
definida, el festival de Gijón nos demostró cómo
una muestra de cine puede construir una imagen propia
clara, global y coherente basándose en la
unión compacta de su selección de películas
y del conjunto de elementos que definen el estado
de ánimo de un festival. Por ejemplo, Gijón
no parece contener en su diccionario particular la
prisa, entendida como urgencia estresante. Así como
otros festivales obligan, a través de una
apretadísima agenda, a la carrera continua
de sala en sala, proyección en proyección,
a la caza de las obras expuestas, Gijón parece
envuelto por un ligero y tenue envoltorio de calma,
tranquilidad y moderación, que producen una
simpatía instantánea. Sin embargo,
uno se sorprende, cuando repasa su estadía
en Gijón, de la cantidad de películas
que ha podido ver, nunca por debajo de la media de
proyecciones diarias a las que se puede acceder en
otros festivales.
Gijón parece comprensible con su público,
y en particular con los medios acreditados. Parece
comprender la existencia de esa línea invisible
pero férrea que marca el punto en qué la
ingestión masiva de materia cinematográfica
deviene en saturación total. La primera sesión
matinal da comienza alrededor de las diez de la mañana,
lejos de las nueve de San Sebastián y las
ocho de Venecia o Valladolid. Después hay
tiempo para disfrutar del maravilloso paseo marítimo
gijonés, del buen hacer gastronómico
de la ciudad y de la compañía de gente
que disfruta el cine tanto como uno. A las cinco
la cosa se pone seria, es la hora de las películas,
tres o cuatro si se quiere aprovechar al máximo
la amplia oferta. Tan amplia que se termina siempre
en esa macabra, a la vez que deliciosa, encrucijada
en la que la amplia oferta de opciones disponibles
se traduce en el sacrificio de algún plato
sugestivo pero incompatible. Lancémonos ahora
a lo importante, las películas, divididas
para su fácil digestión por secciones. SECCIÓN OFICIAL
Debe tenerse en cuenta de aquí en adelante
que todas las apreciaciones vertidas en esta crónica
festivalera deben entenderse como una visión
parcial del conjunto completo, ya que la estancia
que da origen a estos párrafos cubrió sólo
cinco de los nueve días de los que constó Gijón
2003.
Poniendo en una balanza mediante la qué juzgar
el nivel medio de la sección oficial, podríamos
llegar a un resultado claramente positivo, con alguna
disonancia y un único error estrepitoso en
la elección de las películas a concurso.

Empecemos
por lo mejor. American
Splendor de
Shari Springer Berman y Robert Pulcini. Precedida
por su éxito cosechado en los festivales de
Sundance (ninguna garantía) y Cannes (premio
FIPRESCI de la sección Un Certain Regard),
este primer largo de la pareja de realizadores norteamericanos
resultó ser la obra más estimulante
de la sección oficial. La película
podría englobarse dentro de la corriente de
cine que apuesta por trabajar sobre la línea
fronteriza que aparentemente separa el documental
de la ficción. Estos últimos años,
parecen haber proliferado las películas que
asumen lo difuso de esa línea divisoria. Parece
posible olvidar el rigor a la hora de utilizar los
códigos que tradicionalmente regían
cada tipo de representación y utilizar cada
uno de los supuestos bandos (la realidad y la ficción)
para nutrir al otro. Así pueden completarse,
matizarse, reforzarse, creando un nuevo marco de
discursividad a través del cual explorar y
enriquecer la visión de terrenos que reclaman
la presencia de ambos estados de la imagen. American
Splendor enfoca sus miras en dirección
a un ámbito cultural y social que se presta
a la mezcla de registros y formas. Nos cuenta la
historia de Harvey Pekar, frustrado administrativo
de hospital, obsesivo coleccionista de LP’s,
libros y cómics, hipocondríaco, asocial,
y derrotado por un infinito pesimismo existencial
que calza sin rasgaduras con su vida marginal. Así,
hasta que un día decide romper con la monotonía
de su quehacer diario y acudir a su antiguo amigo
Robert Crumb (ya un dibujante de cómic underground
de éxito) para ofrecerle unos guiones que
ha escrito inspirándose en su propia vida.
El éxito de la serie de cómics American
Splendor, convierten la vulgar existencia de
Harvey en la expresión de un profundo descontento
con un modelo de sociedad que margina y silencia
el desencanto y la diferencia. En la película
muchos personajes se desdoblan en el personaje-representación
interpretado por un actor (a destacar el sobresaliente
trabajo de Paul Giamatti) y el personaje real. También
la propia ficción se desdobla en ficción
pura y en otra contaminada por la presencia de las
formas propias del cómic. Todo ello forma
un cuerpo conglomerado que da como resultado un conjunto
que transmite un mensaje compacto. Todo apunta en
la misma dirección: desde una profunda impresión
de honestidad y evitando caer en el sentimentalismo
fácil, se habla de la coherencia personal,
y del reclamo y defensa de la dignidad que resulta
de intentar sobrevivir en un combate eterno contra
el mundo y contra uno mismo.
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La otra magnífica película vista en
la sección oficial fue Struggle, la
precisa e incómoda ópera primera de
la directora austriaca Ruth Mader. La película
es el frío y estremecedor retrato de una sociedad
putrefacta y enferma. Perfectamente divisible en
dos partes, cada una de ellas sirve para demostrarnos
dos posibilidades de miseria humana, por un lado,
el relato de una inmigrante ilegal que, acompañada
por su hija, debe entrar en el mercado de trabajo
clandestino viéndose sometida a la más
vil explotación. Este fragmento de película
es el que convierte a Struggle en una herramienta
incisiva para la denuncia de la deshumanización
y el sometimiento al que se puede ver abocado el
ser humano en su lucha por la supervivencia. Sin
embargo, Struggle no es nunca un grito, un
panfleto estridente, sino que la película
se sumerge con rigor en los malsanos rituales que
conforman los trabajos basura por los que debe deambular
Eva. Así, Ruth Mader da forma a una historia
semi-documental en la que se detiene con detalle
en la agobiante naturaleza mecánica del trabajo
monótono y pesado, sea la recolección
de fresas, la limpieza de piscinas o el despiece
de pavos. La segunda mitad de la película
parece olvidarse de Eva y de su hija para concentrarse
en Harold, hombre de mediana edad de clase media
alta. Harold representa otro tipo de lucha, esa que
lo enfrenta con su vacío existencial, con
la ausencia total de dignidad o cualquier atisbo
de principios. Harold ocupa su tiempo libre en saciar
sus perversiones sexuales y dibuja un panorama personal
desértico y árido en el que el flujo
de contaminación entre el individuo y la sociedad
resulta confuso pero palpable. En Struggle pueden
detectarse elementos que la hermanan con el cine
de directores europeos como Erick Zonca (y su lamento
o quejido minucioso), los hermanos Dardenne (su estética
atenta a los comportamientos ritualizados) o Michael
Haneke (con el que comparte nacionalidad y desprecio
por la clase burguesa).
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Otra interesante propuesta de experiencia fílmica
experimental y radical, muy en consonancia con el
carácter arriesgado y curioso de la selección
de filmes del festival, fue Bodysong, ópera
prima del británico Simon Pummel. En un mundo
inundado de imágenes parece razonable la aparición
de filmes que trabajan con fragmentos de película
encontrados (found footage) para la creación
de un discurso nuevo y propio. Pummel va acumulando
incesantemente, durante los 83 minutos de los que
consta la película, imágenes de archivo
para construir un recorrido en el tiempo y el espacio
por el cuerpo y el pensamiento humano. Planteado
inicialmente como un recorrido por el ciclo vital
y sus consecuencias corporales (es el nacimiento
uno de los fragmentos más impactantes) la
película se va abriendo sutilmente a reflexiones
de carácter más social como puede ser
el sexo, la violencia o la represión, para
terminar, una vez alcanzada y superada la muerte,
con un retrato de la construcción y el estado
presente de nuestra civilización. Sería
injusto hablar de Bodysong sin citar la omnipresente
banda sonora compuesta para la película por
Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead, que aporta
casi siempre el grado de celebración, intensidad
o intimidad adecuado para completar el paisaje poético
que articula el conjunto homogéneo del filme.
Nos gustaron también, con mayor moderación,
películas como Noi
Albinoi, crudo retrato
acerca del aislamiento y el encierro que sufre el
joven protagonista que da título a la película.
El paisaje eternamente nevado del norte de Islandia
se convierte en una tumba en la que Noi, preso de
una rebeldía sin posibilidad de realización,
vive una nada cotidiana de frustración y muerte.
También presentaba puntos de interés
Shultze Gets the Blues del
alemán Michael Schorr
que narra la vida tras el despido forzado de Shultze,
un hombre mayor que descubre en la música
de las criollos de Lousiana una nueva luz en su rutinaria
y desolada existencia. Tras superar el rechazo de
sus compañeros del club de acordeonistas de
polka, emprenderá un viaje a Norteamérica
en busca de la realización personal. Su sentido
del humor, el correcto trabajo del actor protagonista
y lo que tiene de canto a la solidaridad y la amistad
nos ayudan a olvidar que es una historia vista mil
y una veces, por ejemplo, recientemente en About
Schmidt de Alexander Payne. Por último,
también en tierra de nadie se encuentra La
Cruz del Sur del argentino Pablo Reyero, eficaz
mezcla de road movie, cine negro y melodrama familiar
en el que el director consigue crear el clima malsano
que pretende para su historia de drogadictos, marginados
y homosexuales perdidos espiritualmente cerca de
la frontera entre Argentina y Paraguay. Pese a sus
evidentes logros, terminan aflorando demasiado los
trucos y trampas que marcan el funcionamiento de
la acción, un excesivo tono de exaltamiento
y tensión que avanza únicamente gracias
al enfrentamiento, el choque y la violencia física
y verbal, animal. Más
complicado resulta entrar a valorar Thirteen de
la debutante Catherine Hardwicke, retrato de la adolescencia,
sobretodo femenina, en la Norteamérica consumista
y obsesionada por la belleza y el éxito (donde
dije Norteamérica digo el mundo). La película
resulta particularmente incómoda por la apariencia
de inmadurez que transmite en todo momento. Uno no
sabe si es algo buscado, forzado o encontrado, algo
que diría poco de la realizadora del filme.
En realidad parece una película filmada por
una persona de la misma edad que los protagonistas,
ya que no solo comparte las sensaciones y obsesiones
de sus personajes, sino que parece incluso ensalzarlas
convirtiéndolo todo en un descerebrado festival
de excesos, celebraciones y frustraciones, todas
ellas extremadamente estridentes. Todavía
inseguro acerca de lo meritorio o reprochable de
lo expuesto anteriormente, no se le puede negar a
la película un acertado planteamiento formal
de ciertos pasajes de la película en los que
la obsesión consumista (sea de ropa, drogas
o sexo) es filmada apoyándose en técnicas
propias del video-clip que ayudan a crear el tono
excesivo y ultra-acelerado que busca la directora.
Uno se olvidaría de todo posible elogio al
filme si solo recordara la penosa y previsible redención
que decora el final de la película. Llegó el momento de lo peor. Solo un par
de líneas. Quiéreme si te Atreves es
un subproducto de la nueva escuela de películas
que tienen como referente la Amelie de Jeunet.
Tramposa, sin gracia, repetitiva, empalagosa. La
pregunta: ¿Cuánto debió pagar
Peugeot para colar un anuncio de su 307 en la película
(y de paso en esta crónica)?. OLIVIER ASSAYAS Sin duda alguna, la figura más importante
que nos descubrió este festival fue a Olivier
Assayas. Tan solo el díptico Irma
Vep + Demonlover merecerían
una crónica entera (para ello no duden en
conseguir el ensayo a partir de la obra de Assayas
escrito por el siempre brillante Ángel Quintana, Lineas
de Fuga, Olivier Assayas, editado por el festival).
La capacidad de Assayas para entender su cine como
una herramienta para la reflexión teórica
sobre el proceso de transformación que esta
sufriendo desde hace más de una década
el universo cinematográfico es extraordinaria.
El cine en un lugar intermedio entre la antigua modernidad
y nuevas formas de posmodernidad. La imagen como
un elemento de poder y de negocio dentro del mundo
globalizado e inundado de imágenes. La imagen
como proyección de nuestros deseos, mutable,
transformable. La imagen como forma de agresión.
La tendencia posmoderna a la repetición, el remake fetichista
como explicitación de dicha práctica.
Todo esto en la maravillosa dupla visionaria.
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Irma
Vep (Olivier Assayas)
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Además descubrimos a un virtuoso de la realización.
Alguien que domina a la perfección los mecanismos
del lenguaje cinematográfico y los usa para
desarrollar potentes conceptos visuales como la fisicidad,
la fluidez a través de los planos secuencia,
la capacidad para crear obras abiertas tanto en sus
temas como en las formas, minando sus películas
con espacios vacíos para rellenar con la reflexión
y el pensamiento. Pudimos ver la majestuosa y ya
ejemplar del estilo Assayas Paris
S’Eveille,
así como el precioso y romántico documental Portrait of Hou Hsiao
Hsien, acerca del prodigioso y fundamental
director taiwanés.
ULRICH SEIDL

Ulrich Seidl |
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El otro gran descubrimiento del festival. De la
completa retrospectiva que le dedicó el festival
(redondeada por el ensayo acerca de la obra del director
realizado por Carlos Losilla), fueron suficientes
dos películas para comprender la importancia
de la obra del director austriaco (país revelación
de la muestra). Seidl es el auténtico maestro
de la miseria. Su cámara parece el receptáculo
perfecto para captar desde la más constructiva
de las reflexiones acerca de la marginalidad y la
pobreza (material) a la más pura, agobiante
e insoportable nada. La nada absoluta, la pobreza
(espiritual) total, la película Models.
Planteada como un engendro entre lo ficcional y lo
documental, sospechoso de ambas posibilidades pero
seguro de ninguna, Models es el retrato de la vida
de cuatro modelos que vagabundean por el mundo obsesionadas
con su imagen y apariencia, y a partir de ahí nada
más. Conversaciones insoportables acerca de
los novios, los celos, el sexo, el amor, la cirugía
estética. Todo embadurnado por una exasperante
sensación de ligereza. Cada palabra emitida
por las protagonistas parece vaciarse en la siguiente,
una oda a la destrucción en la que el planteamiento
formal de Seidl propone interesantes reflexiones.
Seidl aprovecha al máximo la frontalidad inmóvil
de su cámara para captar el encierro absoluto
en el que habitan los seres que filma. El entorno
parece desaparecer y derrumbarse por culpa de los
personajes y nos sentimos confundidos y tan aturdidos
que es casi imposible llegar a una conclusión
acerca de la influencia del entorno sobre los personajes.
El mal, la nada, parece surgir de los propios seres
humanos, solo las fugaces interrelaciones entre las
modelos permiten la búsqueda de explicaciones
del porqué de tanta miseria. Good
News es aún más
sugerente que Models, ya que además de demostrar
su capacidad para retratar las penurias económicas
y morales que le rodean, Seidl se exhibe como un
gran cazador de coreografías escondidas en
la más banal de las rutinas. Planteada como
un documental puro, Good
News escarba en el
mundo de un periódico nacional que contrata
a inmigrantes procedentes, la mayoría, de
Bangladesh para que repartan la publicación
a cambio de un sueldo paupérrimo. Los encuentros
de los vendedores con los transeúntes, sus
andares entre los coches intentando vender el diario,
los ritos religiosos de los inmigrantes, los contrastes
entre la pobreza de los trabajadores amontonados
en una habitación y el arrendatario viviendo
lujosamente en la puerta de enfrente; todo filmado
con una extraordinaria capacidad para transportarnos
hasta el interior de los espacios, captando las esencias
y las coreografías escondidas en una realidad
que parece imposible.
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