trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003

CON paso firme

Fernando Lara, director de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, presentó públicamente la edición número 48 del festival a principios del ya lejano mes de octubre. En aquel acto, celebrado en el Teatro Calderón, Lara, que cumplió dos décadas al frente del certamen, anunció los tres pilares básicos sobre los que, a su juicio, se iba a sustentar el inminente festival.

Plural, potente y polémico. Tres características que, a la postre, sirven perfectamente para hacer balance de lo que dio de sí en 2003 uno de los más cuidados reductos culturales de este país.

Plural

Desde Hollywood hasta Líbano, propuestas dispares de todas las cinematografías mundiales se sucedieron por las pantallas de la ciudad. Dos películas independientes se han convertido, con el paso del tiempo, en auténticas revelaciones de taquilla. El bombazo fue Good bye, Lenin!, que se alzó con el Premio Especial del Jurado antes de arrasar en la gala de los Premios de la Academia del Cine Europeo. Por tercera vez, Wolfgang Becker se trasladó a Valladolid siete años después de su anterior largometraje. El alemán derrochó una vez más simpatía y para el recuerdo queda la simpar galería de posados que regaló a los fotógrafos locales. La película, medio año después, continúa en cartel en varias ciudades españolas y goza de un éxito que se ha repetido en todo el continente.


Adam Elliot, realizador de Harvie Krumpet.

Un caso similar es el de Las invasiones bárbaras, la continuación que Dennis Arcand pergeñó para su obra maestra hasta la fecha, El declive del imperio americano. En su película, retoma aquellos personajes para contemplarlos con un derroche de nostalgia. El Oscar a la Mejor Película Extranjera y el boca a boca también han servido para que el filme prolongue su vida comercial con el respeto del público, ese que también le premió en Valladolid. Las invasiones bárbaras fue para casi todos la gran ausente del palmarés oficial de la Seminci. Meses después yo sigo viendo la película como un ejercicio melodramático excesivamente calculado que no acaba de cuajar. Quizá la excesiva insistencia que el guión realiza en algunos aspectos del personaje encarnado por Remy Girard, quizá su empleo de una fórmula perfectamente equilibrada de comedia y drama, son los elementos que denotan el artificio que la rodea. Personalmente no me convenció. Lo mejor fue la posibilidad de contar durante todo el certamen con Stéphane Rousseau, el coprotagonista de la cinta, que con apariencia a medio camino entre Brad Pitt y Mark Walbergh sedujo a media ciudad. Un tipo genial, como quedó demostrado en la inolvidable fiesta de Las voces de la noche, de Salvador García Ruiz, en El desierto rojo.

El director de El otro barrio presentaba a concurso uno de los títulos más aguardados de esta edición. En pequeños círculos ya se había comentado que quizá, por fin, una película española rompería el maleficio que el cine patrio tiene en este festival. Las voces de la noche fue una rotunda decepción. Cuando fallan los actores y falla el guión, por muy bueno que sea el director que esté al frente también fallará la película. Es lo que le sucede a este trabajo del coguionista de Cachorro (Miguel Albaladejo, 2004), que se pierde en vagas insinuaciones sin lograr transmitir un ápice de los sentimientos pretendidos por el relato.

Las cinematografías orientales también gozaron de su tradicional lugar en la programación. Además del estupendo ciclo Teherán, ciudad de cine, que sirvió para traer por primera vez a España joyas inéditas como La casa negra (Forough Farrokhzad, 1962) o Nasseredin Shah, actor de cine (Mohsen Makhmalbaf, 1992), varios títulos compitieron en la Sección Oficial.

La franco-israelí Alila (Amos Gitai), la franco-libanesa La cometa (Randa Chahal Sabag), la afgano-japonesa-irlandesa Osama (Siddiq Barmak) y la iraní Sangre y oro (Jafar Panahi) fueron con desigual fortuna las muestras de unas culturas tan distantes y desconocidas como apasionantes. Esa apreciación la corroboró el jurado, cuya interminable deliberación concluyó con la entrega ex-aequo del máximo galardón a dos de ellas.

El drama volvió a copar las pantallas del festival, manteniendo así otra de las tradiciones históricas de la cita. Conviene repescar, por acertadas, las palabras de Iñigo Noriega, jurado de la sección de documentales en la inauguración: «estamos aquí para disfrutar con las películas, pero sobre todo para sufrir. Así es la vida y así es la Seminci». La organización decidió dejar para la clausura la única comedia pura que se vio en la Sección Oficial. Se trataba de la primera incursión en Valladolid del cine de Woody Allen, con Todo lo demás, una cinta que confirma por desgracia su declive creador, que transcurre en paralelo con su asociación con Dreamworks y su éxito comercial.

Potente


Rotunda, definitiva y, desde luego, potente. Así fue la película que inauguró el festival, Dogville (Lars von Trier). Con semejante arranque, el ánimo del espectador recibía una anestesia parcial (total en algunos casos) que se iba a prolongar durante el resto del certamen. El mayor terrorista emocional de la pantalla en la última década sacudió de nuevo conciencias con un puñetazo directo y sin concesiones a la boca del estómago del imperio americano. Este mes se estrena allí, con un espléndido cartel presidido por una de las más famosas “novias de América”, Nicole Kidman. Aguardo con impaciencia las reacciones. Dogville fue la mejor película del pasado año, y estuvo en Valladolid, fiel a su tradición de inaugurar el festival con los trabajos del danés. Fue una pena que no fructificaran los intentos de convencer al cineasta para que se desplazara a la ciudad castellana en su coche, subrayando que aquí se habían realizado los últimos Campeonatos Internacionales de su deporte favorito, el piragüismo. «Valladolid is too far to travel» fue la escueta respuesta del genio.

Pero el festival no se acabó ahí, aunque ese título justificaría por sí solo una edición de un certamen cinematográfico. Otras obras contribuyeron ha mantener el listón.

Si Dogville fue la película de 2003, Lost in translation se ha consolidado por el momento como el mejor filme de 2004. Sofía Coppola, distinguida como mejor cineasta novel, borda en su segundo trabajo un poema visual y sonoro de dos soledades encontradas en el oasis irreal de Tokio.

El proyecto de Alexandra se desveló como la mejor aportación hasta el momento del siempre interesante Rolf de Heer, con un cuento lúgubre de una dureza inesperada. Kitchen stories (Bent Hammer), también convenció al público y al jurado con su mirada tierna y agridulce a la posguerra en Suecia. Ambas comparten la inmerecida cruz de no haber encontrado distribución en España, suerte que sí acompaña a Wilbur se quiere suicidar, la nueva película de Lone Scherfig tras su exitosa Italiano para principiantes, que pronto llegará a la cartelera nacional.


Sofia Coppola & Scarlett Johanson

Potente fue sin duda la sección de cortometrajes, que año a año se consolida como otro de los mejores valores de la Seminci. Su apuesta por el cine de animación continúa deparando cada año algunos de los mejores momentos cinematográficos del encuentro, como sucedió este año con Harvie Krumpet, proyectada antes de Lost in translation para completar una sesión memorable. El cortometraje australiano, que inexplicablemente no se llevó la Espiga de oro, vio compensado el agravio en los recientes Oscar cuando, contra pronóstico (todos los que no la habían visto daban por ganador seguro el cortometraje Destino, esbozado por Dalí para Disney) se alzó con la estatuilla.

Con inexorable contundencia Tiempo de historia cumplió sus primeros veinte años de vida. El apartado dedicado al documental se consolida como uno de los escasos espacios (y, desde luego, el más importante en España) dedicados a uno de los géneros más fructíferos de las últimas décadas: el documental. Jonathan Demme, el mítico Jan Tröell u Oliver Stone fueron algunos de los insignes autores que participaron, pero, por encima del resto, deslumbró Rithy Panh con su escalofriante S21, la máquina de muerte de los jemeres rojos. Mariana Otero, Kim Longinotto o Ernesto Cabellos y Stephanie Boyd también brillaron en una sección que personifica a la perfección muchos rasgos del espíritu diferenciador del festival de Valladolid: el compromiso con la calidad y la cultura por encima de engañosos oropeles.

También fue una grata sorpresa el ciclo dedicado a Bélgica, que nos acercó plausibles filmes inéditos como Hop (Dominique Standaert), The quarry (Marion Hansel) o Je pense à vous, uno de los primeros trabajos de los hermanos Dardenne, pareja habitual del certamen.

PolÉmico

La controversia fue la última de las notas que protagonizó el encuentro. No podía ser de otra forma inaugurando el festival con Dogville. Ya hemos comentado que la radicalidad de von Trier aumenta conforme gana madurez creativa (¿dónde parará su capacidad de asombrarnos y sacudirnos?), y que su propuesta en la primera entrega de esta nueva trilogía se jacta sin piedad de toda una cultura que sirve de patrón para todo el mundo. Los detractores y los admirados de la película se enfrentaron desde la primera sesión a una guerra dialéctica que se mantuvo gracias a la crítica social denunciada en casi todos los títulos de Tiempo de historia, y en muchos de las cintas de la propia Sección Oficial.


Polémico es, ha sido y será el cine de Costa-Gavras su compromiso político y su empeño en sacar a la luz a los totalitarismos que han asolado al mundo entero  en el último siglo, el cineasta heleno afincado en Francia llegó al Calderón acompañado de Jorge Semprún, guionistas de tres de sus largometrajes, para recibir el cariñoso tributo que el festival le dedicaba en forma de retrospectiva completa. Junto a ellos, Esteve Riambau, autor de una completa monografía sobre el cineasta les acompañó en una mesa redonda inolvidable, que se prolongó durante dos horas y podría haber durado otras dos de no ser por la apretada agenda del director por toda la ciudad.

La polémica seguía viva también, pero de otra forma, con otro de los frentes de debate abiertos en el encuentro: la trilogía del cineasta belga Lucas Belvaux, formada por los títulos Après la vie, Cavale y Un couple épatant. Por primera vez en el mundo, tres películas de un mismo creador competían en un festival de estas características, y la expectación era grande, debido también a la cacareada aprobación que le había dedicado Cahiers du cinema, la Biblia de algunos. Belvaux había dirigido tres filmes, que abordaban géneros contrapuestos como la comedia, el drama y el thriller, en los que los actores se intercambiaban respectivamente sus roles protagonistas y secundarios. El fiasco comenzó a intuirse con la primera de las proyecciones, pero la mayoría de los espectadores acudieron pacientemente a ver las tres entregas hasta certificar el naufragio fílmico del realizador.

Y por supuesto, este capítulo se cerró (o mejor dicho, se abrió definitivamente) con el palmarés del jurado. No está comprobado, pero con certeza se apunta que la del pasado año fue la deliberación más dilatada que se recuerda en Valladolid. Las horas se sucedieron sin pausa hasta lograr un palmarés final que, en ninguna de sus categorías, se cerró por unanimidad, y en casi todas lo hizo con apretadas votaciones.

Todos (o casi) echaron en falta Las invasiones bárbaras del acta final, pero, salvo esa puntualización, no tan grave para una minoría entre la que me incluyo, el resto de títulos sobresalientes sí se encontraba en la relación de ganadores.

Posiblemente Coppola mereció mejor suerte que el Premio Pilar Miró y el FIPRESCI, y sin duda Harvie Krumpet se fue como injusta perdedora a pesar de su Premio Especial del Jurado, pero es valiente la decisión más criticada por la mayoría, la Espiga de Oro para Sangre y oro, una cinta dura, sin concesiones, que tampoco tiene distribución en España a pesar de sus méritos.

Con nostalgia se mira atrás pero con esperanza se vuelve el rostro hacia el próximo octubre, donde esperamos con curiosidad la última edición antes de las anheladas Bodas de Oro del certamen.

© César Combarros y trendesombras.com 2004
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