
CON paso firme
Fernando Lara, director de la Semana
Internacional de Cine de Valladolid, presentó públicamente
la edición número 48 del festival a principios
del ya lejano mes de octubre. En aquel acto, celebrado
en el Teatro Calderón,
Lara, que cumplió dos décadas al frente
del certamen, anunció los tres pilares básicos
sobre los que, a su juicio, se iba a sustentar el inminente
festival.
Plural, potente y polémico. Tres características
que, a la postre, sirven perfectamente para hacer balance
de lo que dio de sí en 2003 uno de los más
cuidados reductos culturales de este país.
Plural
Desde Hollywood hasta Líbano, propuestas dispares
de todas las cinematografías mundiales se sucedieron
por las pantallas de la ciudad. Dos películas
independientes se han convertido, con el paso del tiempo,
en auténticas revelaciones de taquilla. El bombazo
fue Good bye, Lenin!, que se alzó con
el Premio Especial del Jurado antes de arrasar en la
gala de los Premios de la Academia del Cine Europeo.
Por tercera vez, Wolfgang Becker se trasladó a
Valladolid siete años después de su anterior
largometraje. El alemán derrochó una
vez más simpatía y para el recuerdo queda
la simpar galería de posados que regaló a
los fotógrafos locales. La película,
medio año después, continúa en
cartel en varias ciudades españolas y goza de
un éxito que se ha repetido en todo el continente.
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Adam
Elliot, realizador de Harvie Krumpet. |
Un caso similar es el de Las
invasiones bárbaras,
la continuación que Dennis Arcand pergeñó para
su obra maestra hasta la fecha, El
declive del imperio americano. En su película, retoma aquellos
personajes para contemplarlos con un derroche de nostalgia.
El Oscar a la Mejor Película Extranjera y el
boca a boca también han servido para que el
filme prolongue su vida comercial con el respeto del
público, ese que también le premió en
Valladolid. Las invasiones bárbaras fue
para casi todos la gran ausente del palmarés
oficial de la Seminci. Meses después yo sigo
viendo la película como un ejercicio melodramático
excesivamente calculado que no acaba de cuajar. Quizá la
excesiva insistencia que el guión realiza en
algunos aspectos del personaje encarnado por Remy Girard,
quizá su empleo de una fórmula perfectamente
equilibrada de comedia y drama, son los elementos que
denotan el artificio que la rodea. Personalmente no
me convenció. Lo mejor fue la posibilidad de
contar durante todo el certamen con Stéphane
Rousseau, el coprotagonista de la cinta, que con apariencia
a medio camino entre Brad Pitt y Mark Walbergh sedujo
a media ciudad. Un tipo genial, como quedó demostrado
en la inolvidable fiesta de Las
voces de la noche,
de Salvador García Ruiz, en El desierto rojo.
El director de El otro
barrio presentaba a
concurso uno de los títulos más aguardados
de esta edición. En pequeños círculos
ya se había comentado que quizá, por
fin, una película española rompería
el maleficio que el cine patrio tiene en este festival.
Las voces de la noche fue una rotunda decepción.
Cuando fallan los actores y falla el guión,
por muy bueno que sea el director que esté al
frente también fallará la película.
Es lo que le sucede a este trabajo del coguionista
de Cachorro (Miguel Albaladejo, 2004), que se
pierde en vagas insinuaciones sin lograr transmitir
un ápice de los sentimientos pretendidos por
el relato.
Las cinematografías orientales también
gozaron de su tradicional lugar en la programación.
Además del estupendo ciclo Teherán, ciudad
de cine, que sirvió para traer por primera vez
a España joyas inéditas como La
casa negra (Forough Farrokhzad, 1962) o Nasseredin
Shah, actor de cine (Mohsen Makhmalbaf, 1992),
varios títulos compitieron en la Sección
Oficial.
La franco-israelí Alila (Amos Gitai),
la franco-libanesa La cometa (Randa
Chahal Sabag), la afgano-japonesa-irlandesa Osama (Siddiq Barmak)
y la iraní Sangre
y oro (Jafar Panahi)
fueron con desigual fortuna las muestras de unas culturas
tan distantes y desconocidas como apasionantes. Esa
apreciación la corroboró el jurado, cuya
interminable deliberación concluyó con
la entrega ex-aequo del máximo galardón
a dos de ellas.
El drama volvió a copar las pantallas del festival,
manteniendo así otra de las tradiciones históricas
de la cita. Conviene repescar, por acertadas, las palabras
de Iñigo Noriega, jurado de la sección
de documentales en la inauguración: «estamos
aquí para disfrutar con las películas,
pero sobre todo para sufrir. Así es la vida
y así es la Seminci». La organización
decidió dejar para la clausura la única
comedia pura que se vio en la Sección Oficial.
Se trataba de la primera incursión en Valladolid
del cine de Woody Allen, con Todo
lo demás,
una cinta que confirma por desgracia su declive creador,
que transcurre en paralelo con su asociación
con Dreamworks y su éxito comercial.
Potente

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Rotunda, definitiva y, desde luego, potente. Así fue
la película que inauguró el festival,
Dogville (Lars
von Trier). Con semejante arranque, el ánimo
del espectador recibía una anestesia parcial
(total en algunos casos) que se iba a prolongar durante
el resto del certamen. El mayor terrorista emocional
de la pantalla en la última década sacudió de
nuevo conciencias con un puñetazo directo y
sin concesiones a la boca del estómago del imperio
americano. Este mes se estrena allí, con un
espléndido cartel presidido por una de las más
famosas “novias de América”, Nicole
Kidman. Aguardo con impaciencia las reacciones. Dogville fue
la mejor película del pasado año, y estuvo
en Valladolid, fiel a su tradición de inaugurar
el festival con los trabajos del danés. Fue
una pena que no fructificaran los intentos de convencer
al cineasta para que se desplazara a la ciudad castellana
en su coche, subrayando que aquí se habían
realizado los últimos Campeonatos Internacionales
de su deporte favorito, el piragüismo. «Valladolid
is too far to travel» fue la escueta respuesta
del genio.
Pero el festival no se acabó ahí, aunque
ese título justificaría por sí solo
una edición de un certamen cinematográfico.
Otras obras contribuyeron ha mantener el listón.
Si Dogville fue la película de 2003,
Lost in translation se ha consolidado por el momento
como el mejor filme de 2004. Sofía Coppola,
distinguida como mejor cineasta novel, borda en su
segundo trabajo un poema visual y sonoro de dos soledades
encontradas en el oasis irreal de Tokio.
El proyecto de Alexandra se desveló como
la mejor aportación hasta el momento del siempre
interesante Rolf de Heer, con un cuento lúgubre
de una dureza inesperada. Kitchen
stories (Bent
Hammer), también convenció al público
y al jurado con su mirada tierna y agridulce a la posguerra
en Suecia. Ambas comparten la inmerecida cruz de no
haber encontrado distribución en España,
suerte que sí acompaña a Wilbur
se quiere suicidar, la nueva película
de Lone Scherfig tras su exitosa Italiano
para principiantes,
que pronto llegará a la cartelera nacional.

Sofia Coppola & Scarlett Johanson |
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Potente fue sin duda la sección de cortometrajes,
que año a año se consolida como otro
de los mejores valores de la Seminci. Su apuesta por
el cine de animación continúa deparando
cada año algunos de los mejores momentos cinematográficos
del encuentro, como sucedió este año
con Harvie Krumpet, proyectada antes de Lost
in translation para completar una sesión
memorable. El cortometraje australiano, que inexplicablemente
no se llevó la Espiga de oro, vio compensado
el agravio en los recientes Oscar cuando, contra pronóstico
(todos los que no la habían visto daban por
ganador seguro el cortometraje Destino, esbozado
por Dalí para Disney) se alzó con la
estatuilla.
Con inexorable contundencia Tiempo
de historia cumplió sus
primeros veinte años de vida. El apartado dedicado
al documental se consolida como uno de los escasos
espacios (y, desde luego, el más importante
en España) dedicados a uno de los géneros
más fructíferos de las últimas
décadas: el documental. Jonathan Demme, el mítico
Jan Tröell u Oliver Stone fueron algunos de los
insignes autores que participaron, pero, por encima
del resto, deslumbró Rithy Panh con su escalofriante
S21, la máquina de muerte de los jemeres rojos.
Mariana Otero, Kim Longinotto o Ernesto Cabellos y
Stephanie Boyd también brillaron en una sección
que personifica a la perfección muchos rasgos
del espíritu diferenciador del festival de Valladolid:
el compromiso con la calidad y la cultura por encima
de engañosos oropeles.
También fue una grata sorpresa el ciclo dedicado
a Bélgica, que nos acercó plausibles
filmes inéditos como Hop (Dominique
Standaert), The quarry (Marion
Hansel) o Je pense à vous,
uno de los primeros trabajos de los hermanos Dardenne,
pareja habitual del certamen.
PolÉmico
La controversia fue la última de las notas
que protagonizó el encuentro. No podía
ser de otra forma inaugurando el festival con Dogville.
Ya hemos comentado que la radicalidad de von Trier
aumenta conforme gana madurez creativa (¿dónde
parará su capacidad de asombrarnos y sacudirnos?),
y que su propuesta en la primera entrega de esta nueva
trilogía se jacta sin piedad de toda una cultura
que sirve de patrón para todo el mundo. Los
detractores y los admirados de la película se
enfrentaron desde la primera sesión a una guerra
dialéctica que se mantuvo gracias a la crítica
social denunciada en casi todos los títulos
de Tiempo de historia, y en muchos de las cintas de
la propia Sección Oficial.
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Polémico es, ha sido y será el cine
de Costa-Gavras su compromiso político y su
empeño en sacar a la luz a los totalitarismos
que han asolado al mundo entero en el último
siglo, el cineasta heleno afincado en Francia llegó al
Calderón acompañado de Jorge Semprún,
guionistas de tres de sus largometrajes, para recibir
el cariñoso tributo que el festival le dedicaba
en forma de retrospectiva completa. Junto a ellos,
Esteve Riambau, autor de una completa monografía
sobre el cineasta les acompañó en una
mesa redonda inolvidable, que se prolongó durante
dos horas y podría haber durado otras dos de
no ser por la apretada agenda del director por toda
la ciudad.
La polémica seguía viva también,
pero de otra forma, con otro de los frentes de debate
abiertos en el encuentro: la trilogía del cineasta
belga Lucas Belvaux, formada por los títulos Après
la vie, Cavale y Un couple épatant.
Por primera vez en el mundo, tres películas
de un mismo creador competían en un festival
de estas características, y la expectación
era grande, debido también a la cacareada aprobación
que le había dedicado Cahiers du cinema, la
Biblia de algunos. Belvaux había dirigido tres
filmes, que abordaban géneros contrapuestos
como la comedia, el drama y el thriller, en los que
los actores se intercambiaban respectivamente sus roles
protagonistas y secundarios. El fiasco comenzó a
intuirse con la primera de las proyecciones, pero la
mayoría de los espectadores acudieron pacientemente
a ver las tres entregas hasta certificar el naufragio
fílmico del realizador.
Y por supuesto, este capítulo se cerró (o
mejor dicho, se abrió definitivamente) con el
palmarés del jurado. No está comprobado,
pero con certeza se apunta que la del pasado año
fue la deliberación más dilatada que
se recuerda en Valladolid. Las horas se sucedieron
sin pausa hasta lograr un palmarés final que,
en ninguna de sus categorías, se cerró por
unanimidad, y en casi todas lo hizo con apretadas votaciones.
Todos (o casi) echaron en falta Las invasiones
bárbaras del acta final, pero, salvo esa
puntualización, no tan grave para una minoría
entre la que me incluyo, el resto de títulos
sobresalientes sí se encontraba en la relación
de ganadores.
Posiblemente Coppola mereció mejor suerte que
el Premio Pilar Miró y el FIPRESCI, y sin duda Harvie
Krumpet se fue como injusta perdedora a pesar de
su Premio Especial del Jurado, pero es valiente la
decisión más criticada por la mayoría,
la Espiga de Oro para Sangre y oro, una cinta
dura, sin concesiones, que tampoco tiene distribución
en España a pesar de sus méritos.
Con nostalgia se mira atrás pero con esperanza
se vuelve el rostro hacia el próximo octubre,
donde esperamos con curiosidad la última edición
antes de las anheladas Bodas de Oro del certamen.
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