trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003

Sin dejar de perder cierta perspectiva, no olvidemos que el festival de Sitges, es un festival (dicen que el mejor) orientado al cine fantástico, me gustaría acercarme a este último certamen ofrecido para total disfrute, tanto de los espectadores afines al género, como a la cinefilia más combativa, mostrando mi total adhesión a los postulados que nos ofrece este impecable proyecto que dirige con tanta inteligencia como buen humor, el crítico Ángel Sala. Sitges lleva ya unos años preparando unos menús cinematográficos que no dudan en mezclar el terror y la ciencia-ficción más exquisita (junto con innumerables piezas sólo digeribles por los muy afines al fantástico), con películas posicionadas en el top 10 de los festivales más importantes. Es por ello que junto con piezas descaradamente gore, el terror más imaginativo proveniente de oriente y productos hollywoodienses que obedecen perfectamente a los cánones del mainstream, se han pasado estos últimos años películas de realizadores tan interesantes y poco difundidos en nuestro país como Guy Maddin, Olivier Assayas, Kim-Ki Duk, Bruno Dumont, Oliver Hirschbiegel, Takashi Miike, Tsai Ming-Liang, Alexander Sokurov, Kiyoshi Kurosawa, Seijun Suzuki, Raoul Ruiz, Michael Almereyda, Kinji Fukasaku o Shinyua Tsukamoto. Ángel Sala, para que se me entienda, ha hecho de Sitges un festival que responde a la perfección a la política de autores que defiende mes a mes en su columna "Zona sin límites" para la revista Imágenes de actualidad, en la que lo mismo le da por defender películas como XxX, El Mexicano o Matrix Revolutions, como por reivindicar la edición en DVD de una vez por todas de obras como Demonlover o Drácula: Pages from a virgin’s diary. Como nos hallamos en Sitges, y eso implica ver el mejor cine fantástico que se realice en la actualidad, está claro que estos últimos años el mercado asiático se ha adueñado de buena parte del reparto de películas seleccionadas para proyectar. El fenómeno es tan avasallador —y no sólo por la presencia comercial de películas de los Pang Brothers, Hideo Nakata o Takashi Shimizu— que el festival le ha dedicado una de las secciones paralelas, bajo el título de "Novíssim cinema japonés", acompañado por la publicación de un magnífico libro titulado El principio del fin. Tendencias y efectivos del novísimo cine japonés, VV.AA. coordinado por Rubén Lardín y Ricardo Reparaz.

Sección oficial

Me desquito pronto de lo peor visto en este festival. Sin duda alguna, la premisa, aunque noble, totalmente descabellada de inaugurar el festival con una producción catalana, hizo que el certamen se abriera de forma anticlimática con la aberrante Cámara oscura de Pau Freixas, un film que no se hallaría desubicado en la sección destinada a promocionar la TV-movies del audiovisual catalán, pero que como film de arranque, me parece aún más equívoco que el despropósito de abrir Cannes con Matrix reloaded (o cerrarlo con Godzilla) —mucho más acertado estuvo la clausura del certamen con ese puzzle imaginativo y bonachón que resultó ser 11:14. Igualmente, y siguiendo con las pocas películas fallidas del festival, títulos como Abandon de Stephen Gaghan, la americanófila The tesseract de Oxide Pang —los coautores de The eye siguen demostrando un total desatino a la hora de encauzar proyectos en solitario, como también certificaba Nothing 2 lose de Danny Pang— o la enésima revisitación el terror de los ochenta de la mano de Km. 666, auspiciada por Stan Winston, son las pocas obras olvidables de dicha sección.


Zatoichi

El gran título, y a la postre ganador del premio tanto de la Mejor Película como del premio del público, fue la magnífica Zatoichi de Takeshi Kitano, el particular homenaje del realizador de Sonatine a la figura de Akira Kurosawa, en un film-delicia, cuyo sentido dramático sirve como trasfondo para un festín de luchas con catanas y situaciones hilarantes, donde la sangre digital sirve de paraguas para un espectador ávido del disfrute más jocoso. Kitano mantiene intacto su particular estética cinematográfica, una de las más interesantes en estos últimos años, y aunque, se le ve relajado y muy confiado en su condición de autor, nos ofrece un film paréntesis, una pieza de puro disfrute que ya se alzó en Venecia con el galardón al Mejor Director.

El segundo film más interesante de la sección oficial, vino auspiciada por el que fue el fenómeno mediático del festival: el gran Takashi Miike, del que se llegaron a proyectar hasta cinco películas: Gozu, Graveyard of honor, One missed call, Dead or alive y Shangri-la, en las diferentes secciones del festival. Gozu, un film que aún no ha sido comprado por ninguna distribuidora en nuestro país, es una de las piezas más hilarantes del enfermizo realizador de Ichi, the killer, donde conjuga a Lewis Carroll con Quentin Tarantino, todo desde una perspectiva tan corrompida como cómica. Sin duda, una de las grandes obras de un cineasta cuya filmografía aún se me antoja inabarcable, y que debería poder tener difusión digna de su multitud de fans. El día que Miike estrene comercialmente, el cine de acción norteamericano no tiene nada que hacer en las carteleras.

Dos de los títulos que menos ruido hicieron y que, sin embargo, más atractivos resultaron, fueron la comedia marciana de Raoul Ruiz Ce jour-là, una de las mejores obras de este interesante realizador, bastante alejada de los terrenos trágicos de La comedia de la inocencia y de Genealogías de un crimen, donde compone una planificación tan esquizoide como la historia de amor entre sus protagonistas: Una asesino psicótico y una mujer mentalmente mermada, que acabar por convertirse en el mejor film de humor negro el festival. La otra película, hubiera podido resultar más polémica si alguien le hubiera hecho caso: Dancing de Patrick-Mario Bernard, Xavier Brillat y Pierre Trividic, es un film a medio camino entre el cine experimental y el video arte, que juega con desigual fortuna con el drama psicológico y lo fenómenos fantásticos. Película asfixiante, acaba por resultar una obra entre lo singular y lo masoquista, que sirve tanto como declaración de intenciones de sus autores como de su propia autopsia anímica.


Les temps du loup

Mucho más relieve, pese haber sido duramente pateada en Cannes, fue Le temps du loup del siempre necesario Michael Haneke, posiblemente, el mejor realizador de films de terror europeos de la actualidad. Su apocalíptica película vuelve a reflejar lo peor que habita en los hombres, esta vez, mostrándonos un mundo en decadencia, donde ya desde sus primeros cinco minutos sirven como metonimia para expresar la salvaje condición humana, que Haneke, film a film, parece dispuesto a retratar. Cineasta tan visceral como aséptico, crea un verdadero cuento de horror real, sin efectismos de ningún tipo, con una gelidez infrahumana que nos lleva por un desesperante camino hacia la locura.

El miedo más sangriento y manierista corrió en la sección oficial de la mano de un buen grupo de títulos asiáticos: Acacia, A tale of two sisters, The uninvited, Ju-on 2... pero fue la francesa Haute tension la que acabó por conquistar al jurado, otorgando a Alexandre Aja el premio al Mejor Director del certamen. Película “con truco” siguiendo la tónica de varios films de éxito reciente, lo mejor de esta interesante cinta se halla en su primera media hora: un ejercicio de suspense culminado con un espectáculo gore en el que un siniestro camionero despedaza a una tierna familia miembro a miembro. Sin embargo Haute tensión con el paso del metraje acaba por perder toda la fuerza inicial, y ni siquiera, el poco creíble giro final consigue animar algo la cinta.

En la misma línea de siniestralidad se halla el remake de La matanza de Texas que ha dirigido Marcus Nispel bajo la batuta de Michael Bay. Un cuidado diseño de producción, sangre a hectolitros y mucha mala uva, hacen de The Texas chainsaw massacre uno de los remakes del cine de terror más interesante de los últimos años (bastante alejada del remake del Zombie de Romero en la divertida y poco más El amanecer de los muertos). Manteniendo una fidelidad encomiable a la obra precedente, posee su único lastre en un final alargado y tontorrón que se deja en el archivo la que era la mejor secuencia de la obra original: la escena final con toda la familia caníbal desatando su locura.


Para acabar con esta sección sólo nombrar al que fue el film más polémico de todo el festival: Twentynine palms de Bruno Dumont. Recibida con burlas en el pase para prensa, donde algún crítico de renombre de nuestro país demostró no tener mucha más inteligencia ni educación que los zombies putrefactos de Undead o Una de zombies (vistas en la sección), el film de Dumont es realmente una obra exasperante, una película que durante buena parte de su metraje parece no estar contando nada y que cuenta con un final muy agresivo que parece romper todo el discurso del realizador. Tan aterrador como un Haneke, tan silencioso como un Oliveira, tan radical como un Godard y tan aséptico como un Wenders, a Dumont le falta para ser cualquiera de estos cineastas una mayor calidad en el dibujo de sus obras, por que de arrojo y valor anda sobrado.

Noves visions, Gran angular, Orient Express, Seven Chances

Dentro de la Sección Oficial se abrió este año un subapartado denominado “Noves visions” destinado a producciones “que si bien están relacionadas en primera instancia con el fantástico, en la práctica van más allá de la noción clásica de cine de género y se inscriben, decididamente, en el cine en general” y en donde hallamos dos títulos tan encomiables como Ascension de Karim Hussain y Doppelganger de Kiyoshi Kurosawa.

Ascension es una extraña obra experimental en el que se narra la ascensión por unas escaleras de tres supervivientes de un Apocalipsis que ha arrasado con todas las formas vivas de la tierra (al parecer dicho exterminio proviene de la capacidad de los hombres para ver realizados sus deseos). Una premisa muy interesante que acaba por convertirse en un duelo psicológico a tres bandas en otra obra tan inquietante como aterradora. Aunque ganó el premio al mejor film de “Noves visions” aún hubo quien tuvo el valor de abuchearla.

A Kiyoshi Kurosawa ya se le conoce algo más. El realizador de las magníficas Cure y Kairo presentó en el festival sus últimos dos films Doppleganger (“Noves visions”) y Bright future (“Seven chances”). El primer de ambos films es una obra que se aleja del territorio del terror psicológico en que se hallaba su filmografía para acercarnos una obra que se abre como un thriller asfixiante de carácter algo marciano, para acabar convirtiéndose en una comedia aún más extraterrestre. Doppleganger es una obra mutante, un insulto a los géneros cinematográficos y un perverso juego psicológico con el espectador, que viene a demostrarnos el dulce momento en que se haya Kurosawa en la actualidad.

Dentro de la sección “Gran angular”, sin duda la más floja del certamen, rescatamos dos grandes títulos de entre tanto despropósito y film fallido —cf. la reiteración de Greenaway en Antwerp, el Mike Figgis más abyecto en Cold creek manor, una producción animada hispánica totalmente prescindible El Cid. La leyenda, un blockbuster infumable S.W.A.T. y las curiosas Kaena: La prophétie y Looney tunes: Back in action—: las magníficas Kill Bill Vol.1 de Quentin Tarantino y The saddest music in the world de Guy Maddin.


The saddest music in the world

Sobre Kill Bill Vol.1 ya se ha hablado tanto que me parece reiterativo alabar, el que para mi, es el mejor título estrenado en cartelera en lo que llevamos de año. Así que me centro en The saddest music in the world, el magnífico nuevo film de uno de los realizadores más interesantes del panorama actual, y que, como tantos otros, sigue sin acabar por encontrar un distribuidor con el suficiente valor como para poder estrenar en nuestro país. The saddest music in the world es posiblemente la propuesta más audaz presentada en este Festival de Sitges. Narrada con un formato en B/N con grano de imagen grueso y una estética que resulta un híbrido del expresionismo alemán y el más puro delirio visual de un Luhrman o un Boyle, la obra de Maddin, es una melancólica propuesta bañada en lirismo y poesía sobre seres aún más freaks que los de Todd Browning, todos empeñados en ganar un concurso mundial en el que se compite por crear la canción más triste del mundo. Una obra maestra sin paliativos, que demuestra que en esto del cine, aún no se han acabado las vías de expresión, pues una obra como la de Maddin dinamita cualquier tipo de limitación estética, haciendo del anhelo lo  onírico y de lo mágico lo fantasmal, la obra de Maddin resulta tan innovadora y exquisita que parece que el campo de la cinematografía se le haya hecho pequeño.

En la sección Orient Express dedicada a los títulos asiáticos más brillantes del panorama actual nos quedamos de nuevo con dos títulos: Memories of murder de Bong John-ho y One missed call de Takashi Miike (cuya alucinante Graveyard of honor, remake de un clásico de Kinji Fukasaku que se pudo ver en la sección Brigadoon, también participaba en esta sección). El film de Bong John-ho, autor de la interesante Barking dogs never bite, es un thriller basado en hechos reales, por increíble que parezca, en el que un par de policías chapuceros intentan atrapar a un asesino en serie de la zona. Mezclando con inteligencia humor y drama, en la tradición actual de casi todo el cine que nos llega de Corea del sur, Memories of murder deja entrever un cierto paralelismo con los thrillers norteamericanos de los noventa, a los que insufla un mayor dibujo de personajes bizarros y una alto margen sardónico, que no paródico, de la estupidez de los investigadores del caso. Película tremendamente atractiva, el film de John-ho, merece todo nuestro respaldo ante su inminente estreno en nuestro país.

Pese a que Àngel Sala recomienda One missed call como la mejor obra de Takashi Miike, la verdad es que este film del inclasificable autor japonés, resulta un producto acomodaticio dentro de la ola de nuevo terror japonés que films como The eye o La maldición (The Grudge) ya han ido mostrando en nuestras salas. Miike conserva un par de buenos momentos altamente escabrosos, así como un momento realmente terrorífico al final de la cinta, pero aún así, el film tiene un aroma de encargo que no acaba de cuajar en la heterogeneidad genérica del realizador de Gozu. Está claro que Miike puede asustarnos tan bien como Nakata o Shimizu, pero no es un hombre a circunscribir en los estrechos cinturones del género.

Aunque en la sección Seven Chances se vieron dos interesantísimas obras —una de Kiyoshi Kurosawa: Bright future y otra del inclasificable Michael Almereyda: Happy here and now— la palma de dicha sección se la llevaron la brutal The coast guard de Kim Ki-duk y la compleja Father and son de Alexander Sokurov. Kim regresa con su penúltima cinta al territorio agresivo, tras su dulce paso por la muy bella Spring, summer, fall, winter... and spring —una especie de Una historia verdadera en clave Kim— retratando el viaje a la locura de un militar surcoreano que se ve superado por el sentimiento del deber. Una extraña historia de vicio y psicopatías que le confirma como uno de los cineastas asiáticos más en forma.

Al jefe de la vanguardia cinematográfica actual, el ruso Alexander Sokurov, para algunos el heredero clave del maestro Tarkovski (al menos, de la misma forma que von Trier es el heredero de Dreyer), mostró la primera parte de una trilogía sobre la familia que de momento sólo cuenta con una nueva entrega: la muy alabada Mother and son. El film presentado en Sitges, lejos de la experiencias estética que significó Russian Ark, es un brillante e intimista producto que basa toda su fuerza plástica en el uso de la metáfora como vía principal narrativa. Un dibujo desde el interior de unos personajes que pelean entre el amor necesitado y la búsqueda de la liberación, que lleva a Sokurov a construir escenas en el que una extraña mano parece estirar y contraer el celuloide para servir de reflejo de lo sentido por los protagonistas.

© Alex G. Calvo y trendesombras.com 2004
FESTIVALES 2003
Festival Internacional de Cine de Gijón
Por Manuel Yáñez Murillo
Semana Internacional de Cine de Valladolid
Por César Combarros
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Festival Internacional de Cinema de Catalunya-Sitges. Por Alex G. Calvo