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Sin
dejar de perder cierta perspectiva, no olvidemos que
el festival de Sitges, es un festival (dicen que el
mejor) orientado al cine fantástico, me gustaría
acercarme a este último certamen ofrecido para
total disfrute, tanto de los espectadores afines al
género, como a la cinefilia más combativa,
mostrando mi total adhesión a los postulados
que nos ofrece este impecable proyecto que dirige con
tanta inteligencia como buen humor, el crítico Ángel
Sala. Sitges lleva ya unos años preparando unos
menús cinematográficos que no dudan en
mezclar el terror y la ciencia-ficción más
exquisita (junto con innumerables piezas sólo
digeribles por los muy afines al fantástico),
con películas posicionadas en el top 10 de los
festivales más importantes. Es por ello que
junto con piezas descaradamente gore, el terror más
imaginativo proveniente de oriente y productos hollywoodienses
que obedecen perfectamente a los cánones del
mainstream, se han pasado estos últimos años
películas de realizadores tan interesantes y
poco difundidos en nuestro país como Guy Maddin,
Olivier Assayas, Kim-Ki Duk, Bruno Dumont, Oliver Hirschbiegel,
Takashi Miike, Tsai Ming-Liang, Alexander Sokurov,
Kiyoshi Kurosawa, Seijun Suzuki, Raoul Ruiz, Michael
Almereyda, Kinji Fukasaku o Shinyua Tsukamoto. Ángel
Sala, para que se me entienda, ha hecho de Sitges un
festival que responde a la perfección a la política
de autores que defiende mes a mes en su columna "Zona
sin límites" para la revista Imágenes
de actualidad, en la que lo mismo le da por defender
películas como XxX, El Mexicano o Matrix
Revolutions, como por reivindicar la edición
en DVD de una vez por todas de obras como Demonlover o Drácula:
Pages from a virgin’s diary. Como nos hallamos
en Sitges, y eso implica ver el mejor cine fantástico
que se realice en la actualidad, está claro
que estos últimos años el mercado asiático
se ha adueñado de buena parte del reparto de
películas seleccionadas para proyectar. El fenómeno
es tan avasallador —y no sólo por la presencia
comercial de películas de los Pang Brothers,
Hideo Nakata o Takashi Shimizu— que el festival le
ha dedicado una de las secciones paralelas, bajo el
título de "Novíssim cinema japonés",
acompañado por la publicación de un magnífico
libro titulado El principio del fin. Tendencias
y efectivos del novísimo cine japonés,
VV.AA. coordinado por Rubén Lardín
y Ricardo Reparaz.
Sección oficial
Me desquito pronto de lo peor visto en este festival.
Sin duda alguna, la premisa, aunque noble, totalmente
descabellada de inaugurar el festival con una producción
catalana, hizo que el certamen se abriera de forma
anticlimática con la aberrante Cámara
oscura de Pau Freixas, un film que no se hallaría
desubicado en la sección destinada a promocionar
la TV-movies del audiovisual catalán, pero que
como film de arranque, me parece aún más
equívoco que el despropósito de abrir
Cannes con Matrix reloaded (o cerrarlo con Godzilla)
—mucho más acertado estuvo la clausura
del certamen con ese puzzle imaginativo y bonachón
que resultó ser 11:14—.
Igualmente, y siguiendo con las pocas películas
fallidas del festival, títulos como Abandon de
Stephen Gaghan, la americanófila The
tesseract de
Oxide Pang —los coautores de The
eye siguen
demostrando un total desatino a la hora de encauzar
proyectos en solitario, como también certificaba
Nothing 2 lose de
Danny Pang— o
la enésima revisitación
el terror de los ochenta de la mano de Km.
666,
auspiciada por Stan Winston, son las pocas obras olvidables
de dicha sección.

Zatoichi
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El gran título, y a la postre ganador del premio
tanto de la Mejor Película como del premio del
público, fue la magnífica Zatoichi de
Takeshi Kitano, el particular homenaje del realizador
de Sonatine a la figura de Akira Kurosawa, en
un film-delicia, cuyo sentido dramático sirve
como trasfondo para un festín de luchas con
catanas y situaciones hilarantes, donde la sangre digital
sirve de paraguas para un espectador ávido del
disfrute más jocoso. Kitano mantiene intacto
su particular estética cinematográfica,
una de las más interesantes en estos últimos
años, y aunque, se le ve relajado y muy confiado
en su condición de autor, nos ofrece un film
paréntesis, una pieza de puro disfrute que ya
se alzó en Venecia con el galardón al
Mejor Director.
El segundo film más interesante de la sección
oficial, vino auspiciada por el que fue el fenómeno
mediático del festival: el gran Takashi Miike,
del que se llegaron a proyectar hasta cinco películas:
Gozu,
Graveyard of honor, One
missed call, Dead
or alive y Shangri-la,
en las diferentes secciones del festival. Gozu,
un film que aún no ha sido comprado por ninguna
distribuidora en nuestro país, es una de las
piezas más hilarantes del enfermizo realizador
de Ichi, the killer, donde conjuga a Lewis Carroll
con Quentin Tarantino, todo desde una perspectiva tan
corrompida como cómica. Sin duda, una de las
grandes obras de un cineasta cuya filmografía
aún se me antoja inabarcable, y que debería
poder tener difusión digna de su multitud de
fans. El día que Miike estrene comercialmente,
el cine de acción norteamericano no tiene nada
que hacer en las carteleras.
Dos de los títulos que menos ruido hicieron
y que, sin embargo, más atractivos resultaron,
fueron la comedia marciana de Raoul Ruiz Ce
jour-là,
una de las mejores obras de este interesante realizador,
bastante alejada de los terrenos trágicos de La
comedia de la inocencia y de Genealogías
de un crimen, donde compone una planificación
tan esquizoide como la historia de amor entre sus protagonistas:
Una asesino psicótico y una mujer mentalmente
mermada, que acabar por convertirse en el mejor film
de humor negro el festival. La otra película,
hubiera podido resultar más polémica
si alguien le hubiera hecho caso: Dancing de
Patrick-Mario Bernard, Xavier Brillat y Pierre Trividic,
es un film a medio camino entre el cine experimental
y el video arte, que juega con desigual fortuna con
el drama psicológico y lo fenómenos fantásticos.
Película asfixiante, acaba por resultar una
obra entre lo singular y lo masoquista, que sirve tanto
como declaración de intenciones de sus autores
como de su propia autopsia anímica.
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Les temps du loup |
Mucho más relieve, pese haber sido duramente
pateada en Cannes, fue Le
temps du loup del
siempre necesario Michael Haneke, posiblemente, el
mejor realizador de films de terror europeos de la
actualidad. Su apocalíptica película
vuelve a reflejar lo peor que habita en los hombres,
esta vez, mostrándonos un mundo en decadencia,
donde ya desde sus primeros cinco minutos sirven como
metonimia para expresar la salvaje condición
humana, que Haneke, film a film, parece dispuesto a
retratar. Cineasta tan visceral como aséptico,
crea un verdadero cuento de horror real, sin efectismos
de ningún tipo, con una gelidez infrahumana
que nos lleva por un desesperante camino hacia la locura.
El miedo más sangriento y manierista corrió en
la sección oficial de la mano de un buen grupo
de títulos asiáticos: Acacia, A
tale of two sisters, The uninvited,
Ju-on 2... pero
fue la francesa Haute tension la que acabó por
conquistar al jurado, otorgando a Alexandre Aja el
premio al Mejor Director del certamen. Película “con
truco” siguiendo la tónica de varios films
de éxito reciente, lo mejor de esta interesante
cinta se halla en su primera media hora: un ejercicio
de suspense culminado con un espectáculo gore
en el que un siniestro camionero despedaza a una tierna
familia miembro a miembro. Sin embargo Haute tensión con
el paso del metraje acaba por perder toda la fuerza
inicial, y ni siquiera, el poco creíble giro
final consigue animar algo la cinta.
En la misma línea de siniestralidad se halla
el remake de La matanza de Texas que
ha dirigido Marcus Nispel bajo la batuta de Michael
Bay. Un cuidado diseño de producción,
sangre a hectolitros y mucha mala uva, hacen de The
Texas chainsaw massacre uno de los remakes del
cine de terror más interesante de los últimos
años (bastante alejada del remake del Zombie de
Romero en la divertida y poco más El amanecer
de los muertos). Manteniendo una fidelidad encomiable
a la obra precedente, posee su único lastre
en un final alargado y tontorrón que se deja
en el archivo la que era la mejor secuencia de la obra
original: la escena final con toda la familia caníbal
desatando su locura.

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Para acabar con esta sección sólo nombrar
al que fue el film más polémico de todo
el festival: Twentynine
palms de Bruno Dumont.
Recibida con burlas en el pase para prensa, donde algún
crítico de renombre de nuestro país demostró no
tener mucha más inteligencia ni educación
que los zombies putrefactos de Undead o Una
de zombies (vistas en la sección), el film
de Dumont es realmente una obra exasperante, una película
que durante buena parte de su metraje parece no estar
contando nada y que cuenta con un final muy agresivo
que parece romper todo el discurso del realizador.
Tan aterrador como un Haneke, tan silencioso como un
Oliveira, tan radical como un Godard y tan aséptico
como un Wenders, a Dumont le falta para ser cualquiera
de estos cineastas una mayor calidad en el dibujo de
sus obras, por que de arrojo y valor anda sobrado.
Noves visions, Gran angular, Orient Express, Seven
Chances
Dentro de la Sección Oficial se abrió este
año un subapartado denominado “Noves
visions” destinado a producciones “que
si bien están relacionadas en primera instancia
con el fantástico, en la práctica van
más allá de la noción clásica
de cine de género y se inscriben, decididamente,
en el cine en general” y en donde hallamos
dos títulos tan encomiables como Ascension de
Karim Hussain y Doppelganger de Kiyoshi Kurosawa.
Ascension es una extraña obra experimental
en el que se narra la ascensión por unas escaleras
de tres supervivientes de un Apocalipsis que ha arrasado
con todas las formas vivas de la tierra (al parecer
dicho exterminio proviene de la capacidad de los hombres
para ver realizados sus deseos). Una premisa muy interesante
que acaba por convertirse en un duelo psicológico
a tres bandas en otra obra tan inquietante como aterradora.
Aunque ganó el premio al mejor film de “Noves
visions” aún hubo quien tuvo el valor
de abuchearla.
A Kiyoshi Kurosawa ya se le conoce algo más.
El realizador de las magníficas Cure y Kairo presentó en
el festival sus últimos dos films Doppleganger (“Noves
visions”) y Bright future (“Seven
chances”). El primer de ambos films es una obra
que se aleja del territorio del terror psicológico
en que se hallaba su filmografía para acercarnos
una obra que se abre como un thriller asfixiante de
carácter algo marciano, para acabar convirtiéndose
en una comedia aún más extraterrestre. Doppleganger es
una obra mutante, un insulto a los géneros cinematográficos
y un perverso juego psicológico con el espectador,
que viene a demostrarnos el dulce momento en que se
haya Kurosawa en la actualidad.
Dentro de la sección “Gran angular”,
sin duda la más floja del certamen, rescatamos
dos grandes títulos de entre tanto despropósito
y film fallido —cf. la reiteración de
Greenaway en Antwerp, el Mike Figgis más
abyecto en Cold creek manor, una producción
animada hispánica totalmente prescindible El
Cid. La leyenda, un blockbuster infumable
S.W.A.T. y
las curiosas Kaena: La prophétie y
Looney tunes: Back in action—: las magníficas Kill
Bill Vol.1 de Quentin Tarantino y The
saddest music in the world de Guy Maddin.
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The saddest music in the world |
Sobre Kill Bill Vol.1 ya se ha hablado tanto
que me parece reiterativo alabar, el que para mi, es
el mejor título estrenado en cartelera en lo
que llevamos de año. Así que me centro
en The saddest music in the world, el magnífico
nuevo film de uno de los realizadores más interesantes
del panorama actual, y que, como tantos otros, sigue
sin acabar por encontrar un distribuidor con el suficiente
valor como para poder estrenar en nuestro país. The
saddest music in the world es posiblemente la propuesta
más audaz presentada en este Festival de Sitges.
Narrada con un formato en B/N con grano de imagen grueso
y una estética que resulta un híbrido
del expresionismo alemán y el más puro
delirio visual de un Luhrman o un Boyle, la obra de
Maddin, es una melancólica propuesta bañada
en lirismo y poesía sobre seres aún más freaks que
los de Todd Browning, todos empeñados en ganar
un concurso mundial en el que se compite por crear
la canción más triste del mundo. Una
obra maestra sin paliativos, que demuestra que en esto
del cine, aún no se han acabado las vías
de expresión, pues una obra como la de Maddin
dinamita cualquier tipo de limitación estética,
haciendo del anhelo lo onírico y de lo
mágico lo fantasmal, la obra de Maddin resulta
tan innovadora y exquisita que parece que el campo
de la cinematografía se le haya hecho pequeño.
En la sección Orient Express dedicada a los
títulos asiáticos más brillantes
del panorama actual nos quedamos de nuevo con dos títulos: Memories
of murder de Bong John-ho y One missed call de
Takashi Miike (cuya alucinante Graveyard
of honor, remake
de un clásico de Kinji Fukasaku que se pudo
ver en la sección Brigadoon, también
participaba en esta sección). El film de Bong
John-ho, autor de la interesante Barking dogs never
bite, es un thriller basado en hechos reales, por
increíble que parezca, en el que un par de policías
chapuceros intentan atrapar a un asesino en serie de
la zona. Mezclando con inteligencia humor y drama,
en la tradición actual de casi todo el cine
que nos llega de Corea del sur, Memories of murder deja
entrever un cierto paralelismo con los thrillers norteamericanos
de los noventa, a los que insufla un mayor dibujo de
personajes bizarros y una alto margen sardónico,
que no paródico, de la estupidez de los investigadores
del caso. Película tremendamente atractiva,
el film de John-ho, merece todo nuestro respaldo ante
su inminente estreno en nuestro país.
Pese a que Àngel Sala recomienda One missed
call como la mejor obra de Takashi Miike, la
verdad es que este film del inclasificable autor
japonés, resulta un producto acomodaticio
dentro de la ola de nuevo terror japonés que
films como The eye o La maldición
(The Grudge) ya han ido mostrando en nuestras
salas. Miike conserva un par de buenos momentos altamente
escabrosos, así como un momento realmente
terrorífico al final de la cinta, pero aún
así, el film tiene un aroma de encargo que
no acaba de cuajar en la heterogeneidad genérica
del realizador de Gozu. Está claro
que Miike puede asustarnos tan bien como Nakata o
Shimizu, pero no es un hombre a circunscribir en
los estrechos cinturones del género.
Aunque en la sección Seven Chances se
vieron dos interesantísimas obras —una
de Kiyoshi Kurosawa: Bright
future y otra del inclasificable Michael
Almereyda: Happy here and
now— la palma de dicha
sección se la llevaron la brutal The
coast guard de Kim Ki-duk y la compleja Father
and son de Alexander Sokurov. Kim regresa con su
penúltima cinta al territorio agresivo, tras
su dulce paso por la muy bella Spring, summer, fall,
winter... and spring —una especie de Una
historia verdadera en clave Kim— retratando
el viaje a la locura de un militar surcoreano que se
ve superado por el sentimiento del deber. Una extraña
historia de vicio y psicopatías que le confirma
como uno de los cineastas asiáticos
más en forma.
Al jefe de la vanguardia cinematográfica actual,
el ruso Alexander Sokurov, para algunos el heredero
clave del maestro Tarkovski (al menos, de la misma
forma que von Trier es el heredero de Dreyer), mostró la
primera parte de una trilogía sobre la familia
que de momento sólo cuenta con una nueva entrega:
la muy alabada Mother and
son. El film presentado
en Sitges, lejos de la experiencias estética
que significó Russian Ark, es un brillante
e intimista producto que basa toda su fuerza plástica
en el uso de la metáfora como vía principal
narrativa. Un dibujo desde el interior de unos personajes
que pelean entre el amor necesitado y la búsqueda
de la liberación, que lleva a Sokurov a construir
escenas en el que una extraña mano parece estirar
y contraer el celuloide para servir de reflejo de lo
sentido por los protagonistas.
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