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02.
Inocencia y pánico
La película comienza con una
sesión de televisión dentro de la televisión:
los protagonistas, profesionales de la burguesía
media, son entrevistados en el primer capítulo
para un programa dedicado a familias ejemplares.
Su planificación es estrictamente la que
corresponde a un programa de este tipo, con un largo
plano medio de los protagonistas respondiendo a
un cuestionario frente a la cámara, interrumpido
en pocas ocasiones por un inserto de la entrevistadora.
Sus mutuas miradas de apoyo y su nerviosismo son
los que corresponden a una entrevista real. Curiosamente
es el único
momento en toda la película en el que aparecen
físicamente las hijas de ambos en una toma
preliminar extremadamente corta, pues a partir de
ese momento solo aparecen en las conversaciones de
ambos, es como si realmente desaparecieran de la
escena.
Esa primera entrevista de presentación de los
protagonistas es, en realidad, una representación
para un programa, en ella se remarca lo externo, lo
superficial de un matrimonio aparentemente ejemplar.
Todo es felicidad y todo es apariencia, como corresponde
a un programa de televisión. Incluso sus propios
protagonistas parecen creerse lo que muestran.
De la idílica escena inicial se pasa bruscamente
a una de las más interesantes secuencias de
la película, una cena con un matrimonio
amigo donde Marianne y Johan comentan las circunstancias
de la entrevista. En esta ocasión se les ve
más
relajados, pero la impresión es la misma, son
un matrimonio ejemplar que disfruta de su felicidad
bromeando con ella y exhibiéndola ante sus
amigos. Poco a poco la escena, rodada en principio
con planos medios alternando a sus personajes de
dos en dos, va aumentando de tensión y la
relajación
inicial va convirtiéndose en una educada pelea
con la pareja amiga que, suavemente
ayudada por la bebida, acaba derivando en una batalla
campal, donde las ironías dejan paso a los
sarcasmos y éstos al insulto.

Todo esto ocurre ante la patente incomodidad de los
anfitriones quienes desde su atalaya contemplan como
aflora toda la sordidez contenida en las relaciones
de sus amigos, sin librarse tampoco de alguna insinuación
burlona sobre su propia supuesta felicidad que no
parece muy creíble a los ojos de la otra pareja.
Esta deriva se apoya en una magnífica realización
a base de primeros planos donde los rostros y sus
expresiones son vitales en esta catarsis colectiva.
Tras la marcha de los amigos y en un epílogo
muy ilustrativo, Johan y Marianne comentan la situación
mientras recogen la vajilla y hablan de sus relaciones
casi idílicas en contraste con la de sus amigos,
pero Bergman rueda casi toda la escena mediante planos
medios y cortos, con sus dos protagonistas incluidos
el encuadre de espaldas a la cámara, como negando
con las imágenes lo que se expresa con las palabras.
Este primer capítulo, es clave para la película,
pues en él se exponen claramente las líneas
de pensamiento del director sobre la hipocresía
de las relaciones de sus protagonistas. |
03.
El arte de esconder bajo la alfombra
En el segundo episodio se nos muestra
a los mismos personajes en su vida cotidiana y empieza
a traslucir lo que en el primer capítulo se
insinuaba, el artificio que se encuentra en la base
de un matrimonio excesivamente estructurado en sus
compromisos con su entorno social y su familia. Sus
madres aparecen sin mostrarse físicamente,
sólo a través de
conversaciones, como elementos conductores de sus vidas.
Es Marianne la que aparentemente trata de rebelarse
contra esa situación aunque su intento se frustra
por el chantaje moral que su madre ejerce sobre ella,
y aquí se empieza a observar cómo Johan
elude responsabilidades, pareciendo no estar interesado
en romper un entramado que le permite una vida estable.
También en ese momento se insinúa la
eventualidad de una doble vida de Johan que pone en
cuestión esa teórica felicidad que se
había mostrado con una posible infidelidad
por su parte. En el mismo plano en el que ambos,
sentados en la escalera, acaban de hacer una declaración
de aceptación resignada de su realidad social,
con la cámara acercándose a sus
rostros y después de bromear con la remota
posibilidad de una infidelidad, ella le propone
acompañarle
a la ciudad y desaparece de la escena dejándole
solo y evidentemente contrariado. En ese
instante sin cambiar de plano mediante un sencillo
movimiento de la cámara mostrando su mano,
alcanza el teléfono
se lo acerca y tras abortar un principio de llamada
vuelve a dejarlo en su sitio, como si tras haber
compartido ambos el encuadre no se atreviera
a utilizar ese espacio común para llamar a
alguien que podría
romper su estatus.
Por otro lado sus relaciones de trabajo les ponen al
descubierto alguna de sus carencias en dos admirables
secuencias. Por un lado él habla con una compañera
de trabajo y amiga desde la época de estudiantes
que le recuerda las falsas expectativas que entre sus
compañeros se habían creado sobre su capacidad
intelectual y, por otro lado, ella se ve enfrentada
con la lúcida valentía de una mujer a
quien no le importa romper con su entorno y su vida
cómoda al comprobar la ausencia del amor en su
matrimonio.
Concretamente, en este último encuentro Marianne
está escuchando con un cierto distanciamiento
las razones que le da su cliente para justificar
su resolución de divorciarse, mostrándola
en breves insertos que interrumpen la planificación
en primer plano en que su cliente va exponiendo
sus impresiones, pero en un cierto momento la cámara
pasa rápidamente de la mano de su cliente
—que está explicando la progresiva
sensación
de pobreza en sus sensaciones, incluso táctiles—
al rostro de Marianne en un gran primer plano
que relaciona esas impresiones explicadas por
su cliente con sus propios sentimientos.
En la última escena de este segundo capítulo,
ambos vuelven a casa tras una representación
teatral de Ibsen y comienzan a hablar de sus antiguas
ilusiones y de la forma en que sus relaciones físicas
han ido evolucionando. Se observa que no todo es
tan maravilloso como parecía y que las sombras
del desencuentro están presentes aunque voluntariamente
ocultas para no perjudicar la conformista situación
en la que viven. Cuando la conversación
parece avanzar hacia una toma de conciencia de
su realidad, con planos individualizados cada
vez más cercanos
buscando la verdad de cada uno, retroceden, se autocensuran
y vuelven a aparecer juntos en el plano compartiendo
ambos, de este modo, la responsabilidad de su
falta de coraje. Al final todo concluye con la
aceptación
resignada de un nuevo desencuentro físico.
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