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11.
Tercer encuentro. Anna
En el tercer episodio, el mismo día,
Karin vuelve a su casa, las tensiones con su padre son
evidentes y se muestran nada más entrar, sin
embargo en el resto de la escena, la mayor parte, se
pasa de un dúo a un solo, cuando Henrik le hace
partícipe de un episodio de su vida en común
con Anna donde se manifiesta la extraña fascinación
y dependencia que ella ejercía sobre él.
Este monólogo es reflejado en el rostro de Karin
que absorbe y asiente lo dicho por su padre todo en
un único primer plano que alterna los rostros
de él y ella acostados en la misma cama e introducido
entre dos tomas de la foto de Anna, que aparece por
primera vez en el filme, situada en la mesilla de noche.
La escena solamente es interrumpida momentáneamente
con otra exhibición de la misma fotografía
de Anna, omnipresente en sus vidas.
El plano final de este episodio, relacionando el rostro
de Karin con el de la foto de su madre, en una aproximación
máxima de la cámara al retrato, nos hace
sospechar de las ambiguas afinidades entre Henrik y
Karin, insinuadas en el anterior capítulo y reforzadas
en capítulos posteriores, aparte de mostrarnos
la formidable permanencia de Anna en sus vidas.
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12.
Cuarto y quinto encuentros.
Henrik
Son especialmente emotivos y duros los
dos capítulos siguientes que reúnen a
Henrik con su padre en el tercero y con Marianne en
el cuarto, contrastando la cercanía de los planos
con la dureza de las actitudes y de los reproches.
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La entrada dubitativa de Henrik a la biblioteca donde
su padre lee a Kierkegard al comienzo del cuarto, es
mostrada por Bergman en un plano subjetivo de Henrik
observando a su padre en un plano general que resalta
la perspectiva, mostrando a un Johan lejano en el espacio,
encuadrado por sus libros y ausente del mundo. Luego,
a medida que la conversación entre ellos va tomando
cuerpo desde un tenso pero correcto saludo, la frustración,
la impotencia y la ira reprimida se adivinan en el rostro
de Henrik ante la dureza y el odio, en absoluto disimulado,
de Johan que le reprocha su rechazo juvenil. La contención
de los actores en esa concatenación de primeros
planos muy cercanos y llenos de pasión es ejemplar,
en una escena difícilmente olvidable que termina
con el destello y posterior extinción de la luz
de una lámpara como consecuencia de un manotazo.
Por el contrario, la entrada de Marianne a la iglesia
donde Henrik toca el órgano nos presenta a este
último a través de la hermosa música
de Bach que interpreta, mientras Marianne recorre la
iglesia escuchándola y sin mirarle. Finalmente
cuando acaba su ensayo, Henrik, de espalda, recoge sus
papeles y no siendo consciente de la presencia de ella
se dispone abandonar la iglesia. Es ella quien le llama
iniciando allí su primer y único encuentro
desde dos planos generales.
Poco a poco ambos personajes y la planificación
se van acercando física y sensitivamente a través
de una primera parte llena de extraña dulzura
mientras hablan de la música, del dolor de la
ausencia de Anna, de su dependencia hacia ella o de
la aparente sencillez de una muerte posible y aceptada,
pero cuando todo parece indicar que la conexión
emocional entre ambos se produce satisfactoriamente
y tras un plano general de ambos juntos, la inestabilidad
afectiva de Henrik hace que la escena cambie de pronto
hacia la sordidez de la ambición material, hacia
la exposición de los sentimientos más
negros y hacia la sugerencia malévola de intenciones
perversas por parte de Marianne quien se sorprende indignada
por dichas insinuaciones. Los planos siguen siendo cortos
pero ahora mostrando en sus rostros la extraña
ambigüedad de Henrik y la reprobación creciente
de Marianne.
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13.
Sexto encuentro. La propuesta
En el sexto encuentro, Karin se dispone
a visitar a Johan a requerimiento de este último.
Se la observa nerviosa mientras se dirige a la habitación
en la que Johan escucha en solitario y de espaldas a
la puerta, música de Beethoven en su equipo (podría
ser interesante estudiar la relación entre los
personajes del padre y el hijo bajo la perspectiva de
la música que escuchan o interpretan, Henrik,
música de Bach espiritual, elevada, extática
y Johan, música de Beethoven, violenta, tumultuosa,
vehemente). No es consciente de la llegada de Karin
hasta que ella entra y le toca el hombro. La conversación
comienza a centrarse de nuevo en Anna, en su ausencia
y en el impacto que tuvo en ellos, al descubrir Karin
una fotografía de sus madre en la habitación
de su abuelo, fotografía que, una vez más,
es tomada por Bergman en un gran primer plano convirtiéndola
en presencia inevitable en el ánimo de los protagonistas.
Tras unos momentos cercanos y entrañables entre
ambos, con Anna flotando en el ambiente, la conversación
se empieza a centrar en el futuro de Karin de forma
más distante pero evidenciando una atmósfera
totalmente distinta, más bien opuesta, a la producida
entre padre e hijo. La cámara se vuelve a aproximar
a los personajes en cuanto se ve que la oferta de un
futuro prometedor para Karin orquestada por Johan tiene
consecuencias no solo profesionales sino también
personales, al implicar indirectamente a su padre a
quien debería abandonar.
A lo largo de su desarrollo se puede intuir que en
la propuesta del abuelo hay algo más que un simple
y desinteresado ánimo de mejora de su nieta,
parece posible un intento de ajuste de cuentas con su
hijo al que su propuesta afecta directamente. Amablemente
pero presa de la confusión Karin se retira inquieta,
reflexionando sobre una posibilidad que ve alejarse
en un corto inserto, este sí, innecesario.
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