
¿Qué es una película?
Si uno tiene la arriesgada costumbre de acudir a las
multisalas de cine en nuestros días habrá podido
constatar fácilmente el completo desinterés
de cierto público no ya por esta cuestión
sino también por los fundamentos más
elementales de la creación cinematográfica
y su tendencia a obviar que las películas han
sido creadas por alguien, en algún lugar y en
algún momento.
Su desinterés se hace aún más
patente cuando este público accede a las películas
en su hogar a través de la programación
de televisión. En este caso, más que
elegir la película —como, en teoría,
ocurre al asistir a una sala de cine— son elegidos
por ella, en tanto que ésta llega al espectador
sin que, en muchas ocasiones, medie intencionalidad
por su parte y sin mayor consideración sobre
su autoría.
Pero las causas de esta “extirpación del
autor” no pueden atribuirse exclusivamente al
público
sino que debe entenderse como una consecuencia más
de la tradicional despersonalización de los
productos audiovisuales ofertados por la industria
del entretenimiento, donde lo mismo da un roto que
un descosido y los patrones de producción se
suceden cíclica y miméticamente
con sonrojante cadencia. ¿Realmente importa
en estos casos quién firme uno u otro apartado
de la realización? Al fin y al cabo… ¡That’s
entertainment! Una vez eliminado el rastro de su
creación, las películas se ven convertidas
en entes autógenos que simplemente aparecen
en la pantalla ante el espectador, como breves conexiones
a una corriente continua de imágenes que, al
igual que la electricidad, fluye a nuestro alrededor esperando
a que alguien apriete un interruptor. Las películas
parecen estar ahí, sin más. Es
posible aventurar, además, que esta tendencia
se hará más
notable el día que el cine deje atrás
definitivamente el celuloide y las películas
se filmen, editen y proyecten en digital, siendo servidas on
demand por
cable o satélite a las multisalas. Porque, una
vez liberada de su soporte fílmico, ¿en
qué se habrá convertido, estrictamente
hablando, una película?

Murch montando La conversación (Foto: Kim Aubry) |
 |
Pero no nos desviemos
demasiado, aunque esa supuesta película instantánea autogenerada
en la pantalla mientras es reproducida suena de lo
más sugerente, lo cierto es que toda película
tiene, evidentemente, unos autores. Autores como
Walter Murch, montador y mezclador de sonido de obras
como El Padrino II y III, La
conversación, Apocalypse
Now, La
insoportable levedad del ser o El
paciente inglés. En
el momento del parpadeo es
un breve ensayo —que se devora en unas horas— que
nace de una conferencia impartida por el autor en
Australia de la que hereda su discurso sencillo y
didáctico repleto de ejemplos y anécdotas
de su amplia experiencia profesional. El libro se
divide en dos partes claramente marcadas aunque complementarias:
la primera es la transcripción corregida de
aquella conferencia; la segunda es un epílogo
añadido en siguientes ediciones sobre el imparable
proceso de digitalización de las diferentes áreas
de producción y proyección, con especial
atención, claro está, al montaje digital.
Aunque se trata de un libro eminente práctico,
la lucidez de su autor acaba convirtiéndolo
en un apasionado recipiente teórico para infinidad
de preguntas y respuestas sobre qué fue, es
y será hacer cine. Murch abre el juego con
la pregunta básica sobre la que se podría
construir toda una teoría del montaje: ¿Por
qué funcionan los cortes? Tras avanzar algunas
posibles respuestas a por qué aceptamos con
tanta facilidad los cortes y el montaje discontinuo
en las películas —como las similudes
entre éstas y los sueños—, Murch
rescata unas palabras de John Huston para comenzar
a desarrollar su concepción del montaje cinematográfico:
“Para mí, la película perfecta
es como si se desarrollara detrás de tus
ojos y tus ojos la proyectasen, de modo que vieras
lo que deseabas ver. El cine es como el pensamiento.
Es el arte más cercano al proceso de pensar.
[…] Mira esa lámpara al otro lado
de la habitación. Ahora mírame de
nuevo a mí. ¿Ves lo que has hecho?
Has parpadeado. Eso son cortes. Tras
la primera mirada, sabes que no hay motivo para
hacer continuadamente todo el recorrido entre la
lámpara y yo, porque ya conoces lo que hay
en medio”(1).
 |
John
Huston |
Para Murch el cine es un “teatro de pensamiento” y
el montaje un ejercicio de ordenación intelectual
que tratan de acercarse en lo posible a la película
perfecta añorada por Huston que podría
realizarse según es pensada, en unos pocos
parpadeos. Pero el proceso de hacer una película
dista mucho del sueño del director norteamericano
y se convierte en un “arte de colaboración” donde
entran en juego múltiples variables, una especie
de lucha donde se conjugan diversas fuerzas. Muchos
observadores nos hemos preguntado en alguna ocasión
ante una película: ¿cuánto de
lo que estamos viendo es responsabilidad del director,
cuánto del guionista, cuánto del montador…?
O lo que es lo mismo, ¿cuál ha sido
el proceso por el que la película ha adquirido
vida, quiénes han formado parte y en qué medida?
En este punto me gustaría rescatar una cita
de Murch que no se encuentra recogida expresamente
en este libro pero que resume muy bien mucho de lo
que en él se dice:
“El guionista se enfrenta a cuestiones
de tiempo, duración, ritmo, peso, oportunidad,
contrastes entre luz y sombras, etc., pero lo hace
en un papel, en términos que han sido tratados
en gran medida en los procesos de escritura y lectura.
Después, el director anota la página
escrita con ideas más detalladas y temáticamente
elaboradas sobre el tratamiento dramático
y audiovisual del material. Después, todos
nosotros (los actores y los responsables de varios
departamentos: vestuario, dirección de arte,
montaje, sonido…) vamos por turnos interpretando
la interpretación del director. El trabajo
del director es ver si las diferentes interpretaciones
interaccionan de manera interesante. Es algo así como
la relación entre el compositor, el director
y los intepretes de una orquesta”(2).
Murch es un ferviente defensor de la experiencia
colectiva en la realización pero, al mismo
tiempo, considera que el trabajo de un buen montador
es adaptarse y respetar la concepción del
director. En En el momento del parpadeo explica
detalladamente mediante interesantes ejemplos su
proceso de trabajo donde la interacción con
el director es un punto fundamental, pero donde la
distancia —con respecto a éste, a la
experiencia (generalmente, demasiado intensa) del
rodaje o a las propias concepciones previas del montador— es
determinante para escoger el “momento decisivo” del
corte. Son muchas las páginas dedicadas a
situar al lector a pie de moviola en aquellas viejas
salas de montaje, rodeados de máquinas ruidosas
y metros y metros de película revisionados
una y otra vez, mientras se toman infinidad de notas —o,
en el caso de Murch, fotofijas de determinados fotogramas
que servirán después, en muchas ocasiones,
como piedra angular de las futuras escenas—.
Murch se encarga de dejar bien patente la fisicidad
del corte, su violencia incluso, que trasmite al
montador la responsabilidad ante el carácter
irreversible del corte final, al que se llega tras
todas las discusiones y probaturas:
“El ‘paciente’ está sujeto
a la mesa y… ¡Golpe! […] Desmenuzamos
la pobre película en una guillotina en miniatura
y luego pegamos los trozos desmembrados como si
se tratara del mostruo del doctor Frankestein”(3).

La película es entendida así como
un “cuerpo fílmico” sujeto
a sucesivas intervenciones, una idea que fue llevada
a su más descarnada desnudez por Stan Brakhage
en su mediometraje The
Act of Seeing with One's Own Eyes (1971) donde
el cineasta norteamericano filma tres autopsias
reales en una morgue de Pittsburgh prescindiendo
completamente de la banda de sonido. Estas imágenes silentes —puede que
las más desazonantes jamás filmadas— plantean
al observador sucesivas preguntas sobre la vida,
la muerte, el tiempo y, evidentemente, sobre el
propio cine. Llegados a este punto, ¿nos
estamos acercando a una posible respuesta a la
pregunta con que se abrían estas líneas? ¿Qué es realmente una
película? Como aventurando una respuesta,
Murch recurre a unas líricas palabras de
Robert Bresson, uno de los cineastas que más
ha reflexionado sobre el arte cinematográfico:
Robert
Bresson |
 |
"Una de mis observaciones
favoritas sobre este tema proviene del cineasta
francés Robert Bresson: ‘Tu
película: tres vidas y dos muertes. Nace
en tu cabeza, muere en el papel; es devuelta
a la vida de nuevo durante el rodaje, donde es
asesinada en el celuloide; y después resucitada
en el montaje, donde se abre como flores en agua’.
Creo que lo que Bresson quiere decir —continúa
Murch— con “asesinar” no
es tanto destruir como atrapar: como todo escritor
sabe, una cierta destrucción tiene lugar
al trasladar algo de tu cabeza al papel; la idea
debe primeramente sufrir un encierro en las palabras
sobre el papel ya que va a adquirir una existencia
separada en la imaginación del lector.
El texto es posteriormente interpretado y traído
a la vida por los actores; la cámara,
en cambio, lo “rueda”, atrapándolo
en la película [aquí Murch
juega con dos acepciones de “shoot” en
inglés, que puede significar tanto “rodar” como “disparar”]. Después
en la sala de montaje, el metraje es desmembrado,
cuidadosamente reorganizado y transustanciado
en una tercera vida. Esta asombrosa secuencia
de muertes y resurrecciones deben suceder para
que la película esté realmente
viva; si crees que puedes llegar del concepto
original a la película terminada sin destruir
algo, estás equivocado”(4).
Muertes y resurrecciones, por tanto, surgidas de
la destrucción y ordenadas desde el caos.
Desde los primeros pasos del cinematógrafo,
muchos cineastas y teóricos entendieron que
establecía vínculos sutiles entre la
vida y la muerte, tanto en el instante de fijación
material en la película —preocupación
presente desde los inicios de la fotografía— como
a la hora de la “construcción” de
la película misma donde entra en juego el
tiempo y su esencia moldeable. Bresson, Brackage,
Erice, Bazin, Cocteau, Cozarinsky, Dreyer o Godard,
entre otros muchos teóricos y/o cineastas,
han recogido en sus textos o películas estas
consideraciones. Una de sus más hermosas puestas
en imagen vino de la mano de Víctor Erice
en El espíritu
de la colmena, cuando las niñas
Ana e Isabel asisten a la proyección del Frankenstein
de James Whale(5). En
esta deslumbrante y deslumbrada secuencia, el cineasta
español, recuperando
la referencia frankesteiniana convocada
entre tantos otros por Walter Murch, se vale
de la intextextualidad y autoreferencialidad de la
imagen para preguntarse por el papel activo del espectador
como receptor final de esas imágenes. Un papel
decisivo al que también se refiere Murch:
“Por último, yo añadiría
una cuarta “vida” a la lista de Bresson:
la película es resucitada de nuevo cuando
es mostrada al público, que frecuentemente
aporta a la película emociones, reacciones
o experiencias que los cineastas nunca hubieran
sospechado, y que cambian la película
en sí misma como resultado”(6).

Y la idea metziana del espectador
como constructor final del relato cinematográfico
nos lleva, no sin cierta ironía, al desinterés
que hacíamos notar al comienzo de estas
notas un tanto erráticas en aquel público
ajeno a todas estas cuestiones. Un público
que es, simultáneamente, destinatario y
productor de aquéllo que le es mostrado
ya que, con su asistencia a las salas, legitima
tácitamente esa corriente continua de imágenes
impersonales y prescindibles que, por regla general,
son las únicas que llegan a sus pantallas.
Se trata de la vieja cuestión de si se estrena
sólo lo que estamos dispuestos a ver o si,
por el contrario, sólo podemos ver aquello
que se estrena (y me abstengo de hablar en este
punto de la mutilación que el doblaje supone
para lo que logra estrenarse)(7).
Lo que parece cierto es que sólo educando cinematográficamente
al público se conseguirá que en nuestras
salas se proyecten mejores películas, tanto
en el sentido invocado por Murch del público
como montador final de películas
como en el (utópico) convencimiento de que
una audiencia mejor formada reclamaría mejores
películas. Allá por el año
1998 —que tan lejano empieza a parecernos
ya— Víctor Erice escribía:
“Creo que entre
todas las artes, el cine es la menos conocida.
Su Historia es generalmente ignorada, al igual
que, y sobre todo, su naturaleza real. Como el
cine es el más secreto de todos los lenguajes
artísticos, también es el menos
entendido”(8).
Al hilo de esta frase, y como cierre
a estas líneas escépticas pero esperanzadas,
sólo se me ocurre plantear una pregunta
un tanto ingenua: ¿para cuándo una
asignatura de cinematografía en nuestras
escuelas que acompañe a las ya existentes
de Literatura o Música y haga justicia al
que ha sido el arte más importante de los últimos
110 años?
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