
Este
es el relato de un encuentro entre tres directores,
seguramente de los pocos verdaderamente importantes
en el cine de los últimos años.
Tuvo lugar el pasado mes de noviembre, durante el 45º festival
de cine de Tesalónica, aunque sus prolegómenos
se podrían remontar hasta un mes de febrero del
año 2000.
Theo Angelopoulos había viajado
hasta Barcelona para inaugurar un ciclo de conferencias
en la Fundación La Caixa. Yo había acudido
a su hotel, en la parte alta del eixample. Él
no se encontraba demasiado bien y a punto había
estado de suspender el viaje, así que no tenía
muchas ganas de salir a la calle. Al resguardo de su
habitación, conversando, el hilo de sus palabras
se vio interrumpido repentinamente, como si algún
pensamiento imprevisto se hubiera cruzado por su cabeza
y preguntó: “¿Erice vive en Barcelona
o en Madrid?”. Le contesté que en Madrid,
y después de pensar unos instantes siguió con
el hilo de ese nuevo razonamiento: “¿Tu
crees que nos podríamos encontrar en algún
lugar intermedio?. Nunca habían coincidido y
la verdad es que en estos momentos las perspectivas
tampoco eran muy favorables. Theo iba a estar menos
de tres días en Barcelona y a parte de la conferencia,
tenía previsto un encuentro en la universidad
y la presentación del libro que había
escrito yo sobre La mirada
de Ulises,
así que el margen de tiempo libre para intentar
llegar a Zaragoza, como punto intermedio y regresar,
era inexistente. A pesar de los inconvenientes estuvimos
un buen rato haciendo cálculos sobre el desplazamiento.
Se levantó, incluso, para buscar el billete
de avión y comprobar el margen de acción
que tenía antes de tomar el vuelo, pero ninguna
opción podía dar con las siete horas
que, cómo mínimo, se necesitaban para
el encuentro. Así que una vez convencido de
su imposibilidad me dijo: “Cuando veas a Erice,
transmítele este mensaje. Dile que he estado
en Barcelona y pensé en cómo me hubiera
gustado encontrarme con él, como no ha sido
posible dar con la combinación, imaginé que
nos dábamos una cita, el salía desde
Madrid y yo desde Barcelona, nos encontrábamos
a mitad de camino, en la carretera. Nos saludábamos,
le preguntaba, simplemente: '¿Cómo
te va?' y después volvíamos de
regreso”.
Dos
semanas más tarde, en el mismo ciclo de conferencias,
le tocó el turno a Víctor Erice. No
le conocía personalmente, habíamos
hablado un par o tres de veces por teléfono
y habíamos intercambiado correspondencia en
otra ocasión. Al acabar su intervención,
acudí a saludarlo y le transmití con
exactitud el mensaje de Theo. Escuchó con
atención y algo de sorpresa. Al acabar, contestó con
un escueto y cómplice: “Dile que ahora
salgo”.
 |
| Víctor
Erice y Theo Angelopoulos. |
A
Theo lo seguí viendo con regularidad, con
Erice no volví a contactar hasta unos tres
años mas tarde. Le había hecho la propuesta
al Festival de Tesalónica de organizar una retrospectiva
sobre Víctor Erice. La aceptaron con entusiasmo
pero se debía cumplir una condición
que, intuía, iba a traer alguna dificultad:
Erice debía asistir a su propio homenaje.
Con este cometido volví a contactar con él,
apelando, entre otras cosas, a la posibilidad de
cumplir con aquella cita pendiente con Angelopoulos.
Como siempre, Erice se mostró tremendamente
gentil aunque también algo huidizo y bastante
dubitativo. Así se mantuvo la situación
durante un par de meses hasta que entrada la primavera
declinó la invitación.
Al
año siguiente —una vez pasados los primeros
vaivenes por el cambio de gobierno en Grecia— volvieron
desde el festival a manifestar su interés
por Víctor Erice. Así que nuevamente
le volví a llamar, haciéndole la misma
propuesta que un año atrás. Nuevamente,
también, me volví a encontrar con la
misma amabilidad y con el mismo aire reticente, pero
en esta ocasión, aceptó.
Además,
en esta edición del festival, se iba a producir
otra feliz coincidencia: una segunda retrospectiva
con la presencia de Abbas Kiarostami que exponía
también sus fotografías en el museo
de arte contemporáneo. Esto favorecía
el encuentro entre dos directores con muchos vínculos
comunes y una admiración compartida que debía
cristalizar en un proyecto entre ambos que se anunciaba
para el invierno del 2005 en el Centro de Cultura
Contemporánea de Barcelona.
Se
organizó el calendario para que ambos coincidieran
durante los dos días centrales del festival
y como acto ritual, para formalizar el encuentro,
se organizó una cena con la presencia también
de Angelopoulos que debía llegar aquella tarde
a Tesalónica, haciendo escala de alguna de
las vueltas al mundo en que se hallaba embarcado.
En aquella cena, en una ruidosa taberna a pocos metros
de la Torre Blanca de la antigua muralla bizantina,
se cumplió aquella imaginaria cita propuesta
cuatro años atrás.
Theo
fue el último en llegar, venía directamente
de la proyección de El
sol del membrillo que
había presentado esa misma tarde Víctor.
El encuentro entre ellos no tuvo, obviamente, aquel
aire novelesco que se desprendía de su fabulación,
fue, simplemente, el correcto y educado encuentro
entre dos personas poco dadas a las efusiones y la
exteriorización de sus emociones.
Después,
nos sentamos a la mesa. Sentarse a comer en Grecia
es una abierta invitación al diálogo.
Las mesas se llenan con gran variedad de platos que
a medida que se vacían son reemplazados por
otros nuevos. Los brazos se entrecruzan haciendo
circular la comida de un extremo al otro. Platos
sin dueño, para el que quiera acercarse a
ellos y para que nadie quede ensimismado en su propia
petición. La comida transita despreocupadamente,
apareciendo y desapareciendo; acumulándose,
con pausas y aceleraciones, lo mismo que las palabras,
lo mismo que la bebida, un particular ménage-à-trois entorno
a una mesa. No era difícil prever en este
contexto que el cine fuera el tema central de conversación.
Desgraciadamente, Kiarostami se vio obligado a permanecer
algo al margen. La lengua principal era el francés
y él sólo podía participar a
través de su intérprete.
Un
aspecto me llamó enseguida la atención:
el diferente sentido de la responsabilidad que, como
cineastas, tenían Víctor y Theo en
relación a Kiarostami. Los tres mantenían
una posición contraria, no sólo frente
a la producción norteamericana, sino también
frente a la globalización audiovisual. Sin
embargo, contrastaba la gravedad que había
impuesto, tanto en Víctor como en Theo, la
conciencia de ser supervivientes de una época,
donde se solapaban las sesiones dobles de los años
dorados de Hollywood que habían conocido en
su infancia y las rupturas de los nuevos cines de
su juventud. Esa tradición cinéfila,
configurada en los años sesenta, les había
modelado en una idea del cine de la que no podían,
ni querían apartarse, manteniéndoles
como epígonos; testimonios vivos de una manera
de entender el cine que, prácticamente, se
había extinguido. Contrariamente, Kiarostami
no parecía sentir el peso de esa conciencia.
A pesar de que su tradición cultural impregnaba
su cine, parecía, con referencia a la tradición
cinematográfica, que no tuviera deudas adquiridas.
Mientras los dos europeos sentían como algo
doloroso la trayectoria seguida por el cine, en la
perspectiva del cineasta iraní ese sentimiento
parecía ajeno.
Kiarostami,
a pesar de algunas declaraciones contradictorias,
era un director autodidacta, al margen de los modelos
cinéfilos occidentales, cuyo cine se había
ido construyendo en un paulatino probar y descubrir,
donde la reflexión y la teorización
nunca antecedían a la práctica. Un
cine construido a medida que aprendía a mirar
el mundo con la cámara, hasta el extremo que
se podría ver su filmografía como el
despliegue de esa mirada. Por este motivo, y a diferencia
de los dos cineastas europeos que —a la manera
platónica— percibían la historia
del cine como una decadencia, de la que sólo
se salvaban un puñado de resistentes, Abbas
parecía
transmitir la sensación que, desde su perspectiva,
el devenir del cine era el de un paulatino nacimiento.
Con todas sus luces y sus sombras, la carga del pasado,
tan presente en el hombre europeo, se manifestaba,
tanto en Víctor como en Theo, con todo su
poder; mientras Abbas parecía, no sólo
ajeno a ese peso, sino que, por medio de su filmografía,
había ido conjurando los fantasmas culturales,
sociales e incluso narrativos de su propia tradición,
hasta fascinarse, en los últimos años,
con las posibilidades que abrían las cámaras
digitales.
 |
| Víctor
Erice en una rueda de prensa durante el festival.
Foto: Ververidis Vasilis |
Claro
que en esa vía de depuración y aligeramiento,
se debía situar El
sol del membrillo, y
aún, su delicado cortometraje Alumbramiento,
pero Víctor para llegar a concretar una obra,
parecía obligado a realizar un tremendo esfuerzo,
mientras Abbas realizaba los proyectos con una sorprendente
agilidad. Seguramente tenía razón Isabel
Escudero —que tan bien conocía a Víctor—
cuando al hilo de estos comentarios señaló,
en otro momento, que en cuanto a su capacidad para
hacer, Kiarostami parecía el occidental y
Víctor el oriental.
Deambulando
por estos vericuetos, se llegó, casi por azar,
a un punto que a mi, hijo ya de un mundo presidido
por la televisión, a pesar de que en mi casa
sólo entró un par de meses en los que
estuve enfermo, me sorprendió por la fuerza
con la que había impregnado la memoria de
estos tres cineastas: el recuerdo de la primera imagen
que, como imagen fundacional, había dejado
una marca que establecía un estrecho vínculo
con el cine.
La
impresión de Víctor y Abbas tenía
una notable similitud, en ambos casos se manifestaba
la potencia del cine para reproducir, no solamente
la realidad, sino para provocar el equivoco de que
el cine fuera la realidad misma. En la memoria de
Kiarostami, esa primera imagen la ocupaba el león
de la Metro que, al ver su primera película,
le hizo abrazarse a su hermana, convencido del peligro
que corría, similar a la irrupción
de aquel primer tren que atemorizó a los espectadores
del cinematógrafo Lumière.
La
experiencia que explicó Víctor tenía
una mayor complejidad, estaba relacionada con una
película —según él sin
trascendencia— sobre el personaje de Sherlock Holmes: La
garra escarlata (The
scarlet claw, 1944). Él tenía
entorno a los cinco años y en la pantalla
veía como se sucedían delitos y asesinatos
que, al creerlos reales, le provocaron un auténtico
horror, pero todavía fue mayor su desconcierto
al observar que a su alrededor nadie reaccionaba
frente a actos tan aberrantes como quitar la vida
a otra persona. Ante esta sinrazón —contaba—
se llegó a convencer de que existía
algún misterio que él no podía
comprender, pero que el resto de la sala sí conocía.
De alguna manera llegar a descubrir ese misterio,
encontrar el código de lectura de esa situación,
podría entenderse como un proceso de iniciación,
a través del cual se accedía al secreto
funcionamiento de la sociedad de los adultos, tema
que podemos reconocer como constituyente en El
espíritu de la colmena.
La
experiencia que relató Theo, coincidía
con la de ellos dos, en esa mezcla de fascinación
y horror; atracción y rechazo y, como en el
caso de Víctor, estrechamente vinculada al
descubrimiento de la muerte. Se trataba de una película
de Michael Curtiz: Ángeles
con caras sucias (Angels
with dirthy faces,
1938), aunque, a diferencia de los otros dos, confundidos
por el solapamiento entre realidad y ficción,
la impresión de Theo era mucho más
conceptual, y se desprendía de la carga dramática
y estética de una imagen con gran impacto
para golpear la conciencia del espectador: las sombras
proyectadas sobre la pared en las que se intuía
a James Cagney, conducido a la silla eléctrica,
gritando “!No quiero morir!”. En cualquier
caso, como rápidamente subrayó Theo,
muy atento siempre para sacar estas conclusiones,
las tres experiencias partían, significativamente,
de películas norteamericanas.

Angelopoulos organizando un decorado |
 |
La
cena fue transcurriendo sin perder animación,
Theo le hablaba a Víctor con entusiasmo sobre El
sol del membrillo. Veía en la figura
del pintor una proyección del papel del cineasta
y, por tanto, veía reflejado su trabajo en
el modo de proceder de Antonio López. Últimamente,
a raíz del larguísimo proceso de preparación
y rodaje de Eleni (Trilogia: To
libadi pou dakrisi, 2004) le gustaba repetir
que hacía
sus películas como un escritor escribía
una novela, escribiendo y reescribiendo; corrigiendo
y modificando a medida que el proceso avanzaba, ajeno
a los complejos mecanismos que mueven un rodaje.
De todas formas, no era únicamente por verse
proyectado en la figura del pintor que Theo se mostrara
tan entusiasmado con El
sol del membrillo.
Años atrás me había reconocido
que para él, Erice era el cineasta más
importante del cine español, por encima incluso
de Buñuel y su admiración por El
espíritu de la colmena desde la primera
vez que la vio, le hacía considerar a Erice
una de las personas que sentía como más
próximas en el mundo del cine. Creo que Víctor
no sentía tanto esta proximidad con el cine
de Theo. En los días siguientes, conversando
entorno a los procesos de rodaje de Theo, Víctor
no salía de su asombro, repitiendo una y otra
vez que si él intentara rodar de esa manera
en España le crucificarían, y sin embargo,
se veía obligado a cargar con una injusta
etiqueta de director difícil y de complicados
rodajes, cuando —aseguraba— había
cumplido, en todas sus películas, con unos
planes de rodaje inferiores a la media de largometrajes
españoles.
Recuerdo,
particularmente, un momento en que su capacidad de
sorpresa pareció desbordarse, cuando le expliqué como
Theo había estado a punto de dejar que el
agua destruyera el decorado, construido durante cinco
meses en el lago de Kirkini, para tener que reconstruirlo
al año siguiente, por la única razón
de que los días no resultaban lo suficientemente
nublados para el rodaje. Víctor, sin poder
concebir ese plegamiento obsesivo de Theo a unas
condiciones preconcebidas, que él decía
haber compartido años atrás, exclamó: “¿Acaso
los dramas no suceden tanto con sol como con nubes?” y
efectivamente, tenía razón, ningún
drama atendía a una climatología apropiada
para manifestarse, así es en la naturaleza,
pero en la cabeza de Theo, no.
Víctor
que es una persona tremendamente rigurosa que ha
trabajado como pocos el valor de los detalles, la
importancia de los pequeños gestos; cuyas
películas son de una belleza precisa por la
justeza de todos sus elementos, estaba, en realidad,
muy alejado de la, también, rotunda belleza
del cine de Angelopoulos, porque no podía
compartir ese omnipotente despliegue de la razón
sobre las cosas que era el sustento de la puesta
en escena de Theo.
 |
| Víctor
Erice contemplando la exposición de fotos de
Kiarostami. |
Ni
más criticable, ni mas admirable, la forma
de proceder de Theo había ido acentuando su
poder como demiurgo, y a pesar de que partía
de elementos recogidos de la realidad o de la propia
historia de los griegos, su valor final venía
determinado por la configuración producida
en su cabeza y por su adecuada proyección
sobre la realidad, obligada a plegarse a esos dictados.
En esta última película: Eleni que,
por encima de cualquier otra, había requerido
un enorme esfuerzo en la construcción de los
decorados, Theo me remitía constantemente
al anciano Fausto de Goethe, cuando observaba en
la llanura su gran obra constructiva y al reparar
en una vieja cabaña donde habitan Filemón
y Baucis, daba la orden para su traslado, pues ningún
elemento debía distorsionar la perfección
de su diseño. Ciertamente, a partir de esta
actitud podemos encontrar, en su lado mas siniestro,
el colonialismo del pensamiento y la acción
occidentales; pero en sus mejores logros, encontramos
las grandes construcciones de Dante, Miguel Angel, Wagner
o en el propio Fausto de Goethe.
Erice
—como Godard— no puede vivir sin Rosellini, o cuanto
menos, no puede dejar de tener fe en lo que
tanto confiaba Rosellini: la realidad. En el cine
de Erice es fundamental el mirar y el tomar lo que
esa realidad ofrece a la mirada. El plano que, en
alguna ocasión, ha considerado como el más
hermoso de todos los que había rodado, contiene
la esencia de ese mirar y recoger un instante único:
aquel en el que una niña veía por primera
vez la figura del monstruo de Frankenstein y reaccionaba,
tal vez como él mismo lo había hecho
años atrás ante la película
de Sherlock Holmes, con una mezcla de atracción
y horror que fascinaba y atemorizaba de forma indisoluble.
El
sol del membrillo es el ejemplo más
nítido de esa forma de concebir el cine, que
podríamos considerar religiosa en su austeridad
franciscana. Donde sustituyendo la Providencia por
el puro devenir de la realidad, Víctor actuaría
como las aves del cielo, alimentadas por el padre
celestial. Y eso Víctor —como lo repitió mas
de una vez en la mesa al discutir sobre el agotamiento
de la ficción— no conducía hacía
una propuesta documental, ajena a la ficción,
ya que —según decía— no podemos dejar
de hacer ficción porque está en nuestros
ojos; en nuestra manera de mirar, en la mirada. En
cualquier caso, hubo absoluta unanimidad al considerar
el agotamiento de las fórmulas de la ficción
cinematográfica.
Theo,
de todas maneras, no creo que llegue a dudar de la
ficción, no mientras mantenga la confianza
en su propia ficción, aunque —pienso— que
su acercamiento a un tipo de narración próxima
a la linialidad novelística, guiada por un
mecanismo de causa y efecto que había utilizado,
parcialmente, en películas anteriores y que
desarrolla plenamente en la última: Eleni,
no favorece, para nada, a su universo ficcional.
Víctor, a este respecto, apuntaba la
necesidad —como había sucedido con el
Neorrealismo, la Nouvelle Vague, y más recientemente
con el cine iraní— de abrir las ventanas
para que el aire pudiera renovar la viciada atmósfera
por la que discurría la ficción. Kiarostami,
por su parte, sigue en su imparable hacer y experimentar,
diluyendo, a través de sus películas,
las estereotipadas fronteras por las que se mueve
mayoritariamente el cine.
En
los días que siguieron a aquella cena, tuve
la ocasión de pasear, conversar e incluso
ver alguna película con Víctor. Se
supone que en un festival lo más coherente,
cinematográficamente hablando, es ver películas
pero en esta ocasión ninguna otra actividad
podía tener más valor cinematográfico
que compartir el tiempo con Víctor, y conocido,
genéricamente, como cineasta, fui conociendo
poco a poco a la persona y lo que descubrí,
en nada desmerecía a su gran talla artística.

Antes
de estos paseos por las calles de Tesalónica,
me preguntaba con incredulidad y con una cierta irritación,
cómo era posible que el cine y la cultura
española, políticos y productores a
la cabeza, no movieran cielo y tierra para que el
cineasta mas importante de este país encontrara
un territorio abonado para realizar su cine. Ese
es un lujo que un estado, no demasiado dotado cinematográficamente,
no puede permitirse. La situación resultaba
todavía más chirriante al contrastarla
con el apoyo que el estado griego ofrece a Angelopoulos,
como un valor de proyección de la cultura
griega. Para esta retrospectiva, la colaboración
del Ministerio de cultura español, que dispone
de un departamento de promoción del cine español
en el extranjero, se había limitado a la cesión
del mediometraje “Los desafíos” ya
que ni tan solo dispone de copias en buen estado
de los largometrajes de Víctor, ni materiales
de difusión, ni cualquier otro medio o voluntad
que pudiera hacer posible esta promoción.
Efectivamente, uno se ve tentado a sospechar que
este departamento debe estar al servicio de los productores
que manejan los mayores recursos en este país.
Esta
era, pues, mi extrañeza antes de esos días
pasados en Tesalónica, en los que le fui conociendo.
Ahora —lo puedo decir con tristeza— entiendo, perfectamente,
la indiferencia del cine español por Víctor
Erice. Simplemente, Víctor no tiene nada que
ver con la gente que hace el cine español;
es diferente, pero no como cineasta, que efectivamente
lo es, sino como persona, y además, para mayor
desconcierto, su diferencia no es altanera, ni menospreciativa,
antes al contrario, es discreta, casi vergonzosa;
no recurre a grandes gestos, ni a desgarramientos
de vestiduras; aspira a una pequeña parcela
de independencia; de soledad; de libertad, en definitiva,
para seguir su propio camino. En un mundo tan estereotipado
y acomodado, tan fascinado por sus propios rituales
de glamour que haya alguien que constantemente se
interroga: ¿Qué es el cine?, es una
persona fundamentalmente molesta, y más si
cuando llega a hacer un filme, es capaz de demostrar
con una desarmante sencillez, que no es necesaria
toda esa retórica que habitualmente despliegan
productores, directores o actores para hacerse los
importantes. El cine español, a pesar de vendernos, últimamente,
sus éxitos por algún país de
mayoría estúpida, es incapaz de acercarse
a ese prodigio de justeza visual y rítmica
contenida en los diez minutos de Alumbramiento que
dentro del filme colectivo Ten
minutes older: the trumpet ha filmado Erice.
Por supuesto que esas imágenes difícilmente
se han visto en una sala cinematográfica española,
ni tan siquiera se han referido a ellas las cadenas
de televisión, mostrando recurrentemente,
como en otros casos, alguna de sus imágenes.
Claro que en esos paseos intuí,
también, que frecuentemente debía ser
el propio Víctor su principal enemigo para
desarrollar nuevos proyectos. Su exigencia para consigo
mismo y la alta responsabilidad que se demandaba,
le debían conducir, más de una vez,
a una situación de parálisis, salvo
que algo o alguien le diera un empujón para
saltar al vacío. Desde el primer momento tuve
la impresión de que le contrariaban los actos
públicos, como si para hablar, tuviera que
realizar un costoso sacrificio, sin embargo, metido
en situación, su pasión; su precisión;
lo particular de sus opiniones; su influjo, en definitiva,
conseguía transmitir un verdadero entusiasmo
en el público. Lo cierto es que en todas las
situaciones que vi a Víctor me provocó una
profunda fascinación. Tenía la impresión
de estar viendo a un adolescente —con todos sus entusiasmos
y zozobras— en el cuerpo de un adulto. Hasta el extremo
que, en algún momento, me pareció reconocer
en él a una tipología de personajes
que Dostoyevki había desarrollado magistralmente:
Aliosha, el más joven de los hermanos Karamazov;
y sobre todo, uno de mis personajes favoritos: el
príncipe Myshkin de El
idiota.
Recuerdo,
momentos antes de sentarnos a la mesa, que Víctor
había hecho notar a Kiarostami que los dos
habían nacido en el mismo mes y el mismo año.
Abbas, un hombre de atractiva madurez, tras sus omnipresentes
gafas oscuras, exclamó: “¡Pero
si parece mi hijo!”. Ciertamente era difícil
creer que Víctor estuviera a punto de cumplir
los sesenta y cinco, aunque pensé que si era
así, debía ser porque su aspecto exterior
conseguía transparentar ese espíritu
adolescente que todavía mantenía. Claro
que eso, en un mundo de lobos, podía generar
tantos conflictos como los que le acontecían
al príncipe Myshkin o incluso a otro personaje
que le había antecedido e incluso inspirado:
Don Quijote.
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