| En el punto
de mira
Lo
primero, la premisa.
En un punto indeterminado
del Japón, un autobús urbano es secuestrado
y sus ocupantes tomados como rehenes. Tras la intervención
de la policía, el secuestrado es abatido, pero
sólo tres de los pasajeros permanecen con vida.
Partiendo de esta idea, ¿qué soluciones
narrativas y estéticas serían previsibles?
Si se piensa en el cine de
acción de Hollywood, sólo el secuestro
hubiera ocupado las más de dos horas que constituyen
la norma habitual de duración. Por un lado hubiéramos
tenido al “malo maloso” y su cohorte de músculos,
buenos sólo para caer bajo las balas. Por el otro,
al bueno indestructible e incorruptible que, tras innumerables
dificultades y muertos, triunfaría sobre las fuerzas
del mal. Todo ello aderezado con la inevitable historia
de amor, y con fragmentos del pasado del héroe,
que demostrasen que tenía alguna razón
más poderosa que los rehenes para enfrentarse
al criminal.
Una aproximación “mixta”,
que buscase cierto prestigio crítico aunque sin
perder de vista la taquilla, se hubiera centrado en el
después del secuestro. Sin embargo, este supuesto
interés en las víctimas se habría
malgastado en narrar una larga historia de venganza,
en la que un secuestrado o familiar suyo se enfrascaría
en la búsqueda, captura y ejecución de
los responsables de su desgracia. Un análisis
en la brutalidad humana, una visión necesaria
de los aspectos más desagradables de la naturaleza
humana. Excusas, simples excusas, para mostrar el habitual
espectáculo de violencia naturalista tan caro
a las audiencias actuales.
Un cine más de “autor”,
habría rechazado lo anterior como vías
comerciales y bastardas, embarcándose por el contrario
en la indagación de las causas que llevan a un
hombre a cometer esa barbaridad. ¿Es la maldad
consustancial al corazón humano? ¿Son por
el contrario las condiciones económico-sociales
las que producen este fenómeno? Grandes preguntas éstas,
que de ordinario reciben una respuesta estereotipada,
porque al final, el culpable es la audiencia y el deber
del cineasta es remover sus conciencias, incomodarlas
y forzarlas al debate... aunque éste resulte estéril.
Todas estas soluciones, a
pesar de sus aparentes diferencias, comparten el mismo
defecto de base. Ninguna piensa en las víctimas.
Todas dejan de lado su sufrimiento... y la carga que
deberán sobrellevar el resto de sus vidas.

En efecto, si algo deja
claro está película es que las víctimas
sólo son culpables de estar en el lugar equivocado
en el momento inapropiado. Durante los primeros minutos
de la cinta, el director se limita a seguir la ruta
del autobús, esa secuencia monótona de
tramos y paradas, de gentes que miran al vacío
y tratan de matar el tiempo con actividades estereotipadas,
de personas que bajan y suben sin reparar en lo que
están haciendo. Si una de ellas no hubiera tomado
el autobús en cierto instante se habría
salvado, si otra no lo hubiera abandonado se habría
condenado.
Eso es todo. Ahí se
agota la responsabilidad de las víctimas. En
elegir, inadvertidamente, el momento de su muerte.
Lo mismo ocurre con el
secuestrador. De las tres horas treinta que ocupa la
película, apenas quince minutos se dedican al
secuestro en sí, y de ellas sólo una
breve fracción se destina al secuestrador. La
primera vez que aparece es alguien indistinguible,
un miembro más del rebaño humano, que
sólo cobrará importancia por los actos
que está a punto de cometer. Acciones sin sentido,
sin razón, sin motivos. La cinta nunca va explorar
quién era el secuestrador o porqué hizo
lo que hizo. Su rebelión, si es realmente una
rebelión, no pretende nada, no reivindica nada,
no exige nada. En el fondo, es solamente una vía
hacia el suicidio. Una forma de evitar darse uno mismo
muerte, de obligar a que sean otros los que lo hagan.
Al final será abatido,
en una acción sucia y confusa. No se volverá sobre
su figura, ha servido sólo como motor de la
historia, como catalizador de los personajes. El tiempo,
las tres horas largas que aún faltan, pertenece
a las víctimas.
Lost
In Paradise
Frecuentemente resulta
imposible disociar forma de contenido. El hecho de
ver, al mismo tiempo, qué se nos cuenta y cómo
se nos cuenta, confunde nuestras apreciaciones e impide
nuestro juicio.
Es habitual, cuando se
intenta realizar un cine menos comercial, más
personal, más de autor, que se recurra a evitar
el montaje por todos los medios, de manera que se elimine
la idea de preparación y planificación
que acompaña a una producción “de
estudio”. El concepto es que todo lo presentado
aparezca como realmente visto, como capturado por casualidad.
Con mucha frecuencia, a esto se une un feísmo
consciente, un descuido en la iluminación, los
medios y el formato, en un intento por apartarse del
aspecto brillante y pulido de las producciones de Hollywood.
Asimismo, y siguiendo aquí la trayectoria de
la literatura del siglo XX, el enfoque suele realizarse
sobre lo accesorio, dejando de lado lo principal, procurando
ocultarlo, obligando al espectador a reconstruir la
historia con los escasos retazos que se le muestran.
Con demasiada frecuencia
también, estos rasgos de estilo, son sólo
eso, rasgos de estilo utilizados para proyectar una
imagen, un vestido que se lleva para demostrar algo,
tan falso, tan extraño y tan de moda como el
llamativo uniforme de Hollywood.
Esta cinta abunda en este
modo de rodar y narrar. Largas escenas en las que la
atención se pierde en detalles insignificantes.
Conversaciones que no explican ni aportan nada. Sucesos
que parecen extraños a la historia, pegados
a ella sin razón alguna. Extensas secciones
donde lo único que ocurre es que el tiempo pasa,
aburrido y monótono, malgastado en definitiva,
sin posibilidad de ser recuperado.
En apariencia, lo importante
debe estar sucediendo fuera de campo, aunque la película
no se moleste en contárnoslo. Da la impresión
que lo único que importa es mostrar una colección
de imágenes bellas, de planos extraños
y sorprendentes, unidas por una débil anécdota
que no lleva a ninguna parte, que no aporta nada,
que no nos reclama ni nos obliga a nada.
Es una ilusión,
una sabia y sutil trampa.

La misma trampa que nos
plantea la fotografía. Abunda en imágenes
bellas, casi preciosistas, cargadas de sugerencias
y significados, que, como la propia narración,
no llevan a ninguna parte. Sin embargo, al mismo tiempo,
esa propia belleza, ese evidente preciosismo se ven
negados. Toda la cinta ha sido rodada en un sobrio
blanco y negro, negando la representación exacta
del mundo, huyendo de cualquier efecto de luz que no
sea estrictamente natural. No se detiene ahí,
sino que el blanco y negro ha sido teñido deliberadamente,
virando hacia el sepia en algunas secciones, adoptando
tintes verdosos en otra, acercándose al color
en algunas. Sin que exista una regla aparente detrás
de estas decisiones, que varían imperceptiblemente
a lo largo de la película, sin encontrar nunca
el equilibrio.
Tal es el destino de los
personajes. Ése es el sentido oculto. Al igual
que la narración y la fotografía vagan,
se mueven en círculos, sin encontrar un equilibrio
o un destino, así los protagonistas, tras aquello,
viven en este mundo sin comprenderlo. Han sobrevivido
mientras que los otros han muerto, y nada hay a su
alrededor que les ofrezca una respuesta de porqué o
para qué. El mundo sigue su camino, sin preocuparse
por ellos, forzando el olvido de los que sucedió,
Dejando solos a los protagonistas en el recuerdo y
la meditación.
Sin que se posible confesar
a los demás lo que piensan, sin poder contarles
sobre lo que sintieron en aquellos momentos. Nadie
que no haya atravesado esa situación, puede
comprender lo que significa estar al borde de la muerte,
imaginar lo fácil que resulta acabar con una
vida humana. Mucho peor aún, concebir lo trivial
que resulta la muerte, y, sobre todo, atreverse a admitir
que el impulso que movió al secuestrador anida
en todos los humanos, que son ahora las propias víctimas
las que sienten esa misma fiebre, ese mismo frenesí.
No es sorprendente que,
enfrentadas al silencio del mundo, a ese olvido consciente
y culpable con el que la sociedad aborda las tragedias,
los tres protagonistas respondan con el silencio. Nadie
puede entender lo que sienten, nadie puede comprenderles,
nadie puede ofrecerles más que palabras vacías.
Unos se encerrarán en su casa, se aislaran del
mundo, olvidaran el exterior y serán olvidados
por él. Creerán así poder encerrar
al monstruo en la prisión que se han creado.
Otros escogerán perderse en el mundo, recorrerlo,
convertidos en vagabundos sin destino, que huyen de
sí mismos. Apartados ambos, en definitiva,
de aquellos que dicen que los aman, pero que en realidad
no lo hacen.
Nada es para siempre, sin
embargo. El vagabundo, tras largos años, retornará al
pueblo, e intentará retomar una aparente vida
normal. Nueva ilusión, puesto que el abismo
que le separa de la gente normal no ha desaparecido.
Le guste o no, es consciente de que no puede hablar
de lo que le ocurrió, mucho menos de lo que
sintió. Debe limitarse a conversaciones
estereotipadas, a intercambios utilitarios, porque,
desde aquel día, ya no pertenece al resto de
la humanidad. Se sabe fuera y le saben fuera.
Es ahora cuando se entiende
la narración, cuando se comprende el significado
de la fotografía. Ese silencio, ese aislamiento,
esa confusión, esa falta de caminos, ése
estar detenido sabiendo que nunca se pondrá uno
de nuevo en marcha, todo es lo que quiere la película
quiere representar, sin decirlo explícitamente.
En cambio, nos muestra ese silencio, ese vacío,
esa nada absoluta en la que viven inmersos los protagonistas,
hora tras hora, día tras día, sin que
nada cambie, sin que nada pueda nunca cambiar.
Sólo cuando trabe
contacto con los otros dos supervivientes, la película,
y los personajes, parecerán encontrar su ruta.
Sólo aquellos que han experimentado lo mismo
que tú, pueden comprenderte, sólo aquellos
que sienten igual, que sufren igual, son tus iguales,
tu verdadera familia, tus padres y tus hermanos. Por
esta razón, este hombre, hasta hora tan escrupuloso
en evitar cualquier contacto humano, no dudará en
mudarse con los dos niños y tomarles bajo su
protección. Por eso los dos hermanos, a pesar
de haber rechazado el mundo y haberse encerrado en
un mundo propio, no intentarán expulsarle cuando
le aparezcan, sino que le aceptarán. A él
y a sus cuidados.
The
Long Journey Home
Esta nueva situación,
sin embargo, es también una trampa. No han avanzado,
no han dejado atrás lo que ocurrió, no
se han curado aún. Se limitan a compartir su
soledad y su aislamiento. Conviven yuxtapuestos, ,
apartados del mundo, sin querer ni pretender volver
a él. Desafiando, casi con orgullo, el desprecio
y la desconfianza que en él despiertan.
Es necesario salir de la
cárcel que ellos mismos se han construido. Es
necesario marcharse, para poder volver. Hacer algo
que demuestre que aún están vivos, que
no murieron ese día junto con los demás.
Por esta razón compran un autobús
de segunda mano, lo arreglan y se embarcan en un viaje,
sin ruta definida, sin destino decidido, a lo largo
de Japón.
Desde ese punto, la película
podría haber caído fácilmente
en los tics de las road movies. Haberse convertido
en una sucesión de encuentros con diferentes
personajes, a cada cual más pintoresco, que
les ofreciesen una lección vital. Un conjunto
de experiencias del cual, como prestidigitador que
extrae un conejo del sombrero, se obrase una renovación
de los personajes.
Con gran inteligencia,
la película huye conscientemente de este modelo.
El viaje no es más que una sucesión de
monótonos tramos en carretera, de campamentos
improvisados en cualquier sitio, de montañas
y de mares indiferentes en su belleza, de pueblos y
ciudades, extrañamente vacíos de la presencia
humana.
Cualquier decisión,
cualquier cambio, no puede venir de fuera, tiene que
provenir de dentro de ellos mismos. El mundo no puede
hacer nada por ellos, al mundo no le importan los destinos
de dos o tres de sus criaturas, ni que vivan o mueran.
Tienen que ser ellas las que encuentre la fuerza para
erguirse, las que emprendan la marcha, las que decidan
curarse.

Poco a poco, el viaje,
el simple hecho de no estar siempre encerrados en el
mismo lugar, viendo las mismas caras, examinando las
mismas cuatro paredes, va surtiendo efecto. Uno tras
otro las armaduras con la que se han protegido los
protagonistas se quiebran. Uno tras otro descubren
que no pueden continuar viviendo así, que necesitan
recobrar la libertad, la felicidad, que se han negado.
Ellos no son culpables, ellos no deben pagar por nada,
ellos no deben castigarse.
Esta concienciación,
no se obrará con descubrimientos repentinos,
ni con grandes discursos. Para algunos, será tan
sencillo como volver a sonreír, como volver
a utilizar las sencillas y comunes palabras de agradecimiento.
Para otros significará aceptar lo que han hecho,
cargar con su responsabilidad de forma voluntaria y
consciente, aunque este compromiso les lleve a la cárcel.
Para el resto, en definitiva, saber que sus esfuerzos,
el camino que se han impuesto para salir del agujero,
conduce realmente a alguna parte. Más importante
aún, que ha servido también para que
se salven otros.
Entonces, al final, el
color del mundo puede volver.
Nada hay en el interior
de los protagonistas que lo impida.
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