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Cada
vez más, el cine de Eastwood busca la implicación
emocional del espectador, ofreciendo un discurso que
a primera vista pudiera resultar ambiguo o poco transparente —un
ejemplo claro de esto sería el final abierto
con que concluye Mystic
River: el saludo de Kevin Bacon
a Sean Penn al final de la película o el discurso
que lo precede: la escena donde Laura Linney consuela
y justifica la actuación de su esposo, Sean
Penn.
Esta ambigüedad —tremendamente elogiable
y que no deja de ser una virtud en momentos donde el
cine americano está ofreciendo cada vez más
un discurso plano y unidireccional, que elude premeditadamente
cualquier atisbo de cuestionamiento del mismo— ha
sido, curiosamente, una de las características
que, unas veces más y otras veces menos, se
han hecho evidentes en la gran mayoría de los
trabajos de Eastwood tras la cámara. Algo que,
por otro lado, también ha servido para cuestionar
las virtudes de sus trabajos, cuando el discurso subyacente
ha presentado demasiadas aristas contradictorias e
ideológicas que ha despertado la desconfianza de
los críticos, quienes nunca han dudado de tachar
a sus personajes y sus discursos de ultraconservadores
o abiertamente parafascistas habida cuenta de que han
sido demasiadas las ocasiones donde los personajes
encarnados por Eastwood han aparecido sujetos a una
Mágnum 44 de gatillo fácil.
El propio Eastwood ha declarado que, con sus trabajos,
pretende que el espectador encuentre sus propias respuestas
y que participe durante toda la película, evitando
caer en la tentación del subrayado o de dar
más información de la necesaria que vehícule
inequívocamente a un posicionamiento sobre cualquier
otro. Así, no es de extrañar que esta
aparente indefinición pudiera resultar incómoda
para muchos, tal vez acostumbrados a concebir el cine
como vehículo de un único discurso con
moraleja final incluida.

Los personajes de las últimas películas
dirigidas por Eastwood se caracterizan precisamente
por un posicionamiento incómodo, contrario en
muchas ocasiones al posible discurso interno o principal
de la historia, generando con ello un conflicto que
pudiera resultar perjudicial en la valoración
final del conjunto y sus intenciones. Esto justificaría
el cierto desconcierto que despierta en público
y crítica la confusa conclusión de Mystic
River, o el inesperado cambio de rumbo que toma la
historia de Million Dollar
Baby a media hora de su
final y que se extiende más allá de éste.
A todo ello, y por completar el apartado de objeciones,
se le ha de añadir el lastre que parecen arrastrar
los guiones de las películas de Eastwood: su
fuente literaria. El director de Sin perdón
parece especialmente empeñado en poner su talento
al servicio de guiones que adaptan o parten de historias
de “bajo caché”. La mayoría
de sus últimos trabajos son adaptaciones a la
pantalla de facilones y mediocres best sellers de usar
y tirar: el Robert J. Waller para Los
puentes de Madison, el de David Baldacci para
Poder absoluto, el
de Andrew Klavan para Ejecución
inminente o el de Michael Connelly para Deuda
de sangre. Una lista de la que quedarían
exlcuidos, por otra parte, la excelente novela Dennis
Lehane para Mystic River o los relatos
de F.X. Toole para Million Dollar
Baby.

Aunque comparto hasta cierto punto esa objeción,
no deja de ser cierto también que muchas de
las películas que han dejado un poso imperecedero
en la historia del cine han partido de novelas o relatos
de mediocre consideración.
Todos estos escollos a la hora de juzgar la obra del
cineasta en su justa medida vienen agravado por la
necesidad de etiquetar las películas en determinados
géneros o “discursos”, de predefinir
las obras para preparar la propia receptividad que
como espectadores, acomodamos ante el proceso de su
visionado. De ahí que Clint Eastwood siempre
haya sido considerado un actor/director de westerns
o thrillers policíacos a los que apenas nadie
se molestó en valorar más allá de
esa reduccionista acotación, o en buscar más
virtudes o ambiciones de las esperadas. Sólo,
cuando Eastwood saltó de ese circulo genérico
para narrar en 1988 la vida del saxofonista Charlie
Parker en Bird, un cierto sector de la crítica
pareció descubrir el talento que siempre había
poseído.
Con ello, Million Dollar Baby, una “película
de boxeo” acaba por noquear a cualquiera que
se le acerca, al presentar un subtexto en paralelo
que va más allá de la simple temática
pugilística y se extiende hacia terrenos más
profundos, humanos y universales, abarcando y unificando
a su vez, en su propio metalenguaje, la propia obra
y trayectoria del cineasta, y lo hace con una historia
que, partiendo de un texto ajeno —una vez más— Eastwood
logra llevar a su terreno, a un lugar, su Innisfree
particular, donde se gestan desde hace años
sus grandes trabajos.

Sirva todo lo anterior para justificar lo difícil
que resulta desgranar la amalgama de emociones que
despierta esta obra maestra —rodada íntegramente
en 37 días— de inasible belleza formal
y el desconcierto cinéfilo que genera la intensidad
de su acabado, de irreprochable perfección.
Million Dollar Baby, la obra más compleja de
su director, transciende en una sofisticada reflexión
sobre el amor, sobre el dolor, sobre la culpa y sobre
la soledad, en la vida y en las relaciones humanas.
Y lo hace a través del portentoso retrato humano
de unos personajes golpeados y maltratados por la propia
existencia, donde unos reaccionan luchando con
determinación y ahínco por hacerse un
lugar en un mundo que les está dando la espalda —el
caso de Maggie Fitzgerald (Hillary Swank)—, y
otros, con demasiadas “heridas en el alma” lo
hacen alejando de su ánimo todo deseo
o capacidad, de riesgo —el caso de Frankie Dunn
(Clin Eastwood)—.
En Million Dollar Baby, el boxeo, y el gimnasio en
sí mismo, devienen en una pura metáfora
de la vida, convertida ésta en una pelea constante
y dura contra la desesperación y la impotencia,
frente a la fatalidad y la derrota que golpea la existencia
de los protagonistas. a los que termina dejando sin
provisión de futuro. Y la obra, como tal, se
convierte en uno de los discursos más personales
y más a contracorriente dirigidos por su autor,
casi se diría que una bofetada a la cinematografía
americana/mundial contemporánea.
Gracias, Clint.
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