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Cuando Eric Rohmer se dispuso
a rodar Triple Agente tenía
ya cumplidos los 83 años y hacía casi
45 que había debutado como cineasta con Le
signe du lion (1959), en el año
en que nace la nouvelle vague cinematográfica —matizo
la expresión porque como crítico y
persona cabal fecho el nacimiento del movimiento
a partir del artículo de François Truffaut “Una
cierta tendencia de cine francés”, aparecido
en Cahiers du Cinema nº31 en Enero de 1954(1)— con Los
400 golpes (Les quatre cents coups, François
Truffaut), Moi, un
noir (Jean
Rouch), Al final de
la escapada (A bout de soufflé, Jean-Luc
Godard) e Hiroshima, mon
amour (Alan
Resnais); el mismo año, por cierto, que otras
dos obras maestras galas adoradas por los jóvenes
turcos de la crítica: Pickpocket (Robert
Bresson) y La comida
sobre la hierba (Le
déjeneur sur l’herbe. Jean
Renoir). Por ello, tal y como ya dije en mi artículo Con
la mirada pura(2),
Eric Rohmer me fascina por «su
brutal coherencia como crítico, cineasta y
ser moral [...] y es que los principios plásticos
de la obra rohmeriana, ya estaban presentes incluso
en sus postulados como crítico cinematográfico»,
pues en casi medio siglo de trabajo como cineasta,
y siendo autor de un puñado de grandes obras
maestras —Mi noche
con Maud (Ma nuit chez
Maud, 1969), La
rodilla de Clara (Le genou
de Claire, 1970), Pauline
en la playa (Pauline à la
plage, 1983), Cuento
de otoño (Conte
d’été, 1996), La
inglesa y el duque (L’ anglaise et le
duc, 2000)—,
sigue manteniendo intactos sus principios, tanto
los artísticos como los éticos, recordando «que
un cineasta sea coherente no es en sí mismo
una virtud, si no fuera por la búsqueda continua
de la belleza que implica esa coherencia»(3),
así que permitidme cerrar esta barroca apertura
citando al propio Eric Rohmer, cuando sólo
tenía 33 años: «¿De
qué maestro de la pantalla no se ha gritado
la decadencia? [...] Bien, yo apuesto por los viejos,
no porque su edad me impresione sino porque me parece
inadecuado admitir que se pueda caer tan bajo si
es cierto que se estuvo tan alto»(4).
Así que con vuestro permiso, y cuando aún
estoy calentando, brindo por Eric Rohmer.

Dice
Carlos F. Heredero, el biógrafo/crítico
personal del autor de Mi noche con Maud en
nuestro país, que el ciclo de películas
que comienza Rohmer(5) con
el nuevo siglo vendría
a llamarse “Tragedias de la Historia”,
y englobaría, de momento (y sin un número
de películas predefinidas de antemano), La
inglesa y el duque y Triple agente.
Films plagados de concomitancias y paralelismos,
que mantienen a su vez una correspondencia moral
y estilística
con el resto de la filmografía de Rohmer;
en estas postreras obras el cineasta ha centrado
su atención en la doble vía de (i)
la ambigüedad de unos personajes anclados en
unos principios morales anacrónicos en una época
donde los hechos contemporáneos desembocan
en grandes cambios históricos —en La
inglesa y el duque mediante la figura de Grace
Elliott, en Triple agente mediante la figura
de Fiodor Voronin— y (ii) la puesta en escena
de un pretérito, en un cineasta eminentemente
moderno en todas sus obras, a través de la
evocación de las formas de representación
de la época narrada —en La inglesa
y el duque mediante el uso de la tecnología
digital para formar decorados basados en las pinturas
con las que se retrató la revolución
francesa, en Triple agente mediante los noticiarios
que producía Pathé, una suerte de NO-DO
a la francesa. Las figuras centrales en ambos films,
pese a todo, presentan una gran diferencia: mientras
Grace Elliott es, al fin y al cabo, una mera espectadora
de uno de los grandes cambios (y también gran
masacre humana, aunque esto sea visto como un mensaje
reaccionario) de la historia de la humanidad, la
revolución francesa; el personaje de Voronin
es algo más complejo, y a todas luces, mucho
más pérfido e influyente en los hechos
narrados dentro de la gran historia acaecida —la época
en que gobernaba en Francia el Frente Popular (en
España entonces estallaba la guerra civil)
y, ante la inminente invasión de Polonia por
parte de Adolf Hitler, el partido Nacional Socialista
Alemán firmaba una alianza con el partido
comunista soviético—: el secuestro del
General Dobrinsky, líder del ejército
ruso blanco exiliado en Francia.

Así pues,
dentro de una gran historia (los movimientos sociales
en una Francia rozando la histeria y prontamente
ocupada por Hitler), se halla otra historia menor,
pero que es el motor argumental del film (la traición
de Voronin a su General al venderlo a los nazis-comunistas),
que a la vez posee una historia aún más
pequeña que, sin embargo, ¡y eso es
lo que le interesa a Rohmer!, es la verdadera razón
dramática de la película, o lo que
es lo mismo, es la verdadera razón de la existencia
de la misma(6), y es en
este punto donde la obra de Eric Rohmer sigue poseyendo
esa absoluta coherencia a la que vengo haciendo referencia
desde el principio del texto: la relación
existente entre Voronin y su esposa Arsinoé,
verdadera protagonista de la película, plagada
de engaños,
falsos discursos, ternura, doble moral y, finalmente,
traición y muerte, mostrada a través
de (i) una dialéctica netamente rohmeriana,
donde para hablar de política se habla de
pintura(7) o donde Voronin
disfraza sus dobles (¡o
triples!) intenciones mediante la retórica, ¡incluso
en el engaño final!, y (ii) una puesta en
escena que sin dejar de ser clásica sigue
siendo totalmente moderna, con esas conversaciones
donde el personaje retratado es el que escucha y
no el que habla, donde los personajes entran y salen
del plano en función de su cháchara,
donde las chanzas son intrínsecas al discurso
moral y cualquier objeto que varíe las formas
de la obra cobra un significado superlativo —en
nuestro caso, un fundido en iris (y posterior apertura),
que se desmarca como la elipsis más hitchockiana
de todo el cine de Eric Rohmer. Por usar las palabras
de Heredero, con lo que todo quedará mucho
más claro: «Esa dialéctica,
que Rohmer importa directamente de Dostoievski y
que viene a profundizar en sus metodologías
tradicionales (los “Cuentos morales” exploraban
a fondo las contradicciones entre el discurso con
que los personajes se ponen en escena a sí mismos
y a la realidad de sus acciones), constituye la base
narrativa, visual y lingüística cuya
articulación genera el sentido esencial de
la película»(8).

Es
así como el mejor discípulo de André Bazin —y
que el difunto François Truffaut me perdone
(o no); no tendría que hacerlo si hubiera
sido la mitad de coherente que Rohmer, Rivette, Malle,
Roach, Varda o Marker— ha construido el que
es «el más pesimista y quizás
más escéptico de todos los films»(9) de
su filmografía, siendo Rohmer un entomólogo
del ser humano, no es de extrañar que aquel
que hacía parecer ridículos y prepotentes
a los protagonistas masculinos de “Los
Cuentos Morales”, o absurdas e infantiles
a las protagonistas femeninas de “Comedias
y Proverbios”,
haya acabado ofreciendo una mirada sobre el mundo
que trascienda el corpúsculo particular contemporáneo
de sus primeros films —que sin embargo ofrecían
una particular visión de las necesidades y
faltas humanas mucho más global—, para
acabar dando una clase magistral sobre la Historia
de la humanidad (es decir, de la estupidez y la mentira
ancestral, verdadera herencia de los dinosaurios),
aunque para ello haya usado los mecanismos de puesta
en escena que ya defendía como teórico,
y que lo acaban por poner a la misma altura que los
cineastas que tanto admiraba cuando sólo era
un crítico: Hawks, Hitchock y Rossellini.
Y es que, en la clase magistral a la que hacía
referencia antes, ni por encima ni por debajo del
discurso moral, sino a la misma altura y con igual
importancia, ha habido una reflexión sobre
el arte cinematográfico que, de momento, termina
con este Triple agente, y que, si la salud
se lo permite y la naturaleza es generosa, a buen
seguro, tendrá continuidad. Brindo, de nuevo,
por ello.
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