trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003

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Antes de que nadie fuera de Japón –y quizá incluso dentro- supiera realmente quién era Naomi Kawase y lo importante que iba a ser para el cine contemporáneo, hizo un viaje a Australia. Fue en 1994.

Formaba parte de un ciclo de cine independiente y experimental japonés —la mayoría rodado en Super 8. Esto fue lo que me hizo acercarme a la proyección como espectador: durante quince años había seguido el trabajo de artistas y aficionados que habían convertido el Super 8 en un medio de expresión único y especial.

El filme más largo, ambicioso y completo en el ciclo japonés aquel día fue Like Air (1993) de Naomi Kawase, conocido después como Embracing (se proyectó con ese título en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam en 2001). Había sido hinchado de Super 8 a 16 milímetros, un proceso que acentúa las cualidades estéticas, nítidas pero fantasmagóricas, del medio.

Like Air / Embracing pertenece a un género que, en mi mente, está indeleblemente asociado al formato Super 8, tal y como lo experimenté a lo largo de los 80 y los 90: el autoportrait como lo calificó Raymond Bellour, un término mucho mejor que self-portrait, que suena muy americano.

¿En que consiste un autoportrait en el cine? No se trata simplemente de rodar la historia de tu vida, o girar la cámara hacia ti y filmarte hablando, caminando, actuando. No es lo que hacen Michael Moore, Nick Broomfield, Ross McElewee, o incluso Luc Moullet o Nanni Moretti. No es documental, o comedia. En el autoportrait el yo(1) del cineasta no se muestra. Está escondido —o casi escondido.

Este autoportrait debe ser descifrado a través del movimiento, vislumbrado únicamente por las huellas que deja. Objetos, habitaciones, fragmentos, lo que el sujeto-cámara ve y oye. La prodigiosa obra completa de Chris Marker es un largo autoportrait: Hay que tener una vista muy aguda para llegar a ver el reflejo de su rostro, en los más de cincuenta años que lleva filmando el mundo que le rodea.

Estos autoportraits tratan sobre todo lo pasajero, sobre todo lo que ya se ha perdido. Una forma de cine profundamente melancólica – como en la gran película de Oliveira, Porto of my Childhood (Porto da Minha Infância, 2001). El ser, la persona, está en ruinas. La película es el intento, susurrado, fragmentario, a veces doloroso, de reunir las piezas de un patrón fugaz. No existe, en el fondo, un ser puro, único, que pueda ser recompuesto. Sólo versiones múltiples y fugaces de la identidad personal, rehechas a cada momento a medida que el cielo gira...

En las películas en Super 8 —más modestas incluso que la cámara ligera y flexible de Marker y sus divagaciones en off— hay una figura visual que encierra, por encima del resto, el proceso del autoportraiture: el momento en que el cineasta rueda no su propio cuerpo, sino su sombra en el suelo. Esta sombra baila, se desliza, se parte sobre el terreno, sobre las rocas y el agua... es como el aire.

La película de Kawase que vi en aquel día memorable de 1994 dura 40 minutos. Junto con los detalles efímeros de lugares, de hitos, de imágenes capturadas y de sonidos robados —y de su propia sombra— hay un tema intensamente personal e intimo para la cineasta, es su búsqueda del padre que la abandono cuando era muy joven.

Pero esto no es una fábula de Hollywood, sentimental y redentora. Ni es un retrato, atenuado y conmovedor, de un padre y una hija, conciliando cada uno de ellos el extraño en el otro, como en una película de Ozu. Lo que realmente ocurre al final entre estas dos personas no es algo que nosotros, la audiencia, podamos ver u oír. Nos dejan solos con las huellas indirectas, el temblor, capturados tan bella y poéticamente...

Estoy contento de tener sólo mis recuerdos de este magnífico film temprano de Kawase —ya en 1993 una consumada artista del cine— y no un video o un DVD para verificar los detalles del recuerdo. El Super 8 fue siempre el más conmovedor de los formatos, y esto se ha incrementado con el paso posterior de los años— parecía existir, tan frágilmente, sólo para desvanecerse, quebrarse y desintegrarse. De nuevo, como el aire. ¿Por qué confiar en que las películas se conserven, cuando los cuerpos no lo hacen?, se preguntaba el vanguardista James Broughton. Por tanto el mejor autoportrait debería hacerse para que se desvaneciera.

Tras la proyección de la película tuvo lugar un debate entre la audiencia, pequeña pero agradecida, y la cineasta. Kawase subió al escenario con un intérprete masculino, tan silencioso como ella. Normalmente, estoy demasiado nervioso como para preguntar a un director – particularmente si sus cintas me ha llegado y conmovido como ésta. Pero le pregunté a Namomi Kawase, algo sobre el Super 8, las sombras y los retratos propios, básicamente lo que se acaba de leer. Y balbuciendo, de algún modo, me las arreglé para contarle cuanto me había gustado su película.

Kawase escucho con atención al traductor que le transmitía mi pregunta, susurrándole al oído. ¿Qué es lo que ella oyó? Nunca lo sabré. Pero nunca olvidaré su respuesta sin palabras. Simplemente me miró y me hizo una reverencia. Un gesto tan delicado, tan cargado de emoción como cualquiera en su película de aquél día —y en todas los que vendrían después.

(1) N. del T. self en el original

Tren de sombras Núm. 3, abril de 2005.
© Adrian Martin y Tren de sombras.

ABRAZANDO EL AIRE
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