
Shara fue uno de
mis filmes preferidos del año pasado porque es una muestra
maravillosa de localismo e universalismo, cinefilia
y academia, razón y emoción, sensibilidad
y entendimiento.
Hay varios aspectos que recuerdo de este film que
vi en el festival de cine de Buenos Aires en el 2004.
Por ejemplo, el plano secuencia inicial donde una cámara
(aparentemente arriba de una bicicleta) sigue a dos
niñitos por las calles de un pueblo del Japón
(Nara). Esa sensación de libertad —que
parece un homenaje a los paseos de las películas
de Hou Hsiao-hsien— va ser inmediata y fuertemente
contrastada cuando nos demos cuenta de que uno de ellos
ha desaparecido, iniciando el conflicto más
importante del film: la tensión entre el niño
que ha muerto y el que está por nacer.
El choque tan subrayado
entre la muerte traumática del comienzo —que
queda en el fuera de campo— y la vida que irrumpe
en el campo cinematográfico en el final, hacen
de este filme (aparte de una crítica al tratamiento
que a veces le dan a estas cuestiones los medios masivos
de comunicación donde lo que prevalece es el
espectáculo de la muerte) un alegato por la
vida y lo transforma en un acto político en
sí.
Más cuando se lee
por allí que la realizadora tuvo un hijo después
de la filmación... Entonces: ¿por qué no
creer que la película es la preocupación
de una madre con respecto al nacimiento de su hijo?
Y esa tensión: ¿no será la misma
que surge entre una nueva vida y la Historia? ¿No
será quizás el choque imposible entre
Hiroshima (el niño del comienzo) y la vida (el
parto del final)? ¿No es acaso de esto mismo
de lo que nos habla el cortometraje Alumbramiento (2002)
de Víctor Erice?
La alternancia dentro de
la película entre lo que se ve y lo que no puede
verse, hace que en su completitud el film sea, al mismo
tiempo, un canto a lo visible y lo invisible, pero
no ausente. Verbigracia, las expresiones locales (como
la escena del baile callejero que es acompañado
de una intensa lluvia) se fusionan con referencias
hollywoodenses de una manera muy sutil.
Esta secuencia tan comentada —que
es también uno de los más interesantes
números musicales jamás filmados en la
historia del cine y que quizá habría
que relacionar con el final de Zatoichi (2004, Takeshi
Kitano)— fusiona lo personal con lo genérico
en una forma que termina haciéndose indivisible.
Por otro lado, al abordar
en el celuloide las relaciones familiares, Shara también
dialoga con Ozu y, evidentemente, con la cinematografía
del Japón.
Varias veces, como mujer
habitante de un mundo convulsionado, me he formulado
la pregunta de si se podía dar a luz. Si se
puede dar a luz un hijo o una obra, cualquiera sea
su materialidad. Naomi Kawase, la mamá Kawase,
encontró una respuesta al hacer este film. Y
la encontró sin negar a los fantasmas que, como
en el plano final de Shara, sobrevuelan los techos
de ese pueblo del Japón...
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