

Leo en un diccionario de meteorología la definición
de monzón: «cambio estacional en la dirección
del viento». ¿Acaso es el monzón
el demiurgo en Shara? Casualidad o desencadenante,
es evidente que en el Festival Basara —protagonizado
por la lluvia monzónica— desencadena una serie
de cambios en la dirección de la película.
Es durante el festival cuando tanto el espectador como
los personajes toman conciencia de la madurez
de Yun. Lo intuíamos, había tomado la
iniciativa al besar a Shun. Pero es durante el desfile,
al verla bailar, cuando asumimos sin duda que Yun ha
cruzado la fina línea que separa la niñez
de la juventud. Durante el desfile Yun es otra persona,
ha cambiado. Está situada en la cabeza del desfile,
el resto de bailarines aparentan ser una simple comparsa.
Es como si fuera la protagonista del baile. La cámara
así la trata, no la pierde de vista, todo gira
a su alrededor. Yun ya no es una niña y lo sabe.
Su madre y Shun también se dan cuenta y la miran
con extrañeza. No la reconocen. Es otra persona.
Esta madurez que alcanza a Yun parece extenderse a
todo el pueblo. Un pueblo marcado por un trágico
acontecimiento que parece no haber superado todavía.
Tras el desfile del Festival Basara algo cambia.
Una lluvia liberadora les aclara la vista, les limpia
la mirada. La vida debe continuar.
Y el milagro de la vida finalmente aparece.
La película comienza con una muerte en un ejemplar
fuera de campo. Ni siquiera la cámara se atreve
a mirar, se mantiene a distancia. Pero pasada su primera mitad algo sucede, y lo que era dolor se torna en
alegría. La secuencia final es completamente
opuesta a lo que habíamos visto al principio.
Se trata de un nacimiento narrado con detalle y cariño.
La cámara se queda, participa en el parto y se
emociona con nosotros.
Algo ha cambiado en Nara. Soplan nuevos vientos...
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