

Entre
las artes que el cronista de festivales debe desarrollar
para su supervivencia la más singular
es la del vericueto, entendido no sólo como
el extenuante callejeo entre las distantes salas de
proyección con los minutos justos para llegar
al siguiente pase sino, y sobre todo, como el estudio
frenético del horario de proyecciones a la hora
de realizar los siempre arriesgados descartes, intentando
minimizar tiempos muertos entre pases y combinar los
diferentes ciclos y secciones. Todo cronista llega
al festival con una serie de intocables que tratará de
ver a toda costa y una larga lista de posibles que
serán la base del zigzagueo por los vericuetos
de la programación. Las intocables son aquellas
películas-tótem capaces de decantar la
asistencia a uno u otro festival, películas
a cuya caza y captura se lanza el observador tras meses
de expectación y de búsqueda de información.
En su participación en Movie Mutations,
Nicole Brenez se refirió a los cinéfilos
como “arqueólogos a quienes les basta
la sombra de una imagen para reconstruir un film en
su totalidad”. En los festivales, más
que observar por fin la película deseada lo
que hacemos muchas veces es enfrentarla inconscientemente
con ese filme de sombras preconstruidas en nuestra
mente cinéfila. Una mente un tanto enfermiza,
para qué negarlo.
Lo más cómodo en el Zinemaldia donostiarra
es amoldarse a los pases de prensa que a lo largo del
día tienen lugar en el Teatro principal (Sección
Oficial, Nuevos Directores y Perlas de otros
festivales), pero su férreo seguimiento
obligaría en gran medida a renunciar a las retrospectivas
cuyos pases sólo se realizan por las tardes.
Como no queríamos perdernos las dos que más
nos interesaban —Anthony Mann e Incorrect@s— se
hizo necesario improvisar un horario a medida y desplazar
algunas películas fuera de los pases para prensa,
lo que siempre provoca que se acaben escapando películas
que todo cronista “oficial” debería
ver, como la ganadora de la Concha de Oro, Turtles
can fly que se nos quedó en algún
vericueto del camino y que más tarde hemos podido
recuperar en su estreno en cines (doblada, eso sí,
gracias a las bárbaras costumbres en este y
otros países).
Pero las satisfacciones suelen imponerse a los riesgos
y, a pesar de que el nivel medio de las secciones competitivas
y las perlas fue inferior al de la edición de
2003, el arte del vericueto nos proporcionó asideros
de gran cine. Esta edición del Zinemaldia donostiarra
se caracterizó por la irregularidad y un nivel
medio que hubiera sido ligeramente insuficiente si
no hubiera existido Anthony Mann, el verdadero
acontecimiento cinéfilo del festival, sobre
el que nada más diremos en esta crónica
pues estamos preparando un especial sobre su retrospectiva
para el próximo número de Tren
de sombras,
acompañado de las críticas de dos de
sus películas menos conocidas que pudimos ver
en San Sebastián: La
colina de los diablos de acero (Men in war, 1957) y God’s little
acre (1958).
El festival se abrió con el estreno mundial
de Melinda y Melinda (Sección
Oficial fuera de concurso), la última
e interesante película de Woody Allen al que
también se concedió un Premio Donostia
y se le dedicó la Retrospectiva Contemporánea
en la que fue la gran apuesta mediática para
la organización del festival. En la crónica
de la pasada edición(1) ya nos referíamos
a este auténtico monográfico alleniano
por lo que no quiero volver una vez más sobre
el tema, pero al igual que sólo cabe felicitar
al festival por haber conseguido finalmente que Allen
estrenara película en San Sebastián también
me permito dudar de la pertinencia de ocupar la Retrospectiva
contemporánea con un autor cuya obra está disponible
al casi al completo en formatos domésticos.
Una retrospectiva en un festival de la importancia
de San Sebastián (de hecho, en cualquier festival)
debería servir para descubrir o confirmar autores
de demostrada valía pero cuya obra sea de difícil
acceso. Elecciones “políticas” como
la de esta edición constituyen una nueva oportunidad
perdida para descubrir otros autores que no cuenten
con la bendición de la distribución internacional.
SecciÓn
Oficial
Melinda y Mellinda
(Melinda and Melinda, 2004. Woody allen)
Durante la atestada rueda de prensa que siguió al
pase de Melinda y Melinda y preguntado por las
reminiscencias shakespearianas del nombre de su protagonista,
Woody Allen aclaró —con su caracterísitica
timidez entre la modestia y la divertida ironía— que
la elección se había debido exclusivamente
a que las teclas que forman la palabra “Melinda” cuadraban
bien bajo sus dedos mientras escribía el guión.
Además de una gráfica representación
del oficio de escritor, esta simpática respuesta
contiene la descripción certera del mecanismo
que Allen dispone en esta película donde los
personajes viven, más que nunca, sujetos al
ritmo de sus dedos. Woody Allen ha llegado a un punto,
llamémosle de madurez, en el que después
de la decisión de quedarse detrás de
la cámara en algunos de sus últimos proyectos
ahora traslada a sus personajes la responsabilidad
de narrar la(s) historia(s) y escenificar para él
la dualidad temática que ha presidido su obra.
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Melinda y Melinda irrumpe en la filmografía
de Allen con la fuerza testamentaria de una película-compendio
que quizá llegue demasiado pronto (es de esperar
que el cineasta neoyorquino continúe con su
actual ritmo de película por año). La
película comienza alrededor de una mesa donde
cuatro amigos charlan como en tantas otras de sus películas.
Dos de ellos —autores teatrales, uno especializado
en dramas y otro en comedias, trasunto desdoblado del
propio Allen— debaten acaloradamente sobre la
esencia de la vida: uno defiende que nuestra vida es
la escenificación continua de una tragedia,
y que por eso sus dramas son un reflejo fiel de la
realidad; el otro afirma que la vida siempre nos ofrece
una oportunidad de reírnos por lo que todo es
más ligero y llevadero, como en las comedias
que él escribe. Llegados a ese punto, y ante
la inmovilidad de las posturas, otro de los amigos
propone una situación en la que una mujer interrumpe
inesperadamente una cena entre varias parejas, para
que los dos continúen la historia tal como creen
que hubiera sucedido. A partir de ahí Allen
superpone ambas narraciones protagonizadas por una
Melinda dual (Radha Mitchell) y la película
parece irse construyendo sobre la marcha, hasta que
ambas confluyen en el desenlace y queda muy claro aquello
que Allen ya había sugerido desde el primer
momento con la caracterización de los dos autores
teatrales (el dramaturgo es serio y algo compungido,
el comediante afable y bonachón): unos siempre
verán la vida en colores y otros apenas podrán
(¿podremos?) manejar una reducida gama de grises.
9 Songs (2004. Michael Winterbottom)
La polémica de rigor vino en esta edición
de la mano de la supuesta pornografía de 9
Songs. ¿Por qué el sexo filmado
de manera explícita debe automáticamente
convertirse en pornografía? Teniendo en cuenta
las posibilidades de significación casi infinitas
del arte cinematográfico —que abarcan
el amplio espectro que va de lo visible a lo invisible,
de lo audible a lo inaudible— no deja de sorprender como
en estos tiempos de alarmante puritanismo formal sólo
lo mostrado parece tener la capacidad de conmover o
transgredir, de manera que la práctica más
aberrante que se deje fuera de campo o sea eliptizada
nunca podrá competir en estas lides con aquello
que se muestre explícitamente. Este puritanismo
formal trabaja en la limitación y empobrecimiento
conscientes del lenguaje cinematográfico pues,
además de tratar de imponer qué puede
ser visible y qué no, está cercenando
las posibilidades significativas del amplio rango de
lo invisible o inaudible, algo así como si en
música se decidiera de pronto que el silencio
no existe, y que determinados sonidos son ruidos “perniciosos”.
Este ejempo nos da una idea bastante fiel de cómo
puede limitarse un lenguaje artístico en base
a criterios que nada tienen que ver con el arte en
sí, hasta alcanzar el nivel de estandarización
que actualmente parece asolar el panorama cinematográfico
(y el musical, dicho sea de paso).
Cineastas como Wong
Kar-wai han convertido el deseo no realizado (y/o irrealizable)
en la materia prima de sus poéticas de lo sublime.
Michael Winterbottom ha demostrado con 9 Songs que
la filmación
explícita de la satisfacción física
de ese deseo también puede aspirar a lo sublime. ¿Por
qué no rodar sexo? se preguntaba Winterbottom
durante la rueda de prensa posterior al pase de la
película. Es una pregunta pertinente,
sin duda, pero rodarlo sin otro motivo que rodarlo ¿no
podría ser simplemente afán de provocación
y polémica? La película se presta,
además, para envolver maniobras promocionales
varias, tan pobres y habituales como la que la reza
en la portada del DVD español: “¿Por
qué no rodar sexo? ¿Por qué fingir
que no existe?”, junto a un muy visible “No
recomendada para menores por su alto contenido sexual”.
Pero no creo que pueda acusarse de esto al cineasta
inglés, que ha logrado convencerme de que detrás
de 9 Songs hay un impulso creativo auténtico
y honesto, un nuevo y consecuente giro dentro de su
ecléctica filmografía. Sólo hay
que pensar en sus últimas películas: 9 Songs (2004), Code
46 (2003), In This
World (2002), 24
Hour Party People (2002), El
perdón (The
Claim, 2000), una lista en la que salta del western
a la Sci-Fi “modernilla” o al falso documental
con aparente facilidad y resultado irregular pero bajo
la que se puede rastrear una trayectoria común
y estimable.
9 Songs es una película de apenas una
hora de duración que recorre la relación
de Matt (Kieran O'Brien) y Lisa (Margot Stilley) a
través de su convivencia en un pequeño
apartamento, sus encuentros sexuales, y sus escapadas
a conciertos en el club en el que se conocieron. Al
contrario de lo que se ha dicho, 9 Songs tiene —a
pesar de su apariencia deslabazada, un tanto limitada
y reiterativa— una estructura perfectamente definida
y guarda una historia en su interior. La película
se articula como un largo flashback que narra
Matt, geólogo, mientras sobrevuela la Antártida
y en el que recuerda su relación con Lisa, una
estudiante norteamericana de intercambio, una relación
que comenzó en un concierto y que terminó cuando
Lisa se volvió a los EE.UU. Y Matt rememora
sus encuentros sexuales, los conciertos a los que asistieron
juntos, los problemas que comenzaron a aflorar durante
su corta relación… aunque todos estos
detalles no existen para una parte de la crítica
pues la película no sería más
que una sucesión “sin relación
de continuidad” de polvos y conciertos.
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| 9
Songs. |
The brown bunny (2004),
la excelente película
de Vincet Gallo también ha sido acusada de muchas
cosas desde su polémico estreno en Cannes: de
pornográfica, por supuesto, y de vacía.
Tanto Gallo como Winterbottom muestran sexo explícito
y oponen a la intimidad de éste la vastedad
de los espacios abiertos, ese “unbounded void” del
que se habla en 9 Songs; en el caso de ésta
se trata, como se ha dicho, de la Antártida;
en el caso de The brown bunny de la desértica
norteamerica profunda. Al respecto del filme de Gallo,
Kristi Mitsuda se planteaba también la cuestión
del puritanismo formal: “Es desconcertante
que las descripciones realistas del que posiblemente
es el más común de los común denominadores,
la sexualidad humana, todavía no tengan sitio
en el cine de arte”(2).
No hace falta decir que el sexo de The Brown Bunny,
claustrofóbico y completamente desesperado (y
de corte fantástico), no tiene nada que ver
con el 9 Songs, mucho más cotidiano y
naturalista (lírico incluso).
Una vez conocidos los premios de esta edición
mucho se habló también del Premio del
Jurado a la Mejor Fotografía para Marcel Zyskind
por 9 songs, esgrimiendo como sorprendente argumento
que estuviera rodada en digital (¡) como si tal
condición provocara de inmediato que cualquier
intento de lograr “belleza” con sus imágenes
fuese futil. En los variados rasgamientos de vestiduras
a los que tuvimos que asistir se mencionaba también,
con estupefacción incluso, que dicho premio
lo hubiera concedido un jurado en el que estaba Eduardo
Serra el excelente fotógrafo en celuloide de
películas como La
joven de la perla (Girl
with a Pearl Earring, 2003. Peter Webber, Premio
a la mejor Fotografía en Zinemaldia 2003), otro
argumento sorprendente que olvida que puede que fuera
precisamente Serra el que terminara por orientar el
premio. Y si esto fuera así ¿tendrían
esos comentaristas argumentos de peso para rebatir
a un profesional de la fotografía cinematográfica
la pertinencia de su decisión?
Michael Winterbottom ya había rodado en digital
su excelente In this world, y en 9 Songs mantiene
el mismo equipo de rodaje aunque los resultados son
en esta ocasión completamente diferentes. In
this world es un falso documental que quiere pasar
por un rodaje al filo del reportaje y para ello se
buscó un acabado de marcado cariz “feista” o
descuidado, con un grano exagerado y llegando a rozar
en ocasiones lo no figurativo como en la escena de
la persecución nocturna. En ambas películas,
la elección del digital le permitió a
Winterbottom afrontar dos proyectos modestos y rodarlos
en poco tiempo pero en el caso de 9 Songs, además,
el digital responde a la necesidad de poder rodar en
interiores de poca luz sin iluminación artificial
y tiene una clara aspiración de belleza estética,
aspiración que, a mi entender, logra plenamente.
Cierto es que el digital no es capaz (todavía)
de igualar la resolución del celuloide, aunque
puestos a ser puristas el Super 35 —el más
extendido de los formatos panorámicos hoy en
día gracias a su menor coste— tampoco
puede igualar a otros formatos de mayor “calidad” y
nadie parece quejarse. A pesar de su (transitoria)
falta de resolución, negar las posibilidades
estéticas del formato digital, uno de los caminos
por el que, guste o no, evolucionará el cine
de hoy y mañana, es una perversión equiparable
a pensar que todas aquellos cuadros que no estuviesen
pintadas al óleo careciesen por ello de belleza.
O como dice un Kiarostami que ha rodado varios de sus últimos
proyectos en digital: “Cada formato tiene
su propia belleza, sus ventajas y sus incovenientes.
Es como pintar con acuarela o con óleo.
Cada uno tiene sus leyes. Cuando trabajas con agua
tienes que respetar sus normas, pero no puedes decir
que es como el óleo, porque no es óleo. Óleo
es óleo y agua es agua”(3).
Y con ejemplos como el de 9 Songs comprobamos,
con tristeza, como para cierta crítica el agua
debe ser óleo… o no ser.
Roma
(2004. Adolfo Aristarain)
“Argentina es un país que muchos creímos
que podría ser. Y no, no fue”. Quien
así habla es el poeta argentino Juan Gelman
en una entrevista reciente(4).
La Roma de Aristarain
pudo haber sido, como la Argentina de Gelman, pero
tampoco fue. Esa Roma-mujer imperial, maternal y
mítica que el director argentino convierte
en trasunto de todas las madres, incluida la suya,
se envuelve en la Roma-película demasiado
ambiciosa y monumental que pretende, paralelamente
al elogio (siempre merecido) de la figura materna,
testamentar un país y una época.
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| Roma. |
Manuel Cueto (Juan
diego Botto) es un aspirante a escritor al que la editorial
para la que trabaja pone al servicio de Joaquín Góñez (José Sacristán),
un adusto escritor argentino emigrado a España
al que Manuel debe, además de asistir como ayudante,
alentar subrepticiamente para termine sus memorias… bajo
pena de quedarse sin empleo.
A partir de ahí,
la película se divide
en dos grandes bloques narrativos que se van intercalando
en el relato. Uno de ellos transcurre en España,
en el presente en el que escritor y ayudante van dando
forma al que será el último libro de
Joaquín Góñez, sin duda los mejores
momentos de la película.
El otro bloque nos
remite a la Argentina de la dictadura mediante los flashbacks con
los que Aristarain nos muestra lo que el escritor va “narrando” a
su ayudante, centrado sobre todo en la poderosa figura
de su madre (Susú Pecoraro). En esos flashbacks Aristarain
se la juega y Juan Diego Botto es el encargado de interpretar
el papel de José Sacristán de joven,
Joaco. Con esta maniobra Aristarain parece decirnos
que lo que estamos viendo es una versión doblemente
idealizada: por los recuerdos del propio escritor y
por la interiorización que de su relato hace
su ayudante, que se ve a sí mismo protagonizándolo.
Es una maniobra arriegada que no funciona, además
de por su retrato de una Argentina que parece cualquier
cosa menos real, porque hace recaer el peso de la película
en un limitado Juan Diego Botto. Así como brillan
las escenas de las que se adueña un excelente
José Sacristán en el papel del cáustico
y desencantado escritor, aquéllas en las que
Botto debe hacerse con las riendas —ya sea en
el papel de ayudante o, sobre todo, como escritor joven
en Argentina— fracasan estrepitosamente.
Sueño de una noche
de invierno (San
zimske noci, 2004. Goran Paskaljevic)
Mi padre es ingeniero (Mon
père est ingénieur,
2004. Robert Guéguidian)
Silver city (2004. John Sayles)
Guéguidian es un cineasta con buenas ideas
que merece todo el respeto por la fidelidad que demuestra
hacia ellas, pero esas buenas ideas se ven constantemente
desperdiciadas por su falta de talento. El respeto
extremo puede llegar a confundirse con el inmovilismo
y encaminar hacia un callejón sin salida en
el que parece haber entrado definitivamente con Mi
padre es ingeniero, donde su habitual afectación
y su pésima selección musical se complementan
con unas elecciones de puesta en escena completamente
fallidas que rozan el ridículo.
Aunque no llega al nivel (ínfimo) de Mi
padre es ingeniero, Sueño de una noche de invierno de Goran Paskaljevic es otra clara muestra de película “de
propuesta” o “de metáfora” con
buenas intenciones. Un desarrollo interesante y comedido
se ve estropeado sin remedio cuando el cariz metafórico
del relato se desborda en un final impropio, pretencioso
y banal que haría sonrojar al Takeshi Kitano
que parece homenajear/referenciar/copiar.
Dice Quim Casas al respecto de Casa
de los babys (2003.
John Sayles): “Lo
que [el cine de John Sayles] ha ganado en teórica
solidez narrativa y en ética política,
algo sin duda necesario en un cine estadounidense por
regla general tan despolitizado […], lo ha perdido
en agilidad como director”(5).
Silver city es
una película hiperpolitizada que se ajusta punto
por punto a las palabras de Casas, su solidez narrativa
y su militancia anti-Bush son tan palpables como su
falta de frescura y de agilidad, aunque tenga interesantes momentos como la escena
final del lago repleto de peces muertos, quizá demasiado
evidente en su significación pero de una fuerza
visual innegable. A pesar de estar lejos de las grandes
películas de su director, Silver city no
está exenta de interés y merece ser vista
aunque sólo sea por su ácido retrato
de una determinada realidad de los EE.UU. o por el
excelente trabajo de Chris Cooper en su nada disimulada
referencia a Mr. George.
Carta de una desconocida
(Yi ge mo sheng nu ren de lai xin, 2004. Xu Jinglei)
Las tortugas también vuelan (2004. Bahman
Ghobadi)
El bosque de las Arañas (Geomi
sup, 2004. Song Il-gong)
No fue este el año del cine oriental en el
festival donostiarra, dagas voladoras aparte: tanto
la insulsa ganadora de la Concha de Oro, la irano-francesa Las
tortugas también vuelan, la coreana El
bosque de las Arañas como Carta de una
desconocida decepcionaron por diferentes motivos.
De Las tórtugas
también vuelan poco se puede
decir, la decepción
fue encontrarnos con una película “de
propuesta” —al estilo de Sueño
de una noche de invierno, Mi
padre es ingeniero o la insoportable
Clandestino (Inguélézi,
2004. François Dupeyron)— cuyo impulso
fundacional no es cinematográfico puesto que
se aprovecha de una realidad social y un estado de
opinión (en occidente) muy concretos para realizar
una película
que sirva a esas circunstancias. En el plano formal
sus modelos están claros, pero la propuesta
de aquellos que imita está demasiado por encima
en autenticidad, aspiraciones y resultados como para
atrevernos siquiera a comparar.
La siguiente decepción vino con la coreana
El bosque de las arañas, un policial oscuro
de ambientación cerrada y manierista por momentos
que se adentra en el fantástico con ese toque
transgenérico tan característico del
cine surcoreano y plantea una historia enrevesada hasta
lo inverosímil en un bucle que tras las primeras
cabriolas se acerca peligrosamente a lo exasperante.
Algo distintas fueron las sensaciones que provocó Carta
de una desconocida de Xu Jinglei, la nueva adaptación
de la novela de Stephan Zweig que ya había sido
rodada magistralmente por Max Ophüls, un cineasta
a reivindicar desplazado injustamente del panteón
de los más grandes. Evidentemente, para acercarse
a esta nueva adaptación era necesario hacerlo
con los ojos limpios de Ophüls y, en esas condiciones,
la propuesta de Xu Jinglei se deja ver sin mayores
problemas, filmada con matemática corrección,
sin un solo alarde que no sea técnico (excelente travelling final,
por ejemplo) pero sin mucho más que ofrecer.
Una pena.
Zabaltegui. Perlas de otros festivales
Nuestra música (Notre Musique, 2004. Jean-Luc
Godard)
Nobuhiro Suwa ha dicho de J-LG: «Godard […]
hace una progresión en sus trabajos hacia
la soledad, cada vez es un cine más personal
y de alguna manera se cierra el mundo y se puede
plantear la muerte del cine en ese sentido. […]
Creo que esa es la diferencia con Godard, él
plantea un movimiento hacia dentro y yo uno hacia
fuera»(6).
Estoy de acuerdo con el excelente cineasta japonés,
Godard se ha convertido en un cineasta centrípeto
que, como un agujero negro, arrastra en su volcado
hacia si mismo toda la materia cinematográfica
a su alcance. Un proceso que le ha convertido en
un “paria ilustrado”, en palabras de
Carlos F. Heredero, que observa atentamente el devenir
del cine pero desde algún punto fuera de él.
Y el último movimiento en ese proceso es Nuestra
música, donde Godard entrega un nuevo
ensayo cinematográfico sobre el estado del
mundo y el estado del cine —dos cuestiones
que en su cine siempre van de la mano— y continúa
las búsquedas iniciadas en obras anteriores. Nuestra
música es combativa, moral y políticamente.
El lirismo tan presente en Elogio del amor (Éloge
de l'amour, 2001) se dosifica aquí con
tiento y en determinados momentos se ve solapado
por una cierta tosquedad, que podría justificarse
por la sensación de urgencia que sobrevuela
el filme y que vamos entendiendo al mismo tiempo
que la película se va desvelando ante nosotros.
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| Nuestra
música |
Presentada en forma
de tríptico de referencias
dantescas, la película se divide en tres reinos:
Infierno, Purgatorio y Paraíso. En el Infierno
Godard retoma el collage para representar parte
de la Historia del Siglo XX mediante imágenes —ralentizadas,
aceleradas… estudiadas— de diferentes
genocidios y conflictos de nuestra convulsa Historia
reciente, extraídas de noticieros de televisión,
documentales… y combinadas con imágenes
de la historia del cine. Las imágenes de la
Historia convocadas por Godard se convierten en Historia
de las imágenes, o viceversa, en un intento
de “restaurar el pasado y hacer posible el
futuro, de ligar el sufrimiento con la culpabilidad” como
se dice en un momento del filme. Y esa ligazón
es lo que parece buscar el cineasta francosuizo al
exponernos a esas imágenes, aunque duelan, porque
ellas nos acercan a lo ocurrido, son la piel de la
Historia, en palabras de Serge Daney(7).
En el Purgatorio —que ocupa la mayor parte de
los 80 minutos que dura Nuestra música— Godard
aprovecha una invitación a los Encuentros Europeos
del Libro para acercarse al Sarajevo superviviente
a la todavía muy cercana guerra de los balcanes.
Allí, una heterogénea y un tanto chocante
mezcla de personajes reales y de ficción conceden
entrevistas, conversan, monologan o imparten conferencias
(a destacar “Texto e imagen” la charla
impartida por el propio Godard repleta de momentos
memorables). El grupo visita lugares emblemáticos
de la ciudad-mártir, como el simbólico
puente de Mostar o la todavía destruida biblioteca
de Sarajevo.
Si el infierno recopilaba parte de nuestro pasado
y el Purgatorio se situaba en el presente, el Paraíso
(curiosamente rodado en digital) se sitúa en
un plano metafórico fuera del tiempo. Olga,
una joven judía que ya habíamos visto
en el Purgatorio asistiendo a la conferencia de Godard,
ha decidido inmolarse en un cine de Jerusalén “por
la paz” (ella es la única víctima)
y llega a un Paraíso custodiado por marines norteamericanos.
Es sin duda uno de los momentos más hermosos
del filme y, a pesar de su ironía, logra transmitir
una curiosa sensación de paz. Es curioso que
dos de los finales más distanciados y amargos
de lo que va de siglo hayan venido de la mano de dos dinosaurios como
Jean-Luc Godard y Manoel de Oliveira.
La casa de las dagas voladoras (Shi
mian mai fu, 2004. Yimou Zhang)
Con una diferencia de pocos meses hemos visto sufrir
a Zhang Ziyi en dos melodramas que, a pesar de su índole
dispar, tienen en común su gusto por el exceso
y su destacable uso del scope como espacio horizontal
de expresión. Estos dos brillantes meloscopes son
2046 (2004.
Wong Kar-wai) y La casa
de las dagas voladoras.
Yimou continúa la senda genérica que tomó con Hero (Ying
xiong, 2002), pero sólo en apariencia puesto que La casa de las
dagas voladoras sólo se sirve del Wuxia pian como marco mitológico
de referencia; y es que bajo de esa apariencia de película de aventuras
y espadachines se esconde un melodrama intimista. A pesar de las escenas de
lucha de rigor (en un crescendo que debe ser apreciado en una
sala de cine), su vorágine cromática
o su paisajismo desaforado, durante la proyeccción
se hace patente que la verdadera película no
es más que una “simple” historia
de amor que transcurre en la mente de los amantes (tres)
que ya habitaban el título provisional que barajó Yimou
y que se quedó como título alternativo: Lovers (Amantes).
La película funciona como una sucesión
de simulacros (en un dispositivo heredado de Hero pero
aquí mucho más dramático y gloriosamente
narrativo) y de engaños y ocultaciones que se
resuelven en el más
espectacular y sangriento duelo que puedo recordar.
La casa de las dagas voladoras es una película
desaforadamente romántica y espectacular como
sólo el verdadero cine-espectáculo puede
ser.
 |
| La
casa de las dagas voladoras |
El secreto de Vera Drake (Vera Drake,
2004. Mike Leight)
A pesar del revuelo levantado por 9 Songs, lo
obsceno no llegó a Zinemaldia en el último
largo de Michael Winterbottom sino en El
secreto de Vera Drake, la indigna ganadora de un festival
como Venecia. Parece que se está creando el
precedente de que Perla que llega a San Sebastián
precedida por su buena acogida en Venecia, Perla que
decepciona. Ocurrió en la edición anterior
con Soñadores (The dreamers, 2003) de
Bertolucci y ha vuelto a suceder con el último
Leigh.
El secreto de Vera Drake está ambientada
en el Londres frío y gris de los años
50 fotografiado con precisión por Dick Pope
y se centra en la vida cotidiana de Vera, en principio
ama de casa y mujer de la limpieza, aunque el espectador
comienza poco a poco a darse cuenta de que, al mismo
tiempo, otra actividad ocupa de vez en cuando su tiempo,
una actividad tradicional y muy común en esos
años entre las mujeres, pero ilegal: Vera es
abortista y ayuda a otras mujeres, generalmente de
baja situación social, a librarse de su “problema” a
cambio de nada. Sin embargo, la mujer que le organiza
los encuentros con las embarazadas sí que cobra
por sus servicios, aprovechándose de las buenas
intenciones de Vera. Esta doble vida la ha descrito
con precisión Violeta Kovacsics(8) cuando
dice que “poco después de hacer
un té en su hogar encontramos [a Vera] hirviendo
agua para un aborto”, una doble vida que
durante gran parte de la película parece perfectamente
compatible. Pero todo se viene abajo en el momento
en que es descubierta. Hasta entonces, Vera no parece
consciente de que, en el fondo, lo que estaba haciendo
era ilegal (o por lo menos no lo demostraba, aunque
ocultarlo a su familia era algo significativo) pero
cuando ve aparecer a la policia en la puerta de su
casa una sombra se asoma a su rostro. Y en ese momento
Vera se derrumbra, y con ella toda su familia.
Y es en este punto donde aparece lo obsceno. La incomprensión,
la indefensión y la absoluta destrucción
del mundo de Vera Drake es filmada con profuso detalle,
con pasmoso encarnizamiento por Leigh con el único
fin, en mi opinión, de salpicar la tragedia
de Vera directamente a los ojos del espectador, como
si éste debiera hacerla suya como fuera. Esta
motivación podría explicar las largas
escenas en las que Vera solloza entre gestos de incomprensión,
en las que se enfrenta a los policias y llora, llora
amargamente, y Leigh lo filma, lo filma prolongadamente.
Y puede que también pueda explicar el intrusiva
uso de una cámara que se acerca cada vez más,
escena a escena, al dolor de Vera mediante un uso del
primer plano repulsivo —por ejemplo de la cara
de una gran Imelda Stauton envuelta
en lágrimas, expuesta, durante largos minutos— y
que nos lleva directamente a la híperexposición, directa
y sin tapujos, de la que suele servirse el cine pornográfico.
En estos casos, se suele hablar de un problema de distancia
con lo filmado pero en El secreto de Vera Drake la
distancia necesaria ha sido, directamente, eliminada.
Whisky (2004. Juan Pablo Rebella
y Pablo Stoll)
El Uruguay que los realizadores Rebella y Stoll retratan en Whisky —una
de las sorpresas más agradables del festival— está oxidado,
olvidado y desconchado. La vida trascurre en calles, talleres, oficinas o bares
viejos, tan viejos que se encuentran en ese punto fuera de toda edad donde
las cosas permanecen mientras aún son útiles, completamente ajenas
a consideraciones estéticas, ese punto donde el tiempo transcurre pero
no pasa. En este Uruguay las palabras siguen los mismos criterios funcionales
y se usan para lo estrictamente necesario como si, llegado determinado punto
en la vida de las personas (o de un país) seguir gastando las palabras
sirviera más bien de poco. El silencio se adueña de las estancias
desconchadas y los personajes renuncian a encender una televisión o
una radio para mitigarlo (igual que Rebella y Stoll renuncian a toda música
en off) y sólo se escucha el chisporroteo intermitente de los
viejos flourescentes que aún no se han fundido.
 |
| Digan
Whisky. |
Este Uruguay anquilosado —que tanto recuerda
a la España de no hace demasiado tiempo— podría
llegar a parecer un (des)cuidado decorado si no intuyéramos
que es de verdad; como Priápolis, con su apropiado
nombre de polis decadente, esa ciudad de vacaciones
cuya temporada baja es más bien bajísima.
O como Herman, Marta y Jacobo, las personas que deambulan
por él, actores que podrían parecer personajes
si no intuyéramos que, en el fondo, son de verdad.
Sobre los tres protagonistas los uruguayos Rebella
y Stoll lanzan una mirada tierna —sin maniqueísmos
ni extra de azúcar, eso sí— pues,
en palabras del gran crítico de arte John Berger,
el amor por lo retratado es imprescindible para no
caer en la caricatura, sobre todo cuando su belleza
no es superficial ni evidente.
Salvador Allende (2004. Patricio
Guzmán)
Tras la blancura del olvido, duermen los restos del
color de la memoria. Un muro blanco, abollado, abre
la película. Bajo su blancura encalada y falsa
duermen las capas soterradas de la memoria. Guzmán
golpea —nada metafóricamente— la
costra blanca, y ese es el propósito principal
del filme, evitar el silencio, el olvido en el que,
nos dice el directo, parece sumida la figura de Allende.
Voz en off, metraje encontrado, entrevistas… Guzmán
despliega todos los recursos que suelen acompañar
al documental en su vertiente de campo más “televisiva” o
informativa (en contraposición al más íntimo
documental de creación) con el fin aparente
de recopilar información sobre Allende y exponerla
a los espectadores. Como ya nos indica el título,
Salvador allende es un documento monográfico
sobre la figura del asesinado presidente chileno, diríase
casi un panegírico militante, un aspecto este
que, incomprensiblemente, le ha sido criticado a Guzmán.
Y digo que incomprensiblemente porque Guzmán
nunca pretende negar la decantada y patente orientación
del filme, una biografía del hombre que no evita
la importante dimensión política de su
figura.
Como una imagen (Comme une
image,
2004. Agnès Jaoui)
Voy a procurar hablar de Como
una imagen sin
usar el adjetivo “inteligente”. ¿Por
qué esta impostura? Existe la tendencia, sobre
todo entre la crítica de grandes medios, de
reducir las películas a unidades manejables
y, por tanto, catalogables para facilitar el acceso
del público a las mismas. Por este procedimiento,
las películas se ven reducidas a la fórmula “Género
+ Adjetivo”. Ejemplo: Como una imagen, “comedia
inteligente”; y listo, siguiente película.
Toda esta maniobra simplificadora nace de los departamentos
de promoción de las corporaciones del espectáculo
y pervive gracias a la pereza intelectual de cierta
crítica alimenticia, dando forma a la maniobra
global de escaparatismo y consumo en que se ha convertido
la distribución cinematográfica (y los
festivales de cine, no nos olvidemos), algo que muchos
venimos denunciando modestamente desde hace tiempo
y a lo que nuestro compañero Manuel Yáñez
Murillo ha dado forma, entre otros temas, en su artículo La
distribución en España. Notas sobre un
cine invisible(9).
Sin duda, este tipo de maniobras condicionan al público
a la hora de acercarse a la película pero también
afectan a quienes se dedican a escribir sobre cine;
algunos aceptan el eslógan y lo incorporan a
sus discursos; otros, en cambio, conscientes de las
reglas (y las trampas) del juego adoptan una postura
de resistencia, que a veces puede llegar a desembocar
en una postura desconfiada (por otro lado, necesaria
en muchas ocasiones). Entre este segundo grupo, Como
una imagen ha salido tremendamente perjudicada
por la maniobra reduccionista a la que ha sido sometida
en su campaña promocional (y su Premio al mejor
guión en el festival de Cannes 2004). La propuesta
de Agnès Jaoui no presenta la ambición
de otras películas que dirigen su mirada hacia
la sociedad y sus imposturas, ni pretende investigar
en nuevos caminos narrativos o cinematográficos,
pero tampoco es simplemente una muestra de cine
amable y prefabricado como defiende, por ejemplo, Manuel
Yáñez en su artículo. Sí es
cierto que existe una cierta “amabilidad” y
condescendencia en el retrato de personajes y situaciones
(más fácilmente perceptibles en un segundo
visionado) pero sí algo no es el cine de Jaoui
y de su coguionista, coprotagonista y marido, Jean-Pierre
Bacri, es prefabricado. Es muy fácil darse cuenta
de ello cuando se está delante de otras películas
que sí lo son, como por ejemplo Les
sentiments (2003. Noémie Lvovsky) que fue presentada en
su pase en los Cuadernos críticos del Festival
de Sitges como una película alla manera de Como
una imagen, pero que fracasa de la manera más
estrepitosa allá donde el cine de Jaoui se asienta
con más firmeza: un guión brillante y
una realización justa y consecuente (a destacar
detalles como el uso de las elipsis) que se beneficia
abiertamente de las virtudes de aquel.
Otras secciones
Meetin’ WA (1986. Jean-Luc Godard) [Retrospectiva
Woody Allen]
Esta rareza de 26 minutos rodada en vídeo
fue la única película de la retrospectiva
de Woody Allen que vi durante el festival, ya que era
una de las poquísimas realmente difíciles
de poder ver por otros medios.
Woody Allen
(WA) aceptó trabajar para Godard en su fallida versión de El
rey Lear y durante el rodaje Godard filmó unos encuentros con Woody
Allen en forma de entrevista.
Meetin’ WA comienza
con la voz en off de Godard contando que alguien
dijo una vez que los mirlos fueron los únicos
pájaros que siguieron al hombre a las ciudades
y vemos unas tomas de Central Park desde la habitación,
suponemos, de su hotel, con los grandes rascacielos
que se hierguen en el borde mismo del parque. Sentimos
su amenaza. Igual que el bueno de Woody debió sentirla
mientras era entrevistado por el cineasta fracosuizo
en vista de las caras de estupefacción de un
atemorizado Allen ante las preguntas de un Godard que
no deja de ser Godard ni para rodar esta curiosidad.
Terminado el meeting, el “mirlo de campo” (Godard)
deja al “mirlo de ciudad” (Allen) con sus
edificios, coches… y se vuelve al campo. Uno
de esos rótulos de editora de vídeo de
las de antes tan característicos del cine de
Godard, pone el colofón: “Meetin’s
over”.
Parapalos (2004. Ania Poliak) [Horizontes
Latinos]
Parapalos —Mejor Película en la sexta
edición del Festival Internacional de Cine Independiente
de Buenos Aires— es otra película repleta
de personajes cotidianos donde no ocurre nada excepcional,
o por lo menos nada más excepcional que la propia
vida, y que comparte inspiración con Whisky de
Rebella y Stoll. De manera aún más radical
que ésta, Parapalos responde a un proceso de “depurado
extremo”, en acertadas palabras de Manuel Yáñez(10),
que la desnuda hasta los límites de la inacción,
aunque sólo en apariencia, porque bajo esa superficie
monótona articulada en base a la repetición
cotidiana se esconde un proceso de interrogación
sobre “un mundo que no entiende” por parte
de una directora argentina a seguir, una más.
Jiang Hu (2004. Wong Ching-po) [Nuevos
directores]
Le teníamos ganas a este película del
director honkonés Wong Ching-po incluida en
Nuevos directores. Jiang
Hu (A.K.A. Blood
Brothers) es una nueva muestra de Heroe film que
es como se denomina en la industria de Hong Kong a
las producciones sobre las Tríadas (las mafias
honkonesas) un subgénero de gran popularidad
en Asia desde el impacto de A
better tomorrow (Ying huang boon sik, 1986.
John Woo). La película nos cuenta la historia
de Andy Lau y Jackie Cheung, dos blood brothers (el
nombre que reciben el jefe y su protegido, usualmente
más joven y mano derecha) y la evolución
de su relación en medio del violento día
a día de las Tríadas.
El éxito comercial del estilo Woo provocó durante
la segunda mitad de la década de los 80 y la
de los 90 una avalancha de este tipo de producciones,
demandadas por el publico y bendecidas por los productores. En
ese contexto surgió As tears goes
by (Wong
gok ka moon,1988. Wong Kar-wai) otra historia sobre las
mafias chinas que también supuso un debut en
la dirección como Jiang Hu (en este caso,
con salvedades) y contó con la misma pareja
de protagonistas (Andy Lau y Jackie Cheung) que, además,
interpretan también a un par de blood brothers.
Varias sospechosas coincidencias, por tanto, pero las
similitudes no terminan ahí. Vistas ambas, hay
que decir —a modo de verdad de perogruyo— que
Wong (Ching-po) no es Wong (Kar-wai) aunque, sin duda,
trate de parecerlo hasta la extenuación, en
la línea de los múltiples imitadores
del director de Deseando amar (2000) que hasta han
logrado acuñar un calificativo: Wong wannabes (que
traducido podría ser algo así como “quiero-ser-como-Wong”).
As tears goes by es una buena película
de género que, a pesar de su servidumbre al
momento histórico ya comentado y a los moldes
genericos, contenía ya las sugerencias del estilo
visual y los temas que acompañarían desde
entonces a Wong Kar-wai. Jiang Hu es un filme
cargante, pretencioso y esteticista, que consigue que
hasta el trabajo de Andy Lau, Jackie Cheung y el de
otro ilustre como Eric Tsang (que también ejerce
de productor) se diluyan en la nada más
sobrecargada, valga el oximorón. Además
de esta tríada de actores de peso, Jiang
Hu cuenta con la participación de Shawn
Yue y Edison Chen, dos jóvenes promesas del
cine de Hong Kong que hemos podido ver, también
junto a Andy Lau y Eric Tsang, en la trilogía
Infernal Affairs.
Todo ello nos da una idea de la ambición del
dispositivo puesto a disposición de Wong Ching-po
que lo desperdicia con estrépito y nos hace
añorar a cineastas honkoneses como Fruit Chan
capaces de realizar estupendas películas de
bajo presupuesto como Made
in Hong Kong (Xianggang
zhizao, 1997).
No soy ningún ángel (I’m
no angel, 1933. Wesley Ruggles) [Incorrect@s]
Hasta un jovenzuelo Cary Grant parece incapaz
de mantener la debida compostura ante Mae West, la
protagonista y guionista de No
soy ningún ángel,
y el rictus de una sonrisa indisimulable
asoma en alguna ocasión ante sus contoneos de
barrio bajo y comentarios de brocha gorda, que
vistos ahora se acercan más a lo cómico
que a lo sexy, aunque en su día (la década
de los ’30, recordemos) fueron el no va más
del escándalo. La West saca un partido increíble
de su rechoncho cuerpo con su
picantona sensualidad y unos movimientos perfectamente
estudiados (que podrían pasar
por los antecedentes de los encantadores bamboleos
de la gran Nina Simone recreada por Julie Delpy en
Antes del atardecer [Before
Sunset, Richard
Linklater. 2004]).
Con un punto entre screwball, lo naïf
y lo procaz y repleta de diálogos desopilantes
escritos o improvisados en su mayoría por la
propia West, No soy ningún ángel es
una película rabiosamente divertida que debe
recomendarse, aunque desconozco si existe la posibilidad
de conseguirla en algún formato doméstico.
Y como punto final, este carpetovetónico diálogo: Tira
(Mae West) consulta a un adivino. "Veo un
hombre en tu futuro", le dice éste
y ella responde: "¿Cómo, sólo
uno?".
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