 |
|
|
 |
| Estamos
asistiendo a un renovado interés por el entorno,
entendido como espacio expresivo que sobrepasa la
mera noción de paisaje o decorado. Los cineastas
tienden sus historias y personajes en
ese espacio que se ofrece al extravío, la
zozobra y la exploración: los sensuales paseos
de Tropical Malady, las exploraciones tarrnianas de
los últimos Van Sant, los vagabundeos de los
amantes de Richard Linklater y Sofia Coppola, los desplazamientos
en coche de Kiarostami, el plano serpenteante de Sokurov… Puede
que sobre el uso del espacio como entidad con sentido
propio todo lo haya dejado dicho Chaplin con sus películas,
pero aún así nos apetece enfrentarnos
a la elección de diez películas en las
que el entorno tenga algo que decirnos. [Tren
de sombras]
|
|
|
 |
 |
juntos
hasta la muerte (Colorado territory)
Dirección: Raoul Walsh; Guión: Edmund
H. North y John Twist; Producción: 1949. EE.UU. Fotografía:
Sidney Hickox; Reparto: Joel McCrea, Wes McQueen, Virginia Mayo,
Dorothy Malone, Henry Hull
Film seleccionado y
comentado por Diego Marín |
«—Hola.
—Hola.
—¿Cómo se llama este lugar?
—Este es el Cañón de la muerte, amigo.
—¿Y aquello de allí?
—¿Eso? Es la Ciudad de la luna, al menos así la llaman los
indios. Una ciudad muerta colgando en el vacío.
—¿Está lejos Todos los Santos?
—Está más hacia el norte, entre montañas, cruzando
la cima de ese cerro. No pensará dirigirse allí ¿verdad?
—¿Por qué?
—Le diré lo que es Todos los Santos: donde desaparece todo el que
llega. Los españoles fueron los primeros, los indios vinieron después
y los mataron. Y una epidemia de viruela acabó con los indios. Sólo
quedaron escorpiones y lagartos venenosos, y estos también desaparecieron
con un terremoto. Ya nadie más ha vuelto allí amigo, a no ser tal
vez, alguna serpiente que no sabe dónde se mete.
—Yo sí lo sé».
Me ha parecido lo más acertado transcribir
este breve diálogo entre Joel McCrea (Wes
McQueen) y un personaje episódico, como
mejor expresión de la palabra del concepto
espacial que Raoul Walsh desarrolla en la película.
Ya antes de que dialoguen los personajes existe
un maravilloso detalle de dirección de
actores, cuando el hombrecillo ve a Wes McQueen,
saca su revólver, lo cual es un detalle
bastante significativo del lugar en el que se
encuentran. Desde la descripción que se
nos hace de Todos los Santos, hasta el emocionante
final en el Cañón de la muerte,
todo lo relacionado con lo fúnebre, con
el fin de algo, con la muerte, impregna toda
la película.
Prácticamente no existe un sólo plano de la acción
que acontece en Todos los Santos, en la que Walsh no encuadre una ciudad
en ruinas, muerta. Unos personajes espectrales en una película
de marcado carácter fúnebre, como años más
tarde haría Clint Eastwood en Sin perdón (1992). |
|
 |
 |
LA
dama de musashino (musashino
fujin)
Dirección: Mizoguchi Kenji; Producción:
1951, Japón, Toho. B/N; Guion: Toshitaka Yoda (sobre una novela de
Shohei Ooka; Interpretado
por Kinuyo Tanaka, Masayuki Mori, Yukiko Todokori.
Film seleccionado y comentado por
David Flórez
|
Un amplio campo de cultivo y, atrás
en el horizonte, espesas columnas de humo sobre
una ciudad apenas visible. En el camino que
cruza los campos, uniendo al público con
la ciudad lejana, dos personas avanzan, cargadas
con lo poco que han podido llevar.
La guerra ha
llegado, durante largo tiempo parecía
imposible adivinar su final, hasta que de repente
se ha consumido a sí misma.
La derrota ha sido tan completa que nada de
lo antiguo puede ser ya cierto o válido.
Es preciso emprender nuevos caminos, aunque
no se sepan cuáles son, aunque sólo
se esté seguro de que deben ser radicalmente
distintos.
No todos tienen el valor, sin embargo.
Tampoco todos tienen la capacidad. Los hay
que prefieren encerrarse entre los campos,
los arroyos, los árboles
centenarios, la luz del día, su reflejo
sobre los lagos, entre aquello que parece aún
no haber sido tocado por el progreso, entre
las pocas cosas que se muestran inmutables
y perdurables. Aunque lo nuevo y lo viejo provoquen
el mismo hastío, aunque las melancolías
y los sueños pertenezcan a un mundo
inexistente.
Sueños, fantasías,
engaños.
El mundo nunca se detiene. Lo nuevo es bueno
porque es nuevo. Su juventud y su ímpetu
le dan derecho a todo. Nuevas costumbres, nuevos
estilos. Calles rectas, coches potentes, casas
modernas. Noches bulliciosas donde se camina
en círculo, diversiones artificiales.
Siempre lo mismo, repitiéndose sin variación
hasta que el tiempo concedido se acabe. Substituyendo
y remplazando lo que ya haya caducado, para que
no quede nada, fuera de sí mismo, con
lo que pueda compararse.
Al final, aquellos que
permanecen unidos al pasado, mueren irremediablemente.
Sólo
los ciegos o los suicidas podían suponer
otra cosa. Si se quiere seguir con vida, apenas
queda un camino, y lleva hacia adelante, hacia
el futuro que es necesario aceptar, amar y compartir,
por mucho que nos desagrade.
|
|
 |
 |
el
aÑo pasado en marienbad (L'AnnÉe
derniÈre À Marienbad)
Dirección: Alain Resnais; Producción:
1961, Francia/Italia; Guión: Alain Robbe-Grillet; Fotografía:
Sacha Vierny; Montaje: Henri Colpi, Jasmine Chasney; Reparto: Delphine
Seyrig, Sacha Pitoeff, Giorgio Albertazzi, Francois Bertin. Film
seleccionado y comentado por Diego Marín |
En los seis primeros minutos, la cámara
se pasea por pasillos interminables que parecen
desérticos, mostrando detalles de columnas
y barrocos decorados mientras una voz en off acompañada
de un sostenido musical nos dice "...
avanzo una vez más a lo largo de estos
pasillos, a través de estos salones, estas
galerías, en este edificio de otro siglo,
este hotel inmenso, lujoso, barroco, lúgubre,
donde pasillos interminables suceden a otros
pasillos silenciosos, desiertos, sobrecargados
de un decorado sombrío y frío de
muebles de maderas...". El espacio
pues, no sólo se presenta de forma visual
sino también en el diálogo del
filme. Durante estos primeros minutos del "Marienbad" sólo
alcanzamos a ver, fugazmente, a un hombre avanzando
por un pasillo (¿Giorgio Albertazzi?)
y la primera vez que vemos a los personajes del
filme, aparecen petrificados, como estatuas,
formando parte del decorado, mientras asisten
a una función teatral. El inicio del filme
no está muy lejos de otros filmes de Resnais,
como Hiroshima,
mon amour o Providence y
de la importancia del espacio en Nuit
et brouillard y Toute
la mémoire du monde, y por supuesto,
bebe directamente del inicio de Rebeca de
Alfred Hitchcock, uno de los directores preferidos
por Resnais. Alain Resnais utiliza el espacio
como metáfora del interior de Giorgio
Albertazzi y su obsesión por alcanzar
el recuerdo e intentar hacer recordar a Delphine
Seyrig que quizás el año anterior
tuvieron un encuentro sexual en Frederiksbad,
Marienbad, Karlstadt o Baden-Salsa.
Una película donde no hay certezas y nos adentramos en el laberinto
de la mente humana (sólo hay que recordar la repetición
del plano del cuadro del hotel que se asemeja a un laberinto), donde
un hombre intenta arrancar a una mujer de ese lugar y cuanto más
lo consigue más se aleja del balneario que domina la película
(y menor presencia tiene el espacio en los diálogos), de ahí la
muy interesante relación entre los espacios interiores y los exteriores.
Una película de repeticiones, fragmentaria, obsesiva y laberintica,
como la mente del protagonista. Por supuesto, el lugar elegido debía
expresarlo visualmente. |
|
 |
 |
STALKER
Dirección: Andrei Tarkovsky; Producción:
RFA/URSS., 1979; Guión: hermanos Strugatsky, Andrei Tarkovsky;
Fotografía: Aleksandr Knyazhinsky; Reparto: Aleksandr Kajdanovsky,
Anatoli Solonitsyn, Nikolai Grinko.
Film seleccionado y
comentado por Jorge-Mauro de
Pedro |
Los diccionarios pocas veces
definen. Se dedican más bien a envolver
las palabras de símiles, a refrendarlas
con significados miméticos, nunca iguales.
De acuerdo, pues, con uno de esos antipáticos
volúmenes, entorno sería “ambiente,
lo que rodea”.
El entorno malsano por excelencia
es La Zona y aledaños, agreste paisaje
después de la batalla donde hombres
sin fe o con la inspiración mustia
se arriesgan a descubrir el sin sentido
de todo.
Guiados por un stalker, chamán parareligioso en cósmica
comunión con la vegetación, la tierra y el agua... apóstol
de la esperanza en un mundo huérfano de fieles, manantial insalubre
de incrédulos arrastrados por la desesperación y el miedo
que mana de una duda más que razonable. Aunque la simple promesa
de un milagro —de cualquiera que sea su Naturaleza— termine
por movilizar al más descreído de los hombres.
Cruzar los límites, adentrarse en lo desconocido, está seriamente
vetado por un Estado hiperbólico, ejército para la contención
de multitudes dispersas, desatomizadas por pueblos arrasados, resultado
de... ¿un amanecer post-nuclear?
Un científico, empeñado en demostrar Dios sabe qué.
Un escritor al que las musas le llevan siendo infieles demasiado tiempo.
Y una ruta imbricada, donde el camino correcto nunca es el más
directo. Escepticismo e incertidumbre a partes iguales. «¿Será nuestro
guía un charlatán? ¿Tendrá La Zona esos poderes
mágicos de los que la gente habla? ¿Se manifestarán
en mí?». La sobriedad tarkovskiana no se permitirá el
mal gusto de darnos una respuesta. La epifanía no llega, pero
los que logren volver de esta excursión existencialista tampoco
podrán reincorporarse como si tal cosa a sus antiguas ocupaciones,
pretendiendo que nada ha ocurrido.
Visto lo visto, permítanme ensayar otra acepción de entorno: “proyección
deformada de nuestras angustias”. Sigue sin ser exacta, pero... ¿todavía
alguien busca precisión en las palabras?
|
|
 |
 |
ELEPHANT
Dirección: Alan Clarke; Guión: Bernard
MacLaverty; Producción: 1989, Reino Unido, Danny Boyle para
la BBC; Duración: 39 minutos; Fotografía: Philip Dawson
y John Ward; Montaje: Don O'Donovan
Film seleccionado y comentado por Israel Diego Aragón |
¿Qué sucedería
si al plano pero entrañable videojuego
del comecocos lo transformáramos, por
mor de las modernas técnicas tridimensionales
y de realidad virtual, en un arcade de última
generación que tuviera como escenario
los suburbios de Belfast? El resultado, trasladado
al celuloide, sería Elephant,
de Alan Clarke, una película que abandona
conscientemente los esquemas narrativos clásicos
y se entrega a la pura descripción: angostos
callejones de muros desconchados, descampados
fríos e inhóspitos o pasillos lúgubres
por los que se accede a mugrientas naves industriales
son algunos de los escenarios en los que se nos
muestran de forma implacable, sin solución
de continuidad, dieciocho ejecuciones a cual
más seca, descarnada y cruel, en una suerte
de bucle ultraviolento y nada melancólico.
Elephant,
a diferencia de la cinta homónima de Gus
Van Sant, es un poema visual macabro y terrible
en el que la descontextualización de la
violencia no se utiliza como vehículo
de esparcimiento o de simple goce al servicio
del espectador, sino como una lúcida reflexión
libre de todo artificio, sin subterfugios y,
contrariamente a lo que pudiera parecer, sin
atisbo alguno de indiferencia. Todo lo que Elephant
de Van Sant tiene de indolencia, esteticismo,
manipulación y desdramatización
se torna aquí en audacia, conciencia,
honestidad y, ante todo, una sobriedad estilística
que emparenta a Clarke directamente con Bresson.
Una
steadycam filma las nucas de los sicarios
en planos secuencia de una tensión inusitada.
Los asesinatos suceden en tiempo real y están
rodados con una frialdad pasmosa, sin dar explicación
ni justificación alguna, lo que no significa
que se carezca de ella, sino que, sea cual fuere,
es irrelevante. Sin duda, las crudas imágenes
de Clarke son la mejor ilustración posible
a las palabras que Juan Goytisolo pronuncia en
Nuestra Música (Notre
musique, Jean-Luc Godard. 2004): «Matar
a un hombre para defender una idea no es defender
una idea; es matar a un hombre».
|
|
 |
 |
ANTES
DEL AMANECER (BEFORE SUNSET)
Dirección: Richard Linklater; Producción:
1995. EE.UU/Austria/Suiza. Color; Guión: Kim Kryzan y Richard
Linklater; Fotografía: Lee Daniel; Reparto: Julie Delpy, Ethan
Hawke.
Film seleccionado y comentado por Jose Manuel
López |
Jesse (Ethan Hawke), un joven estadounidense,
y Celine (Julie Delpy), una estudiante francesa,
se conocen en un tren y deciden pasar una noche
juntos en Viena donde, a la mañana siguiente,
Jesse ha de tomar un avión hacia su país.
Durante unas catorce horas ambos comparten una
sutil historia de amor que Linklater filma con
una desarmante sencillez y un naturalismo casi
documental. Al igual que otras ciudades de proyección
mítica, Viena es un gran decorado en cuyas
calles empedradas se representa, desde hace siglos,
el ideal romántico. Con los ojos llenos
de postales podemos reconocer el escenario pero
somos incapaces de percibir el entorno. Quizá por
ello la principal tarea de los cineastas de hoy
en día sea preguntarse por lo que queda
después de la representación y
tratar de descubrir el entorno real en el que
transcurren sus historias. Supongo que habría
que llamarlo posmodernidad.
Si tuviera que ejemplificar esta mirada expectante en una escena, plano
o secuencia me quedaría con una sucesión de planos, aparentemente
inermes, de Antes del amanecer. Una
vez Jesse y Celine se han despedido, Linklater regresa a los lugares
que los dos amantes han compartido durante esa idílica noche y
los filma de nuevo a la luz del día: la noria detenida con sus
luces apagadas y las cabinas vacías, camiones de basura que cruzan
la plaza una vez terminada su jornada, palés amontonados en un
callejón que ya no servirán de improvisado asiento para
charlas nocturnas, las terrazas vacías de los cafés sin
sus parejas de deseo insomne, una anciana caminando por un parque que
pasa al lado de una botella de vino vacía y dos vasos usados… En
esos once planos fijos Linklater encuentra y filma su Viena, la Viena
de Celine y Jesse, la de Julie y Ethan, la de verdad; la Viena que ha
sobrevivido a esta nueva representación que ha terminado ya de
representarse. El verdadero entorno sólo se revela cuando alguien
lo vive… y cuando alguien, con una cierta pureza, lo filma. |
|
 |
 |
EL
DULCE PORVENIR (THE
SWEET HEREAFTER)
Dirección: Atom Egoyan;
Producción: 1997. Canadá; Guión: Atom Egoyan
a partir de la novela de Russel Banks; Música: Mychael Danna;
Reparto: Ian Holm, Caerthan Banks, Sarah Polley, Arsinée Khanjian,
Tom McCamus
Film
seleccionado y comentado
por César
Combarros |
Todo es extraño y nuevo, aunque la nieve
sigue ahí, nunca se fue, como elemento
de expiación o de incomunicación.
Su intenso blanco saca a la luz los oscuros recovecos
de los supervivientes de un pequeño pueblo
en las montañas. La tragedia, inexorable
como la sinfonía de Danna o la melodía
del cruel flautista, se lleva a unos y deja a
otros; castiga a todos, implacable. Lo que antes
parecía idílico ahora está arrasado,
nada cambió por fuera y todo se transformó por
dentro. En la nieve, bajo el hielo, hay tensiones
guardadas con celo para que todo siga su curso,
pero el hielo cede, los labios se congelan y
las mentiras quedan al descubierto. Ahora todos,
desnudos, lloran, y lo hacen solos, incluso quienes
parecen acompañados. Lo que antes era
un pueblo ahora son muchos, solitarios, tantos
como casas, tantos como tragedias. Un inoportuno
abogado llega para evitar que la desnudez pueda
cubrirse con más nieve; misión
baldía. El intenso dolor sobrevuela el
paisaje, lo percibimos en las tomas de helicóptero,
en cada mirada rota de Dolores, Billy, Mitchell
o Nicole, en cada toma de un Egoyan que lleva
su cámara hasta el cielo impertérrito
en escalofriantes fundidos claves que muestran
el incestuoso refugio de Sam y Nicole o el accidente.
No queremos mirar, no queremos verlo, aunque
Billy se atreva a asomarse al vacío abismo
por unos segundos. Todos nosotros, Dolores, yo,
los niños que sobrevivieron y los que
no, somos ciudadanos de un pueblo diferente ahora,
un lugar con sus propias reglas y leyes especiales.
Un pueblo de gente que vive en el dulce porvenir,
donde abundan los manantiales cristalinos y se
multiplican los frutales, donde los colores de
las flores adquieren los matices más bellos
y todo es extraño y nuevo. Todo es extraño
y nuevo. |
|
 |
 |
OCTAVIA
Dirección y guión: Basilio Martín
Patino; Producción: España/Francia, 2002.
Fotografía: José Luis López-Linares; Montaje:
Martin Eller; Reparto: Miguel Ángel Solá, Margarita
Lozano, Antonia San Juan, Blanca Oteyza
Film seleccionado y comentado por Alfredo
Garmendia |
Ciertamente la película de Patino constituye
para mí una muestra de cómo una
película llena de defectos puede a su
vez producir un efecto hipnótico al espectador
si confluyen las circunstancias y los elementos
adecuados.
Siendo consciente de sus fallos había asistido a su proyección
como quien asiste a un rito.Una contundente mezcla de imágenes
y música había creado un contexto especial que me había
conmovido y había conseguido crear una discordancia entre mi raciocinio
y mis sentimientos.
La culpa la tiene posiblemente Salamanca. Sin Salamanca no hubiera sido
posible que lo que estaba presenciando en la pantalla ocurriera, sus
personajes son como son por vivir en esta ciudad. Imposible resistirse
a su arquitectura espectacular, a su tradición cultural, a su
prestancia. La imposible ruptura del protagonista con sus raíces
hacen que éste utilice su ciudad para tratar de recapacitar sobre
su vida. Regresa a la burguesía, omnipresente y arraigada en la
propia ciudad, que impide cualquier salida de tono o a la Doña,
serena, dominadora, controlando su hábitat. Los personajes marginales
son escupidos hacia el exterior, a la vieja casona familiar fuera de
su ambiente.
Pero la ciudad es solo una parte de la fascinación, pues Pergolesi
impone su cadencia desde el mismo principio mezclando su increíble
espiritualidad con los sucesos que en la película se narran. «Estaba
la madre dolorosa agarrada a la cruz, la desdichada, de donde su hijo
pendía...» y así Octavia vive su personal calvario
contemplada y asistida por su madre dolorosa, apoyadas ambas en esa maravilla
de composición musical que eleva la más doliente y vulgar
realidad hasta una exaltación espiritual donde se trasunta en
redención.
Y no se me pregunte, pues forma parte de las sensaciones más que
de los razonamientos, cómo una película con tantos errores
de personajes y de situaciones ha podido quedarse en mi mente tan intensamente
tan sólo por el entorno. Claro que el entorno es, en este caso,
la película, y el cine sin sensaciones no es nada. |
|
 |
 |
Five:
Five Long Takes Dedicated to Yasujiro
Ozu
Dirección, guión,
fotografía, sonido y montaje: Abbas Kiarostami;
Producción: 2003, Irán/Japón/Francia
Film seleccionado y comentado por Fermin
J. Martínez. |
¿Qué pretendía Kiarostami
cuando rodó Five? ¿Homenajear
a Ozu? (eso está claro) ¿Realizar
una obra increíblemente críptica? ¿Apostar
por la sencillez? ¿Por el minimalismo?
Reconozco que me interesa muchísimo saberlo.
Aunque el motivo por el que he seleccionado esta
película para Entornos es otro.
Hay muchos directores que han sentido fascinación por el mar.
Desde Julio Médem a Takeshi Kitano, el mar siempre se ha visto
como el guardián de los misterios y el confesor que mejor guarda
los secretos. A lo largo de la historia del cine han sido cientos los
personajes que han terminado expiando sus culpas en el mar.
La película de Kiarostami: cinco planos fijos mirando al mar. ¡Qué buena
idea! Uno de ellos rodado en Gijón (en cuyo festival se presentó la
película en nuestro país). ¿Qué esconden?
Supongo que muchos secretos y quizá saldar una deuda pendiente
con el mar.
Creo que los elementos de la naturaleza misteriosos por excelencia son
la luna, la noche y el mar. Por eso el episodio más fascinante
para mí es el último de los cinco. Con una cámara
MiniDV, Kiarostami crea una película de misterio de la forma más
sencilla posible: rodando una larga secuencia nocturna en la que se ve
la luna reflejada en el mar.
Muchas noches esas imágenes me acompañan. En el salón
de mi casa, luces apagadas, velas encendidas. En la televisión Five y
como acompañamiento al ruido de las olas Millions Now Living
Will Never Die de Tortoise a un volumen lo suficientemente bajo para
poder oír las olas chocando con la arena de la playa.
¿Estaré corrompiendo la obra de arte? Quiero creer más bien
que le doy una lectura adicional. Y de paso saldo mi deuda pendiente con el mar,
que es mi Entorno favorito.
|
|
 |
 |
The
world (SHIJIE)
Dirección y guión: Jia Zhang-ke;
Producción: 2004. China/Japón/Francia; Fotografía:
Nelson Yu Lik-wai; Montaje: Jing Lei Kong; Reparto:
Taisheng Chen,
Zhong-wei Jiang,
Jue Jing, Yi-qun Wang,
Tao Zhao
Film seleccionado
y comentado por Manuel Yáñez
Murillo
|
El mundo, más o menos deformado, manipulado
una vez convertido en imagen, siempre filtrado
por la mirada subjetiva del realizador, es casi
siempre el escenario del cine, su primer entorno,
su materia prima esencial. Formulemos algunas
preguntas al respecto de esta hipótesis: ¿Existe
la posibilidad de capturar en un único
escenario la esencia misma del mundo entero y
a su vez sus coordenadas físicas reales? ¿Es
posible acercarse hoy, en el terreno del cine,
al mundo sin desencadenar un proceso de desenmascaramiento? ¿Cuál
es la esencia del rectángulo acotador
del espacio que es el encuadre cinematográfico:
su poder aspirador (el cine absorbe el mundo
dentro de su plano) o su fuerza centrífuga
(el todo se construye mediante el fragmento)?
Veamos cómo contesta estas cuestiones
la última película del cineasta
chino Jia Zhang-ke: The
World.
La acción
de The World se sitúa
en el World Park cercano a la ciudad de Pekin,
un parque temático gracias al cual es
posible dar la vuelta al mundo a pie en un par
de horas, contemplando los monumentos más
emblemáticos del planeta miniaturizados.
La cámara de Zhang-ke planea por el mundo
ilusorio y artificial de The
World poniendo de
manifiesto la crisis de identidad de un país,
China, perdido en un proceso de pérdida
de valores. Nos hayamos ante la primera gran
película sobre la globalización:
Zhang-ke encuentra en el World Park el símbolo
perfecto de un mundo más pequeño,
más monocolor, cuya diversidad se ve reducida
al ridículo del espectáculo, y
en el cual sus habitantes vagan desorientados,
carentes de una educación sentimental,
escondiéndose tras las mismas máscaras
que cubren el mundo en miniatura que les rodea.
Zhang-ke
entabla una doble relación entre
el cine y su entorno, el mundo. Por una parte
convierte el encuadre en un instrumento succionador
del mundo global mediante la simbología
del escenario y sus principios estilísticos
(lentas panorámicas que actúan
como escobazos contra la artificialidad en busca
de un realismo veraz). Y por la otra, convierte
su mini-mundo en la evocación de una pulsión
planetaria, algo imposible de capturar en una
imagen, y más allá (en las miradas
de sus personajes al cielo) en la posibilidad
de escape de un mundo de apariencias, sin esencia.
|
|
 |
|
 |
|
 |
|
|
|
|