El Festival de Cine Asiático de Barcelona es un evento en claro estado de
proyección. Lo que cabe preguntarse es: ¿Hacia dónde se proyecta? No teman, la
respuesta es tranquilizadora. El BAFF parece tener los pies bien plantados en
el suelo y su crecimiento y expansión han demostrado ir, en todo momento, bien
acompañados por un proceso de autorreflexión y análisis. En este sentido, nos
vemos en la obligación de empezar esta crónica destacando, por encima de
algunas magníficas películas que se proyectaron, una iniciativa que deja
patente que el BAFF no sólo crece, sino que también está decidido a pensar.
Hablamos de la organización de mesas redondas entorno a dos temas fundamentales
para la comprensión del creciente interés que despierta el cine asiático tanto
a escala nacional como mundial: Los festivales, la distribución y el cine
asiático por una parte, y El DVD en el mercado audiovisual. The Asian
Connection por el otro. Con este gesto, el BAFF ofrece una lección
maestra acerca del papel que deben jugar los festivales de cine. Existe la
costumbre de pensar en las muestras cinematográficas como máquinas para la
cinefagia. El éxito parece otorgarlo la cantidad, el volumen, la oferta, los
números (de asistentes, invitados y acreditados), las estrellas, la atención
mediática... ¿Qué es lo que falta en esta lista? La reflexión. En las
condiciones actuales, en las que el análisis crítico se haya en peligro de
extinción, cualquier espacio debe ser conquistado para el pensamiento, siendo
los festivales de cine, por su poder de convocatoria, un lugar idóneo para esa
ocupación. Las mesas redondas que organizó el BAFF acertaron en su postulado
esencial: reunir en una misma mesa a los diferentes actores del juego
cinematográfico (distribuidores cinematográficos, críticos de cine, exhibidores
y directores de festivales). Así, los organizadores evitaron que el debate
degenerase hacia un tono monocolor, mientras que la oposición de posturas se
erigió en claro reflejo de la realidad actual. Se habló del llamado boom del
cine asiático, de las condiciones en que se distribuye el mismo o de la
posibilidad de formar alianzas y organismos para apoyar la difusión de este
cine (y así, también, reclamar ayudas públicas para esta tarea). No nos
extenderemos sobre estos puntos, ya que cada uno de ellos requeriría un
artículo completo, sin embargo sí queremos destacar esta iniciativa del BAFF
como un ejemplo a seguir por parte de todos aquellos festivales preocupados no
sólo por los números y estadísticas, sino también por el cine y sus
supervivencia como expresión artística.
En cuanto los filmes, el BAFF presenta una programación que dividida en tres
grandes secciones (Oficial Competitiva, Asian Selección y D-Cinema) presentó
dos líneas directrices que acapararon nuestro interés: una atención bien
orientada hacia las propuestas de los directores asiáticos más reconocidos por
la crítica y cinefilia mundial, y una predilección por la presentación de
óperas primas.

Que en el BAFF pudiésemos ver hasta cuatro primeras películas de gran valor de
tres países distintos (Indonesia, China, Corea del Sur) habla con claridad del
buen estado de salud de dichas cinematografías. Y aquí es necesario distinguir
el concepto de cinematografía al de industria, ya que la mayoría de estas
películas son producciones independientes realizadas al margen de la industria.
El jurado de la sección oficial del festival demostró un magnífico criterio al
premiar con el Durián de Oro (al que acompaña un premio de 6000 euros que el
director de la película debe invertir en su próximo proyecto) a la película Green Hat
(China/Hong Kong) del realizador debutante Liu Fendou (guionista
de
La Ducha
de Zhang Yang). La película es rica tanto en su análisis
formal como en su propuesta temática. En Green Hat, Fendou pone al descubierto
la herencia machista de una sociedad china pérdida entre los valores de su
pasado imperial y un presente caótico caracterizado por un capitalismo brutal
encubierto. Dicho trasfondo se materializa en los conflictos sentimentales de
dos parejas (la película se haya dividida en dos mitades). Fendou fija su
mirada en los personajes masculinos (un ladrón y un policía), uno desesperado
por huir del país en busca de su amada y el otro sumido en una crisis
existencial. La película crece en enteros cuando fija su mirada en la
frustración sexual del policía, incapaz de satisfacer a su mujer.
 |
Green Hat |
Así, Fendou
se sirve de la sexualidad de sus personajes para explorar un mundo de
relaciones deshumanizadas. Todo ello acompañado por un tono hábilmente situado
en la frontera entre la tragedia y la comedia, complejo equilibrio que el
director sabe sostener gracias a un prodigioso dominio de los registros irónico
y sarcástico. Por otra parte, la película sorprende por su viaje formal: de una
primera parte alocada, fragmentada y frenética (caracterizada por un sentido de
la acción influenciado por cineastas como Tarantino o Guy
Richie), a una segunda mitad pausada, más reflexiva, construida
entorno a brillantes diálogos cargados de silencios y a una puesta en escena
que funciona a partir de sostenidos planos fijos (con un halo a lo Haneke).
En resumen, un viaje bien hilvanado de Snatch a La Pianista, de la posmodernidad a lo
moderno. Obviamente, la superioridad de la segunda parte y el regusto final que ésta deja en el espectador influye en nuestra valoración positiva.
Resultó un fantástico descubrimiento la película indonesa
The Rainmaker
del debutante Ravi Bharwani. La aparición de la Hubert Bals
Fundation (que promueve desde el Festival de Rotterdam la realización de
películas independientes) como co-productora de la película en los títulos de
crédito iniciales ya anunciaba que nos encontrábamos ante un filme excepcional.
Bharwami es un gran narrador y en The Rainmaker pone todos sus conocimientos y
recursos visuales, adquiridos gracias a su trabajo como realizador de
publicidad y de documentales, al servicio de una historia de amor prohibido
entre un metereólogo y una cantante tradicional en un pequeño pueblo rural
azotado por un intensa sequía. Para Bharwami no parecen existir barreras a la
hora de fabricar mecanismos para la narración (lo que le emparenta
estrechamente al gran Apichatpong Weerasethakul). Las sabias y
ancestrales palabras de un viejo chamán, las canciones populares de la
cantante, las imágenes que captura el metereólogo con su pequeña cámara
digital, la representación con sombras chinas de un viejo cuentacuentos...
todos instrumentos para el relato en manos del realizador indonés. Es cierto
que nos hayamos ante una película con imperfecciones, por ejemplo la mala
asimilación de la estética publicitaria para ciertas secuencias románticas, un
fracasado intento de ser Wong Kar-wai; sin embargo queda la
certeza de hallarnos ante un poderoso narrador al que deberemos seguir la pista
en el futuro.
 |
| The Rainmaker |
También nos pareció de interés la película china Passages, con la que el joven realizador Yang
Chao había conseguido una mención especial del jurado de la Cámara
de Oro en el festival de Cannes del 2004. La película muestra a las claras el
peso del realizador Jia Zhang-ke (del que el BAFF presentó
The World, comentada más adelante) dentro del
panorama de los jóvenes realizadores chinos. No se trata únicamente de una
coincidencia en la temática, sino que el peso de Zhang-ke se aprecia también en
la estructura formal de la película, formada principalmente por largos planos
secuencia perfectamente estructurados. No hay en el uso del plano secuencia una
pose estética, no hay una dilatación artificial del tiempo, sino que los largos
planos (la mayor parte muy abiertos y filmados en exteriores) facilitan el uso
del paisaje rural, desértico y devastado como elemento para la definición
psicológica de los personajes. También es digna de mención la habilidad de Chao
para enmarcar las acciones de los personajes en planos que sin ser estáticos
(suelen acompañar a los personajes en largos trayectos a pie, en tren o en
bici) transmiten una intensa sensación de inmovilidad, metáfora del
estancamiento vital de los personajes ante un mundo en crisis. Los valores de
la sociedad se transforman a una velocidad mucho mayor que los de sus
individuos. En ese desfase es en el que habitan Si Xu y su novia, perdidos en
un tiempo indefinido, en un espacio que bascula violentamente entre las viejas
costumbres del entorno rural y la modernidad de la urbe.
Es bien sabido que la coreana es una de las cinematografías más en forma del
presente. Ha puesto en práctica un modelo industrial que se sostiene gracias al
éxito, dentro de sus fronteras, de un cine abiertamente comercial y al
prestigio internacional de sus autores más cotizados. Más desconocido es el
trabajo de sus cineastas independientes. En el BAFF pudimos ver el magnífico
primer trabajo del realizador Whang Cheol-Mean,
Spying Cam. Como la gran mayoría de las
películas vistas en el festival, esta película plantea una reflexión entorno a
la situación política de su país. Aquí, la historia de dos hombre encerrados en
una habitación de hotel le sirve a Cheol-Mean como metáfora de la opresión del
individuo por parte del estado coreano. El difuso origen de ese estado
represivo es puesto en escena mediante una situación de desconcierto,
construida sobre incertidumbres: ¿Qué ata a los personajes a esa habitación?
¿Cual es su relación? Podemos deducir que uno de ellos es el encargado de
vigilar al otro. Se perciben las tensiones que genera el juego opresor-víctima,
todo ello en un espacio vacío cuya naturaleza teatral se ve enfatizada por el
hecho de que los dos personajes deciden emplear su tiempo libre en la
representación de la obra Crimen y Castigo de Dostoievski. A pesar de su bajo
presupuesto, la película está sumamente cuidada a nivel formal: trabaja varios
registros visuales gracias al uso dramático de diferentes tipos de iluminación
y cuenta con una banda de sonido que se erige como pieza esencial para la
evocación de un mundo exterior que resta impasible ante el drama social que se
esconde en sus entrañas.
 |
| Spying cam. |

Otro de los aspectos que ha afianzado la buena reputación del BAFF es su buen
ojo a la hora de programar las películas de mayor repercusión critica de la
cosecha asiática del año. Esta buena práctica a la hora de programar, nos
permitió ver en pasadas ediciones películas como Shara
de Naomi Kawase,
Good
Bye Dragon Inn
de Tsai Ming Liang o
Blissfully Yours
de Apichatpong Weerasethakul, hitos dentro del panorama cinematográfico mundial
del último lustro. Este año, el BAFF volvió a aplicarse en su labor de
pregonero del mejor cine asiático, realizando una necesaria labor de
visibilización de un cine capital para la comprensión de los flujos temáticos y
formales que de verdad importan hoy en día. A la cabeza del mismo, un
triunvirato sublime: Hou Hsiao-hsien, Jia Zhang-ke y
Apichatpong Weerasethakul.
Jia Zhang-ke (Xiao Wu,
Platform,
Unknown Pleasures) es el director más
relevante del presente cine chino y The World la primera gran película sobre la
globalización mundial. Cuarta película de Zhang-ke (principal representante de
la quinta generación de cineastas chinos), The World supone su primer filme
realizado bajo la aprobación de la comisión de censura del estado. El carácter
oficialista de The World había provocado (antes de su estreno en Venecia 2004)
más de una suspicacia hacia la posible pérdida de contundencia del discurso
crítico con la sociedad china que caracteriza el cine de Zhang-ke. Sin embargo,
la película mantiene viva la voluntad de denuncia del director contra las que
considera lacras de la sociedad china actual. The World transcurre en el World
Park de Pekín, un parque temático gracias al cual es posible dar la vuelta a un
mundo en miniatura en quince minutos, contemplando reproducciones a escala de
los monumentos más representativos de cada una de las grandes ciudades del
planeta. Zhang-ke utiliza la localización de su película para construir una
poderosa metáfora acerca de la sociedad china y el mundo. En cada fotograma de
la película trasluce la idea de que toda la sociedad se ha convertido en una
gran representación de lo real. Una realidad inalcanzable para los
protagonistas, que se ven sumidos en una lucha constante por una supervivencia
económica y una estabilidad sentimental irrealizables.
 |
| The World |
Zhang-ke vuelve a poner en práctica las normas básicas de su sistema: largos
planos secuencia en el que encadena continuas panorámicas que barren el espacio
siguiendo a los personajes. La novedad es la inclusión en la película de
fragmentos de animación que sirven para recrear la comunicación vía SMS-móvil
entre los jóvenes. También es nuevo el uso que hace Zhang-ke de la banda
sonora, mucho más extensa que en sus anteriores trabajos, casi omnipresente.
Compuesta por Giong Lim, compositor de la banda sonora de
Millenium Mambo (Hou Hsiao-hsien.
Qianxi manbo, 2001) gran parte de los cortes de
la música son electrónicos. En definitiva, la suma de la música y las
animaciones alejan la mirada de Zhang-ke de la sobriedad y el minimalismo
extremo de sus anteriores propuestas, abriendo la posibilidad a la
experimentación con componentes oníricos en un cine que hasta ahora no se había
despegado de la realidad.
Tras el esfuerzo vanguardista por permitir la filtración de elementos de la
posmodernidad en su cine (en la gran Millenium Mambo), Hsiao-hsien decide fijar
la vista atrás para comprender el presente. Y el referente no es otro que el
legendario Yasuhiro Ozu. De este diálogo formal entre maestros nace una de las
más bellas meditaciones acerca de la incomunicación en el mundo contemporáneo.
Habitando espacios, tempos y encuadres pertenecientes al hermético estilo de
Ozu, Hsiao-hsien rebusca en un Tokio alejado de su centro
ultra-moderno y neurótico indicios urbanos que le sirvan como metáfora de esa
desconexión entre los seres humanos. Su maravilloso descubrimiento son las vías
inconexas y los vagones de unos trenes que parecen navegar a la deriva,
componiendo una danza de desencuentros.
Café Lumière
parece una versión moderna de los
Cuentos de
Tokio
(Tokyo monogatari, 1953) de Ozu, sin embargo surgen también otros
referentes claros, como por ejemplo
Buenos días
(Ohayo, 1959) con la que comparte una escena final memorable.
Tropical Malady
es para el autor de este texto la mejor película que se estreno en el mundo en
el 2004. Vencedora del Premio del Jurado en el último festival de Cannes,
Tropical Malady es una experiencia límite concebida y ejecutada por un cineasta
absolutamente inclasificable. Apichatpong Weerasethakul diseña en sus películas
un juego de escape en el que el espectador se convierte en perseguidor de una
presa fílmica de aspecto informe y naturaleza mutante, viéndose obligado a
construir unos cimientos sobre los que poder interpretar lo visible en la
pantalla. Llegado el momento adecuado, el espectador debe terminar asumiendo
una mecánica (destrucción-reconstrucción) mediante la cual liberarse de
ataduras (narrativas, formales, canónicas, académicas, racionales) y abrir su
mente a la experiencia de la libertad total.
 |
| Tropical Malady |
El gesto que mejor define la dinámica de las películas del realizador tailandés
es el esbozo. Weerasethakul esboza conceptos conectables: amor, sexo,
naturaleza, ser humano, bestialidad, soledad, muerte, magia, leyenda... y los
somete al grado de ensamblaje del que sea capaz la mirada de cada espectador.
Será una tarea individual definir el nexo de unión entre las dos partes que más
claramente segmentan la película (de la ciudad a la jungla, del naturalismo a
lo onírico).

Si una mancha negra tuvo el BAFF 2005, está fue, sin duda alguna, la nefasta Toni Takitani del japonés Jun Ichikawa. Toni Takitani está cimentada sobre
varias de las costumbres cinematográficas más detestable y extendidas por el
peor cine actual: la predilección por lo obvio por sobre de lo sutil u obtuso,
el esteticismo vacuo construido sobre la nada, el subrayado, el uso de la
música como anestesia sensitiva (aunque la partitura sea de Ryuichi Sakamoto),
la arbitrariedad en la elección de las opciones formales, el desfase entre
forma y contenido... Toni Takitani es también preocupante porque constata la
proliferación de realizadores procedentes de la publicidad con mucho que
encuadrar y nada que contar. Toni Takitani es la hermana asiática perversa de Amelie, el equivalente japonés de Goodbye Lenin, la reencarnación presente
de aquello que denunció Rivette a propósito de Kapo
de Pontecorvo. ¿Cuan inmoral puede ser un plano? La película
aquí comentada contiene uno en el que, mediante un efecto de transparencia, se
equipara la situación de un personaje a punto de ser ejecutado por el ejército
nipón en la II guerra mundial y la de otro que acaba de ser abandonado por su
mujer. La existencia de películas como Toni Takitani lo convence a uno de que
nuestra lucha por un cine mejor es una tarea digna.
|