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La mirada de Michelangelo


Un hombre se acerca caminando a la puerta de San Pietro in Vincoli, una iglesia romana del siglo V, precedido por la sombra que la dura luz exterior dibuja sobre el suelo de mármol.

Atraviesa el vano y se detiene en el solitario interior.

Levanta la cabeza y observa.

El hombre avanza de nuevo, se detiene.

Levanta la cabeza y observa.

El hombre es Michelangelo Antonioni, aunque —tal y como aclara un rótulo al comienzo del filme— Michelangelo Antonioni no puede caminar desde 1985.

¿Entonces?

La gente acostumbra a soñar con aquello que ha perdido o que nunca ha tenido, pero si eres Antonioni puedes filmar(te) en el limbo de la Imagen digital.

¿Pero qué observa?

El Moisés de Michelangelo Buonarotti, la figura central de la tumba del Papa Julio II, el proyecto, la obsesión y la frustración de toda una vida, pues hubo de dejarlo inacabado.

Tras largo tiempo alejado de la mirada del público para ser restaurado, el Moisés puede visitarse de nuevo. Y frente a él se encuentra Michelangelo A. —o su imagen—, “una restauración interactuando con otra restauración“, en palabras de Jonathan Rosenbaum.

Tres elementos se disponen en la imagen: carne, mármol y celuloide; Michelangelo A., el Moisés y nosotros, los espectadores (el cine).

Una de las esculturas del conjunto es una figura que yace con los ojos cerrados. Parece muerto, ¿puede ser Julio II?

Mientras Michelangelo A. la observa, dos fugaces fundidos a negro desfunden a imagen
con presteza.

Parpadeos.

Vida.

Michelangelo A. todavía puede ver, y nosotros con él.

Su mirada está cubierta por el blanquecino velo de la edad y parece fundir a mármol en lúcido flashforward.

Como la mirada de Michelangelo B. fundida “para siempre” en el blanco relieve de los ojos de su Moisés.

¿Pero adónde mira?

¿A la cámara? ¿A nosotros?

El cine todavía puede ver, y nosotros con él.

El tiempo corre, y lo que queda detrás es la vida.
Enrica Antonioni aprendió a mirar con su padre. A mirar y observar:

“Nuestro primer viaje juntos fue a China en 1972 para su documental Chung Kuo. Cuando volvimos a casa y observamos el material rodado me di cuenta de que casi todo lo que Michelangelo había visto a mí se me había escapado. […] En frente de su pantalla, viajé de nuevo”.

Y, de nuevo, el viaje.

Se dice que mirar es tocar con los ojos.
Michelangelo A. acerca su mano para mirar con su piel, quizá para confirmar lo observado.

Piel cuarteada, vívida y vivida… contra el mármol aparentemente frío y áspero, eterno…

“Aparentemente”.

Falsa eternidad.

El encuentro es lo único eterno pues transcurre en su mismo (y único) instante:

Michelangelo A. encerrado en la Imagen cinematográfica para poder observar de nuevo:
un efecto especial.

Especial, en efecto.

Michelangelo B. encerrado en el mármol para no dejar nunca de hacerlo.

Nosotros (el cine), los testigos.


Tren de sombras Núm. 4. Otoño de 2005.
© José M. López Fernández y trendesombras.com

LA MIRADA DE MICHELANGELO

Título original:
Lo sguardo di Michelangelo
Dirección y Guión:
Michelangelo Antonioni.
Producción: 2004. Istituto Luce, Lottomatica. Color. Duración: 17'
Fotografía: Maurizio Dell'Orco.
Montaje: Roberto Missiroli.
Música: Giovanni Pierluigi da Palestrina.