Durante el Bafici 2005 también se proyectó la última película del prolífico Raúl Perrone: Ocho años después. Ésta tiene cierta relación con Antes del atardecer (Richard Linklater. Before sunset, 2004) porque une en el presente a los protagonistas de una ficción que ocurrió un tiempo atrás — Graciadió (1997)— para hablar del desamor, de las fobias, de los sueños no cumplidos. La diferencia está en que si Linklater serializa un hacer que tiene sus antecedentes, por ejemplo en la saga Antoine Doinel, Perrone al replicarlo: lo humaniza.
Me explico... Tal cual la réplica del niño de A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg. Artificial Intelligence: AI, 2001) que deviene en un robot "imperfecto" porque se hace humano cuando empieza a demandar el amor de su madre, Ocho años después replica a la exitosa Antes del atardecer por su desborde de "imperfecta" humanidad. Una cualidad que, por ejemplo, surge de las acciones de sus actores Violeta y Gustavo cuando caminan como destartalándose al costado de las vías del tren.
También porque los protagonistas de esta ficción suburbana más que tener una postura metalingüística sobre su vida o el mundo, pareciera que "viven" el mundo. Con otras palabras, mientras que los protagonistas de Antes del atardecer adoptan una postura distanciada, incluso cínica con relación al mundo, sus compañeros tienen una relación de puro conflicto con el que los desgarra, los desborda y por eso los llena de síntomas, vicios y reiteraciones.
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Raúl Perrone con sus dos protagonistas. |
Estas características de los personajes están, evidentemente, sostenidas por el cuerpo de los actores. Pero hay también, por esa suerte de puesta en escena imperfecta típica de la filmografía de este director, un no sé qué que irrumpe en el encuadre que está relacionado con los momentos en los que la cámara empieza a documentar.
Porque más allá de que en este caso se haya recurrido al montaje para organizar el espacio de la ficción: los negocios en Ituzaingó están geográficamente dispuestos de otra manera, y que por alguna razón la ciudad se mencione muchas veces, hay en “8 años después” algo del existir (casi inclasificable), que irrumpe con potencia en la imagen en el juego de lo que se dice y lo que no se dice, lo se escucha y lo que no se escucha, lo que se ve y lo que no puede verse como la violencia ‘latente’ que emergía de La Mecha (2003).
Y eso es lo que me atrapa de las películas de Perrone, ese intersticio donde la cámara empieza a dar cuenta de los rostros, los cuerpos, las calles, las casas, pero más allá de lo que se supone que deberían expresar. O sea, el momento donde el cine lucha por ser restituido a su estado inicial de querer expresar al mundo... Más allá de las estrellas de cine, de la industria cinematográfica y del presupuesto que se cuente para filmar. Contando casi exclusivamente con el deseo —una palabra que Raúl utiliza mucho— y la necesidad.
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