 |
|
|
|
|
 |
|
En el número anterior, nuestro tren ha recorrido los paisajes que separan las
ciudades, llevándonos de una a otra, para mostrar la influencia, a menudo
determinante, que el entorno
tiene sobre la personas que en él habitan.
Sin embargo, tan importante como ese entorno, visible y colectivo, es lo que
ocurre puertas adentro en el mundo secreto, privado, agobiante en ocasiones, en
el que vivimos nuestras vidas. Por esa razón hemos querido dedicar este número
a los interiores, a las historias que transcurren entre cuatro
paredes (reales o figuradas) y los mundos artificiales que allí se crean. En
definitiva, a todo lo que se quiere oculto y secreto frente a los demás. [Tren
de sombras]
|
|
|
 |
 |
Rebeca
(Rebecca)
Dirección: Alfred Hitchcock; Guión: Daphne Du Maurier
(novela), Philip MacDonald y Michael Hogan; Producción: 1940. EE.UU. B/N
Fotografía: George Barnes; Reparto: Laurence Olivier, Joan Fontaine, George
Sanders
Film seleccionado y comentado por Diego Marín
|
La primera película estadounidense de Hitchcock gira en torno a la atracción por
la belleza del pasado. El pasado (Rebeca) lo domina todo. Manderley se erige
pues, en la proyección de Rebeca, un personaje que, ausente físicamente, se
proyecta en cada rincón de la mansión y sobre diversos elementos que forman
parte de ese lugar: servilletas, papeles y sobres, ropa, el perro, la Sra.
Danvers...
Rebeca se desarrolla en torno al verdadero protagonista: Manderley. Pocas veces
un espacio ha adquirido tanto protagonismo en aquellos personajes que mantienen
una relación de atracción-rechazo por un lugar.
Poco sabemos del emplazamiento geográfico de Manderley. La poca información se
nos proporciona en el primer acto del drama, aquel que acontece en Montecarlo.
Esto construye una atmósfera de inseguridad que abarcará el resto de la
película, concentrado ya (con pequeñas excepciones) en la propia mansión. El
personaje interpretado por Joan Fontaine pronto se nos muestra desubicado en la
inmensidad del lugar. Buena parte de la inseguridad latente a partir de este
tramo de la película está construida en torno a ideas espaciales: la habitación
cerrada (la de Rebeca, por supuesto), que inmediatamente fija en la mente del
personaje (y del espectador) la idea de penetrar en ese lugar. La tentación de
lo prohibido.
Rebeca
se abre con un zigzagueante travelling de avance hacia Manderley. Instalados en
un sueño ("Anoche soñé que volvía a Manderley...") y por tanto en una
imagen no real que parte de la realidad nos acercamos. Un efecto de luz ("...la
luz de la luna puede jugar con la imaginación...") proyecta cierto
esplendor sobre el lugar. Pero tan sólo se trata de una fugaz impresión, la
realidad nos muestra un lugar lúgubre y ruinoso. Éste brillante inicio
construye la metáfora del filme, una idea sobre la belleza del pasado, sobre la
fascinación que nos produce el pasado, para acabar descubriendo que no es tan
fascinante cómo se nos había contado. Exactamente esto mismo es Rebeca, una
idea bella que acaba destruyéndose. Y una vez destruida la idea de Rebeca,
Manderley arde en llamas.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
12 hombres sin piedad
(12 angry men)
Dirección: Sidney Lumet; Producción: 1957, EE.UU. B/N; Guion:
Reginald Rose; Fotografía: Boris Kaufman; Interpretado por Martin Balsam, John
Fiedler, Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Henry Fonda.
Film seleccionado y comentado por Raúl Pedraz
|
La escalinata del Tribunal Supremo de Nueva York abre y cierra esta parábola
sobre la persuasión que transcurre (en un 95% del tiempo cinematográfico) en la
sala de deliberaciones anexa al Juzgado número 228. Allí, encerrados con llave
mientras no alcancen un veredicto por unanimidad, pasearán sus miserias doce
hombres de los que depende la vida —«la sentencia de muerte es ineludible en
este caso»— de un muchacho de 18 años acusado de asesinato en primer
grado. Todas las pruebas sellan, en principio, su culpabilidad, y así lo creen
once miembros de ese jurado popular. El restante no está tan seguro, lo que
forzará su lucha, siempre desde la integridad y el respeto, contra algo que ni
siquiera existía por entonces: la espiral del silencio de
Noelle-Neumann.
Enclaustrados en una habitación con forma rectangular y generosa en espacio,
flanqueados por más de una docena de sillas, dos grandes mesas de madera que
aparentan ser una, cuatro ventanales, un perchero empotrado, un ventilador algo
perezoso y el acceso a dos baños, nuestros hombres, anónimos arquetipos de toda
índole y condición, no poseen más asidero que el proporcionado por sus propios
argumentos. Es turno para la dialéctica. Pero ésta, por desgracia para los
voceros intolerantes, favorece al insumiso.
El tiempo pasa y la habitación, cual escenario sin telón que alberga los tres
actos de la dramaturgia, toma protagonismo irradiando al espectador el calor y
la irritante humedad de un viernes canicular, el sudor de unos cuerpos, el humo
de unos cigarrillos. Pero también y sobre todo la neblina de los prejuicios —«siempre
ofuscan la verdad»— y el hedor del racismo. El sistema, en ocasiones,
se sustenta sobre la ignorancia del hombre, pues la "duda razonable"
que encauzase el fallo hacia la absolución del imputado estaba ahí, entre las
contradicciones de los testigos y las cegueras propias. Otra cosa es saber
buscar. Y otra, la voluntad para buscar.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
La
evasiÓn (Le trou)
Dirección: Jacques Becker; Producción:
1960, Francia B/N; Guión: Jacques Becker y José Giovanni; Fotografía:
Ghislain Cloquet; Reparto: Michel Constantin, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier.
Film seleccionado y comentado por David
Flórez |
Dentro del genero de películas de tema carcelario, existe un subgénero, el de la
evasión, que ha dado por sí solo un buen número de películas memorables, en una
proporción demasiado elevada para un número exiguo de películas dedicadas al
tema.
A caballo de 1960, tres directores, uno americano, dos franceses, retomaron el
tema de la huida, de la libertad y de los medios para conseguirlas. Los
presupuestos estéticos de cada director eran muy distintos, sus propósitos no
menos dispares, pero sin embargo, las tres películas acaban por contar casi la
misma historia, por converger, cada una a su manera, en la misma conclusión.
Cada película que aborda el tema de la evasión, y lo hace con seriedad, termina
por convertirse en un canto al espíritu humano, a su resistencia y a su
ingenio. El enemigo exterior, soldados, guardias, carceleros, se difumina,
pierde toda su importancia. El combate se traslada al interior de los
prisioneros, entre ellos y su propias limitaciones, a los obstáculos y enigmas
que deben resolver por sí solos, sin ayuda de nadie, sin recursos que no sean
un clavo, un trozo de cristal, los cordones de los zapatos.
Un entorno donde lo ínfimo, lo que consideraríamos inútil, basura, en nuestra
vida real, adquiere una importancia capital, única, donde el espectador
redescubre la importancia de lo que nos rodea, donde él mismo aprende a pensar,
a maravillarse, a admirar el tesón de la gente normal situada en condiciones
extraordinarias y consiguiendo, inesperadamente, resultados también
extraordinarios.
Si las películas, las tres que hemos señalado, y
Le Trou
en particular, se quedarán ahí, no pasarían de ser un simple problema de
ajedrecista, un episodio de
MacGyver
con más pretensiones. Las tres cintas nos descubren, nos obligan a recordar que
cosa significa la solidaridad humana. El hombre en realidad no está sólo y su
único camino de salvación, si se permite esa palabra desaforada, está en los
demás, en confiar y confiarse en ellos, en aceptar que su destino depende del
de los demás y que si ellos fallan, el fracasará también, que al final la
libertad es un asunto interior, y que no hay mayor tesoro en este mundo, que
una mano, un cigarro compartido o unas palabras sin sentido alguno para los
extraños.
Las evasiones pueden fracasar. Los sueños ser hecho añicos, la muerte
aguardarnos a todos, pero sólo hay un tipo de hombres que pierden, los que no
han sabido mantenerse leales, los que han sido incapaces de reconocer a los
suyos.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
El Ángel exterminador
Dirección: Luis Buñuel; Producción: México, 1962 B/N; Guión:
José Bergamín, Luis Alcoriza y Luis Buñuel; Fotografía: Gabriel Figeroa;
Reparto: Silvia Pinal, Enrique Rambal, Claudio Brook, José Baviera, Augusto
Benedico.
Film seleccionado y comentado por Alejandro Díaz
|
La religión siempre ha sido un elemento clave en el cine de Luis Buñuel, quien
la abordado siempre con una equilibrada mezcla de añoranza y ansia destructiva,
tal vez pensando en restituir la primacía de sus instituciones y valores para
luego proceder a arrasarlos por completo. Y la estructura parabólica propia de
La Biblia ha sido acariciada por el aragonés en muchas de sus obras.
El Ángel exterminador
puede considerarse una parábola. O, más bien, la perversión de una parábola. Un
grupo de burgueses y aristócratas celebra un banquete y tras él nadie consigue
marcharse del opulento salón donde se celebró, clara metáfora del hermetismo y
la endogamia de dicha clase social. Conviviendo encerrados, pronto las maneras
de los invitados se desmoronan, enfrentándoles con una precariedad en la que
las pulsiones empíricas se desatan. Las distancias físicas propias del
comportamiento social se rompen y el aislamiento les mostrará como un grupo de
mamíferos desvalidos donde cada individuo se convierte en un espejo de su
propio vacío interior, revelándose la oquedad de pretéritas conversaciones y
acciones. «También sois animales, parece decir el cineasta desde la
distancia entomológica. Los bellos jarrones son usados para beber agua sucia y
los elegantes armarios se tornan letrinas. Los ropajes de gala se desgarran y
ensucian. Y los muebles terminan siendo fuente de madera para la lumbre. Empero
todo concluirá volviendo a su punto original, como si hubiese sido producto de
un mal sueño o una digestión dificultosa.
Pero el film no termina ahí. En la breve coda final, los curas y feligreses de
una congregación son incapaces de abandonar el edificio, situación que derivará
en el caos. Si las parábolas de los textos sagrados refrendan siempre una
enseñanza o moraleja, la neo-parábola moderna de Buñuel no tiene ya objetivos
didácticos y en su lugar se emplaza el vacío más devastador.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
Corredor sin retorno
(Shock corridor)
Dirección: Samuel Fuller; Guión: Samuel Fuller; Producción:
1963, EE.UU. B/N; Fotografía: Stanley Cortez; Montaje: Jerome Thoms
Film seleccionado y comentado por Marcos Vieytes
|
Shock Corridor
transcurre en la calle, y es cierto que ese es el espacio público por
excelencia, pero sucede que "la calle" de
Corredor sin retorno
no es la calle pública del ciudadano que goza de libertades y derechos sino el
pasillo -que aparece en el título y en el perturbador plano fijo de los
títulos- de un instituto mental, según la denominación que nos hacen conocer
los funcionarios del lugar. De ese modo, lo público pasa a ser privado y lo
externo interno, por obra y gracia de una estructura dramática que duplica la
jerarquía social dentro de un establecimiento de reclusión, y de unos
personajes que operan como portavoces explícitos de los discursos militares,
científicos, periodísticos y xenófobos paradigmáticos. Esta reducción de
espacios termina por resultar agobiante merced a unos cuantos mecanismos
cinematográficos hábilmente dispuestos por Fuller: el uso de unos primeros
planos inquietantes y crispados; la suma de discursos con fuerte carga política
que, vociferados por los personajes y contaminados por las estridentes
disonancias de la banda sonora, acaban por retumbarnos en los oídos como las
voces que taladran las mentes de los enfermos; la inversión del agente emisor
de dichos discursos (por citar un ejemplo, un negro proclamando la supremacía
blanca y encabezando el linchamiento de otro negro); el trabajo de iluminación
que acentúa las sombras amenazantes de los cuerpos; y los escasos —y asépticos—
decorados donde transcurre la película, verdadero no lugar donde toda pulsión
no funcional al poder es normalizada por sus funcionarios a fuerza de palos y
descargas eléctricas. Hasta la excusa argumental de esta representación a
escala de una sociedad cada vez más cerrada sobre sí misma es por demás
significativa. De entre todos los motivos que tenía a su disposición para
fingir una locura que, por otra parte, ya era un elemento constitutivo de sí
mismo, el protagonista escoge la puesta en escena de un deseo incestuoso.
Porque, en definitiva, no es el interior de una mente enferma lo que a Fuller
le interesa descubrirnos, sino el de un país con demasiados cadáveres
disimulados, descompuesto por su endogamia patológica y su temible afán de
superioridad y limpieza (étnica y sexual incluida).
^ Subir ^
|
|
 |
 |
Dublineses: Los muertos (The
dead)
Dirección: John Huston; Producción: 1987. Reino
Unido/Irlanda/EE.UU.; Guión: Tony Huston, James Joyce (novela); Fotografía:
Fred Murphy; Montaje: Roberto Silvi; Reparto: Anjelica Huston, Donal McCann.
Film seleccionado y comentado por Alfredo Garmendia
|
La película se desarrolla en aquella noche en que tradicionalmente unos amigos
y familiares se reúnen alrededor de las dos ancianas tías de Gabriel. Su hogar
se convierte en un refugio donde bailan, cantan, recitan, con absoluta
despreocupación, solo perturbada por el amigo bebido, o por los nervios de la
preparación de un pequeño discurso.
Durante la lectura de un poema sobre un amor frustrado, la cámara recoge poco a
poco los rostros arrobados de los invitados, pero se detiene sobre el de
Gretta, aparentemente afectada. Gabriel, su esposo, la observa.
La reunión continúa entre bromas y cantos hasta que los asistentes comienzan a
retirarse. Finalmente, Gretta y Gabriel abandonan la reunión para volver a su
hotel, donde pernoctarán. Cuando ella desciende por la escalera, la voz de
tenor de un invitado, aún en el interior de la casa, comienza a desgranar una
bella balada.
En ese instante mágico todo se detiene, el tiempo parece estancado, Gretta
vuelve su rostro mirando hacia lo alto. Su rostro se adivina, más que verse,
conmocionado. Algo ha estallado en su interior. Mientras, Gabriel, que ya había
descendido, se le queda mirando. Ella aparece inalcanzable, alta, lejana. El,
incapaz de comprender lo que sucede, parece pequeño, sorprendido, intuye que
hay algo en ella que no consigue aprehender. La realización, perfecta, recoge
el punto de vista de él, en un contrapicado de la escalera que acentúa su
distancia anímica y la posición relativa de ambos, alternado con medios planos
de Gabriel.
Al concluir la balada, Gretta se encuentra transpuesta, le cuesta reaccionar, y
mientras lo hace la duda se cierne sobre Gabriel. Sabe que algo está fuera de
su control y teme preguntar. En el coche de caballos hablan sin decir. Toda una
vida en común pero sus mundos se revelan muy distantes.
Ya en la habitación, Gretta le refiere un viejo y lejano amor adolescente,
finalizado tras la muerte del amado, quien solía cantarle la balada escuchada.
Profundamente emocionada por el recuerdo, queda dormida entre sollozos.
Gabriel, que permanece mirándola compasivo, es consciente de que nunca podrá
competir con ese amor apasionado que conoció los mejores tiempos de ella. Le ha
tocado un triste papel de sustituto, y permanece frente a un ventanal meditando
sobre la decadencia y la muerte mientras cae la nieve "sobre todos los vivos y
todos los muertos"
^ Subir ^
|
 |
 |
Ángeles caÍdos
(Fallen Angels)
Dirección: Wong Kar-wai; Producción:
1995. Hong Kong. Color; Guión: Wong Kar-wai; Fotografía: Christopher Doyle; Reparto: Leon Lai, Michelle Reis, Takeshi Kaneshiro, Charlie Yeung, Karen Mok.
Film seleccionado y comentado por Lorena Cancela |
Ángeles Caídos
podría ser la película más experimental de Wong, aunque veo además aquí cierto
costumbrismo sostenido por el hacer de sus personajes.
Ésta comienza con una imagen en blanco y negro en la que vemos a un hombre y a
una mujer fumando. Una voz off dice que hay algo que no se debe hacer. Después
de los créditos sobre una pantalla color rosa y una musical ambiental la misma
mujer camina por lo que intuímos una estación de subterráneos. Ella luego
recoge una llave, abre una puerta y se pone a limpiar.
De acuerdo con Emilio Toibero, allí aparece un hacer recurrente en el
corpus filmográfico que nos ocupa: que las mujeres demuestren su amor limpiando
y ordenando la casa de sus enamorados.
Esto último nos retrotrae rápidamente a
Chungking Express
—si no, recordemos a la empleada del negocio de comida rápida ordenando la
casa del policía—, pero también al resto de la producción de Kar-wai... Estoy
convencida de que podríamos pensar su filmografía como el vaivén entre dos
variables: lo que ocurre en el interior de los espacios y lo que pasa en el
exterior. Y donde lo que pasa en el interior, por ejemplo, cobraría más
protagonismo en determinadas películas como "Ángeles caídos".
Es que a pesar de que
Ángeles caídos
sea —al igual que
2046
(2004)— quizás complicada de aprehender en términos de estructura narrativa,
es al mismo tiempo simple de comprender en cuanto a las relaciones espaciales y
corporales cuando trata, entre otras cosas, de lo que hacen los personajes en
el interior: limpiar, ordenar, cocinar, llorar, hablar con conocidos...
En este sentido es también hermana de
Chungking Express, mas en tanto oposición:
ésta aborda, sobre todo, lo que hacen los protagonistas, pero cuando están en
el exterior: hablar con desconocidos, comer, escuchar, comprar/ vender,
caminar, volar...
Por eso a mí me gusta pensar las películas de Wong —y a pesar de que
generalmente el periodismo cinematográfico se focalice solo en las historias de
amor que éstas desarrollan— con relación a los espacios y las relaciones que
los personajes y sus cuerpos entablan con la interioridad y exterioridad de los
mismos. Sean estos lugares conocidos, como en
Ángeles caídos
y
Chungking
Express, o desconocidos como las pensiones, las calles y la geografía de
Happy together
(1997), o el hotel Oriente de
2046.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
The hole
(Dong)
Dirección: Tsai Ming-liang;
Producción: 1998. Taiwan, Francia; Guión: Tsai Ming-liang, Yang Pi-ying; Fotografía: Liao Peng-jung;
Reparto: Lin Kun-huei, Kang-sheng Lee, Hui-Chin Lin, Tien Miao, Hsiang-Chu Tong
Film seleccionado y comentado por Fermin J. Martínez
|
Los dos personajes principales de
The hole: el vecino de arriba y la vecina de
abajo (así aparecen en los créditos de la película) se encuentran atrapados. No
sólo anímicamente (los dos viven solos en sus pequeños apartamentos y apenas se
relacionan con nadie a lo largo de la película) sino también espacialmente.
Básicamente los escenarios se reducen a la entrada, los pasillos y los dos
apartamentos del edificio; y al mercado en el que trabaja el protagonista. La
calle es peligrosa. Un virus amenaza con convertir a todas las personas
contagiadas en cucarachas humanas (¡!) y la lluvia no cesa en toda la película.
A esto se debe añadir la huelga de basuras que deja las calles impracticables.
Pero tanto Tsai Ming-liang como los personajes de la película, encuentran su
manera de romper los espacios cerrados. En un inicio gracias al agujero que une
los dos apartamentos y que protagoniza las escenas más divertidas de la
película. Pero sobre todo, cuando Tsai Ming-liang decide estirar las reglas del
género y convierte una película de género en un musical. Esto permite a los
protagonistas evadirse de la cotidianeidad, dar rienda suelta a la imaginación
y liberarse de sus frustraciones sexuales.
Hay una ruptura más. La que señala Diego Trerotola en Una sandía es una sandía.
Las películas de Tsai Ming-liang haciendo referencia al hecho de que
en los números musicales los actores miren a la cámara. Esa mirada extraña no
sólo rompe con la clausura diegética, al destruir el espacio de la
representación como mundo ficcional cerrado, sino también se esmera en señalar
un lugar por fuera de la ficción: la sala de cine.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
Int. Trailer Night
Dirección y guión: Jim Jarmusch; Producción: Francia, 2002.
Fotografía: Frederick Elmes; Montaje: Jay Rabinowitz; Reparto: Chloë Sevigny,
Susan Blackwell, Matt Malloy
Film seleccionado y comentado por Daniel de Partearroyo
|
Muchas veces el cine ha reincidido en mostrarnos el interior de sus personajes
protagonistas como un mundo agobiante, opresivo y hasta desquiciado. Esto ha
derivado en la búsqueda de metáforas y correlaciones de ese angustioso espacio
mental con los entornos físicos en los que se mueven dichos personajes, siendo
los interiores cerrados, angostos y de tamaño reducido los preferidos para
mostrar esa imagen de intranquilidad. En estos casos el exterior a dichos
espacios cerrados es visto como una ansiada liberación, aire libre sinónimo de
libertad y de desaparición del sufrimiento o dolor.
En cambio, Jim Jarmusch decide dar una visión totalmente opuesta con su
colaboración en el proyecto colectivo
Ten Minutes Older: The Trumpet
(2002). Fiel a su filosofía de retratar los momentos aparentemente vacíos de
sus personajes, escoge los diez minutos de descanso que se le dan a una actriz
(Chloë Sevigny) durante el rodaje de una película. Aprovecha esos breves
momentos de tregua del frenético ritmo del plató para guarecerse en la pequeña
caravana que tiene a su disposición cerca del set de rodaje. Voluntariamente,
casi ansiadamente recluida en ese espacio aparte, separada de la dinámica
exterior, puede encontrar la calma necesaria para escuchar a Bach y abandonarse
a sus pensamientos. Un efímero momento de reflexión en el que descansar y poner
en orden su mundo interno. De esta forma, el reducido universo de la caravana,
pese a su evidente desorden, se configura como un lugar de lo más agradable por
su condición de deseado, y es el exterior lo que provoca rechazo en la actriz,
cansada de su jornada laboral. En vez de luchar por salir, son los elementos
exteriores, en forma de interrupciones de la ayudante de dirección, el técnico
de sonido o una llamada telefónica de su novio, los que perturban la paz y
tranquilidad del reducto privado de la protagonista, haciendo imposible su
descanso, su reencuentro con su propio interior, posiblemente tan acogedor como
la circunstancial caravana que la rodea, pero finalmente inalcanzable una vez
que pasa el tiempo establecido. Y es que los interiores calmados, serenos,
necesitan de resuello para ser alcanzados. Ese es precisamente el tema del cine
de Jarmusch.
^ Subir ^
|
|
 |
 |
Master & Commander
Dirección: Peter Weir;
Producción: 2003, EE.UU.; Guión: Patrick O'Brian (novelas) Peter Weir y John Collee (guión); Fotografía: Russell Boyd; Reparto: Russell Crowe, Paul Bettany, James D'Arcy, Edward Woodall.
Film seleccionado y comentado por Jose M. López Fernández.
|
Arranquemos con una pequeña declaración de principios: cuando el cine es,
nuestra vida no es. Frente a la pantalla, en una situación de
visionado ideal, nos abstraemos de nosotros mismos hasta que no existe otra
realidad que la luz y el sonido, la pantalla y su rítmico parpadeo. Para los
marineros de la Surprise tampoco existe otra realidad que su barco,
ese recio cascarón donde día tras día apoyan pies y alma, despojados durante
sus largas travesías de cualquier contacto estable con un mundo exterior que
paulatinamente se desvanece y es reemplazado por el mundo reducido y angosto a
bordo. Por eso el capitán Jack Aubrey (Russell Crowe) arenga a sus marineros
antes de la batalla final —"¡Este barco es Inglaterra!", grita— con la intención de recordarles de dónde proceden.
Para el Capitán Jack tampoco existía nada más que su barco, una fragata que lo
ha visto crecer —ella, en femenino— y en cuya cubierta grabó sus
iniciales cuando era cadete. Pero ahora otra fragata se ha interpuesto entre
ambos, la Acheron francesa que Jack debe capturar y que, tras
escapársele en dos ocasiones, se convierte en su obsesión y hace peligrar la
seguridad de su tripulación y su barco, o su amistad con el médico de a bordo
Stephen Maturin (Paul Bettany). Éste, a su vez, vive absorto en
sus libros, ajeno en gran medida a la vida del barco y cuando levanta la vista
es para buscar refugio en su otra gran pasión, la que sin duda puede ser la
abstracción suprema: la música, ese "ninguna parte sonoro" del que habló
Ciorán.
Abstracciones todas ellas que nos sitúan frente a las sombras de una realidad
fragmentada y aparente de la que sólo conocemos una parte —tan aparente como
los bancos de niebla donde se oculta la Acheron y más tarde la Surprise—,
observadores atrapados en ese barco que bajo las órdenes de Jack Aubrey se
transforma en un fragmento de patria portátil, pero que es también el cine
mismo. —"¡Este barco es el cine!", gritamos nosotros.
^ Subir ^
|
|
|
 |
|
 |
|
 |
|
|
|
|