| A pesar de
su brillante estreno europeo en el Festival de Cine
de Venecia 2004, así como su doble triunfo en
Sitges del mismo año —Premio del Público
y Premio Especial del Jurado—, El
castillo ambulante (Hayao Miyazaki. Hauru
no ugoku shiro. 2004) no figuró en las carteleras
españolas hasta marzo de 2006, sin llegar siquiera
a ser distribuida en algunas capitales de provincia.
Su reciente edición en DVD nos permite, por tanto,
recuperar esta obra maestra de la animación para
el visionado doméstico, que para muchos será
el primero.
Ante todo, El castillo ambulante es una película
exuberante y extraña, que deslumbra y desconcierta
a la vez. Es, con mucho, la película más
desbordante de Hayao Miyazaki, muy lejana de la contención
de Mi vecino Totoro
(Tonari no Totoro. 1988), casi un film de Renoir hecho dibujo; la película que nos ocupa conserva
la magnificencia visual de sus predecesoras más
inmediatas, La princesa Mononoke
(Mononoke Hime. 1997) y El viaje de Chihiro
(Sen to Chihiro. 2001), superproducciones que
confirmaron la fama internacional de este autor. El
castillo ambulante, sin embargo, no prolonga la épica
ni el japonesismo que ornaban a aquéllas: la adaptación
de la novela de Diana
Wynne Jones es la primera incursión plena
de Miyazaki en la fábula romántica, en
el más estricto sentido de la palabra —Porco
Rosso (Kurenai no buta. 1992) fue, por
temática y contexto, una primera aproximación—.
También es su película más femenina:
Miyazaki nos ha acostumbrado a personajes femeninos
fuertes, decididos; mujeres ingeniosas, divertidas y/o
con capacidad de mando. El mago Howl, afectado y andrógino,
es casi la única referencia masculina en un mundo
dominado por mujeres; la joven/vieja Sophie, por el
contrario, señorea por completo la película,
centrada en su transformación y en cómo
ésta repercute en quienes la rodean.

El espejo del alma
La metamorfosis física, propia o de los seres
queridos, como excusa propiciatoria de un cambio de
vida —un crecimiento interior—, es una constante
en la obra de Miyazaki. La historia de Sophie, una joven
quizá demasiado adusta para su edad, añade
facetas nuevas a su galería de personajes, perfilando
aspectos de enorme intimidad que hasta ahora no se habían
hecho explícitos: el aislamiento deliberado,
la baja autoestima, la melancolía, son sensaciones
que en Sophie se reúnen de forma única,
conformando esa vejez interior que el maleficio no hace
sino poner de manifiesto.
Al comienzo del film, Sophie se nos muestra apurando
las horas de trabajo en su antigua sombrerería
familiar. Elude salir a divertirse con sus compañeras,
aduciendo que tiene tarea por terminar, y sin embargo
abandona ésta en cuanto aquéllas salen
por la puerta. La introversión de Sophie se debe,
como sabremos más tarde, a la muerte del padre
y la indiferencia de la madre: la ausencia de los padres
tan típica de sus películas, y que supone
el primer paso hacia la edad adulta. Cuando la muchacha
descubre los efectos del conjuro sobre su cuerpo —lanzado
por la Bruja del Páramo, enamorada de Howl y
que siente celos del tropiezo de la joven con éste—,
no tiene más remedio que abandonar su casa y
su rutina, y buscar ayuda más allá de
la civilización: en el campo abierto que cruza
sin tregua el Castillo Ambulante.
Pero Sophie no se compadece de sí misma, sino
que nos abruma con su entereza: en principio, ser anciana
debería ser obstáculo para hacer muchas
cosas, pero ella saca partido de la situación
con ironía y sentido del humor — “soy
una bruja de las peores, ¡¡¡de las
que limpian!!!”—, y hasta parece contenta de ostentar
el rol de abuelita en el clan de solitarios que la recibe.
La personalidad de Sophie, resignada y generosa, se
revelará complementaria con la del mago Howl,
cuyo carácter caprichoso y narcisista lo sigue
anclando a la edad infantil. Howl es un ser dual, capaz
de los peores vicios y de las mayores bondades, pero
sólo él puede apreciar la juventud y belleza
de Sophie, que ella se empeña tanto en negar.
Más tarde, los instantes en que la protagonista
rejuvenece demostrarán que la capacidad para
superar el conjuro está en la propia Sophie,
es decir, en su autoafirmación a través
del amor.
De alguna forma, todos los personajes participan de
un juego de engaños, un baile de máscaras
a ritmo de vals. Por obra del encantamiento, Sophie
es incapaz de revelar quién es ella; Howl no
puede ayudarla, aunque la reconoce al punto y le sigue
la corriente cuando ella se hace pasar por criada con
la complicidad de Calcifer —el demonio ígneo
que mueve el castillo, y que desea liberarse del pacto
que lo une a Howl—. Marko es el pequeño aprendiz
que cuida del castillo en las largas ausencias del mago:
para recibir a los extraños, se pone una máscara
barbuda y fuerza su voz hasta parecer un anciano —aunque
no puede evitar llorar cuando se siente indefenso—.
Por último, un misterioso espantapájaros
con cabeza de nabo sigue a Sophie a todas partes: el
descubrimiento de su identidad será decisivo
para la resolución del film.
Este juego de engaños no afecta exclusivamente
a los protagonistas: la Bruja del Páramo es despojada
de sus poderes por Madame Suliman, la Ministra de Magia,
retornando a su verdadera edad, la senectud. Para Miyazaki,
la edad termina siendo una consecuencia del espíritu,
pudiendo ser fluctuante y relativa; el paso del tiempo,
que en una fábula puede detenerse a placer, no
lo es.

La transformación de la Bruja es una de las
secuencias más impresionantes del film, precedida
de su tragicómica ascensión por las escaleras
de palacio. Viéndola desvalida, en vez de sentir
rencor y devolver mal con mal, Sophie la acoge en el
castillo y termina formando parte de su pequeña
familia. La Bruja es castigada por su irresponsabilidad,
pero Suliman, por el mero hecho de juzgarla, no es mejor
que ella; de igual forma, Howl escapa de la trampa que
ésta le tiende, acusado de no tener corazón,
si bien Howl no es capaz de convertir a nadie más
que a sí mismo en víctima de su magia
negra. Como el joven Ashitaka que viaja a la Ciudad
del Hierro “no para juzgar, sino sólo para
comprender”, nadie tiene derecho a decirnos qué
somos, ni qué deberíamos ser: como en
la vida real, en esta historia no hay lugar para personajes
maniqueos, más bien cada uno de ellos tiene en
su mano la capacidad de elegir cómo desea
ser.
Un crisol de universos paralelos
El castillo ambulante es también una película
de grandes entornos, descritos con un exceso maniático
—un barroquismo de muy buen gusto—. El reino donde
tienen lugar los acontecimientos -un país centroeuropeo,
en un tiempo inmediatamente anterior a la Gran Guerra-
hereda todos los anacronismos e incoherencias que han
gobernado algunas de las producciones de Miyazaki, multiplicándolas:
los barcos propulsados a vapor coexisten, a pesar de
su obsolescencia, con majestuosas naves aeronáuticas,
de potencia desconocida. Por primera vez desde Laputa:
el castillo en el cielo (Tenku no shiro Rapyuta.
1986), la magia y la ciencia se dan la mano recordándonos
el matrimonio alquímico que antaño las
unía. Y es que nunca como en esta ocasión
lo Imaginario se había revelado con tanto peso
en el mundo real, superando el contexto de películas
anteriores de filiación europea, donde lo maravilloso
convivía sin fisuras ni contradicción
con lo cotidiano.
En esta dimensión paralela, los magos no rivalizan
con las máquinas, sino que son ellos mismos quienes
las dotan de poder maligno. En esta guerra, los magos
son los Oppenheimer de turno: los hay, como Howl y la
Ministra de Magia, que son conscientes del dolor y las
atrocidades que se desprenden de sus acciones. Si son
más responsables de ellas que el frívolo
rey que las ordena, ya es otra cuestión —Miyazaki
no hace ninguna insinuación en este sentido—.
El fin de la guerra se resuelve de modo elíptico
y fragmentario, lleno —por decir algo— de elisiones,
suponiendo el punto más flaco de la película
si bien, a mi parecer, no tiene mucho sentido que hoy
en día nos expliquen por qué comienzan
las guerras, ni por qué terminan.
El castillo de Howl, sin duda el icono del film, redondea
este retrato de un mundo imposible: ni orgánico
ni mecánico, está animado por un espíritu
de fuego. Como el Golem, el movimiento del castillo
se sostiene sobre una palabra, un pacto de detalles
olvidados entre Howl y el laborioso Calcifer. El castillo
personifica el poder del hechicero, y al mismo tiempo
es su carga: una fortaleza andante para evitar arraigarse,
para huir de cualquier compromiso; para ser, a fin de
cuentas, esclavo de su propia libertad. Es memorable
el momento en que Sophie descubre la habitación
de Howl, llena de muñecos, estampas, y relojes
que no reflejan el paso del tiempo, sino su moroso estancamiento:
ni adulto, ni niño, ni animal, ni humano, Howl
y su castillo caminan siempre sobre los límites,
bordeando las fronteras, estando en todas partes y en
ninguna.

El castillo es también un sitio ubicuo: una
de las ocurrencias más celebradas es precisamente
el indicador de la puerta, que anuncia con sus colores
desde qué ciudad –y con qué nombre-
se está reclamando al mago. Éste se hace
pasar por Pendragon y por Jenkins, y aunque no queda
claro si ambas personalidades pretenden servir a distintos
reyes, Howl no juega a ser mercenario: puede mostrarse
enfermizo y autodestructivo, pero sabe qué es
justo y qué no lo es, tomando parte en la guerra
siempre desde su propio bando.
Maravilloso y aterrador, el castillo causa admiración
en Sophie. Existe una increíble coincidencia
entre lo que la equívoca anciana hace al castillo
—limpiarlo y ordenarlo con su esfuerzo—, y el
efecto que provoca sobre la vida de Howl, despojándolo
de sus inseguridades, aunque Sophie inicia esta transformación
de forma casual, al trastocar las pociones de belleza
de aquél. La postrera mutación del castillo,
que pasa de andante a volador, refleja la evolución
de sus habitantes que, de forma muy diferente a la que
describe el libro, aprenden a sublimar sus propias dificultades.
Peregrinos del país de Oz
Miyazaki presenta un mundo en apariencia alambicado
y sui géneris, y sin embargo su lógica
es aplastante: por poner un caso, si los padres de Chihiro
se comportan como cerdos, se convertirán en tales.
A fin de cuentas los personajes de El castillo ambulante
no tienen más problemas que los que ellos mismos
se buscan, y como los peregrinos del país de
Oz, ninguno puede ser curado más que por sí
mismo —de ahí la magnífica resolución
del hechizo de Sophie—. Para llegar al final que está
buscando, Miyazaki absorbe y combina toda clase de leyendas,
cuentos e iconografías, literarias o folclóricas,
incluiyendo cuantas evocaciones se acoplen con su propio
mundo: desde la cabaña sobre patas de gallina,
templo de la fabulosa bruja Baba-Yaga que se adivina
en el castillo de Howl, hasta apropiaciones de la novela
El mago de Oz, entre las que figuran el espantapájaros
benefactor de Sophie o el perrito que se les une a mitad
de película.

Su obra no se sostiene únicamente sobre el encuentro
de lo fantástico con lo real, sino que bebe también
de las diferentes perspectivas de lo Occidental en Oriente,
como nos confirmaría una revisión de su
ya dilatada filmografía: Porco Rosso recupera
la historia de Cyrano de Bergerac, cambiando las espadas
por aviones y la Francia caballeresca por las costas
del Adriático; y aunque los guiños a Alicia
en el país de las maravillas menudean en
Totoro y aún más en Chihiro, ésta
última no es sino una libre adaptación
de la novela de mago Otfried Preussler Krabat y
el molino del diablo. Ni siquiera en la presente
película, Miyazaki se ha mantenido fiel a la
novela que le da título, introduciendo variaciones
psicológicas y simplificando la trama, para dejar
surgir en su lugar las ideas fijas que recorren toda
su obra: es como si necesitara volar lejos de lo que
está contando, como un niño que estudia
piano pero, incapaz de concentrarse en su partitura,
comienza a improvisar otras melodías.
Enmascaradas o no, las referencias a Oz se multiplican.
La fortaleza andante termina siendo un punto de encuentro
para los que han visto extraviada su identidad, pero
a Sophie, a diferencia de Dorothy, nadie la espera ya
en su casa: a ella, como a sus amigos, no le queda más
que lo que ha ido encontrando por el camino. Uno ha
perdido el corazón, otro la memoria, otra quiere
volver a ser la que era, y así las correspondencias
con la literatura se diversifican, negándose
a configurar un esquema unívoco sino que se integran
en la amalgama de temas recurrentes de este autor.
A pesar de la pluralidad de sus fuentes, la obra de
Miyazaki es un corpus continuo, recorrido por la misma
nostalgia y salpicado aquí y allá de situaciones
y personajes semejantes. Su seña de identidad
sonora sigue siendo la excelente música de Joe
Isaishi, que queda a la altura de lo esperado con una
partitura romántica y soñadora, en consonancia
con la estética del filme. Como contrapartida,
uno de los lastres de la película es la sensación
de agotamiento visual que surge en cuanto aparecen ciertas
ideas ya explotadas en otras películas. No es
el caso, por fortuna, del propio castillo que, paradójicamente,
conserva la impronta de los esbozos originales de Miyazaki
merced a las nuevas tecnologías: el trabajo en
Studio Ghibli demuestra que la introducción de
efectos por ordenador en películas dibujadas
no va necesariamente en detrimento de la calidad visual,
ni siquiera de la persistencia de este lenguaje gráfico
en las superproducciones de animación. También
es destacable el diseño de Calcifer, un ente
sin forma concreta pero de enorme carisma, convertido
en el alter ego de su propio autor, que supone sin duda
una de las mejores aportaciones del film.

En El castillo ambulante terminan por borrarse todas
las rivalidades y suspicacias: la película se
cierra con una imagen sorprendente que muestra a los
antiguos antagonistas convertidos en miembros de una
familia bien avenida. Sophie ha recuperado su juventud,
pero no el color de su cabellera. El final, asimétrico,
no cierra el círculo abierto al comienzo del
filme sino que deja una puerta abierta a lo irreal.
Miyazaki, tan fantasioso, sabe también ser pragmático
y en sus desenlaces suele obligarnos a poner los pies
en la tierra, reservando el final positivo
a la tragedia colectiva de la película, y dejando
en suspenso los deseos individuales de sus héroes
y heroínas. En esta ocasión ha roto su
propia norma para ofrecer un doble final feliz: de un
lado la promesa de la paz, y de otro la permanencia
de los personajes en el universo idílico que
se construyen. Tratándose de una de las mayores
rarezas del filme, es una licencia perdonable: puede
que ésta sea su última película
y que quiera despedirse de este modo, aunque siempre
es demasiado pronto para anunciar una retirada.
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