
01.
INTRODUCCIÓN
«Los documentales son un
retorno a la escuela de la simplicidad y la modestia»(1) Agnès
Varda
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| Nicolas
Philibert (Foto: Stéphane
Louis) |
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En estos días extraños
para la cinefilia, el cine documental muestra un vigor
inusitado gracias a un heterogéneo grupo de
cineastas que exploran los vastos terrenos de la no
ficción. Desgraciadamente,
el trabajo de estos espigadores de celuloide no se
traduce en una cosecha digna en las yermas pantallas
de las grandes corporaciones multimediáticas
y abultadas gavillas de este cine invisible reposan
en almacenes oscuros a la espera de una pantalla. Por
ello, la aparición de una película como Ser
y tener en nuestras carteleras se ha convertido
en doble motivo de alborozo para los sufridos cinéfilos:
como si poder disfrutar de un filme de estas características
en pantalla grande no fuera acontecimiento suficiente,
nos llega ahora un ciclo de cinco películas
de Philibert promovido por el Ministerio de Asuntos
Exteriores francés, en versión original
subtitulada y copias nuevas de 35 mm. La notoriedad
internacional obtenida por Ser y Tener, su último
filme, ha propiciado la puesta en marcha de este ciclo
itinerante destinado a ser exhibido en museos, cineclubes
y alianzas francesas de medio mundo, de Hong Kong a
Nueva York pasando por nuestra “vieja Europa”.
Nicolas Philibert nació en Nancy, Francia,
en 1951. Después de sus estudios de filosofía
en la universidad de Grenoble comenzó a trabajar
de asistente de dirección, escenógrafo
e incluso debutó como actor en la película
Les camisards (René Allio.
1972). Su tránsito
hacia la realización se produjo con La
voz de su amo (La voix de son maître. 1978)
de dirección compartida con Gérard
Mordillat donde se retrata a doce directivos de grandes
empresas y el vértigo de las alturas financieras
en las que habitan. Tras varios cortos y un largo sobre
personalidades del deporte llegarían las obras
incluidas en este ciclo. De los nueve largometrajes
dirigidos por Philibert hasta la fecha, cinco han sido
los elegidos por el ministerio francés: La
ciudad Louvre (La ville Louvre. 1990),
En el país de los
sordos (Le pays des
sourds. 1992), Un animal,
varios animales (Un
animal, des animaux. 1994), Lo
de menos (La
moindre des choses. 1996) y, finalmente, Ser
y tener (Être et avoir. 2002).
Cineasta sencillo, cercano, de celuloide suave, Philibert
se aleja en sus documentales de la mirada intelectual —término
cada vez más denostado usado aquí sin
la menor intención peyorativa— que en
otros cineastas nos ha regalado obras tan notables
y dispares como Noche y
niebla (Nuit et
brouillard, Alain Resnais. 1955), Sans
soleil (Chris Marker. 1983), El
sol del membrillo (Víctor Erice. 1992), Innisfree (José Luis
Guerín. 1997) o, por poner un ejemplo más
reciente,
Los espigadores y la espigadora (Les
glaneurs et la glaneuse. 2000) y Dos
años después (Les
Glaneurs et la glaneuse... deux ans après.
2002), primera y segunda parte del último impulso
creativo —cámara DV en mano— de
Agnès Varda. Ajeno al estilo reflexivo de estos
cineastas, Philibert se mueve entre el documental de
observación y el interactivo (atendiendo a la
clasificación de Bill Nichols), sumergiéndose
en el espacio líquido que media entre la intervención
directa y el oteo distante. Es en esa lábil
corriente de distancias donde el cineasta trata de
pasar desapercibido sin renunciar, no obstante, a dejar
constancia de su propia fisicidad, interaccionando
con lo filmado.
En sus películas la cámara
parece asomarse constantemente al marco que ella misma
define, buscando los cuerpos que lo pueblan, redefiniendo
y cuestionando su situación, y por lo tanto la nuestra, respecto a ellos.
Philibert huye del exhibicionismo en primera persona que parece poblar una facción
del documental contemporáneo y nunca aparecerá en pantalla, al
contrario que el interesante Michael Moore y sus filmes-manifiesto, Morgan Spurlock
y su hipercalórica y aún no estrenada Super
size me u
Oliver Stone con su infecta Comandante. Pero sí acepta que su
cámara-vigía recoja las miradas de aquellos que le buscan e incluso
mantiene en el montaje final interpelaciones directas a su persona. En la ya
citada Sans Soleil,
Chris Marker nos preguntaba: «Con franqueza, ¿has
oído algo más ridículo que decir
a la gente, tal y como enseñan en las escuelas
de cine, que no miren a la cámara?».
Philibert, evidentemente, le respondería que
no.
Al igual que harían Truffaut y Godard, que asaltaron la modernidad enfrentando
al espectador con las claras miradas de Jean-Pierre Léaud y Jean Seberg,
en Los 400 golpes (Les quatre cents coups,
1959) y Al final de la escapada (À bout
de souffle,
1960), respectivamente(2).
Philibert mezcla con naturalidad técnicas
documentales dispares y las afina con retazos de puesta
en escena ficcional —especialmente notables en Ser
y tener, su último filme—, en una
forma abierta de entender el cine que nace con la modernidad
y que acepta el azar como materia susceptible de ser
recogida por el discurso fílmico. En este sentido,
Philibert afronta sus rodajes sin un guión previo
y construye sus películas con la curiosidad
por aquello que lo filmado puede ofrecernos, respondiendo
de forma intuitiva a los avatares de unas personas
que se supone que han de continuar naturalmente con
sus vidas mientras son observados. Pero, ¿hasta
qué punto es posible lograr la familiaridad
necesaria para que el sujeto se comporte con cierta
naturalidad, por así decirlo, como si la cámara
no estuviese presente? Pregunta tan recurrente como
fundamental para afrontar el cine de Philibert que
ha sido revisitada intermitentemente desde el fundacional
encuentro entre Flaherty y Nanook. Para Agnès
Varda, la abuela digital del documental contemporáneo,
el problema de la distancia se hizo patente tan pronto
como encaró a sus espigadores: «Verlos
me hizo querer filmarlos y más concretamente
lo que no puede ser filmado sin su consentimiento. ¿Cómo
puede uno dar testimonio de sus vidas y, al mismo tiempo,
no obstaculizarles?»(3).
Como buen documentalista directo, Philibert confía
en la convivencia cotidiana y en los equipos de filmación
portables como medio de aproximación natural
a lo filmado. El cinéma verité entendía,
al contrario que el cinema direct, que la
presencia de las cámaras y el equipo de rodaje
habrían de acabar, necesariamente, influyendo
y transformando lo filmado. Así, el recientemente
fallecido Jean Rouch —representante por excelencia
del cinéma verité e “inventor” de
la cámara al hombro y de los sistemas de sonido
portátiles— consideraba que los hechos
están siempre distorsionados por la presencia
del que pregunta, pues «se distorsiona la pregunta
con el sólo hecho de preguntar»(4).
Lo cierto es que, a estas alturas de la Historia,
resulta difícil creer en aquella supuesta espontaneidad
propiciada por la presencia de la cámara defendida
por el cinema direct, pero lo importante en
este punto es que estos cineastas trataban, en palabras
de Gilles Marsolais, de «captar en directo el
gesto y la palabra […] plantear el problema
de la verdad al nivel de las relaciones humanas»(5).
Y es en el retrato cercano de éstas donde Philibert
alcanza sus mejores logros, especialmente en el trío
de películas que constituye el núcleo
destacado de las que hemos podido ver en este ciclo
y en las que se acerca a comunidades bien definidas
y, en cierta medida, aisladas, ya estén formadas
por personas sordas (En el país de los sordos),
por el profesor y alumnos de una escuela rural de clase única
(Ser y Tener) o por los pacientes de una clínica
psiquiátrica (Lo de menos). Philibert
se pronunciaba así sobre esta última: «Diría
que se trata de una película que nos habla sobre
aquello que nos conecta al otro; […] sobre lo
que el otro, con todo lo extraño que pueda resultarnos,
puede revelarnos sobre nosotros mismos»(6).
Y es, precisamente, en el respeto por la figura de “el
otro” y en el cuestionamiento humilde de algunos
de los conceptos sobre los que se asienta nuestra convicción
cotidiana donde reside la sensibilidad de este humanista
disfrazado de director de cine que responde al nombre
de Nicolas Philibert.
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