Resulta difícil,
a estas alturas, decir algo nuevo de un director como
Jean Renoir. Su obra de los años treinta (con
películas como La
Chienne, La grande
Illusion,
Tony, La
règle du jeu, Les
bas-fonds, Le crime
du Monsieur Lange, La
Marselleise o La
bête humaine)
fue durante muchos años la norma del realismo
en el cine, la base sobre la que directores tan importantes
como Roberto Rossellini o Satjavit Ray edificarían
sus películas. Tan importante llegó a
ser el impacto y la originalidad de esta etapa de su
producción que ha dificultado la apreciación
crítica de sus obras de posguerra, tachadas
bien de esteticistas o de remakes de
obras anteriores.
La obra que nos ocupa,
Une partie de Campagne, pertenece a ese periodo “máximo” de
Renoir, pero, sin embargo, no deja de ser una excepción
dentro de su filmografía y de la historia
del cine en general. Con ella se aborda un
fenómeno casi inexistente en el cine, el de
la obra inacabada, o mejor dicho, el de la obra cuya
composición es interrumpida en un instante
y que, al cabo del tiempo, el artista abandona porque
ya no responde a sus criterios estéticos,
pero que, vista con los ojos del aficionado, se revela
como completa. Algo extraño en estos tiempos,
donde el director vuelve una y otra vez sobre su
creación, con resultados nefastos la mayor
parte de las veces, o donde el acabado formal es
una exigencia irrenunciable, hasta por aquéllos
que se llaman “desarreglados”.
Una edición también “anormal” por
su propia composición, ya
que este redactor se ve en la obligación de
recomendarla no ya por el filme que contiene, sino
especialmente por los extras que le acompañan.
Pero vayamos por partes.
Imagen
Lo malo primero. Desgraciadamente, el BFI
(British Film Institute) tiene por norma
no restaurar las copias que edita, así que en ciertos tramos
de la cinta, coincidiendo con los inicios y finales
de rollo, pueden observarse rayajos y defectos del
celuloide, así como pasajeras variaciones de
brillo. Obviamente, la discusión sobre si esto
es aceptable o no sería eterna, pero no hay
que olvidar que toda restauración es intrusiva,
y que en muchas ocasiones se ha restaurado de más,
con resultados quizá incluso peores.

Un punto donde no hay disculpa
sin embargo, es en los subtítulos. A estas alturas
no es de recibo una edición donde los subtítulos
están embebidos en la imagen y no existe la
posibilidad de retirarlos, aunque tal ha sido el defecto
en que han caído otras ediciones recientes como
los Buñuel que Warner ha publicado recientemente
en el Reino Unido.
Dejando aparte estos dos
problemas, señalar que la imagen es más
que aceptable, con una buena definición y una
buena gama de grises, sin aparentes problemas de compresión
y sin que aparezca el temido efecto del edge
enhancement. Quizás falte algo de nitidez,
pero habría que ver hasta que punto esto es
un producto de la técnica de la época,
de la que nos separan casi setenta años.
El formato es 4/3 como
era de esperar, y la imagen parece un poco más
cuadrada del 1:33 estricto, como señalan las
bandas negras a ambos lados de las capturas, lo que
nos permite suponer que el formato se está conservando.

Sonido
Evidentemente estamos tratando
con un sonido monofónico, y de hace más
de setenta años, además, cuando las películas
habladas era todavía algo novedoso. Sin embargo,
no se aprecían siseos o chisporroteos como sería
de esperar en una cinta tan antigua. Voces y música
parecen escucharse bien, aunque
quizá este redactor
esté aplicando un "filtro de antigüedad"
que le impida apreciar defectos que otro oído
más acostumbrado a la brillantez técnica del
cine moderno descubriría enseguida.
Extras
Como he señalado
antes, es en este punto donde la edición brilla
realmente. En primer lugar, tenemos
el consabido audiocomentario. Por una vez, y dado que
tanto director y actores ya no están con nosotros,
se presta el micrófono a un historiador del
cinematógrafo, en la precisa expresión
inglesa, así que escuchamos una charla sobre
la obra, su relación con otros films, los métodos
de Renoir, etc. Y digo oír con toda propiedad,
ya que desgraciadamente no viene acompañado
de subtítulos.
Pero este extra no bastaría
para convertir una edición buena en una edición
notable. Son los dos extras que reseño a continuación
los que importan. En primer lugar tenemos
una colección de “pruebas” realizadas
por Renoir a los actores, antes de comenzar el rodaje,
y entrecomillo pruebas con toda la intención.
Normalmente la prueba se entiende como un actor o actriz
interpretando una escena de la película para
ver qué tal sienta su presencia y su dicción
a la atmósfera del film.
Esto no es lo que pretende Renoir. Al contrario, él
se limita a pedir al actor que se gire frente a la
cámara, que adopte diferentes expresiones, con
la intención evidente de estudiar su rostro,
sus gestos y los efectos de la luz sobre él.
Resulta sorprendente encontrar este conato de esteticismo
en un director epítome del realismo, pero no
lo es tanto, si pensamos de quien es hijo y en que
ambiente transcurrió su niñez.

El segundo gran extra son
las tomas descartadas por el propio Renoir, que nos
permiten ver con nuestros propios ojos el método
de trabajo del director y la trastienda del rodaje.
Una característica
que se señala siempre de Renoir es como conseguía
que los actores perdieran la afectación del
oficio y actuasen de forma natural. Hoy, setenta años
después del rodaje y tras varias revoluciones
en el modo de actuar, supuestamente en aras de una
mayor veracidad, el estilo de los actores de Renoir
puede parecer chocante para el espectador no avisado.
Este extra sirve precisamente para devolvernos la perspectiva.
En él vemos toma tras toma la misma escena,
y poco a poco, en parte por el cansancio y en parte
por la intervención del propio director, los
gestos se van puliendo, se reducen a lo esencial, al
igual que las voces y las entonaciones, que lentamente
se hacen más sinceras y verdaderas.
Se puede apreciar otro
detalle no menos importante. En los making
of que
se han hecho obligatorios en las ediciones en DVD,
el equipo de trabajo suele hablar de lo bien que se
lo han pasado, de lo compenetrados que estaban
o de lo importante que ha sido su trabajo. Aquí no
hace falta que nadie nos lo cuente, lo vemos con nuestros
propios ojos. Descubrir, al final de una escena de
amor, como dos actores se estaban besando realmente,
o las bromas internas entre el equipo, recogidas por
una cámara
que aún no ha dejado de rodar, no deja de ser
sorprendente para el que esto escribe,
a pesar de las muchas horas de vuelo cinéfilas
que acumula.
Por último, destacar
que ambas colecciones fílmicas son presentadas sin
ningún comentario. Es el espectador quien
debe sacar sus propias conclusiones, sin que nadie
le incite a buscar una interpretación, que puede
no estar ahí.
Conclusión
Aunque en términos
de imagen y audio no es una edición extraordinaria,
el hecho de tratarse de una edición única
en el mundo de una película máxima de
Renoir, así como la inclusión de unos
extras tan originales e importantes, nos hacen recomendar
la cinta a todo aquel que sea, o haya sido, admirador
de Renoir.
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